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lunes, 26 de diciembre de 2022

FELIZ naVIDAd




 
"Honraré la Navidad en mi corazón y

 procuraré conservarla durante todo el año’" 

                                     Charles Dickens


Un año más llegó Navidad. Otros doce meses que han pasado como un auténtico suspiro. Doce meses de rutinas, trabajo, problemas, metas, ilusiones y desilusiones... doce meses en los que no pasó otra cosa que la vida misma, con sus pequeñas alegrías y sus grandes tristezas. Trescientos sesenta y cinco días de los que apenas recordamos ya un puñado. Algunos nos dejaron un buen sabor de boca y los guardaremos en la memoria siempre con una sonrisa, aunque también hubo otros amargos que preferiríamos poder olvidar. 

Toca en estas fechas hacer balance, y puestos a elegir, yo me quedo con todo lo bueno de este año. Recuerdo, no sin cierta desazón, todo lo ocurrido las Navidades pasadas. La ola de contagios de covid-19 provocó que miles de familias vivieran unas Navidades bastante atípicas. Como fichas de dominó, unos y otros fueron cayendo, contagiados por algo más que el espíritu navideño. En casa, como en tantos otros hogares españoles, comenzamos el año más positivos que nunca, y aunque no fue la mejor  forma de comenzarlo, tampoco creo que fuera la peor, teniendo en cuenta que todos pasamos el mal trago sin demasiada dificultad. 

Y una vez superado el trance, pues supongo que comenzamos a mirar con otros ojos al dichoso virus, y por ende,  a ver la vida de otro color. Y así, poco a poco, algunos con ansia y otros más tímidamente -cada cual a su ritmo- volvimos a disfrutar plenamente de las reuniones, de las fiestas, de las vacaciones, de los viajes... Lo hicimos como el sediento que encuentra un oasis tras una tortuosa travesía por el desierto, saboreando cada gota de agua, cada momento reconquistado.

Qué felicidad recuperar lo perdido, y poder olvidarnos de las mascarillas. Qué sensación indescriptible volver a vernos las caras y regalarnos de nuevo las sonrisas. Les dijimos adiós con profunda satisfacción, casi recreándonos en ese pequeño gesto de victoria. Han quedado olvidadas en un cajón, entre la incredulidad por haber vivido lo vivido, y la esperanza de que no volvamos a pasar por ello.

Pero la vida nos sorprende siempre, y 2022 se llevó una pandemia, y a cambio nos trajo una guerra de consecuencias imprevisibles. Un conflicto a las puertas de Europa, aunque todavía a miles de kilómetros para tranquilidad de nuestras acomodadas almas occidentales. Pero la realidad, una vez más se hizo latente dejando una guerra enquistada cuyos efectos económicos se han dejado notar en todo el mundo. 

Pero a pesar de ello, son las primeras Navidades pospandemia y, como si volviésemos a los llamados "felices años veinte", toca resarcirse de las carencias pasadas. Aunque todo esté por las nubes, desde una triste barra de pan hasta el turrón, toca celebrar como Dios manda, ¡por fin! Y lo haremos cueste lo que cueste, porque quién sabe lo que vendrá después.

La magia de la Navidad ha regresado, con más fuerza que nunca, —o al menos eso se empeñan en trasmitir los anuncios—. Toca ser felices. Pónganse sus mejores galas, compren todo lo mejor y ala, a derrochar felicidad, que ya está el resto del año para todo lo demás.

Se me quedó grabado el día en que mi hijo me dijo con tristeza: "La magia no existe. Todo es mentira". Y yo, que no comulgo con ese empeño de convertir la Navidad en magia, felicidad y comunión, le respondí esta perorata: "Quizás la magia de la Navidad no exista tal y como tú quieras que exista. Pero la magia existe y existirá. Cada vez que un sanitario cura a alguien y hace un pequeño milagro. Cada vez que alguien ayuda a otra persona, de la manera que sea. La magia está en la sonrisa de un niño, en un saludo afectuoso, en un recuerdo, en un abrazo, en una caricia... Y no me dirás que no hay magia en una melodía que te emociona, o en un libro, o en un verso". No se lo dije por conformarlo, ni mucho menos, porque creo palabra por palabra de este discurso. Hay tanta magia en el mundo tan cerca de nosotros, que parece mentira que la busquemos casi siempre en lugares equivocados. Y toda esa magia la podemos encontrar a lo largo de todo el año, no solo en Navidad.

Lo que sí le concedo a la Navidad es la capacidad de reunir a familias y amigos en torno a ella. Creo que si viviera cerca de Barajas, cada víspera de Navidad me iría a la terminal con unas palomitas y una caja de pañuelos. Me sentaría a observar cada desembarque, y me inflaría a llorar contemplando cada reencuentro. La Navidad hace posible que millones de personas vuelvan a casa en estas fechas, y eso sí que es pura magia. Hijos que regresan, parejas que viven alejadas y se funden en besos interminables, abuelos que llevan meses sin ver a sus nietos y que los miran de arriba a abajo estudiando sus cambios, familias separadas por la distancia que tendrán por fin una excusa para reunirse de nuevo. Abrazos, besos, caricias, nervios, sonrisas y lágrimas, todo junto, mires donde mires. Sin duda, esa es probablemente una de las formas más increíbles de felicidad: los reencuentros. 

