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lunes, 26 de diciembre de 2022

FELIZ naVIDAd




 
"Honraré la Navidad en mi corazón y

 procuraré conservarla durante todo el año’" 

                                     Charles Dickens


Un año más llegó Navidad. Otros doce meses que han pasado como un auténtico suspiro. Doce meses de rutinas, trabajo, problemas, metas, ilusiones y desilusiones... doce meses en los que no pasó otra cosa que la vida misma, con sus pequeñas alegrías y sus grandes tristezas. Trescientos sesenta y cinco días de los que apenas recordamos ya un puñado. Algunos nos dejaron un buen sabor de boca y los guardaremos en la memoria siempre con una sonrisa, aunque también hubo otros amargos que preferiríamos poder olvidar. 

Toca en estas fechas hacer balance, y puestos a elegir, yo me quedo con todo lo bueno de este año. Recuerdo, no sin cierta desazón, todo lo ocurrido las Navidades pasadas. La ola de contagios de covid-19 provocó que miles de familias vivieran unas Navidades bastante atípicas. Como fichas de dominó, unos y otros fueron cayendo, contagiados por algo más que el espíritu navideño. En casa, como en tantos otros hogares españoles, comenzamos el año más positivos que nunca, y aunque no fue la mejor  forma de comenzarlo, tampoco creo que fuera la peor, teniendo en cuenta que todos pasamos el mal trago sin demasiada dificultad. 

Y una vez superado el trance, pues supongo que comenzamos a mirar con otros ojos al dichoso virus, y por ende,  a ver la vida de otro color. Y así, poco a poco, algunos con ansia y otros más tímidamente -cada cual a su ritmo- volvimos a disfrutar plenamente de las reuniones, de las fiestas, de las vacaciones, de los viajes... Lo hicimos como el sediento que encuentra un oasis tras una tortuosa travesía por el desierto, saboreando cada gota de agua, cada momento reconquistado.

Qué felicidad recuperar lo perdido, y poder olvidarnos de las mascarillas. Qué sensación indescriptible volver a vernos las caras y regalarnos de nuevo las sonrisas. Les dijimos adiós con profunda satisfacción, casi recreándonos en ese pequeño gesto de victoria. Han quedado olvidadas en un cajón, entre la incredulidad por haber vivido lo vivido, y la esperanza de que no volvamos a pasar por ello.

Pero la vida nos sorprende siempre, y 2022 se llevó una pandemia, y a cambio nos trajo una guerra de consecuencias imprevisibles. Un conflicto a las puertas de Europa, aunque todavía a miles de kilómetros para tranquilidad de nuestras acomodadas almas occidentales. Pero la realidad, una vez más se hizo latente dejando una guerra enquistada cuyos efectos económicos se han dejado notar en todo el mundo. 

Pero a pesar de ello, son las primeras Navidades pospandemia y, como si volviésemos a los llamados "felices años veinte", toca resarcirse de las carencias pasadas. Aunque todo esté por las nubes, desde una triste barra de pan hasta el turrón, toca celebrar como Dios manda, ¡por fin! Y lo haremos cueste lo que cueste, porque quién sabe lo que vendrá después.

La magia de la Navidad ha regresado, con más fuerza que nunca, —o al menos eso se empeñan en trasmitir los anuncios—. Toca ser felices. Pónganse sus mejores galas, compren todo lo mejor y ala, a derrochar felicidad, que ya está el resto del año para todo lo demás.

Se me quedó grabado el día en que mi hijo me dijo con tristeza: "La magia no existe. Todo es mentira". Y yo, que no comulgo con ese empeño de convertir la Navidad en magia, felicidad y comunión, le respondí esta perorata: "Quizás la magia de la Navidad no exista tal y como tú quieras que exista. Pero la magia existe y existirá. Cada vez que un sanitario cura a alguien y hace un pequeño milagro. Cada vez que alguien ayuda a otra persona, de la manera que sea. La magia está en la sonrisa de un niño, en un saludo afectuoso, en un recuerdo, en un abrazo, en una caricia... Y no me dirás que no hay magia en una melodía que te emociona, o en un libro, o en un verso". No se lo dije por conformarlo, ni mucho menos, porque creo palabra por palabra de este discurso. Hay tanta magia en el mundo tan cerca de nosotros, que parece mentira que la busquemos casi siempre en lugares equivocados. Y toda esa magia la podemos encontrar a lo largo de todo el año, no solo en Navidad.

Lo que sí le concedo a la Navidad es la capacidad de reunir a familias y amigos en torno a ella. Creo que si viviera cerca de Barajas, cada víspera de Navidad me iría a la terminal con unas palomitas y una caja de pañuelos. Me sentaría a observar cada desembarque, y me inflaría a llorar contemplando cada reencuentro. La Navidad hace posible que millones de personas vuelvan a casa en estas fechas, y eso sí que es pura magia. Hijos que regresan, parejas que viven alejadas y se funden en besos interminables, abuelos que llevan meses sin ver a sus nietos y que los miran de arriba a abajo estudiando sus cambios, familias separadas por la distancia que tendrán por fin una excusa para reunirse de nuevo. Abrazos, besos, caricias, nervios, sonrisas y lágrimas, todo junto, mires donde mires. Sin duda, esa es probablemente una de las formas más increíbles de felicidad: los reencuentros. 

