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jueves, 9 de enero de 2020

Crónicas navideñas



Han sido éstas unas navidades especiales, diferentes,  y también muy emotivas. Unas navidades en las que a lo largo de los días se han ido sucediendo momentos alegres, tristes, divertidos, inolvidables, alguno de ellos para olvidar... aunque en definitiva, momentos singulares de los cuales me gustaría dejar constancia en estas crónicas navideñas.



Confieso, que estas navidades, he recibido la inesperada felicitación de una lectora, y que su entrañable mensaje me ha vuelto a demostrar, que no existe dinero suficiente para pagar, los extraordinarios regalos con los que me obsequia, una y mil veces, mi querida y adorada biblioteca.

Confieso, que he vuelto a escribir los pensamientos que me abordan. Que he viajado de nuevo, en el tiempo con mis palabras, y que, como susurros, las he enviado a las maravillosas personas que hacen hermoso mi universo. Y que el eco de mi voz  ha regresado, multiplicado de buenos deseos y de sincero afecto.

Confieso, que mi corazón ha palpitado al escuchar mi nombre por la calle. Y que las francas sonrisas de los niños, de los que procedían esas llamadas,  han alegrado mis días, y enardecido mi alma.

Confieso, que he sido dichosa en compañía de mi familia y amigos. Que con ellos, he reído sin pudor, a carcajadas. Que la risa, se ha vuelto tan precisa, que en la vida, son ya muchas las tristezas...

Confieso, que mi Nochebuena no ha sido tan buena. Que he sentido como propio el sufrimiento de mi madre, mientras lloraba en silencio las dolorosas ausencias. Y que he visto, como la alegría desbordante de su nieto ha conseguido, otra vez, aligerar sus lamentos.

Confieso, que he tenido el privilegio de participar en un gran concierto. Que he sido testigo de cómo un belén viviente, un coro, una banda, y todo un pueblo, se han unido en comunión por un reto solidario. Que he visto como se hacían realidad, el sueño y la  utopía de un joven director de orquesta. Que he disfrutado encantada del prodigio de la música. Que  cautivada, he observado a decenas de músicos mover veloces sus dedos, guiados por la batuta de un portentoso maestro.Y que mis pies, se han movido, no podían pararse quietos, al oír las melodías, que aún suenan en mi cerebro.

Confieso, que emocionada he presenciado el canto de una nana bajo los altares. Que he escuchado conmovida a una madre -a la que adoro-, cantar con su dulce voz, arrullando con primor, con entrañable ternura, a su precioso pequeño. Y que he vibrado también, al oír  las voces virtuosas de los míos, cantando alegres aguilanderos y villancicos, al son de  zambombas y castañuelas.

Confieso, que he participado en una carrera solidaria. Que he corrido, feliz, rodeada de mi estirpe, aunque mi cuerpo, después, haya protestado dolorido. Pero lo he hecho, he corrido siguiendo los pasos  de mi hijo, que no ha parado de azuzarme, ¡mamá vamos, date prisa!

Confieso, que he sentido como el mundo se paraba de repente. Que incrédula, he contenido el aliento, y que he rezado, rogando un milagro al cielo. Que mil lamentos mudos he entonado, porque acaso se trataba de un mal sueño. Que con el alma en vilo, he vuelto a casa, y en la mente, un solo pensamiento. 

Confieso que mis ojos se han nublado.Que se ha quebrado mi voz, y estremecido mi cuerpo, al conocer las noticias de una pronta e increíble mejoría. Y que he pensado, quizás... quizás a veces, sí que ocurran los milagros...

Confieso que he recibido con orgullo las buenas nuevas, la gratitud y las muestras de cariño. Que me he dicho, satisfecha, qué suerte de tenerles, cuánto valen... qué importante y valiosa su presencia. Que he rogado a mis santos protegerles, soy tan rica que me asusta, me da miedo...

Confieso, que he soñado con las navidades del pasado. Y que no he dejado de añorar un solo día, a todos los que se han ido marchando. Que invoco en mi memoria aquellos viejos tiempos, y que, a menudo, he de sacar fuerzas para no sucumbir a la nostalgia. 

Confieso, que he sufrido el mal ajeno, el mismo que hace años yo padezco. Que he querido compartir mis experiencias, y que sabia y experta me he sentido al hablar de mis dolencias ya asumidas. Confieso, que confusa he atendido, los miedos y pesares de una madre; Ilusa, me he llamado, al acordarme, de la angustia y la congoja del principio.

Confieso, que he vibrado con los versos de un don Juan Tenorio embravecido. Que absorta, lo he oído declamar su amor a Doña Inés, sin titubeos. Y que he visto al pequeño lector que ayer fue, convertido en gran actor, en dueño y señor del escenario.

Confieso, que he comenzado un nuevo año
como hace mucho tiempo que no hacía. Que he gozado en compañía de mi familia, del calor y del apego inmemoriales. Y que he cantado por Mecano complacida, "cinco minutos antes de la cuenta atrás"...

Confieso, que la magia de la Navidad ha pasado por casa de nuevo. Que hace mucho que aprendí, que con un niño, ilusión y fantasía están servidas. Que con su inmensa emoción nos contagia, que hoy el tiempo pararía, si pudiera...


Qué bonito mi mundo, mi gente,
las personas que están, las que cuentan,
que me hacen la vida bonita,
que consiguen que valga la pena.

Doy las gracias al milagro de la vida
y sin más, solo confieso...