¡Feliz Navidad! repite todo el mundo estos días. Se mandan a diestro y siniestro mensajes impersonales reenviados cientos de veces a grupos y a contactos. Se comparten en redes y en los muros. Aunque relegado en un rincón, el teléfono emite sin descanso su particular pitido. Ya casi nadie escribe postales, una costumbre navideña de otro siglo. Y a mí, que siempre me gustó la Navidad, me rechina cada vez más esa expresión tan manida que, precisamente por ser repetida hasta la saciedad, ha perdido casi su  significado. Por eso hoy, lo que me gustaría desearos a todos es una Feliz Vida, o al menos, que cada persona logre encontrar la capacidad de ser feliz, aún en los momentos más difíciles.

Así que, contando ya los días para que empiece un nuevo año, y con los dedos cruzados por lo que nos pueda deparar, desde aquí, os deseo que cada día encontréis la forma de ser felices, cada cual a su manera. 

¡Feliz Vida y gracias por formar parte de la mía!




Ya llegó la Navidad

y después el año nuevo

con estos versos yo quiero

desear felicidad.

Que la salud sea completa,

que la paz sea con vosotros,

que esté llena la maleta

de libros, amor y amistad.


lunes, 31 de octubre de 2022

El reencuentro


Escribir es la manera más profunda
de ver la vida. 
            Francisco Umbral



Letizia salió a la calle y sintió un fogonazo de calor en la cara. Supo al instante que se había equivocado con la elección de su vestuario. Eran las seis de la tarde, pero las temperaturas seguían siendo elevadas. Demasiado para un mes de mayo. Parada en mitad de la acera, dudó unos segundos si subir a cambiarse, pero miró el reloj y desistió. Cruzó entonces la calle y comenzó a recorrer la avenida a buen paso, todo lo rápido que le permitían los tacones.

A pesar del bochorno, numerosos viandantes invadían la avenida en ambas direcciones. Al otro lado de la verja del parque una ardilla correteaba por el césped. La mujer persiguió con la mirada al simpático roedor, tan distraída que a punto estuvo de tropezar con un grupo de jóvenes que se había detenido de repente en su trayectoria. Letizia paró en seco y su bolso cayó al suelo. Los chavales gritaban y reían a su alrededor despreocupados. Mientras se agachaba a recoger sus pertenencias, les profirió un insulto por lo bajo. Advirtió en ese momento que ahora era la ardilla la que la observaba con curiosidad. Se sintió patética en aquella postura con su elegante vestido, al tiempo que miraba de reojo a aquella panda de maleducados que pensó acabarían pisándola. Letizia se incorporó por fin atusándose el vestido. Se recolocó las enormes gafas de sol y siguió caminando.

Apenas unos minutos después llegaba a su destino. Accedió con paso firme a la librería y, tras echar un último vistazo a la hora en su muñeca, se dirigió a una empleada para preguntarle por un libro. Un libro que de hecho ya había leído y que tenía guardado entre cientos de libros más en ese pozo sin fondo en el que se había convertido en los últimos años su e-book. Sin embargo, Letizia quería que ese ejemplar —convenientemente firmado por su autor— adornara los estantes del salón de su casa. A eso había ido allí aquella calurosa tarde, a eso y a conocer al escritor de cuya imaginación había surgido la historia con la que tanto había disfrutado en las últimas semanas.

Con la nueva adquisición bajo el brazo, subió las escaleras sin detenerse, segura de que tendría que ocupar uno de los últimos asientos libres. Sin embargo, cuando entró en la sala de conferencias pudo comprobar que donde esperaba un espacio abarrotado de gente, apenas había una treintena de personas dispersas, la mayoría de mediana edad. Casi todas las butacas de las primeras filas estaban vacías, algo que ella jamás entendió, pero que parecía ocurrir a menudo en las presentaciones y encuentros a las que acudía. La gente solía mantener las distancias con el autor o autora invitados intentando pasar desapercibidos entre el público, algo que no iba con Letizia. Ella adoraba ser el centro de todas las miradas, que todos envidiasen su estilo en el vestir, su cuerpo esculpido en el gimnasio, su rostro perfecto que no correspondía con su edad... Por eso no dudó en atravesar la estancia por el pasillo central, mientras captaba la atención de todos los asistentes que, a su paso, giraban las cabezas siguiéndola.

Apenas se había acomodado en el asiento cuando se oyó un leve murmullo y a los pocos segundos vio aparecer a Carmen, la librera a la que conocía desde hacía años y con la que mantenía una relación bastante cordial. Tras ella, un hombre alto, de porte elegante, pelo rapado y barba blanca. Era el protagonista de aquel acto: Máximo Belló, la persona a la que todos estaban deseando escuchar.

Tras una breve presentación, la librera cedió la palabra al escritor. Nada más comenzar a hablar, Letizia notó algo familiar en él. No estaba segura de si era su tono de voz, envolvente y musical, sus enormes manos, cuyos movimientos resultaban casi hipnóticos, o esa mirada penetrante y casi transparente con la que miraba a su alrededor. Durante unos segundos sus ojos se cruzaron y Máximo se quedó en silencio. Letizia creyó intuir algo en la expresión de su rostro y sintió un estremecimiento. Estaba acostumbrada a gustar a los hombres, a que cayeran rendidos a sus encantos, pero tenía la sensación de que no era ese tipo de atracción lo que acababa de provocar.