¡Feliz Navidad! repite todo el mundo estos días. Se mandan a diestro y siniestro mensajes impersonales reenviados cientos de veces a grupos y a contactos. Se comparten en redes y en los muros. Aunque relegado en un rincón, el teléfono emite sin descanso su particular pitido. Ya casi nadie escribe postales, una costumbre navideña de otro siglo. Y a mí, que siempre me gustó la Navidad, me rechina cada vez más esa expresión tan manida que, precisamente por ser repetida hasta la saciedad, ha perdido casi su  significado. Por eso hoy, lo que me gustaría desearos a todos es una Feliz Vida, o al menos, que cada persona logre encontrar la capacidad de ser feliz, aún en los momentos más difíciles.

Así que, contando ya los días para que empiece un nuevo año, y con los dedos cruzados por lo que nos pueda deparar, desde aquí, os deseo que cada día encontréis la forma de ser felices, cada cual a su manera. 

¡Feliz Vida y gracias por formar parte de la mía!




Ya llegó la Navidad

y después el año nuevo

con estos versos yo quiero

desear felicidad.

Que la salud sea completa,

que la paz sea con vosotros,

que esté llena la maleta

de libros, amor y amistad.


jueves, 30 de diciembre de 2021

¿Blanca Navidad?


De todo quedaron tres cosas:
la certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir 
y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.
Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo, una escalera, del sueño, un puente,
de la búsqueda,…un encuentro.
                                    Fernando Pessoa


Llegó Navidad de nuevo, casi sin enterarme. Parece mentira que haya pasado un año, pero aquí estamos una vez más, rodeados de guirnaldas y villancicos, inmersos en unas fiestas que no acaban de parecerse a las que conocíamos allá por 2019. Segundas navidades pandémicas, que algún día espero poder contar a mis nietos como una batallita más, y a pesar de la resignación, hoy más que nunca, no puedo dejar de invocar a esa "magia de la Navidad" de la que tanto se oye hablar en la televisión.

Quién pudiera hacer magia... Chasquear los dedos y hacer desaparecer todo lo malo del mundo, encerrar en el cajón del olvido las preocupaciones, los miedos y, sobre todo, el dichoso covid-19. Cerrar los ojos y al abrirlos, comprobar que todo fue un mal sueño. Sí, quién pudiera despertar de una buena vez de esta pesadilla. 

Hace meses que me propuse no volver a escribir sobre este tema, más que nada por hartazgo y aquí estoy por enésima vez, desahogando mi decepción en estas líneas. No estoy segura de que decepción sea la palabra adecuada, quizás lo sean enojo o pena, o las tres juntas, qué se yo. Pero lo cierto es que la explosión de contagios de los últimos días ha supuesto para todos un nuevo jarro de agua fría cuando creíamos que la cosa estaba ya casi bajo control. Llevábamos semanas escuchando noticias alarmantes en todo el mundo, y como las veces anteriores, no nos dimos cuenta, o simplemente no quisimos ver la que se avecinaba también aquí.

Porque en efecto, finalmente Ómicron  ha llegado a todos los rincones del planeta. Claro que con ese nombre que bien podría ser de algún villano de Marvel, a nadie le extraña su virulencia, o mejor dicho, su facilidad para el contagio, que es lo que parece hacer tan peligrosa a esta nueva variante del virus. El que provoque síntomas tan parecidos a los del resfriado, posiblemente explique que Ómicron haya campado a sus anchas durante semanas, para acabar desatando esta imparable ola de contagios. Sea como fuere, lo cierto es que la Nochebuena se presentó este año con una curva de contagios casi vertical. Esta esperada noche, una de las más especiales del año, no fue para muchas personas ni buena, ni mucho menos especial.  Este año no hizo falta buscar allegado en el diccionario. Lo que media España buscaba desesperadamente eran test para poder descartar un posible positivo y cenar moderadamente tranquilos con sus familias.

Con test o sin ellos, se cuentan por millares las personas contagiadas y aisladas en todo el país. Personas que se han visto obligadas a vivir en soledad estos días tan entrañables y para las que, no me cabe duda, estas navidades estarán siendo unas de las más tristes de sus vidas. Cada día nos llegan noticias de nuevos positivos entre nuestros amigos, conocidos, o familiares. Ante este panorama, solo nos queda confiar y desear que todas ellas logren superar la enfermedad de la mejor manera posible y que les sea leve y llevadero ese confinamiento forzoso que ya no pilla de nuevas a casi nadie, pero que en estas fechas tan señaladas, resulta más duro, si cabe. 

Por desgracia, para muchos la Nochevieja no distará demasiado de la pasada Nochebuena. Los contagios continúan al alza, y son el tema estrella de conversación. El cerco se estrecha para aquellos que todavía no hemos padecido la enfermedad. Hemos esquivado el virus durante meses, asustándonos ante cualquier síntoma, y ahora parece estar más cerca que nunca. En el fondo, supongo que hay una parte de todos nosotros a la que no le importaría contagiarse de una buena vez, para dejar atrás tanta incertidumbre, aunque, sabiendo cómo se las gasta este virus a veces, pronto desechamos ese pensamiento.


No sé si le pasará a todo el mundo, pero a veces me sorprendo pensando con incredulidad en todas las cosas que estoy viviendo o que he vivido. Me parece mentira que mi padre nos falte ya trece años, que muchos de mis tíos hayan fallecido, o las trágicas circunstancias que rodearon la muerte de algunos de ellos.  Y tampoco pensé jamás que viviría una pandemia de estas características. Pandemias como la peste, el cólera o la mal llamada gripe española, quedan ya demasiado alejadas en el tiempo para continuar presentes en el imaginario popular. Pero deberíamos haber aprendido ya que, tarde o temprano, la historia acaba repitiéndose. Supongo que, al igual que nos ocurre con la muerte, nunca estaremos preparados para aceptarla.