Confieso, que he vivido...








martes, 24 de diciembre de 2019

Feliz Navidad





La Navidad ha llegado a nuestros hogares un año más. Una fiesta para muchos ansiada y deseada, para otros odiada y detestada, aunque sin duda, una celebración que para nadie resulta indiferente, ya que es casi imposible escapar a sus influjos.

He de confesar que a mí siempre me ha gustado, y he disfrutado con placer de toda su parafernalia. Y lo sigo haciendo, pues es indudable que quien tiene un niño en casa, vive la Navidad de manera especial, contagiado por esa ilusión y esa tierna inocencia de la que sólo los pequeños hacen gala... En verdad, cualquier momento del año se vive de manera diferente y especial si tienes la inmensa fortuna de vivirlo a través de los ojos de un niño.

Sin embargo, también he de decir que la Navidad que nuestros hijos conocen, se parece cada vez menos a las Navidades de mi infancia. 

Me da vértigo esta Navidad resplandeciente, engalanada de luces y adornos por todas partes, sobre todo en las grandes ciudades, que compiten por el cuestionable título de ser "la más luminosa" (olvidadas por unas cuantas semanas la famosa Cumbre del planeta y ese preocupante cambio climático que nos acecha...). 

Puedo llegar a comprender a esas personas que no soportan los villancicos sin descanso y a todo volumen, o a las que intentar huir -como es mi caso- de las calles abarrotadas de gente bajo el alumbrado, cargadas de bolsas, con prisas por comprar, por celebrar la Navidad de la única manera que parecen conocer.

Casi me sonroja esta obsesión por comprar y comprar, de poner en la mesa exquisiteces y manjares a precios desorbitados; esta fiebre por regalar objetos, juguetes, obsequios de diversa índole, que alcanza ya dimensiones desmesuradas, y que conseguirá en algún momento del camino, -si es que no lo ha hecho ya-, que no lleguemos a valorar absolutamente nada de todo lo material que nos rodea, que no seamos conscientes de que el verdadero regalo no está en el interior del paquete, sino en las manos, y en el corazón de la persona que te lo ofrece.

Navidad se ha convertido hoy en publicidad. Minutos y minutos interminables de publicidad, sobre todo de perfumes, cuyos nombres pronuncian con letanía modelos de belleza aúrea y languidez extrema. Parfum de Cacharel, balbucean con un hilo de voz, exhaustas, casi al punto del desmayo. Y anuncios conmovedores, donde los seres queridos son recibidos entre lágrimas y abrazos, porque, como el turrón, todo el mundo vuelve a casa por Navidad..

Y es que la Navidad de hoy en día es la que se nos muestra en televisión en todo su esplendor, la felicidad personificada en una familia perfecta que sonríe despreocupada frente a la chimenea, que canta villancicos en armonía junto a un árbol de Navidad perfecto, en una casa perfecta, en un mundo perfecto. Una estampa edulcorada de la felicidad que, por desgracia, pocas veces se parece a la vida real. 

Este mundo que nos ha tocado vivir nos alinea sin remedio imponiéndonos sus cánones, y en Navidad, lo que se lleva es derrochar, en todos los sentidos. Has de prodigar felicidad por los cuatro costados, y para ello, comprar un montón de productos que probablemente no necesites, pero que, desde luego, te harán muy feliz, has de reunirte con los compañeros, con la familia, con los amigos... y salir a divertirte, y comer, y beber... Y así, abocados a ese diluvio de felicidad tangible y arrebatadora, nos hemos de olvidar de las penas, de las injusticias, del hambre en el mundo, de las guerras, de los sin techo... No, en Navidad parece no haber cabida para la tristeza. Nada de pensar en ella, nada de aguafiestas, al cuerno la melancolía. Tómate una copita y un mazapán y olvídate de los problemas por unos días..

Ah, y la lotería... No hay Navidad sin sorteo extraordinario de lotería, un sorteo cuya probabilidad de resultar premiado resulta irrisoria, pero en el que muchos confían su suerte, sus esperanzas, y sobre todo, sus ahorros. Año tras año asistimos con resignación a ese espectáculo de felicidad desbordante, de euforia desatada de unos pocos afortunados, y tras él, no nos queda más que agrader la mucha, o la poca salud que nos ha tocado en suerte (ahora, que nadie te diga en ese preciso momento, que el dinero no da la felicidad, que se lo pregunten a esos que ves pegando saltos en tu pantalla de televisión...). 

En todo esto se ha convertido la Navidad, como tantas otras cosas hoy en día, en una nube de excesos a la que nos vemos abocados sin remedio. Aún así, me siguen gustando estas fiestas. Me gustan, aunque ya nunca podrán compararse a las Navidades de mi infancia, esas cuyo recuerdo me llena de profunda melancolía.

Navidad eran aquellas maravillosas y multitudinarias reuniones familiares en las que los primos -las primas-, aprovechábamos para jugar sin descanso, contagiados del ambiente festivo. Era ver a mi querido abuelo Antonio tocando la zambomba, el mismo que nos sacaba caramelos de las orejas como por arte de magia. A pesar de los años transcurridos, su imagen haciendo sonar aquel rudimentario instrumento se mantiene nítida en mi memoria; Lo recuerdo mojando su mano en una pequeña palangana de porcelana, y arrastrarla después a lo largo del astil haciendo vibrar con aquel movimiento la fina membrana de piel, y produciendo así el característico sonido de la zambomba. Y lo recuerdo también cantando villancicos con su inconfundible voz, mientras rascaba una cuchara contra una botella de anís, rodeado por sus nietos que lo mirábamos embelesados, y que bailábamos al son de la música, mientras él, consciente de ser el centro de atención, el alma de la fiesta, sonreía y nos miraba con sus ojos vivarachos.