Sin embargo, Máximo continuó su charla como si nada. Habló durante más de una hora de su novela, la última de casi una decena. Habló de los personajes que aparecían en ella, de la trama que había inventado en torno a los mismos. Habló de su vida como escritor, y de su vida al margen del escritor, y de cómo ambas convergían en múltiples ocasiones para no coincidir en muchas otras. «La gente piensa que yo soy como los personajes de mis libros y no, yo no soy así. Aunque si lo pienso detenidamente, en mis personajes hay mucho de mí y de mi familia». Todos los asistentes le escuchaban muy atentos. Sonreían a sus ocurrencias con las que daba muestras de su gran sentido del humor y se emocionaban con la ternura y fragilidad que transmitían sus palabras.

Letizia estaba disfrutando de aquella presentación como hacía mucho tiempo que no lo hacía. El tiempo parecía haberse detenido, pero los minutos seguían corriendo, y casi sin darse cuenta, había llegado el turno de las preguntas.

Animados por Carmen, poco a poco los lectores fueron preguntando al escritor distintas cuestiones. Letizia escuchaba con atención aquella suerte de interrogatorio. Por un momento pensó en lo tedioso que debía de ser para cualquiera que todo el mundo le hiciera las mismas preguntas, una y otra vez, formuladas de distinta forma, sí, pero en el fondo siempre las mismas. Algunas de ellas casi pecaban de impertinentes, aunque Máximo no era ningún novato y sabía cómo sortearlas educadamente.

«Vamos a ir terminando con las preguntas. La última para el chico que tiene el brazo levantado y pasaremos a la firma de ejemplares», dijo la librera.

Desde el fondo, se escuchó una voz tímida que sonaba aflautada.

—Me gustaría preguntarle por otro de sus libros que hemos leído en el instituto este curso. Se trata de Una vida. En una entrevista dijo que usted mismo sufrió acoso cuando era niño. ¿Podría hablarnos sobre ello y cómo lo superó? —dijo el muchacho de carrerilla, como si se hubiese estudiado la pregunta. El chaval no tendría más de catorce años, de cuerpo menudo y cabello lacio, parecía refugiarse detrás de unas enormes gafas redondas y una gorra negra.

El escritor profirió un hondo suspiro, sonrió y comenzó a hablar, mientras lo miraba fijamente.

—En efecto, sufrí acoso de pequeño, eso que ahora todo el mundo llama bullying. Esa cosa tan fea que ya todos conocen y tratan de combatir, pero que, por desgracia, sigue ocurriendo todavía con demasiada frecuencia en las aulas y fuera de ellas —dijo—. Cuando yo era niño aquello no tenía nombre. Era casi normal, una plaga que sufrían siempre los gorditos, los bajitos, los tartamudos, los que llevaban gafas, aparato, o los niños especiales… como lo era yo. Vivía en un pequeño pueblo de Barcelona donde todos nos conocíamos, y yo era un niño diferente, sí, o especial, como quieras llamarlo. Se me notaba a kilómetros de distancia, así que era un blanco fácil para las burlas, las jugarretas y el acoso sin límites de mis compañeros.

Al oír aquello, el desconcierto se apoderó de Letizia. Aunque hacía más de treinta años que no había vuelto, ella también pasó su niñez en un pueblecito costero de Barcelona. Sintió entonces los latidos de su corazón golpeándole en el pecho mientras escuchaba con un interés aún mayor.

—Un día, mientras me columpiaba en el parque, solo como siempre, un grupo de niños y niñas empezaron a meterse conmigo —prosiguió con su relato el escritor—. Me empujaban y me insultaban. A decir verdad, no todos lo hacían. Eran uno o dos los cabecillas, pero el resto reía y aplaudía su comportamiento, sin la menor muestra de compasión hacia mí. Salí corriendo y me encerré en la caseta del jardinero. Ellos me persiguieron y aunque intentaban entrar, yo empujé la puerta con todas mis fuerzas hasta que conseguí atrancarla por dentro. Ellos gritaban y daban fuertes golpes sin parar, que resonaban amenazantes, como si aquel cuchitril estuviese a punto de romperse en mil pedazos. Al rato, se cansaron y se fueron, pero yo no me atreví a salir hasta pasada casi una hora. Cuando conseguí reunir el valor, advertí que la puerta estaba cerrada por fuera. La llave debía de estar puesta. Comencé a pedir auxilio y a llorar desesperadamente, pero nadie me oyó hasta que regresó el jardinero, dos horas después y me sacó de allí, tan sucio y asustado como un animalillo indefenso. Al día siguiente mi familia y yo nos marchamos a la capital.

Letizia estaba pálida. Si alguien hubiera estado a su lado le habría preguntado si se encontraba bien. Pero en aquel momento, toda la sala giraba en torno a Máximo y al desgarrador relato que acababa de contar. No podía creer lo que había escuchado. La voz del escritor la fue transportando a su pasado, hasta visualizar la nítida imagen de una niña de doce años riéndose de aquel niño raro de su clase, al que nunca había dirigido la palabra: Máximo Bermúdez Llopis; Max para su familia, Máximo Belló para sus lectores.