Por si no teníamos bastante con la pandemia, este año también nos ha sorprendido con un hecho tan insólito como la erupción de un volcán en La Palma. A pesar de estar casi anestesiados con todas las imágenes y la cobertura mediática que se le ha dado a este desastre natural, todavía me resulta increíble haber asistido en tiempo real al poder destructor de esta erupción. Increíble el contemplar cómo las enormes montañas de lava  avanzaban a paso lento devorando edificios, calles, carreteras, cementerios... Increíble pensar que pueblos enteros quedaron sepultados bajo la lava, y con ellos, las vidas y hogares de cientos de personas. El poder de la naturaleza es indómito, y poco o nada podemos hacer ante sus caprichos, ya se trate de volcanes, terremotos, huracanes,  o crecidas de ríos. Seguimos instalados en nuestra autocomplaciencia y  no alcanzamos a comprender el motivo por el que estos desastres vienen a perturbar nuestra plácida existencia. Nos olvidamos siempre de que la naturaleza sigue sus propias reglas y es siempre la que tiene la última palabra.

Con todo, nos preguntamos con desazón qué nos deparará el nuevo año. Por estas fechas se ponían en España las primeras vacunas, unas vacunas que han salvado millones de vidas, aunque algunos se empeñen todavía en negar la evidencia. Era el principio del fin, pero doce meses después, no hemos conseguido llegar a ese deseado final que se empeña en alejarse sin remedio una y otra vez. De seguir con los datos de estos días, no albergo dudas de que en enero nos espera un horizonte nada halagüeño: cientos de miles de contagios, la saturación de la sanidad (si es que no lo está ya, con unos profesionales agotados y literalmente desbordados), clases no presenciales,  teletrabajo... Es probable que todo esto ocurra, pero haciendo acopio de mi talante optimista, ¿llevarán razón aquellos virólogos que afirman que la pandemia está cada vez más cerca, una vez que esta cepa se extienda de manera generalizada? Con este deseo finalizo mi último Anaquel de 2021, albergando la esperanza de que el fin de la pandemia tenga los días contados.

Estamos agotando las últimas horas de este año tan complicado. En estos meses nos han dejado muchas personas a las que admiramos y otras cuya pérdida hemos lamentado profundamente por su desmesurada injusticia. Cuando las ausencias llegan demasiado pronto, son especialmente dolorosas y nos recuerdan lo que verdaderamente importa en la vida: nuestros seres queridos, nuestros amigos y todas las personas que hacen bonita nuestra existencia. Hace mucho que aprendí esta importante lección, y es por ello, que siempre pido salud, mucha salud para todos aquellos que me acompañan en este azaroso viaje que es la vida. Ojalá sigan caminando a mi lado muchos años más. ¿Qué mejor regalo se puede pedir?


Quizás esta Navidad esté siendo más negra que blanca. Quizás el año no comience tampoco demasiado bien. Pero este viernes, cuando el reloj marque las doce estrenaremos un nuevo calendario. Doce meses por delante, cuatro estaciones distintas, fechas y fiestas que se repetirán de nuevo en esta noria llamada vida que gira y gira sin parar. Seguiremos girando,  quién sabe hasta cuando, ni en qué circunstancias, pero continuaremos adelante, siempre adelante, despidiendo años y dando la bienvenida a los nuevos, en un continuo déjà vu. 

Qué bien lo escribe Pessoa...

Tendremos a cada vuelta la certeza de estar siempre comenzando, la certeza de que hay que seguir, y la certeza de que seremos interrumpidos antes de terminar. 

Y con todas estas certezas:

Hagamos de la interrupción un camino nuevo,

hagamos de la caída un paso de danza

hagamos del miedo una escalera, del sueño un puente,

de la búsqueda... un encuentro. 



Doy gracias por habernos encontrado. 

Feliz vida a todos.






viernes, 18 de diciembre de 2020

Año nuevo, vida nueva

 




La noche nunca es absoluta, siempre hay 
al final del camino una ventana iluminada.

(El secreto de las flores, de Valerie Perrin)


No hay mal que cien años dure. 

Refrán español



Se acaba 2020, ¡por fin! Un 2020 que pasará a los anales como uno de los años de nuestra historia reciente más odiados por toda la humanidad. Un odio justificado hacia un año que ha tambaleado el mundo que conocíamos y que lo ha transformado dejándolo irreconocible en múltiples aspectos. Ya lo dice el refrán: "año bisiesto, año siniestro". Cualquiera diría que el que inventó este proverbio estaba pensando en 2020 porque me temo que en este caso, los malos augurios se han cumplido sobradamente.

¿Quién nos iba a decir a todos nosotros lo que nos iba a deparar este "annus horribilis" cuando lo inaugurábamos la pasada Nochevieja? Si me lo dicen, no me lo creo, ya pudiera haberlo profetizado el mismísimo Nostradamus... ¿Quién se iba a imaginar, ni remotamente,  el descalabro que iban a sufrir nuestras vidas  cuando oímos hablar por primera vez de un nuevo virus surgido en Wuhan? Alrededor de este maldito virus gira, hoy por hoy, toda nuestra existencia, copando la actualidad de los telediarios, cambiando nuestras rutinas, limitando y casi anulando nuestras relaciones personales y sociales, transformando por completo nuestro día a día... Un virus que por estar,  ya está hasta en la sopa, nunca mejor dicho, que no puede uno ni comer a gusto rodeado de los suyos por miedo al contagio. 