Navidad era la obligada "misa del gallo" tras la cual dedicábamos un buen rato a contemplar con auténtica fascinación el inmenso belén parroquial. Era montar el árbol y el belén junto a mis hermanos. Recoger un montón de césped del campo, que intentábamos sacar de una sola pieza, y con el que realizábamos un precioso belén, cada año más recargado y detallista. Era cantar villancicos en el pasillo de casa tocando las panderetas, y aquellas noches que pasábamos casi en vela esperando la llegada de los Reyes Magos. Pocas veces nos traían exactamente aquello que habíamos pedido, aunque ahora que lo pienso, poco importaba; aquello era una fiesta, eran nervios, ilusión, espera...Levantarnos con los primeros rayos de sol y ocupar el pasillo en busca de nuestros regalos tras escuchar la esperada confirmación: ¡Ya han llegado! En aquellos tiempos apenas habíamos oído hablar de Papá Noel, ese viejecito encantador entrado en carnes, y de cabellos plateados, que hoy visita también casi todos nuestros hogares en Nochebuena y que pugna por desbancar a sus Majestades de Oriente. 

Navidad era felicitar las Pascuas a familiares y amigos con una postal... Ahora ya casi nadie las escribe, y si te llega alguna, tienes la sensación de haber recibido un regalo único y extraordinario. Hoy todo el mundo reenvía mensajes y felicitaciones a través del teléfono, que se repiten una y otra vez, las mismas frases hechas, imágenes y mensajes impersonales que te llegarán por un grupo de wassap, por dos, por cuatro. Porque todo el mundo te desea Feliz Navidad en estos días, movidos por este torrente de felicidad y amor contagioso e inherente a estas fiestas, y que lamentablemente parece sumirse en el olvido el resto del año. 

Sí, me sigue gustando la Navidad, aunque si soy honesta, también he de admitir que conforme van pasando los años, no la recibo con el mismo entusiasmo de antaño. A medida que se acercan estas fechas, la añoranza se instala en mis pensamientos, y no puedo evitar tener más presentes, si cabe, a los que ya no están. Son ya muchas las sillas vacías, muchos los que no acudirán a la cita esta Nochebuena, a los que echaremos de menos, y cuya ausencia hará que nos escueza en el alma la tristeza. La Navidad ya nunca volverá a ser igual sin ellos, y lo peor, es que el tiempo no puede pararse, seguirá corriendo incansable y se empeñará en trasformar en algún momento nuestro mundo, este mundo imperfecto que nos rodea y que pagaríamos porque siguiese estando así muchos años, tal cual está, con sus virtudes y sus defectos. Quién pudiera detener el tiempo... Quién pudiera regresar al pasado, a aquellos tiempos en que no faltaba nadie, en los que éramos inmensamente ricos sin ser conscientes de ello.

Ya ha llegado la Navidad, y repetiremos una vez más como autómatas, todas sus tradiciones. Nos veremos envueltos en sus rituales, comulgaremos con sus excesos, haremos probablemente todo aquello que aborrecemos o con lo que estamos en desacuerdo. Lo haremos probablemente, aunque quisiera pensar que todavía existe un poco de cordura en nuestro interior y que algunos no hemos sucumbido por completo al consumismo excesivo y desmedido al que parece que estamos abocados. Quisiera pensar que el espíritu navideño, la esencia de la Navidad, ese deseo de paz, de amor, de concordia y de solidaridad que aflora en estas fechas perdurará durante todo el año

Pero es Navidad, y a pesar de todo... ¿quién puede resistirse a la magia de la Navidad?




Si mis palabras te han llegado a través de mí, significa que formas parte importante de mi vida, o que quizás, he tenido la suerte de coincidir contigo en algún momento del camino, de disfrutar de tu compañía (no importa que no nos veamos a menudo, o que no hayamos hablado en los últimos meses...). En cualquier caso, me gustaría desearte una Feliz Navidad, por supuesto, aunque también quisiera que en cada uno de los días del año te acompañara el espíritu de la Navidad, ese que está ahí, agazapado detrás de toda esta efusividad navideña, detrás de este escaparate de armonía y felicidad. Me gustaría desearte, de todo corazón, que la salud te acompañe siempre, y que encuentres la felicidad cada día en tu familia y amigos, en la gente que te rodea, en las pequeñas cosas, y sobre todo, en los momentos especiales que se nos brindan, y que hacen que la vida merezca la pena.

Feliz Navidad,
Feliz año, y 
FELIZ VIDA.











viernes, 8 de noviembre de 2019

La víspera





Si mi padre levantara la cabeza... Eso pensé la otra anoche, la víspera del Día de los Santos, cuando vi a los numerosos grupos de niños y niñas, de jóvenes y no tan jóvenes disfrazados, pintarrajeados hasta las orejas, (algunos de los disfraces conseguidísimos y realmente originales). Un desfile de muertos vivientes que reivindicaba, un año más, una fiesta ajena a nuestras tradiciones y costumbres, pero que definitivamente, llegó para quedarse. Sea como fuere, era la segunda vez en el mismo día en que ese pensamiento rondaba mi cabeza. Si mi padre levantara la cabeza...

