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Estimado Rafael:
Acabo de terminar Valhondo y con el corazón encogido aún por la emoción, escribo sin saber muy bien dónde me llevarán las palabras.
Después de leer Quercus quise compartir esa maravillosa lectura con todo aquel que amase la literatura. Quizá, porque siempre he pecado de ilusa y nunca he conocido demasiados límites para los deseos, quise traerte a Munera, a mi club de lectura, a mi biblioteca. Me dije: alguien que escribe algo así, tan profundo y tan bien escrito, merece la pena conocerlo y escucharlo. Me puse en contacto contigo por redes y a los pocos minutos estábamos hablando por teléfono. "Yo no puedo ahora, pero si quieres, te propongo que seáis vosotros los que vengáis aquí, a la ruta Quercus, a Cabañeros". Así de fácil, con esa naturalidad y cercanía de la que hacen gala las grandes personas. Me animaste a escribir una reseña sobre tu novela y la elogiaste con toda la generosidad que te caracteriza. No sabes cuánto te lo agradezco y también que leyeras el resto de mi blog, un verdadero honor para mí.
Me gustó tanto Quercus, que seguí leyendo el resto de la trilogía y Maquila. También hemos leído los tres títulos en mi club de lectura. Terminamos la temporada con Enjambre y este año la hemos comenzado con Valhondo. A ver qué libros selecciono yo para las próximas lecturas, con lo alto que ha quedado el listón. Pues Maquila, por supuesto... Si está libre será el siguiente en nuestra lista.
Me han emocionado las cartas de tus lectoras que transcribes al final de Valhondo. Supongo que por eso yo también quería dejar constancia de lo mucho que me han gustado tus libros. Si mi madre hubiera ido a la escuela, probablemente también ella te hubiera escrito una carta parecida, en la que te diera las gracias por dar voz a tantas voces silenciadas y por transportarla con tus historias a su infancia de hambre, frío y pobreza, aunque también de felicidad. Se leyó Quercus en apenas dos semanas, todo un record para alguien que lee a trompicones, (aprendió a leer de mayor y tiene que releer a menudo, porque no recuerda lo último leído). Y siguió leyendo Enjambre, Valhondo y Maquila. Todos le gustaron mucho y no sabes lo difícil que es encontrar un libro que comprenda, con un tema que le interese, con letra grande, y además que le guste. Hoy en día es pedir demasiado a lo que nos ofrece el mercado editorial. Imagino que les pasa a muchos mayores, así que lograr lo que has logrado con tus libros me parece ya muy meritorio.
Por suerte, yo no he conocido esa pobreza que tan bien describes en tus libros, pero está trilogía me ha calado muy hondo. Será por las historias, que te atrapan desde el principio, o por los personajes, que se quedan contigo para siempre. Será por la poesía que rezuma en cada página, o por la presencia constante de la naturaleza, tan bien descrita que casi se huele y se percibe. Será por las verdades como puños que cuentas en tus libros y por tanta sabiduría que transmites con ellos. Por esos localismos y palabras tan nuestras y que no tenemos que buscar en el diccionario. Por la dureza de las vidas de los personajes, que tan bien nos sabes contar o por la ironía y el humor que tampoco faltan a lo largo de las páginas. Pero, supongo que uno de los motivos más importantes de que me hayan gustado tanto tus libros es que me han traído muchos recuerdos de mi padre. Durante años fue guarda mayor, primero en la Finca Las Beatas, que quizá conozcas, porque está en Ciudad Real y después en el Coto de Sotuélamos, al lado de Munera. Aunque se trataba de caza menor, el lenguaje era el mismo: las cacerías, los ojeos, los señoritos, las perdices... Me has devuelto la imagen de mi padre con su uniforme verde o marrón y su sombrero, montado en aquel Land Rover que aparcaba enfrente de casa. Todavía, si te fijas, se pueden apreciar en el suelo las manchas de aceite que dejaba. Irnos con él algún domingo y recorrer el monte echándole pienso a las perdices era una fiesta. "Mira, un espárrago", nos decía desde su asiento en marcha, "¿has visto la seta?, ¿ves el búho en el nido?" Y nosotros no lo habíamos visto, claro que no. Porque él tenía la vista hecha al monte y a la naturaleza. La mirada de un hombre de campo que tampoco fue a la escuela, pero que era más sabio que muchos universitarios de hoy en día. Has hecho regresar a mi memoria ese aspecto tan importante de mi padre y te doy las gracias por ello.