Cómo no se había dado cuenta antes… Se removió entonces en el asiento, avergonzada. Pensó en salir de allí enseguida, pero llamaría demasiado la atención. Letizia no tuvo valor para mirar hacia Máximo, solo quería que desapareciese de su vista. Los recuerdos que habían permanecido olvidados durante décadas se agolpaban ahora en su memoria.

Entretanto, Carmen había dado paso a la firma de ejemplares y los lectores pronto rodearon al escritor, ávidos de un autógrafo o de una fotografía. Este parecía estar disfrutando con aquello, aunque era evidente que disimulaba como podía, porque debía de estar ya más que harto de tanta parafernalia y tanto elogio.

Letizia quiso aprovechar la confusión para escabullirse, pero cuando iba a enfilar el pasillo, Carmen la interceptó.

—Letizia, querida. ¿No irás a marcharte sin que Máximo te haya firmado tu ejemplar? ¿Acaso no te ha gustado el encuentro? Ha estado maravilloso, ¿no crees? —le dijo tan exageradamente simpática como siempre.

—Por supuesto que no. Digo, claro que me ha gustado —titubeó—. Quiero decir que no me marchaba, tan solo quería ir al baño mientras se despeja un poco la sala. Me encuentro un poco mareada.

—Ve tranquila, todavía le queda un ratito. La verdad es que no tienes muy buen aspecto. ¿Estás bien?

—Sí, sí, no es nada. Hace demasiado calor, eso es todo. Enseguida vuelvo.

Cuando regresó del cuarto de baño, apenas quedaban ya un par de personas en la cola. Esperó cabizbaja mientras acariciaba las guardas del libro. Cuando le tocó el turno sudaba a mares. No se atrevió a levantar la vista, tampoco a hablar. Dejó la novela encima de la mesa y la deslizó hacia el escritor. Él le sonrió, abrió el libro y comenzó a escribir. Al acabar, lo volvió a deslizar hacia su dueña y sin mediar palabra comenzó a recoger sus cosas. Letizia recuperó su libro y sin más dilación salió de la librería.

Quería alejarse cuanto antes de aquel lugar. No sabía si Máximo la había reconocido o no, pero quería borrar de su mente aquel reencuentro para siempre, como si no hubiese tenido lugar. Sí, aquello no había ocurrido jamás. Presa de la excitación, caminaba por la avenida tan rápido que cualquiera diría que alguien la perseguía. Estaba tan exhausta que, al pasar junto al parque, no pudo evitar la tentación de sentarse en el primer banco vacío que encontró.

Una vez sentada, recostó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. De pronto, algo cayó junto a ella. Una pequeña piña descansa sobre su libro. Miró hacia arriba y la vio. Otra graciosa ardilla la observaba desde las alturas. Diría que era la misma de hacía un rato —o al menos eso es lo que quiere creer ella—. «El segundo reencuentro del día», se dijo. En ese momento, se dio cuenta de que aún no había leído la dedicatoria. Cogió entonces el libro y lo abrió despacio, como si le quemase las manos. Comenzó a leer y al instante, en su rostro se dibujó una sonrisa de alivio:

Para Leti,

Espero que la vida te haya tratado bien.

No te guardo ningún rencor,

Max.

martes, 11 de octubre de 2022

Toledo, un sueño




“Haz de tu vida un sueño,
 y de un sueño una realidad”.
                           Antoine de Saint-Exupéry





Me enamoré de Toledo la primera vez que estuve. Quedé prendada de sus calles, sus plazas, su catedral, su Alcázar... de su estampa de ciudad varada en el tiempo, como una pequeña isla elevada sobre el Tajo. Me hechizó además su historia, sus siglos de historia que han cincelado cada rincón, cada piedra, cada esquina, y que han dejado su huella imborrable en la ciudad llamada de las tres culturas. 
Toledo es un lugar mágico, sin duda. Mágico y único, y posiblemente sea este el motivo por el cual, alguien (un visionario, sin duda) pensó en construir un parque temático cuyo espectáculo principal estuviera inspirado en esta bella ciudad y en su dilatada historia.
Estoy hablando por supuesto de Puy du Fou, y de su joya de la corona, El sueño de Toledo, un espectáculo al que podríamos aplicar adjetivos como increíble, asombroso, o sencillamente maravilloso. Un escenario de dimensiones descomunales recreando Toledo, un inmenso lago emulando al Tajo, cientos de actores que actúan, bailan, o luchan sin descanso, decenas de caballos, carrozas,  miles de trajes... Así podría comenzar a resumir este impresionante espectáculo que no da tregua al espectador, enlazando una escena con otra y sorprendiéndole a cada instante. Supongo que es el resultado de pretender condensar en 70 minutos 1.500 años de historia. Desde Recaredo a nuestros días, un viaje por la historia de España, y concretamente de Toledo, en el que además de la escenografía, del numeroso elenco de intérpretes, y del complejo guion, unos elementos que podríamos encontrar en cualquier otro espectáculo, también encontramos increíbles efectos especiales que nos dejan literalmente con la boca abierta:  Haces de luz, drones que sobrevuelan el escenario, un ferrocarril, fuegos artificiales... hasta un palacio de cristal y un barco que emergen bajo el agua para volver a desaparecer después. 
Con razón ha sido elegido Mejor espectáculo de Europa, un título indiscutible y merecidísimo. Los 6.000 espectadores que congrega cada representación, y un lleno total, avalan también este reconocimiento.
Pero Puy du Fou es mucho más que El sueño de Toledo, porque el resto de espectáculos no desmerecen en ningún momento el principal. Además, recorrer sus calles, sus posadas, sus puestos de artesanos, sus arrabales, es una grata experiencia, casi como viajar en el tiempo.
Como todo en la vida, nada de lo que te cuenten será equiparable a vivirlo en persona. Y a mí me ocurrió lo propio; Todo lo que me habían contado quedó muy alejado de la realidad cuando presencié uno tras otro los distintos espectáculos y escenarios. Y es que en verdad, Puy du Fou es toda una experiencia para grandes y pequeños, un inolvidable viaje en el tiempo en el que disfrutar con toda la familia, y al que volvería sin dudarlo. 