Qué hartazgo de virus y qué ganas de decirle adiós a él y a este año, de sepultarlo para siempre en la memoria; qué ganas de dejarlo atrás y acoger un nuevo año, en el que -esperemos-, todo sea mejor que el anterior, (a poco que se esmere el nuevo año, lo consigue).

Con la vista puesta en 2021 y en una vacuna que ha sido creada milagrosamente en un tiempo récord, vamos recobrando tímidamente la esperanza en un futuro más prometedor. Por delante, un camino que posiblemente sea demasiado lento para lo que a todos nos gustaría, que tampoco será un camino de rosas, pero que con toda seguridad, no será mucho peor del que llevamos recorrido hasta ahora.

Dicen que de todo en la vida se aprende, y yo iría aún más lejos: de lo malo se aprende mucho más. Y este año... este año además de ser horrible también nos ha enseñado unas cuantas lecciones:

* Cuando a los chinos veas correr, pon tus barbas a remojar. No, no era así el refrán, claro que no, pero a buen entendedor... 

* En cualquier pandemia que se precie, "unos cuantos casos" se pueden convertir en miles de muertos. Toda precaución es poca y nunca, nunca, nunca hay que bajar la guardia.

* Creíamos que teníamos la mejor sanidad del mundo y sin embargo, lo que tenemos son los mejores sanitarios.

* Las medidas preventivas (mascarillas, lavado de manos y distancia social) por mucho incordio que supongan, han conseguido reducir no sólo el coronavirus, sino también otras enfermedades y afecciones como la bronquitis, la gripe o incluso los molestos piojos. 

* Los niños necesitan la escuela para aprender y relacionarse, y los padres, la necesitamos tanto o más, por razones obvias, que no voy a desgranar aquí. Pero doy fe, ¡la necesitamos!

* Los coles son seguros. Niños y docentes así lo han demostrado. Las universidades, por lo que sea, parece ser que no lo son tanto.

* La cultura (leáse teatro, música, cine, literatura, museos, bibliotecas...) es segura. Segura y necesaria; un imprescindible remedio para sanar las heridas del alma. Gracias a ella, muchos han (hemos) encontrado la manera de sobrellevar estos difíciles tiempos. 

* La tecnología es estupenda si se usa de manera correcta. Algo tan sencillo y casi ignorado por muchos hasta hace unos meses como las videollamadas, han obrado el prodigio de acercarnos a nuestros seres queridos en los peores momentos, cuando tanto nos necesitábamos. 

* Por muchos culpables que busquemos a nuestro alrededor, cada uno de nosotros hemos de asumir nuestra parte de responsabilidad individual en todo lo que nos ocurre. Bienvenidos al mundo de los adultos.

* En este mundo hay gente para todo, incluso para pensar que a través de una vacuna te pueden implantar un microchip. Increíble, pero cierto.

* El miedo es libre, y cada cual se toma el que considera, o el que sus fueros internos le reclaman. Es lo que tienen las emociones, que no atienden a la razón. 

* Las crisis, sean del tipo que sea, sacan lo mejor y lo peor de las personas.

* El virus ha golpeado con dureza a las residencias, dejando en evidencia los graves fallos en la gestión y funcionamiento de muchas de ellas. Más de 24.000 fallecidos por covid-19 en residencias de toda España lo atestiguan.

* El turismo y la hostelería no pueden ser la base de nuestra economía. Esta vez ha sido una pandemia, pero en el futuro pudiera ser cualquier otra catástrofe, y en estos trances, el "sol y playa"  no sirven para demasiado.

* Lo virtual está bien, para salir del paso, pero donde se ponga una cita, reunión o encuentro presencial, que se quite todo lo demás.

* En los pueblos se vive de diez, y en una pandemia, pues muchísimo mejor. ¿Cuántos urbanitas no hubiesen cambiado sus pisos de 60 metros o menos por una casa con patio en un pueblo donde poder pasear por el campo, y disfrutar de la naturaleza y del aire libre sin aglomeraciones ni agobios?  

* Las cosas que más nos hacen felices no se pueden comprar con dinero. Que sí, que esto ya lo sabíamos antes... pero este año se ha empeñado en recordárnoslo una y mil veces.

* Echar de menos se escribe sin "h".

...


Y si algo ha dejado de manifiesto este año, es que el ser humano no es demasiado avispado a la hora de aprender de sus errores, y a menudo, se empeña en tropezar en la misma piedra una, y otra, y otra vez. 

El altísimo coste económico, laboral, social y por desgracia de vidas humanas, que supuso la primera ola de esta pandemia, no parece que haya servido para que enmendemos nuestros errores y evitemos repetirlos. Tras la tempestad siempre llega la calma, y pasado lo peor, lejos de hacer un ejercicio de responsabilidad y seguir vigilantes, tendemos a la relajación y a la despreocupación, de ahí a otra nueva tempestad, claro está, solo hay un paso.

Parece mentira que, con todos los medios y toda la información de la que ya disponemos, a estas alturas de la película medio mundo suspendería  1º de pandemia (se salvarían los chinos y pocos más). En nuestro país, como en tantos otros, seguimos encadenando ola tras ola como el que va capeando temporales mientras vemos, casi sin inmutarnos, cómo los muertos por Covid-19 siguen aumentando cada día, superada ya la escandalosa cifra de los 40.000 fallecidos en España.

