"Todos podemos ser escultores de nuestro
Un nuevo año avanza raudo y veloz bajo nuestros pasos. Caminamos desde la casilla de salida con una suerte de sentimientos encontrados: Por un lado, la expectativa. El ferviente e iluso deseo de que el nuevo año nos depare todo lo bueno que no nos deparó el anterior. Y por otro lado, el miedo y la incertidumbre por lo que vendrá, acentuados si cabe, por estos tiempos que corren, tan aciagos y volátiles.
Y no es para menos. Comenzamos el año asistiendo atónitos al secuestro de Maduro y de su esposa. Por muy dictador que sea este personaje, resulta inconcebible que esto haya ocurrido y más, sabiendo las verdaderas razones que se ocultan detrás de un hecho que nada tiene de inocente. Y más recientemente, el terrible accidente ferroviario en el que han fallecido decenas de personas, ha vuelto a encogernos el corazón, contagiados del sufrimiento y del dolor inconsolable de las familias.
El mundo parece empeñado en enseñarnos su cara más amarga, pero a pesar de las graves circunstancias y el horror, también nos muestra la más amable: la solidaridad de cientos de personas anónimas que no dudan en ayudar al prójimo. Los pequeños gestos nos llenan de esperanza, porque este planeta se ha convertido en los últimos tiempos en un lugar demasiado hostil, donde impera la ley del más fuerte. Casi podría decirse que ya nada pueda sorprendernos y muchos andamos asqueados de tanta violencia, de tanta falta de respeto, de tanta intolerancia y de tanta polaridad (palabreja está muy de moda, que, junto a arancel, se ha colado en nuestras tertulias en los últimos tiempos). Da la impresión de que el objetivo es enfrentarnos, separarnos, fomentar la individualidad y dejar de lado cualquier atisbo de colectividad, solidaridad o unión. Al grito de "sálvese quién pueda" cada cual rema para una orilla, sin darse cuenta de que, para mantenerse a flote, es necesario hacerlo en la misma dirección.
Ante este panorama desolador, algunos nos aferramos más que nunca a la lectura y a los libros. La lectura fue siempre refugio y abrigo. Una auténtica medicina para el alma, como venimos predicando en los últimos tiempos con el proyecto "Libros que curan". Siempre supimos que los libros curaban la ignorancia, pero ahora más que nunca estamos convencidos -estoy convencida- de su poder sanador y transformador. Recomendar y compartir estos medicamentos tan especiales, se ha convertido en una experiencia reconfortante. Pero además, es ya habitual que la lectura me lleve a la escritura y que tras leer un libro, una suerte de revelaciones y sinergias se manifiesten en mi cabeza, como si de repente todas las piezas del rompecabezas encajasen.
"El puente donde habitan las mariposas", de Nazareth Castellanos, es uno de los últimos libros que he leído y que, sin duda, me ha dejado una gran huella. Ya conocía muchos de los conceptos y tesis que explica en el libro su autora, pero leer y profundizar en sus investigaciones y argumentos, ha supuesto encontrar esa chispa que surge de repente y hace que todo tenga sentido.
"El mundo es un lugar que sincroniza corazones", afirma Nazareth y no es una mera afirmación o frase bonita, sino que, en verdad, está científicamente demostrado que existe una sintonía biológica donde nuestros corazones se acoplan físicamente con los de los demás. Así, además de la irrefutable sincronía que se produce madre-hijo, dos personas que mantienen una conversación de atención y escucha plenas, sobre todo si media por medio la emoción, sincronizarán sus corazones. Un experimento citado por Castellanos en su libro demuestra que, si una de ellas comienza a respirar de forma pausada y a meditar (sin avisar a la otra), el corazón de la otra puede empezar a sincronizarse con el suyo, simplemente por estar en ese espacio compartido de atención. ¿No les parece algo maravilloso? ¿Imaginan si en este mundo enfrentado y apático que se extiende como una marea negra, millones de corazones se consiguieran sincronizar en un mismo latido de amor y fraternidad?