El primero que encontramos al entrar, El Último Cantar, cuenta la historia de un héroe de leyenda,  Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Un escenario circular con varios decorados, y sus inmensas gradas que giran  para trasladarnos a las diferentes escenas son ya elementos singulares que no dejan indiferente a nadie. Bien sean adultos o niños, todos quedan sorprendidos con esta escenografía. Música, bailes, caballos... hasta el movimiento ondeante de las olas del mar Mediterráneo se reproduce en este espectáculo. Sin lugar a dudas, una gran historia épica la de este caballero castellano, que podemos disfrutar en este Último Cantar, basado en el Cantar de Mío Cid.  Junto a su caballo Babieca,  y su esposa Jimena la voz de este personaje inolvidable nos relata en primera persona los hechos más relevantes de su vida y su gran gesta final en Valencia. Y sí, diré que el Último Cantar  sobrecoge el alma y emociona, vaya si emociona.
"El ciego sol, la sed y la fatiga. Por la terrible estepa castellana, al destierro, con doce de los suyos -polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga". 
Polvo, sudor y hierro, con esas tres palabras en la memoria, el vello erizado y un nudo en la garganta por la emoción, así quedé después de presenciar no una, sino dos veces esta función. 

Allende la Mar Océana recrea el viaje de Colón hacia las Américas a bordo de la nao Santa María, toda una aventura instructiva, curiosa y divertida, muy divertida. Introducirnos en la Alhambra, donde Colón se entrevistó con la reina Isabel antes de comenzar su viaje,  pasear por el puerto de Palos y embarcar en una carabela recorriendo sus entrañas, es una grata experiencia para pequeños y grandes. Deambular por la nave, que simula el movimiento de las olas, recorrer la bodega, los distintos compartimentos de la nave, atravesar incluso tormentas y tempestades a bordo, todo eso te depara esta aventura. Pero son necesarios varios pases para asimilar lo que allí dentro nos espera, y para fijarse en tantos y tan realistas detalles, (hasta el olor a humedad y salitre están presentes).
Una vez recorridas las entrañas del barco, salir a la luz y encontrarse con unas playa de arena blanca rodeada de palmeras, es un final inmejorable para esta aventura que todos (sobre todos los niños) querrán repetir una y otra vez.

La Cetrería de Reyes es otro de los encantos de este parque que no puedes dejar de ver, sobre todo si te gustan los animales.  Tuvimos suerte, porque este espectáculo estuvo cancelado durante todo el verano. Y, aunque no estaban los centenares de aves y rapaces con las que cuenta normalmente, fue alucinante ver pasar sobre nuestras cabezas águilas, buitres, cigüeñas, lechuzas... y verlas sobrevolar las gradas de un lado a otro mostrando sus enormes alas, tan cerca que casi parece que se fueran a posar encima. Las disfrutamos, bajo un sol de justicia, eso sí, aunque mereció mucho la pena.

Y si El último cantar emociona, podría decir que A Pluma y Espada embelesa. Su protagonista en esta ocasión es Lope de Vega, un personaje que dará muestra de su ingenio y viveza luchando contra los soldados del corregidor por los tejados de Toledo y cuya audacia salvará finalmente la vida del rey. Se desarrolla en un enorme corral de comedias y su escenario y decorados tampoco dejan de sorprenderte. Teatro, música, bailes, combates, agua, todo unido y ensartado maravillosamente para conformar un espectáculo dinámico y entretenido del que sales con una amplia sonrisa.