No es mi intención despotricar aquí del "jalogüín", como lo llaman los abuelos, (articulan despacio cada sílaba, temerosos por meter la pata cuando salga de su boca esta palabra, para ellos impronunciable). Lo respeto, como respeto tantas otras fiestas y tradiciones que me resultan indiferentes, aunque, por supuesto entiendo que esta en concreto haya calado tanto en los pequeños, atraídos por los disfraces, y claro, por las chuches; cómo no les iba a gustar algo así... Y desde luego, reconozco haber decorado la biblioteca en varias ocasiones este día, y aprovechar para contar cuentos de miedo y esas cosas. En este caso, el lema de "si no puedes con ellos, únete" es algo inevitable y conveniente, no lo negaré.

Mi propio hijo, a quien por cierto, tampoco le atrae demasiado esta celebración, se pasó la noche asomándose a la calle y gritando: "ya vienen, ya vienen", para a los pocos minutos volver a salir a la calle, con la bolsa de chuches en la mano, enfadadísimo, porque los niños en cuestión habían pasado de largo sin llamar al timbre. "Parece que fuera invisible nuestra casa, ¿pero por qué no llaman?" Total, todo un fiasco para él, que pretendía regalar sus chuches a todos los que viniesen a buscarlas, qué le vamos a hacer... Al final, parece que tarde o temprano, en mayor o menor medida, todos nos vemos arrastrados por las tendencias, y aún sin quererlo, nos dejamos llevar.

Y es que, he de reconocer, que esta fiesta tiene cada vez más seguidores, y sí en Munera también, y  la noche del 31 de octubre, un heterogéneo cortejo fúnebre recorría las calles de nuestro pueblo; diría que es el año que más gente he visto (posiblemente porque el tiempo acompañaba), y al observarlos, no pude evitar acordarme de mi padre, y lo imaginé diciendo desdeñoso: "vaya modas copiamos... menudas tontás". Diría eso,  y mucho más, aunque no voy reproducir aquí la clase de improperios que estoy segura saldrían de su boca. Tras este pensamiento sonreí para mis adentros, por varios motivos: Por el recuerdo de mi padre en sí mismo (qué alivio poder recordarlo también con una sonrisa), y porque supongo, que en el fondo, mis pensamientos no distan demasiado de los suyos.

Hace 40 años nadie había oído hablar de Halloween. La víspera del Día de todos los Santos había una cita ineludible con  Don Juan Tenorio de Zorrilla en las pantallas de televisión; era una tradición obligada que muchos todavía recuerdan y relacionan con esa noche. También hace 40 años todo el mundo acudía al cementerio a llevar flores y honrar a sus muertos, pero entonces, les llevaban tan solo, las que eran las flores típicas de los Santos: unos humildes crisantemos o unas vistosas crestas (unas flores granates muy singulares llamadas así por su parecido con dicha parte del gallo).

La víspera de los Santos, como manda la tradición, acudí yo también  al cementerio a llevarles flores a mis muertos, acompañada por mi tía y por mi madre. A pesar de que fuimos en la sobremesa, cuando pensábamos que habría menos gente, me sorprendió el bullicioso ajetreo de peregrinos que entraban y salían cargados con todo tipo de flores y jardineras. Y en ese momento, por primera vez ese día, pensé para mis adentros la frase que me acompañó durante toda la jornada: Si mi padre levantara la cabeza... De haber asistido a ese despliegue de descomunales ramos y ostentosas flores, de contemplar el lugar donde descansan los restos de nuestros antepasados en todo su esplendor, de haber visto tal afluencia de masas que abarrota durante estos días el campo santo, para quedar desierto de nuevo una vez pasada esta fecha,  hubiese comenzado con su personal discurso de quejas y aspavientos hacia esta cultura de hoy en día, que hemos acogido sin reparos, y que parece no atender  más que al "todos a una, como en Fuenteovejuna". Que el vecino le ha puesto un centro enorme y precioso de rosas rojas a su querida madre, que en paz descanse, pues cómo iba a ser menos la mía, con todo lo que yo la quería... Y crestas, crestas, pues la verdad, yo no vi ni una, y crisantemos, pues no demasiados.

Mi padre era de los que pensaba que a los muertos las flores ya no les hacen falta, "los gestos hay que hacérselos en vida" decía. Y no es que se negara a seguir con esta tradición, ni mucho menos. Las tradiciones son eso mismo, tradiciones, y hay algo en ese ritual que las acompaña, que hace que las repitamos año tras año, y que ayuda a reconfortar nuestra alma y a sentir esa íntima satisfacción del deber cumplido, que muy pocas veces podemos dejar de lado. Da pena, sin duda, observar las sepulturas carentes de flores, sobre todo, si todavía sigue con vida alguien, en cuya memoria reina todavía el recuerdo de sus moradores. Lo que me asusta irremediablemente, y creo que es lo que cabreaba a mi progenitor, a pesar de que él no llegó a ver con sus ojos la envergadura de lo que aquí cuento, es esa actitud desmedida de "lo mío más y mejor", que tratándose de un sitio inerte, en el que poco podemos encontrar de los que nos dejaron salvo una lápida fría y una fotografía varada en el tiempo, resulta ridículo y carente de sentido.

Nunca he necesitado visitar la tumba de mi padre para tenerlo presente. Tampoco me reconforta especialmente pasar tiempo delante de su lápida gris. De pie, delante de su nicho me siento como una espectadora de una injusta tragedia cuyo desenlace ya nadie podrá cambiar; contemplo hipnotizada su fotografía incrustada en ese marco ovalado y brillante,  mientras leo una y otra vez su epitafio. Allí no me encuentro mucho más cerca de él que en cualquier otro sitio, porque siempre he intentado evitar que su recuerdo quede relegado a este triste lugar. Soy consciente, por supuesto, de la necesidad, no sé si ancestral, cultural o ambas cosas, que tenemos los humanos de visitar las tumbas de nuestros seres queridos, quizás, por la certeza de que sus restos, siguen compartiendo con nosotros la tierra que pisamos. Pero yo, estoy convencida de que  su huella en este mundo, es mucho más profunda que lo que queda de ellos tras la lápida a la que acudimos a poner flores.