Con esa máxima me he quedado de esta lectura: con el anhelo de un mundo de corazones conectados, que sustituya a tanta barbarie. Pero además, gran parte de este ensayo gira en torno a la obra y pensamiento de Martín Heidegger, filósofo alemán y uno de los pensadores más destacados del siglo XXI. Su libro "Construir, habitar, pensar", que tomo prestado para titular esta entrada, sirve a Nazareth para explicar que nuestro bienestar depende de nuestra capacidad de habitar el cuerpo (estar presentes), lo que nos permite construir un cerebro más sano y por ende, pensar con mayor dignidad y conciencia. Dice la neurocientífica que al "habitar" conscientemente el cuerpo y regular procesos como la respiración, estamos "construyendo" o esculpiendo físicamente nuestra arquitectura cerebral para fomentar la calma y la claridad mental.
Y qué importante es encontrar la claridad mental en estos tiempos confusos que nos ha tocado vivir. Afirma Nazareth: "Sin calma no hay claridad. La falta de calma conlleva confusión. Desde ahí es imposible no errar. Cuántas decisiones hemos ejecutado, cuántas palabras hemos pronunciado, cuánto daño hemos sido capaces de tolerar y generar por falta de claridad. El miedo, el estrés, la ansiedad y el desprecio nos nublan la claridad". Ay... más razón que un santo lleva esta mujer. ¿Cuántas veces hemos errado a lo largo de nuestra vida por decir en caliente un montón de bobadas nacidas de los sentimientos más viscerales, cuando lo aconsejable hubiera sido alejarse en silencio y calmar los pensamientos? Alimentar al lobo equivocado tiene sus consecuencias y tanto si hablamos de sentimientos y emociones individuales, como si son colectivos y nos atañen como sociedad, la fiera acabará devorándonos.
La clave para conseguir esa calma necesaria nos la ofrece también Nazareth: "La respiración sincroniza conjuntos neuronales y coordina las redes cerebrales. Una respiración a la deriva es una mente a deriva", o lo que es lo mismo, la respiración es clave para establecer puentes entre el mundo exterior e interior y reconstruir así nuestra arquitectura neuronal. Y no puedo estar más de acuerdo con el maestro Ramón y Cajal: "todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro si nos lo proponemos". Repito, si nos lo proponemos.
Así lo he creído siempre. El crecimiento personal es posible. Nos obsequiaron con el don de la vida y tenemos la obligación de vivirla conscientemente, de transformarnos y de evolucionar, en un proceso constante a través del aprendizaje, de la experiencia, del autoconocimiento, de la interacción con los demás... Solo necesitamos voluntad. Afirma Castellanos: "Si hay algo en nosotros verdaderamente divino es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, corregimos el cerebro y nos superamos diariamente". Cierto es que cualquier cambio asusta y el miedo atenaza la voluntad, pero parafraseo de nuevo a la autora: "ser valiente no es no tener miedo, sino caminar junto a él".
Epílogo:
"Todos llevamos heridas, más grandes o más pequeñas, todos cobijamos traumas en nuestra memoria y en nuestro cuerpo; podríamos ser y estar mejor, aunque no estemos aparentemente mal. Y todos tenemos la responsabilidad de buscar una mejor versión de nosotros mismos. La responsabilidad de cuidarse, de ofrecernos y ofrecer la mejor escultura posible".
El pasado 31 de diciembre, como ya es tradición, mi hijo y yo acudimos a la Milla Solidaria. Llegábamos tarde, casi a la carrera. Al llegar a la plaza, con gran afluencia de asistentes, un niño gritó mi nombre. Corrió hacia mí y al momento me vi rodeada de más niños y niñas que gritaban mi nombre, felices de verme. Aturdida, me desprendí de sus abrazos como pude y me encaminé a comprar los dorsales, puesto que iba a empezar la carrera. Fue uno de los momentos más emotivos del año y quiero pensar que la versión de mí que les ofrezco a esos pequeños cada semana, les ayude en el futuro a construirse, habitar y pensar. Ojalá.

























