Y qué lujo poder ver actuar en el papel de protagonista a un munereño que ha sabido ganarse el cariño de sus paisanos a pesar de su juventud. Hablo, por supuesto de Antonio José Grande. Tener el privilegio de verlo actuar supuso, sin duda, el colofón a un día inolvidable. Tan grande como su apellido, Antonio se ha convertido en un gran artista, pero también en una gran persona. No pude evitar emocionarme al verlo encarnar a Lope, actuando, saltando y luchando entre los tejados, bailando sobre el agua, derrochando arte a raudales.  Viéndolo allí, en el centro del escenario, rodeado de bailarines, mi mente me trajo de vuelta la imagen del niño risueño de cabellos dorados que fue. Lo recordé vestido de manchego, sujetando uno de los extremos de la cinta el día de la inauguración de la actual biblioteca, y lo recordé también bailando jotas en la Universidad Popular, en aquellos tiempos en que los niños eran minoría en los cursos de baile. Míralo ahí, me dije mientras lo contemplaba absorta, aquel pequeño convertido años después en el protagonista de este espectacular montaje, y formando parte de un gran proyecto. 
Es probable que en algún momento de su vida, Toledo se convirtiera en un sueño. Cuánto me alegro de que hoy su sueño, tenga nombre propio, y haya podido hacerse realidad.



P.D.:
No, no llevo comisión alguna de Puig du Fou.
Sí, me encantó tal y como lo cuento. 
No, no me lo tengas en cuenta si luego vas y no se cumplen para ti las expectativas que te he creado con mi relato.
Sí, hay que hablar más de todo lo bueno que pasa  en el mundo, en general, y de todo lo bueno de las personas que nos rodean, en particular.









 

viernes, 15 de julio de 2022

El Ying y el Yang

 


La primera vez que me atrevía a compartir una entrada de mi blog, mi hijo acababa de perder a su mascota. Manchas, así se llamaba aquel gato blanco, de manchas negras y de suave y espeso pelaje. Su joven dueño le repetía constantemente: «eres un ser adorable» y mientras, el animal ronroneaba recostado sobre su pecho. Eran la viva estampa de la felicidad, una felicidad que solo entenderán aquellos que hayan tenido una mascota, al igual que el vínculo tan especial que puede llegar a crearse entre los animales y las personas.

Recuerdo como si fuera hoy, los gritos de mi hijo después de encontrarlo muerto junto a su comedero. Lo habían envenenado. No sabría decir cuándo cesó el llanto desconsolado de nuestro pequeño y tampoco las palabras con las que conseguí que se calmara. Solo recuerdo el desconcierto, el silencio, y cómo la tristeza se apoderó de todos nosotros aquel fatídico día. A las pocas horas me puse a escribir. Como siempre que lo hago, se trataba de una necesidad, de una forma de «fogar», como decimos en mi pueblo, o de «desfogar» como contempla el diccionario de la RAE. Necesitaba gritar al mundo mi indignación, pero también necesitaba contarle a mi hijo que en el mundo existen personas malvadas, capaces de envenenar a un animal inocente, pero que también está lleno de buenas personas, como todas las que después de aquella pequeña-gran tragedia nos transmitieron su cariño y solidaridad. De alguna manera, aquel texto ayudó a mi hijo a superarlo.

Siempre he creído que los niños necesitan crecer rodeados de animales a los que cuidar y amar, así que poco después, ya teníamos en casa un gato blanco con manchas grises que decidimos llamar Manchas II en recuerdo del primero. Nunca supimos lo que le ocurrió a este segundo Manchas, que bien podríamos haberle apodado «El Breve», pero lo cierto es que un buen día se marchó por el tejado, para no volver jamás. Lo que sí que volvió a casa fueron las lágrimas, las llamadas al aire sin respuesta, y la pena.

Maldecíamos nuestra mala suerte con los gatos, pero lo intentamos de nuevo adoptando una preciosa gata gris que apodamos Niebla. Pensábamos que la mala suerte había terminado, pero nos equivocamos. A pesar de estar esterilizada, y de vivir como una auténtica reina, Niebla tampoco regresó. La buscamos durante semanas, siguiendo las pistas de gente que la había visto por distintos lugares, llamándola por las calles, preguntando a los vecinos… Llevaba puesto un collar con su nombre y mi teléfono, pero nadie llamó nunca para decirnos que estaba viva, ni tampoco muerta.

Poco tiempo después, acostumbrados ya a las pérdidas ─o pecando quizás de masoquistas─, adoptamos a dos gatitas de la misma camada, por aquello de que se hiciesen compañía y no saliesen a buscarla fuera. Se llamaban Ying y Yang, nombres bastante apropiados, puesto que una era blanca como la nieve y la otra negra azabache. Resultaba curioso verlas durmiendo juntas, entremezcladas, lamiéndose mutuamente, o abrazándose entre sí, como si fueran el mismo símbolo chino del que tomaron el nombre. A pesar de ello, no nos veíamos llamándolas a gritos por el patio: «¡Yiiiiiiiiiing!, ¡Yaaaaaaaaang! ¿dónde os habéis metido?», así que, en un alarde de originalidad propio de nuestra familia, las rebautizamos como Blanca y Sombra.

Tan opuesto como su aspecto era su carácter, y mientras Sombra era tranquila y dormilona, su hermana Blanca era traviesa e intrépida, tanto que bromeábamos diciendo que ya habría perdido unas cuantas vidas en sus múltiples caídas y accidentes. Así que, cuando no regresó una noche a dormir, apenas nos sorprendió. Blanca era demasiado bonita, (alguien podía haber decidido quedársela), demasiado traviesa (podía haberse metido en un lugar peligroso del que no consiguiera escapar). Era, en definitiva, demasiado temeraria, así que, pasada una semana de su desaparición, apenas guardábamos esperanzas de encontrarla con vida.