Pero se acerca la Navidad, ¿y qué hacer en estas fechas tan entrañables donde comidas, cenas y celebraciones están a la orden del día? Pues relajarnos, ¿qué si no? y ya de paso emborracharnos, ¡ea!, que para eso es Navidad... 

Llega Navidad, hace muchas semanas que nos lo vienen anunciando. Lo hemos notado por los anuncios de la televisión, los interminables minutos de publicidad de toda clase de juguetes, perfumes, aparatos, y de infinidad de cacharros, que prometen hacernos la vida más fácil y por supuesto, colmarnos de felicidad. 

También nos la anuncian las montañas de turrones y dulces típicos navideños. Esos, que llevan semanas mirándome, -y yo a ellos- mientras hago la cola de la caja en el supermercado y a los que algunos somos incapaces de resistirnos. Y también lo hemos advertido por las luces, los adornos, por las calles abarrotadas de gente de compras que se ven en televisión. Viendo esas imágenes, cualquiera diría que todavía siguen muriendo cientos de personas cada día en este país. Allá van, todos a una, como en Fuenteovejuna, dispuestos a poner su granito de arena para salvar la Navidad. 

¿Salvar la Navidad? Por supuesto que hay que hacer lo que esté en nuestra mano para salvar a los negocios, sobre todo a los pequeños, y por ende, a la maltrecha economía del país, pero yo me pregunto viendo esas aglomeraciones de gente: ¿Y a nosotros, quién nos salvará?

Parece que todavía no nos hemos dado cuenta de que este año nada podrá ser como siempre, ni siquiera la Navidad. Serán éstas unas fiestas raras, rarísimas, pero ¿acaso algo ha sido medianamente normal este año? 

Nos enfrascamos en debates estériles sobre cuántas personas se deberían permitir en las reuniones familiares estas fiestas, sobre la conveniencia o no de la presencia de allegados, sobre la necesidad de que nos pongan límites y prohibiciones... ¿Y el sentido común? ¿Dónde quedan el sentido común y la responsabilidad individual? Con miles de contagios diarios en toda España, volver a casa por Navidad, reunirse toda la familia como si nada estuviera pasando afuera, como si el covid, (al igual que ocurre con el egoísmo y con la maldad), se volatilizase en Navidad, quizás no sea lo más razonable. Esperemos que este dichoso virus no sea un invitado más en nuestras mesas, y que el nuevo año no traiga bajo el brazo, además de la esperada vacuna, otra nueva y devastadora ola.

Pero llega Navidad un año más, y aunque todo sea diferente, repetiremos, punto por punto, muchas de las tradiciones y rituales navideños. Montaremos el árbol y el belén, cometeremos excesos con la comida, con la bebida, con los dulces. Nos tomaremos las uvas (esta vez todo el mundo en casita, eso sí), y brindaremos por el nuevo año que comienza. Como siempre, añoraremos y recordaremos a todos los que ya solo existen en nuestro recuerdo. Con suerte, hasta conseguiremos olvidarnos de las penas, aunque sólo sea por unos momentos. Será distinto, será raro, será triste quizás para muchos, pero será también especial si sabemos apreciar, lo poco o lo mucho que nos rodea, esas pequeñas cosas que hacen que la vida merezca la pena. 

Se acaba el año y toca hacer borrón y cuenta nueva. Pisar lo pasado, aplastar lo malo, guardar lo bueno, y atesorar todos los buenos momentos que estos doce meses nos han dejado. Los ha habido malos, claro que sí, pero a poco que hagamos memoria, seguro que también encontramos otros muchos buenos:  Volver a visitar a mi madre después de semanas viéndola detrás de una pantalla (qué pequeña la encontré, como si hubiese mermado); volver a abrazarla y besarla inmediatamente después de conocer el resultado negativo de un test; volver a pasear por el campo después de semanas sin prácticamente poder salir de casa; volver a reencontrarme con mis hermanos, amigos y seres queridos; volver a pasar tiempo en casa, en familia; volver a salir a comer fuera de casa o a tomar algo en una terraza; volver a abrir las puertas de mi querida biblioteca... 

Verdaderamente este año el verbo VOLVER ha adquirido una connotación especial y maravillosa: volver a hacer cosas normales de nuestras vidas que hemos echado muchísimo en falta en los últimos tiempos, todos esos pequeños placeres que, sin duda, nos colman de inmensa felicidad. 

"En unos meses estamos ya abrazándonos", sentenció mi hijo mientras escuchábamos las últimas noticias sobre la vacuna. Nos miramos, y nos sonreímos ante semejante comentario, impropio de un niño de diez años. Pues sí, ya falta menos para que acabe esta pesadilla, un poquito menos, y con esa ilusión miramos hacia el nuevo año.

El principio del fin está a la vuelta de la esquina, pero no nos descuidemos ahora, no lo tiremos todo por la borda. Hagamos otro pequeño esfuerzo, vivamos una Navidad diferente, para que en el futuro podamos disfrutar de muchas otras Navidades. 

En unos meses estaremos abrazándonos... Con ese deseo despido el año, con el anhelo de que, más pronto que tarde, podamos besarnos, y abrazarnos; y tocarnos, y acercarnos a los demás sin miedos, sin sentirnos culpables, sin distancias, con la misma naturalidad con la que lo hacíamos hace un año. Con el deseo de que muy pronto podamos recuperar la normalidad en nuestras vidas.

Hasta entonces, sigamos cuidándonos los unos a los otros, sigamos soñando con esos ansiados abrazos, pero sigamos también disfrutando del hoy, de todos los momentos extraordinarios que nos ofrece cada día, cada hora, cada instante. 