Son muchos los lugares en los que consigo abrazarme al recuerdo de mi padre. A menudo me sorprendo frotando mis manos contra el romero que  plantó en mi patio, hace ya muchos años, junto a los almendros que él también injertó y cuya cosecha de ciruelas hemos venido recogiendo cada verano. Los miro y viene a mi memoria la imagen nítida de sus robustas manos realizando una incisión precisa en el tronco del almendro. Lo veo sujetando entre los labios la pequeña herramienta puntiaguda que utilizaba para injertar, e introduciendo seguidamente el injerto en el tallo, uniendo las dos "yemas" con ceremoniosa paciencia. Todo un ritual del que era un verdadero experto,  y con el que conseguía ese milagro de la naturaleza que es cruzar las distintas especies.

Me llevo las manos a las fosas nasales para aspirar el inconfundible aroma del romero y acude inevitablemente el recuerdo de aquella tarde lejana en que sus manos plantaron en la tierra esos mismos romeros que hoy contemplo, y que no dejan de ser una rúbrica más de mi padre en mi  patio, en mi casa...

Lo mismo me ocurre en la que fue su casa. Son tantas las cosas que me lo recuerdan en ella, tantos objetos que tienen su sello, tantas cosas inservibles que aún conservamos por aquel "qué lástima da tirarlo tan bien como lo arregló tu padre", con tanta paciencia y maña con que lo hacía todo. Y cuántas veces he entrado al salón y he mirado hacia su sillón esperando encontrarlo con las piernas cruzadas, las gafas caídas en mitad de la nariz, sumamente concentrado en la lectura del Marca que tanto le gustaba... Podría pasarme horas recorriendo cada rincón de la vivienda, mirando sus cosas, sus fotografías, sus libros, sus libretas repletas de anotaciones con aquella letra perfecta y pulcra que hacía; su vieja maleta, en la que guardaba aquellos pequeños tesoros, aquellos objetos antiguos que conservaba de su juventud, y que no tenían valor material alguno, pero sí por supuesto, sentimental.

Podría recordar cada día sus dichos, sus historias, sus divertidas anécdotas que contaba como nadie, y con las que te atrapaba en el mismo instante en que las palabras brotaban de su boca. Su voz todavía resuena en mi cabeza, y ojalá  no deje de escucharla nunca, aunque el tiempo se empeñe en distorsionarla o desfigurarla.

Podría hacerlo, y de hecho lo hago cada día. Viajar en el tiempo y regresar al pasado que compartimos, con cada objeto, con cada recuerdo, con cada fotografía.  Viajar en el tiempo y traerlo de vuelta, sin necesidad de ninguna fecha, de ninguna víspera, aquí, ahora, a mi lado, conmigo, siempre.



jueves, 19 de septiembre de 2019

Azules grisáceos

Y por amor a la memoria 
llevo sobre mi cara 
la cara de mi padre. 

Yehuda Amijai


Azules grisáceos, así eran los ojos de mi padre. A él, y a esos ojos que sigo recordando con nostalgia, quise dedicarles hace tiempo un poema. Durante años, permaneció enquistado en mi cabeza, incapaz de terminarlo, de encontrar las palabras adecuadas antes de que la pena se apoderase de mis musas y quedase de nuevo abandonado en un cajón. 


Por fin, he logrado escribir estos versos, que no son, sino un sentido recuerdo a la figura de mi querido padre, cuya ausencia sufrimos desde hace ya casi once años. Se nos fue, y no tuvimos más remedio que aprender a vivir sin su presencia, abrigados por su indeleble recuerdo que no ha dejado de acompañarnos en todo este tiempo.

Pero no sólo su recuerdo está presente. También lo siento siempre conmigo, y aunque intangible, sé que está a mi lado en los momentos difíciles, en los tristes y en los alegres; Y lo veo constantemente en las facciones de sus hijos, en sus cuerpos, en su forma de andar, en sus inquietudes y aficiones, en sus aptitudes... y tampoco puedo evitar verlo, en el reflejo que el espejo me devuelve cada día; Sigue estando y estará, porque su esencia sigue viva en nosotros. 

He escrito este poema con esa misma certeza: somos eternos en la medida en que nuestra esencia perdura en nuestros descendientes. Tristemente, la travesía de mi padre en este mundo terminó demasiado pronto, aunque poco después de su partida, recibimos el valioso regalo de poder contemplar a diario otros bonitos ojos azules: los ojos azules grisáceos que mi hijo ha heredado de su abuelo.

El ciclo de la vida ha seguido su curso, una vez más...



A la memoria de mi padre


Azules grisáceos


Eran azules grisáceos
los ojos que tanto anhelo,
azules como las nubes,
como el gris de mar adentro.

Su mirada era serena,
y a la vez viva y despierta,
surcada por mil arrugas,
testigo de tantas gestas.

La tez morena y curtida
por el clima de esta tierra.
De sol a sol trabajando
hiciera frío o lloviera.

Sus manos grandes y fuertes
al igual que su figura,
manos rudas y callosas
por usarlas sin mesura.