Asumimos esta nueva pérdida, resignados, y perplejos por nuestra mala suerte con los gatos.

 

Hace dos semanas, mientras cenábamos fuera, sonó el teléfono. Lo descolgué, aunque se trataba de un número desconocido. Una voz de chica me preguntó al otro lado de la línea:

─ ¿Es tuya una gata blanca? Lleva un collar con este teléfono.

Mi cara tuvo que ser todo un poema, reflejo de la incredulidad y la alegría que sentía.  El torrente de emociones que me embargaron en ese instante, apenas me permitió titubear unas cuantas palabras inconexas:

─ Sí, mi gata Blanca… Estaba perdida… Casi dos semanas sin verla… ¡Ahora mismo voy!

Me levanté como movida por un resorte y grité: «¡Ha aparecido la gata!» A partir de ahí, todo son recuerdos confusos.  Casi a la carrera, nos dirigimos al lugar indicado por la chica. Mi hijo lloraba de forma descontrolada mientras repetía «Blanquita, mi Blanquita…». Apenas tardamos unos minutos en llegar, pero se me hicieron eternos. Una vez allí, una pandilla de jóvenes salió a nuestro encuentro. Uno de ellos tenía a nuestra gatita y me la entregó con cuidado, como el que entrega un preciado tesoro. Al mismo cogerla, noté lo asustada que estaba, pero también lo mucho que había mermado su lomo en apenas unos días.

«Estaba subida al árbol sin parar de maullar» nos dijeron. Quién sabe cuántos días llevaría allí, en un parquecillo a tan solo dos calles de nuestra casa. No podíamos creer la suerte que habíamos tenido, esta vez sí. En esta ocasión, nuestra gata tuvo la fortuna de coincidir con gente buena, unos jóvenes que pasaban el rato una noche de sábado, y que, al ver a un animal en apuros decidieron ayudarlo. No tenían por qué llamar, pero lo hicieron. Me llamaron, y no sé si serán conscientes del milagro que realizaron con ese pequeño acto, pero con él, mi hijo recobró la felicidad, y yo, la fe en la humanidad. Les estaré eternamente agradecida por ello.

He aquí el otro lado del mundo, la otra cara que hasta ahora desconocíamos: El Ying y el Yang en estado puro.



viernes, 25 de marzo de 2022

El sitio de mi recreo





Lo esencial es invisible a los ojos

Antoine de Saint-Exupéry



Escribe Mar Benegas en un poema: que la biblioteca sea hogar, casa, alimento, refugio y semilla. En tan pocas palabras, se desprende un profundo amor por las bibliotecas y una defensa férrea de su valor, con los que no puedo estar más de acuerdo. Una biblioteca no es sólo un lugar lleno de libros, es mucho más que eso. 

Quizás alguien pudiera pensar que en una biblioteca las horas transcurren plácidamente, que se trata de un lugar detenido en el tiempo, un vestigio del pasado donde nunca pasa nada. Recuerdo que en una ocasión, una chica a la que acababa de conocer me dijo: ¿Trabajas en una biblioteca? Pues qué aburrimiento ¿no? Supongo que al ver la expresión de mi cara, (que no sabría decir ahora si fue de desconcierto, o si simplemente la fulminé con la mirada), no le hizo falta esperar mi respuesta. Emprendió la retirada, para no volver a acercarse a mí en todo el día. En aquel momento me dije: esta chica no ha pisado una biblioteca pública en su vida...

No voy a negar que haya momentos, en que la biblioteca sea ese remanso de paz que buscan los amantes de los libros, los estudiantes, o los que adoran el silencio. Ahora bien, de aburrimiento, nada de nada, o al menos a mí no me da tiempo a aburrirme. Porque, si ustedes son de los que acuden asiduamente a una biblioteca pública, sabrán que esa imagen apacible se aleja muchas veces de la realidad. Habrán podido comprobar que estos templos del saber, tienen a menudo un trasiego constante de lectores grandes o pequeños, inquietos, ruidosos, alborotadores y de todo tipo, los cuales no hacen otra cosa, que dar vida a cualquier biblioteca que se precie.

Quizás  se sorprendan si les cuento que los niños acuden felices a los clubes de lectura.

─Todavía no es la hora, faltan aún quince minutos ─les dije a un par de niños de 4º el primer día que asistieron después de la pandemia.

─Ya, es que estábamos deseando venir... ─me contestaron, con la sinceridad de la que solo los niños son capaces. Una respuesta que me conmovió y que me dan ganas de anotar, y enmarcar, para tenerla bien cerquita cada vez que me visite el desaliento.

En verdad, qué a gusto vienen. Qué extraordinaria experiencia escucharles leer y verles disfrutar de las lecturas. Qué privilegio aconsejarles libros y animarles a leer. 

Y qué decir de mis pequeños oyentes de La hora del cuento,  a los que he visto, y veo crecer año tras año. Esos que vienen tan pequeñitos, tan callados, tan tranquilos las primeras semanas y que poco a poco van tomando confianza, desmelenándose completamente con el paso de los meses. 