A todos os deseo, un año más 

Feliz Navidad, Feliz Año Nuevo, y Feliz Vida. 




"Mamá, en la tele han dicho que los
 Reyes Magos podrán circular 
libremente por toda Europa"...

No sé vosotros, pero yo me quedo más tranquila, y más sabiendo que sus majestades
 (que bien podrían llamarse este año Pfizer, Moderna y AstraZeneca), 
 además de juguetes, nos traerán millones de vacunas 
con las que se podrán salvar millones de vidas. 
Ojalá así sea. 




Y despido esta entrada con mi felicitación de este año. 







jueves, 9 de enero de 2020

Crónicas navideñas



Han sido éstas unas navidades especiales, diferentes,  y también muy emotivas. Unas navidades en las que a lo largo de los días se han ido sucediendo momentos alegres, tristes, divertidos, inolvidables, alguno de ellos para olvidar... aunque en definitiva, momentos singulares de los cuales me gustaría dejar constancia en estas crónicas navideñas.



Confieso, que estas navidades, he recibido la inesperada felicitación de una lectora, y que su entrañable mensaje me ha vuelto a demostrar, que no existe dinero suficiente para pagar, los extraordinarios regalos con los que me obsequia, una y mil veces, mi querida y adorada biblioteca.

Confieso, que he vuelto a escribir los pensamientos que me abordan. Que he viajado de nuevo, en el tiempo con mis palabras, y que, como susurros, las he enviado a las maravillosas personas que hacen hermoso mi universo. Y que el eco de mi voz  ha regresado, multiplicado de buenos deseos y de sincero afecto.

Confieso, que mi corazón ha palpitado al escuchar mi nombre por la calle. Y que las francas sonrisas de los niños, de los que procedían esas llamadas,  han alegrado mis días, y enardecido mi alma.

Confieso, que he sido dichosa en compañía de mi familia y amigos. Que con ellos, he reído sin pudor, a carcajadas. Que la risa, se ha vuelto tan precisa, que en la vida, son ya muchas las tristezas...

Confieso, que mi Nochebuena no ha sido tan buena. Que he sentido como propio el sufrimiento de mi madre, mientras lloraba en silencio las dolorosas ausencias. Y que he visto, como la alegría desbordante de su nieto ha conseguido, otra vez, aligerar sus lamentos.

Confieso, que he tenido el privilegio de participar en un gran concierto. Que he sido testigo de cómo un belén viviente, un coro, una banda, y todo un pueblo, se han unido en comunión por un reto solidario. Que he visto como se hacían realidad, el sueño y la  utopía de un joven director de orquesta. Que he disfrutado encantada del prodigio de la música. Que  cautivada, he observado a decenas de músicos mover veloces sus dedos, guiados por la batuta de un portentoso maestro.Y que mis pies, se han movido, no podían pararse quietos, al oír las melodías, que aún suenan en mi cerebro.

Confieso, que emocionada he presenciado el canto de una nana bajo los altares. Que he escuchado conmovida a una madre -a la que adoro-, cantar con su dulce voz, arrullando con primor, con entrañable ternura, a su precioso pequeño. Y que he vibrado también, al oír  las voces virtuosas de los míos, cantando alegres aguilanderos y villancicos, al son de  zambombas y castañuelas.

Confieso, que he participado en una carrera solidaria. Que he corrido, feliz, rodeada de mi estirpe, aunque mi cuerpo, después, haya protestado dolorido. Pero lo he hecho, he corrido siguiendo los pasos  de mi hijo, que no ha parado de azuzarme, ¡mamá vamos, date prisa!

Confieso, que he sentido como el mundo se paraba de repente. Que incrédula, he contenido el aliento, y que he rezado, rogando un milagro al cielo. Que mil lamentos mudos he entonado, porque acaso se trataba de un mal sueño. Que con el alma en vilo, he vuelto a casa, y en la mente, un solo pensamiento. 

Confieso que mis ojos se han nublado.Que se ha quebrado mi voz, y estremecido mi cuerpo, al conocer las noticias de una pronta e increíble mejoría. Y que he pensado, quizás... quizás a veces, sí que ocurran los milagros...

Confieso que he recibido con orgullo las buenas nuevas, la gratitud y las muestras de cariño. Que me he dicho, satisfecha, qué suerte de tenerles, cuánto valen... qué importante y valiosa su presencia. Que he rogado a mis santos protegerles, soy tan rica que me asusta, me da miedo...

Confieso, que he soñado con las navidades del pasado. Y que no he dejado de añorar un solo día, a todos los que se han ido marchando. Que invoco en mi memoria aquellos viejos tiempos, y que, a menudo, he de sacar fuerzas para no sucumbir a la nostalgia. 

Confieso, que he sufrido el mal ajeno, el mismo que hace años yo padezco. Que he querido compartir mis experiencias, y que sabia y experta me he sentido al hablar de mis dolencias ya asumidas. Confieso, que confusa he atendido, los miedos y pesares de una madre; Ilusa, me he llamado, al acordarme, de la angustia y la congoja del principio.

Confieso, que he vibrado con los versos de un don Juan Tenorio embravecido. Que absorta, lo he oído declamar su amor a Doña Inés, sin titubeos. Y que he visto al pequeño lector que ayer fue, convertido en gran actor, en dueño y señor del escenario.