Su ser, cómo describirlo...
pura fuerza y energía,
era constancia y coraje
y paciencia desmedida.

Era de gesto severo,
y de afable chascarrillo,
de rectitud implacable,
socarrón con sus amigos.                             

Era apacible silencio,
reservado y reflexivo,
de  innata verbosidad
y de la tierra erudito.

Era techumbre, cobijo,
era tantas cosas buenas,
era pilar de mi casa,     
era refugio y almena.

Azules grisáceos, sus ojos,
se inundaron de tristeza. 
Su brillo se ensombreció
nublado por la tormenta.         

Languideció su mirada
al ver su futuro incierto,
y su cuerpo envejeció
precipitado en el tiempo.                         

De aquellos robustos brazos
solo quedaron los huesos,
y aquel holgado reloj 
colgando sobre el pellejo.

La enfermedad se alojó
en su alma y en su cuerpo,
y en todos los que vivimos
su dolor y sufrimiento.     

Cuánta tristeza se agolpa
en mi mente todavía,
al recordar tanto miedo,
tanta angustia en su agonía.

Qué aciaga fue su partida,
aquellas horas sombrías.       
Su ausencia nos acompaña
desde entonces, cada día.

Y aunque la pena es eterna,
e imborrable su recuerdo,
hoy son dos bellos luceros
los que me roban el sueño.                   

Quiso Dios que azules fueran
los ojos de mi pequeño,
el fruto de mis entrañas,
la razón de mis desvelos.

Aterrizó en nuestro mundo
para colmarnos de dicha.           
Adormeció la tristeza,           
nos devolvió la sonrisa. 

Lo llenó todo de ruido,
de risas y algarabía.
Nos trajo una nueva ilusión
una nueva melodía.

Con su piel de terciopelo,
con su cabello dorado,
con esos preciosos ojos               
prueba fiel de su legado. 

Esos dos faros azules
alumbran hoy mi camino, 
esos que cubro de besos,
de ternura y de cariño.   

Con emoción los contemplo       
con auténtico deleite,
me traen de vuelta a mi padre,             
unen pasado y presente.             

De color azul grisáceo,
cuánto los echo de menos.
Los ojos de mi hijo,
como los de su abuelo.


Pórtico Literario 2019










lunes, 12 de agosto de 2019

Primos

Dicen de los primos que son los primeros amigos... Pues lo son.

O al menos en mi infancia lo eran, porque mucho han cambiado las  cosas desde entonces. Muchas han mejorado, por supuesto, aunque otras muchas no estoy tan segura de que lo hayan hecho a mejor... Cambió la sociedad, cambiaron las familias y cambió todo tanto, que a veces, cuando recuerdo la infancia que vivimos, y lo poco que se parece a la que viven ahora nuestros hijos, me parece increíble que hayan transcurrido poco más de treinta años.

Para empezar, cómo han cambiado las familias en forma y en número. Familias numerosas entonces, la mayoría. Padres ausentes (casi siempre), madres presentes sí, aunque no en los juegos y en los estudios de sus hijos como hoy en día... Madres siempre ocupadas, ocupadísimas en procurarnos  al resto de ocupantes de la casa  todo lo necesario para la supervivencia, léase comida, ropa, e higiene general. ¿Que si nos querían? Por supuesto, qué duda cabe, pero eran otros tiempos y otras formas de educar y atender a los hijos, y vaya, su atención tenía otros muchos frentes abiertos como para poder dedicar unos minutos a jugar con nosotros. 

Por suerte, hoy los hijos tienen  todo o casi todo lo que quieren y a poco que mire a mi alrededor, me doy cuenta de que, casi siempre es demasiado. Nosotros no tuvimos tanto. En aquella época no se podía y punto, y se acabó la discusión, de hecho, ni siquiera había discusión, se acataban las decisiones de los adultos sin más. Quizás sea por esa carencia, por la que  hoy se quiere materializar en los hijos todos esos deseos insatisfechos.

Y las familias, cómo se han reducido las familias... Menos hermanos, menos tíos, menos primos... Hoy, casi todos los niños pueden  contar a sus primos con los dedos de una mano, y siendo tan pocos, es muy difícil que coincidan sus edades. Y en estas circunstancias, sólo algunos afortunados llegarán a conocer el significado que nuestra generación damos a la palabra "primo", ese que resulta de haber compartido intensamente un pasado común, (infancia, juegos, y vivencias), y que desemboca, irremediablemente, en un auténtico entramado de emociones y sentimientos inigualables. 

Me vienen a la memoria tantos recuerdos de mi infancia en los que estaban mis primos, y sobre todo mis primas... tantas tardes de juegos interminables que no eran sino una fiesta, en la que las horas pasaban casi sin darnos cuenta, y en las que disfrutábamos... cómo disfrutábamos de estar juntas.

Los niños de hoy en día acumulan juguetes y más juguetes, con los que en realidad apenas juegan, atados casi siempre a videoconsolas o tablets;  Hoy, a la mayoría de nuestros hijos no se les ocurriría hacer una casa de muñecas con una caja de cartón, ni camas diminutas con unos envases y unos trapos, ni coser ropas  con unas diminutas telas, dejando unos agujeros para la cabeza y los brazos, para aquellos muñecos que había que desarmar finalmente, para poder introducirles la prenda de alta costura...