El primer día les digo: Me llamo Mª Nieves, no me vayáis a confundir con Blancanieves, que ya me ha pasado... y se parten de la risa. Pero sí, muchos me siguen llamando Blancanieves.

Les cuento, además, que no solo tenemos qu alimentar el estómago, también tenemos que alimentar  el cerebro. ¿Y con qué se alimenta el cerebro?, les digo. Pocos saben contestar correctamente a esa pregunta, que intento que aprendan cuanto antes: con cuentos y más cuentos. Cuentos que espero y deseo que algún día se conviertan en novelas, en ensayos, en poemarios, o en cualquier género literario que tenga forma de libro y que realmente pueda servirles para alimentar sus pensamientos y sus almas, para crecer como personas y sobre todo, para hacerlos libres. 

Estoy segura de que los amantes de la lectura, coincidirán en que los libros son un verdadero refugio ─más aún, en estos últimos tiempos─ y en que son un necesario alimento para el alma. Yo hace mucho que lo descubrí, y desde entonces, creo fervientemente en su poder. Por ello, no dejo de recomendar este remedio fácil, barato y natural.

Albergo la esperanza de que estos niños que acuden a la biblioteca a por su ración semanal de cuentos, encuentren en la lectura y en los libros, el refugio y la compañía que yo encontré en ellos, y que descubran (al igual que le ocurrió a ese personaje inolvidable de Matilda) que gracias a los libros, ya nunca volverán a estar solos.

Es un verdadero regalo ser testigo de sus avances, ver cómo crecen mis pequeños, cómo van cambiando sus cuerpos, sus caras, su carácter... con el paso de los años. Verlos disfrutar con las historias que les cuento. Verlos dormirse literalmente (ya he perdido la cuenta de los niños que han sucumbido al sueño durante mis sesiones). Verlos marcharse de la biblioteca cargados de libros, de cuentos, de ese  alimento insustituible y más necesario que nunca.

Qué experiencia maravillosa contar cuentos. ¿Que no lo han probado? Pues háganlo, se lo recomiendo. No hace falta saberlos de memoria (aunque al final una de tanto repetirlos acabe por aprenderlos). No hace falta ser la mejor de las oradoras, ni disfrazarse de actriz, ni hacer ningún máster, se lo garantizo. Lo único que hace falta son las ganas de contar, de contagiar el amor por la palabra, de disfrutar compartiendo lecturas.

A menudo, tras el consabido colorín colorado de rigor, recibo una ovación de mis queridos niños, aplausos, que como siempre digo, me saben a gloria bendita. 

─Habéis sido un público maravilloso ─les digo, y vuelvo a escuchar sus risas (siempre quise decir esa frase que pronuncian los profesionales en los teatros). Y es que contando, me convierto en otra persona, en los personajes a los que doy voz; me vuelvo un poco payasa y doy rienda suelta a esa contadora de cuentos desinhibida y confiada que ya no hay manera de ocultar cuando tengo enfrente a un montón de niños atentos a mis palabras y a mis gestos.

Muchas veces me los encuentro por la calle, o por el parque, y corren a saludarme desde lejos, gritando mi nombre. Se abrazan a mis piernas felices y yo, los envuelvo con mis brazos desde arriba, reprimiendo las ganas de ponerme a su altura para abrazarlos bien fuerte,  y  comérmelos a besos. 

"Encuentra un trabajo que te guste, y no tendrás que trabajar nunca", le he repetido siempre a mi hijo desde pequeño. Yo, que soy muy de frases hechas, de citas literarias y de refranes, le dejo caer esta, como el que echa el anzuelo y se dispone a esperar a ver si pican. Aún así, también le insisto siempre en que, sin esfuerzo no suele haber recompensa, y por mucho que te guste tu oficio, por mucho que disfrutes haciéndolo, será necesaria una buena dosis de empeño y dedicación, si aspiras a hacerlo medianamente bien.

El sitio de mi recreo se convirtió un día, hace ya muchos años, en una biblioteca, en ese mágico lugar en el que pueden suceder millones de cosas. Donde uno puede viajar a sitios extraordinarios. Un lugar donde se nos brinda la oportunidad de aprender a conocernos y a comprendernos mejor. Donde cualquiera puede descubrir en el testimonio de otro, su propia historia. Donde reconocerse en las palabras y los pensamientos ajenos. Y en este maravilloso lugar, sigo sembrando en mis niños pequeñas semillas, unas semillas que espero, den sus frutos en un futuro no muy lejano.

¿Acaso me tomarán por loca, cuando me pongo a hablarles de las grandezas de la lectura y de la imperiosa necesidad de leer en este mundo de móviles, tablets y videoconsolas? Esa pregunta me hago a menudo, y aunque la respuesta pudiera llegar a ser afirmativa, ¿no creen que merecerá la pena, si al menos una pequeña parte de estos niños se convirtieran en lectores?

Tienen ustedes un auténtico paraíso a la vuelta de la esquina, no desaprovechen la oportunidad, y conviértanlo, cuanto antes, en el sitio de su recreo.













Hablando en plata II

  Los que me conocen saben de mi interés por las raíces, por las tradiciones y las costumbres de nuestro pueblo. Y me siento atraída especia...