Confieso, que he comenzado un nuevo año
como hace mucho tiempo que no hacía. Que he gozado en compañía de mi familia, del calor y del apego inmemoriales. Y que he cantado por Mecano complacida, "cinco minutos antes de la cuenta atrás"...

Confieso, que la magia de la Navidad ha pasado por casa de nuevo. Que hace mucho que aprendí, que con un niño, ilusión y fantasía están servidas. Que con su inmensa emoción nos contagia, que hoy el tiempo pararía, si pudiera...


Qué bonito mi mundo, mi gente,
las personas que están, las que cuentan,
que me hacen la vida bonita,
que consiguen que valga la pena.

Doy las gracias al milagro de la vida
y sin más, solo confieso...


Confieso, que he vivido...








martes, 24 de diciembre de 2019

Feliz Navidad





La Navidad ha llegado a nuestros hogares un año más. Una fiesta para muchos ansiada y deseada, para otros odiada y detestada, aunque sin duda, una celebración que para nadie resulta indiferente, ya que es casi imposible escapar a sus influjos.

He de confesar que a mí siempre me ha gustado, y he disfrutado con placer de toda su parafernalia. Y lo sigo haciendo, pues es indudable que quien tiene un niño en casa, vive la Navidad de manera especial, contagiado por esa ilusión y esa tierna inocencia de la que sólo los pequeños hacen gala... En verdad, cualquier momento del año se vive de manera diferente y especial si tienes la inmensa fortuna de vivirlo a través de los ojos de un niño.

Sin embargo, también he de decir que la Navidad que nuestros hijos conocen, se parece cada vez menos a las Navidades de mi infancia. 

Me da vértigo esta Navidad resplandeciente, engalanada de luces y adornos por todas partes, sobre todo en las grandes ciudades, que compiten por el cuestionable título de ser "la más luminosa" (olvidadas por unas cuantas semanas la famosa Cumbre del planeta y ese preocupante cambio climático que nos acecha...). 

Puedo llegar a comprender a esas personas que no soportan los villancicos sin descanso y a todo volumen, o a las que intentar huir -como es mi caso- de las calles abarrotadas de gente bajo el alumbrado, cargadas de bolsas, con prisas por comprar, por celebrar la Navidad de la única manera que parecen conocer.

Casi me sonroja esta obsesión por comprar y comprar, de poner en la mesa exquisiteces y manjares a precios desorbitados; esta fiebre por regalar objetos, juguetes, obsequios de diversa índole, que alcanza ya dimensiones desmesuradas, y que conseguirá en algún momento del camino, -si es que no lo ha hecho ya-, que no lleguemos a valorar absolutamente nada de todo lo material que nos rodea, que no seamos conscientes de que el verdadero regalo no está en el interior del paquete, sino en las manos, y en el corazón de la persona que te lo ofrece.

Navidad se ha convertido hoy en publicidad. Minutos y minutos interminables de publicidad, sobre todo de perfumes, cuyos nombres pronuncian con letanía modelos de belleza aúrea y languidez extrema. Parfum de Cacharel, balbucean con un hilo de voz, exhaustas, casi al punto del desmayo. Y anuncios conmovedores, donde los seres queridos son recibidos entre lágrimas y abrazos, porque, como el turrón, todo el mundo vuelve a casa por Navidad..

Y es que la Navidad de hoy en día es la que se nos muestra en televisión en todo su esplendor, la felicidad personificada en una familia perfecta que sonríe despreocupada frente a la chimenea, que canta villancicos en armonía junto a un árbol de Navidad perfecto, en una casa perfecta, en un mundo perfecto. Una estampa edulcorada de la felicidad que, por desgracia, pocas veces se parece a la vida real. 

Este mundo que nos ha tocado vivir nos alinea sin remedio imponiéndonos sus cánones, y en Navidad, lo que se lleva es derrochar, en todos los sentidos. Has de prodigar felicidad por los cuatro costados, y para ello, comprar un montón de productos que probablemente no necesites, pero que, desde luego, te harán muy feliz, has de reunirte con los compañeros, con la familia, con los amigos... y salir a divertirte, y comer, y beber... Y así, abocados a ese diluvio de felicidad tangible y arrebatadora, nos hemos de olvidar de las penas, de las injusticias, del hambre en el mundo, de las guerras, de los sin techo... No, en Navidad parece no haber cabida para la tristeza. Nada de pensar en ella, nada de aguafiestas, al cuerno la melancolía. Tómate una copita y un mazapán y olvídate de los problemas por unos días..

Ah, y la lotería... No hay Navidad sin sorteo extraordinario de lotería, un sorteo cuya probabilidad de resultar premiado resulta irrisoria, pero en el que muchos confían su suerte, sus esperanzas, y sobre todo, sus ahorros. Año tras año asistimos con resignación a ese espectáculo de felicidad desbordante, de euforia desatada de unos pocos afortunados, y tras él, no nos queda más que agrader la mucha, o la poca salud que nos ha tocado en suerte (ahora, que nadie te diga en ese preciso momento, que el dinero no da la felicidad, que se lo pregunten a esos que ves pegando saltos en tu pantalla de televisión...). 

En todo esto se ha convertido la Navidad, como tantas otras cosas hoy en día, en una nube de excesos a la que nos vemos abocados sin remedio. Aún así, me siguen gustando estas fiestas. Me gustan, aunque ya nunca podrán compararse a las Navidades de mi infancia, esas cuyo recuerdo me llena de profunda melancolía.