Tampoco estoy segura de que llegaran a inventar un juego para recoger más rápido los juguetes, como hacíamos antaño, (aquel loco y divertidísimo "si lo sé no vengo"), ni creo que utilizaran un sauce llorón como ducha, para después bañarse en la parte del patio soleada (que hacía las veces de piscina), y no sé si lo pasarían tan bien como nosotras inventando juegos, disfrazándose, improvisando disparatadas  obras de teatro, tomando  cafés imaginarios mientras jugábamos a ser mayores... 

Reunirnos a jugar el sábado o el domingo, en casa de los abuelos, o de los tíos, era el momento más esperado de la semana, el más divertido, el mejor... Pasar tiempo eligiendo el juego que tocaba ese día, para después jugar sin descanso durante horas, que parecían minutos. Ir a la panadería "de la Anita" a comprar aquellas magdalenas, que aunque siguen estando buenísimas, por aquel entonces, me sabían a gloria. Jugar con el balón mientras recibíamos, inmisericordes, las reprimendas de la abuela por estropear las plantas, contemplar temerosos y resguardados tras los cristales, cómo los más valientes de los primos toreaban la cabra del abuelo, observar con admiración los hurones que tenía en aquellas jaulas protegidas de la luz en la cuadra... Jugar, correr, saltar, disfrutar de la inocencia de una plácida niñez, de una etapa irrepetible en que no existían los problemas, (o al menos, a nosotros nos pasaban desapercibidos), donde lo único importante era divertirse y no desperdiciar ni un solo minuto de aquellas tardes maravillosas.

Recuerdo ahora con añoranza todos aquellos juegos inolvidables, y me doy cuenta de lo afortunadas que fuimos, y de lo prodigiosa y fantástica que era nuestra imaginación. Me doy cuenta, de lo felices que éramos entonces, con tan poco...

Pasaron los años, y dejamos de jugar con muñecas para disfrutar cantando canciones de los Chichos metidas en un seiscientos. Los estudios, el trabajo, y el rumbo que fueron tomando nuestras vidas nos fueron distanciando, espaciando las visitas... aunque sin duda, el vínculo nunca se perdió; ese lazo invisible que nos unió en un tiempo, todavía sigue latente en cada encuentro, en cada reunión.

Prima, primo, qué preciosa palabra todavía, porque viene a representar familia, sangre de mi sangre, pero también cariño y amistad sincera; una amistad  antigua, reconocida, rotunda e imperecedera.

Una palabra que significa tantas cosas...

Significa conocerse desde siempre, con todas nuestras virtudes y nuestros defectos, y reconocerse en estos cuerpos adultos que habitamos, después de tantos años. 

Significa poder contarte tu vida, tus problemas, tus alegrías, tus anhelos, con total libertad y naturalidad, aunque hayan transcurrido meses sin verte.

Significa  regresar a la infancia cuando nos reencontramos, y como en un espejo, contemplar el presente y el pasado a la vez.

Significa revivir anécdotas pasadas, contadas y recordadas una y mil veces, y no poder evitar recrearse en ellas de nuevo, en un constante déjà vu.

Significa ser feliz con su mera presencia y compartir con ellos todas nuestras alegrías y entristecerse con las penas.

Significa ser consciente de que, aunque  el tiempo pase, implacable, tus primos, tus primas, seguirán estando ahí, siempre. 


Dicen que quien tiene un amigo, tiene un tesoro.  Pues sin duda, quien tiene, como yo, una familia con tantísimos primos y primas, es poseedor de una inmensa e incalculable fortuna.






miércoles, 19 de junio de 2019

Mi paraíso






Recuerdo aquella época como una de las más felices de mi vida. Una etapa dichosa que transcurrió, como siempre ocurre con la felicidad, tan fugaz, que apenas soy consciente de que hayan pasado todos estos años.

A su encuentro acudía inalterablemente cada jornada. Ascendía con paso decidido, peldaño a peldaño, la escalinata que me conducía a su morada. Introducía la llave en la ranura, y escuchaba el sonido metálico que producía al girar sobre sí misma. Como si de la batuta de un director de orquesta se tratase, este sonido tan familiar precedía cada tarde el comienzo de una nueva interpretación.

Abría a continuación de par en par la puerta que la custodiaba, y a pesar de tratarse de un gesto mecánico tantas veces repetido, no podía evitar sentir la extraña sensación de estar destapando la caja de Pandora, descubriendo un tesoro escondido que ha permanecido oculto durante horas.

Franqueaba el umbral que la separaba del mundo exterior y me recibía en silencio, callada y calma. La penumbra se alternaba con las luces y las sombras, confiriéndole un íntimo halo de misterio. Entre sus muros el tiempo parecía haberse detenido, los relojes se movían a otro ritmo, como aletargados... y es que, sin duda, era un lugar mágico, la puerta de acceso a una inmensidad de mundos por descubrir, a un universo extraordinario que esperaba paciente a que fuéramos a su encuentro.

Y así, con el corazón henchido de júbilo por tener día tras día el privilegio de cuidarla, de agasajarla, y de mostrar todos sus secretos a todo aquel que ansiara conocerlos, penetraba cada tarde en su seno con la viva certeza de circular por territorios sobradamente conocidos, con la profunda sensación de sentirme de nuevo como en casa. Recorría una y otra vez los anaqueles perfectamente alineados, deleitándome en el delicioso paseo. Mis dedos acariciaban el torso de los volúmenes que se apiñaban en los estantes, y como en un interminable cortejo, se deslizaban lentamente, deteniéndose de cuando en cuando en algún título ya saboreado, en aquellas benditas historias que ya para siempre formarán parte de mí misma. 

