Hoy, 1 de julio, mi padre hubiera cumplido 86 años. En la foto tenía unos cuantos menos. Así dice la IA que sería la ajada fotografía en blanco y negro que cuelga de una pared de su casa.
Nació en 1940, en plena posguerra, apenas un año después de que mi abuelo Antonio volviese de la contienda. El final de la guerra le pilló en algún lugar de Castellón. Cuentan que desde allí, se trajo bajo el brazo un cuadro de la bahía de San Sebastián, que cogió de alguna casa destruida por las bombas con la que se encontró en su periplo de regreso, monte a través. "Si llega el cuadro, llegó yo" contaba que se dijo. Y llegó. Al año siguiente ya había nacido el mayor de sus hijos, al que bautizaron como Nicasio, en recuerdo del tío del mismo nombre que mataron en la guerra. Aquel nombre marcado por la desgracia nunca le gustó y no quiso tampoco llamar así a ninguno de sus tres hijos.
Nunca fue a la escuela, pero esa circunstancia no impidió que adquiriese el conocimiento y la cultura necesarios para desenvolverse con soltura en la vida. Su porte elegante, su rectitud y ese saber estar del que siempre hizo gala, despertaban respeto y admiración. Recuerdo el comentario de una amiga cuando mi padre me llevó a la residencia el primer día: "Pensaba que era profesor o algo parecido", me aseguró.
En octubre harán 18 años de su muerte. 18 años de dolorosa ausencia, aunque también de verdadera y auténtica presencia. Él, siempre él ha estado y estará a mi lado, en cada dificultad, en cada alegría y en cada tristeza. A él le pido y a él doy gracias cada noche.
Hablo con él. Y le cuento que van pasando los años, casi sin darme cuenta, enfrascada en el agotador día a día de casa, familia, trabajo. Le cuento que su nieto, ese que luce sus mismos ojos azules, ya es casi tan alto como yo y que es posible que sea digno heredero de aquel que apodaron "Antonio el Grande" y al que arrastraban los pies por el suelo cuando subía en burro.
Le cuento que pronto tendrá otro nieto, otro más que nunca podrá conocer a su abuelo, pero al que le hablaremos de lo mucho que le gustaban los niños y de lo mucho que hubiese disfrutado con sus nietos.
Le cuento que mi madre sigue siendo tan trabajadora y fuerte como siempre. Que su cuerpo se va encogiendo y sus dedos se retuercen dolorosamente por la artrosis. Pero ahí sigue, con sus dolores, sus preocupaciones, sus ausencias, al pie del cañón.
Le cuento que sigo teniendo el mismo coche que le enseñé a través de la ventana de la salita cuando lo compré y en el que nunca llegó a subir.
Le cuento que sigo haciendo el mismo trabajo y que, gracias a él, en todos estos años he tenido la inmensa fortuna de conocer a personas maravillosas, de vivir momentos inolvidables, de sentir el cariño de grandes y pequeños.
Le cuento que aquella niña tímida y apocada ha conseguido hacer cosas que jamás llegó a imaginar. A pesar de los muchos miedos e inseguridades y a fuerza de mucho trabajo y empeño, la mujer en la que se convirtió fue superando, poco a poco, metas y obstaculos. Quizá porque nadie le dijo que no podía.
Le cuento que nos han dado un premio nacional por un proyecto comunitario de la biblioteca gestado con la ayuda de dos extraordinarias personas a las que estaré eternamente agradecida y unida para siempre. Le cuento que me llegan felicitaciones de decenas de personas, mensajes emocionantes, palabras llenas de verdadero cariño. Cuánto amor estamos recibiendo...
Le cuento que en la azotea del Teatro Calderón, casi tocando el cielo de Madrid, bajo una preciosa puesta de sol y con una sonrisa inmensa de auténtica felicidad en la cara, la vida me sorprendió una vez más: "Entonces seguro que conociste a mi padre", le dije a la ministra, que afirmaba haber venido a Munera con su padre en numerosas ocasiones cuando era pequeña. Qué cosas...
Entonces, solo entonces fui consciente del alcance de aquellas palabras. Él también estaba allí, junto a mí, en aquella azotea.
Siempre lo está. Siempre lo estará.
Feli cumpleaños al cielo ♥️