Navidad eran aquellas maravillosas y multitudinarias reuniones familiares en las que los primos -las primas-, aprovechábamos para jugar sin descanso, contagiados del ambiente festivo. Era ver a mi querido abuelo Antonio tocando la zambomba, el mismo que nos sacaba caramelos de las orejas como por arte de magia. A pesar de los años transcurridos, su imagen haciendo sonar aquel rudimentario instrumento se mantiene nítida en mi memoria; Lo recuerdo mojando su mano en una pequeña palangana de porcelana, y arrastrarla después a lo largo del astil haciendo vibrar con aquel movimiento la fina membrana de piel, y produciendo así el característico sonido de la zambomba. Y lo recuerdo también cantando villancicos con su inconfundible voz, mientras rascaba una cuchara contra una botella de anís, rodeado por sus nietos que lo mirábamos embelesados, y que bailábamos al son de la música, mientras él, consciente de ser el centro de atención, el alma de la fiesta, sonreía y nos miraba con sus ojos vivarachos.

Navidad era la obligada "misa del gallo" tras la cual dedicábamos un buen rato a contemplar con auténtica fascinación el inmenso belén parroquial. Era montar el árbol y el belén junto a mis hermanos. Recoger un montón de césped del campo, que intentábamos sacar de una sola pieza, y con el que realizábamos un precioso belén, cada año más recargado y detallista. Era cantar villancicos en el pasillo de casa tocando las panderetas, y aquellas noches que pasábamos casi en vela esperando la llegada de los Reyes Magos. Pocas veces nos traían exactamente aquello que habíamos pedido, aunque ahora que lo pienso, poco importaba; aquello era una fiesta, eran nervios, ilusión, espera...Levantarnos con los primeros rayos de sol y ocupar el pasillo en busca de nuestros regalos tras escuchar la esperada confirmación: ¡Ya han llegado! En aquellos tiempos apenas habíamos oído hablar de Papá Noel, ese viejecito encantador entrado en carnes, y de cabellos plateados, que hoy visita también casi todos nuestros hogares en Nochebuena y que pugna por desbancar a sus Majestades de Oriente. 

Navidad era felicitar las Pascuas a familiares y amigos con una postal... Ahora ya casi nadie las escribe, y si te llega alguna, tienes la sensación de haber recibido un regalo único y extraordinario. Hoy todo el mundo reenvía mensajes y felicitaciones a través del teléfono, que se repiten una y otra vez, las mismas frases hechas, imágenes y mensajes impersonales que te llegarán por un grupo de wassap, por dos, por cuatro. Porque todo el mundo te desea Feliz Navidad en estos días, movidos por este torrente de felicidad y amor contagioso e inherente a estas fiestas, y que lamentablemente parece sumirse en el olvido el resto del año. 

Sí, me sigue gustando la Navidad, aunque si soy honesta, también he de admitir que conforme van pasando los años, no la recibo con el mismo entusiasmo de antaño. A medida que se acercan estas fechas, la añoranza se instala en mis pensamientos, y no puedo evitar tener más presentes, si cabe, a los que ya no están. Son ya muchas las sillas vacías, muchos los que no acudirán a la cita esta Nochebuena, a los que echaremos de menos, y cuya ausencia hará que nos escueza en el alma la tristeza. La Navidad ya nunca volverá a ser igual sin ellos, y lo peor, es que el tiempo no puede pararse, seguirá corriendo incansable y se empeñará en trasformar en algún momento nuestro mundo, este mundo imperfecto que nos rodea y que pagaríamos porque siguiese estando así muchos años, tal cual está, con sus virtudes y sus defectos. Quién pudiera detener el tiempo... Quién pudiera regresar al pasado, a aquellos tiempos en que no faltaba nadie, en los que éramos inmensamente ricos sin ser conscientes de ello.

Ya ha llegado la Navidad, y repetiremos una vez más como autómatas, todas sus tradiciones. Nos veremos envueltos en sus rituales, comulgaremos con sus excesos, haremos probablemente todo aquello que aborrecemos o con lo que estamos en desacuerdo. Lo haremos probablemente, aunque quisiera pensar que todavía existe un poco de cordura en nuestro interior y que algunos no hemos sucumbido por completo al consumismo excesivo y desmedido al que parece que estamos abocados. Quisiera pensar que el espíritu navideño, la esencia de la Navidad, ese deseo de paz, de amor, de concordia y de solidaridad que aflora en estas fechas perdurará durante todo el año

Pero es Navidad, y a pesar de todo... ¿quién puede resistirse a la magia de la Navidad?




Si mis palabras te han llegado a través de mí, significa que formas parte importante de mi vida, o que quizás, he tenido la suerte de coincidir contigo en algún momento del camino, de disfrutar de tu compañía (no importa que no nos veamos a menudo, o que no hayamos hablado en los últimos meses...). En cualquier caso, me gustaría desearte una Feliz Navidad, por supuesto, aunque también quisiera que en cada uno de los días del año te acompañara el espíritu de la Navidad, ese que está ahí, agazapado detrás de toda esta efusividad navideña, detrás de este escaparate de armonía y felicidad. Me gustaría desearte, de todo corazón, que la salud te acompañe siempre, y que encuentres la felicidad cada día en tu familia y amigos, en la gente que te rodea, en las pequeñas cosas, y sobre todo, en los momentos especiales que se nos brindan, y que hacen que la vida merezca la pena.

Feliz Navidad,
Feliz año, y 
FELIZ VIDA.











Hablando en plata II

  Los que me conocen saben de mi interés por las raíces, por las tradiciones y las costumbres de nuestro pueblo. Y me siento atraída especia...