En mis interminables rondas vespertinas, sus paredes cuajadas de libros no cesaban de susurrarme hermosas palabras al oído: historias maravillosas, promesas de amor, dulces reencuentros, trágicos finales, conmovedores relatos de vidas inventadas, o reales, que casi siempre superaban con creces la propia ficción. Otras veces, me gritaban a la cara cruentas injusticias, perturbadores peligros o desoladoras realidades; verdades irrefutables sepultadas por la historia que han clamado desde antaño por ser leídas, por ser escuchadas... 

Habitaban la quietud de sus pasillos millones de palabras magistralmente engarzadas. Palabras prendidas entre sí para conseguir obrar el milagro de dar voz al silencio, capaces de alumbrar libertades, de curar la ignorancia, y de sanar la mente, y el corazón... Cientos de lecturas que aguardaban sin prisa el paso del tiempo, mundos imaginarios donde buscar respuestas, donde perderse una y mil veces, para encontrarse uno así mismo inevitablemente después. 

Si cierro los ojos ahora mismo aparece la nítida imagen de cada cubierta, de cada lomo, de cada edición… la posición exacta de cada volumen, de cada estante, el aspecto de cada recóndito rincón… Percibo el inolvidable aroma que desprendían las páginas de todos aquellos libros, la inigualable sensación que provocaba en mí el tacto de cada página pasada, de cada cubierta; escucho el tenue sonido de pasos curiosos perdiéndose entre los estantes, el murmullo constante de los incondicionales usuarios, el pitido sonoro emitido por el código de barras al prestar o devolver los ejemplares, el ruido inconfundible que producían los libros al caer y perder su posición vertical, o el bullicio de los más pequeños incapaces de guardar el obligado silencio… Una inolvidable banda sonora que se repetía sin descanso y que ha quedado grabada a fuego en mi interior. 

Aún siento el cosquilleo que experimentaba al pronunciar las palabras mágicas: Érase una vez… y todavía resuena en mi memoria aquella dulce melodía que precedía a los cuentos: “Silencio, silencio, si yo fuera silencio...” Todavía me emociona recordar ese momento mágico en que las historias brotaban de mis labios mientras decenas de diminutos ojos me contemplaban extasiados. Me sentía entonces como Mary Poppins, una Mary Poppins llegada de un lugar lejano cuyo hechizo conseguía embrujar a todos los niños que se acercaban a escucharla. Cerraba el libro, y a menudo no podía evitar sentir el bello erizado al comprobar el esbozo de una sonrisa en cada rostro, al escuchar el silencio obrado como por encantamiento y solo roto por el aplauso…Y me sentía maga, una maga sin varita y sin chistera, capaz de hacer magia sin más herramientas que la voz y la palabra. 


Observaba desde detrás del mostrador el constante ir y venir de visitantes. A menudo estudiaba sus rostros intentando vislumbrar sus pensamientos, los escrutaba en silencio tratando de adivinar si el ejemplar que asomaba entre sus brazos había sido de su agrado o acaso les había defraudado. Les recibía complaciente en la que sentía mi casa, y me embargaba la inmensa dicha de compartir con ellos lecturas, recomendaciones, opiniones… de ser la anfitriona de la gran fiesta de la cultura y de las letras y de tener la enorme fortuna de poder hacer partícipes a todos de la misma.

Noto aún sobre mis hombros la pesada carga que suponía custodiar un gran tesoro, y el ineludible compromiso de darlo a conocer... Yo, una simple mortal, convertida en centinela de un prodigioso templo del saber, de una gran fortaleza vigía de la historia y de la memoria, de un testigo fiel del pasado y del presente.


Bebiendo de su eterno elixir se me pasaron los días, los meses, los años… se desvaneció media vida transitando sus entrañas. Entre sus cuatro paredes encontré siempre consuelo a todas mis inquietudes y mis miedos, y su hospitalario regazo me acunó cada día colmando mis más profundos anhelos, saciando mi sed, sosegando mi espíritu, mitigando cualquier atisbo de soledad y abrigando siempre mi alma aquejada del frío de afuera.


Lo recuerdo todo ahora mismo como si el tiempo no hubiera pasado, y me invade una intensa emoción al evocar tantísimos momentos felices como me brindó aquel fascinante escenario, tantos amigos con los que me obsequió, tantas satisfacciones y alegrías, tantos insondables senderos como recorrí en su seno… 


…Te recuerdo, mi amada biblioteca, como si todo aquello hubiera ocurrido ayer mismo… O acaso sea, sencillamente, que fue ayer cuando caminaba entre el cobijo de tus estantes… 
Ya no sabría vivir sin caminarte. Siempre fuiste y serás mi hogar, querida biblioteca. Mi remanso de paz, mi altar, mi paraíso.


                                                                                           




En octubre de 2017 escribí un pequeño texto sobre  las bibliotecas y los sentidos que despiertan coincidiendo con el Día de las bibliotecas. Envié mi texto a Máximo Huerta y para mi sorpresa, una mañana repetía mis propias  palabras, esas que había escrito yo pensando en mi paraíso particular, en el programa de radio de RTVE Los cinco sentidos en el que el escritor valenciano colaboraba todas las semanas. 

Me hizo mucha ilusión escuchar mi nombre a través de la radio, y sin duda, es algo que no olvidaré. Por suerte, el enlace para escuchar aquel programa dedicado a las bibliotecas todavía sigue accesible.


Hablando en plata II

  Los que me conocen saben de mi interés por las raíces, por las tradiciones y las costumbres de nuestro pueblo. Y me siento atraída especia...