Quercus es impactante, maravilloso, imprescindible. Enjambre es pura ternura y Valhondo es un auténtico homenaje a los maestros y a la España rural. Con todos ellos he disfrutado, he sufrido, me he reído y me he emocionado.
Siempre he pensado que un buen libro ha de escocer en el alma, ha de cambiar algo en tu interior, remover conciencias o sentimientos, qué más da. Y sin duda, tus libros lo consiguen. Pero diré más. Tus finales son magníficos. Qué finales... Que difícil cerrar bien un libro. Escribir un buen final es toda una proeza y Rafael Cabanillas la supera con nota, sí señor.
Cerrar el libro con una sonrisa en los labios, un brillo en los ojos y el vello erizado es algo que no sucede a menudo, pero que ocurre en cada uno de los libros de esta trilogía. Eso es un buen final. El broche perfecto a un buen libro. Un rumor, un eco de voces y palabras que se quedará ya contigo para siempre. Abel, Lucía, Tiresias, y el maravilloso maestro Rafael, que no es otro que el Rafael de carne y hueso, convertido ya también en personaje: don Rafael Cabanillas Saldaña.
Se llaman lucha, orgullo y dignidad lo que nos ha regalado a los lectores este Quijote llamado Rafael. GRACIAS
| Foto Félix Moreno |
SUCEDIÓ EN LA FERIA. Capítulo I
diecinueve de septiembre
los gotazos de sudor
le corrían por la frente.
Manuela, así se llamaba
la parienta del Camacho
mujer capaz y hacendosa
él estaba hecho un somarro.
Acabado el enjalbliegue
la fachada relucía
se puso a darle a los cintos
aunque estaba ya molía.
Casi poniéndose el sol
acudieron los chiquillos
¡Vaya ayudas! Les voceó,
estáis hechos dos pericos.
Madre, ¡ya está aquí la Feria!
Le respondieron los críos
las luces y los turrones
también los puestos de tiro.
En la calle los cacharros
no queda un sitio vacío
y están poniendo los churros
la tómbola y el tiovivo.
Hay tres puestos de juguetes
y otros tantos de navajas
y están montando también
las cadenas y las barcas.
Ay, por Dios, ¡qué moliná!
cada vez sois más cansinos
to la tarde de bureo
vaya par de señoritos.
Madre, no se enfade usté
le contestó la mocica
es que queríamos ver
to la feria enteretica.
Que sí, que mañana es veinte
tiempo tendremos de verla
pero según os portéis,
así de larga la vuelta.
Asomó entonces Camacho
¡Ay mujer, vengo tullío!
Déjate de requilorios,
que te han visto en el casino.
No te encerrices mujer
que solo he echao una cerveza.
Barrunto que alguna más…
menuda pétima llevas.
Ay qué ver, qué genio gastas
Manolita de mi vida
deja ya de renegar
y vete pa’ la cocina.
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Y llegó por fin el veinte
la familia peripuesta
estrenaban nuevos hatos
como manda nuestra fiesta.
Dejaros ya la pachorra
y tú, llama a tu hermanica
límpiate bien las voceras
y péinate esas vedijas.
Cuánto os costará arrancar…
Venga Camacho, ¡espabila!
que el Pórtico va a empezar
y nos quedamos sin silla.
Manolita, sabes bien
que no soy yo de poesías
te espero comiendo pipas.
Ay, Camacho, no te enteras
que no te gusta, se nota,
del Casino la Amistad
lo han cambiao a la Gaviota.
Pues yo veré a los poetas
que recitan que da gloria
sus primorosos poemas
que se saben de memoria.
Quiero ver a Castejón
y a Francisco Carretero,
al Cortijo y a Laserna,
que son expertos en verso.
Que sí, mujer, vete pues
y tú sola los disfrutas
en la plaza te aguardamos
y cuando salgas, nos buscas.
Ay qué ver, qué cuajo tienes…
Me voy ya, que llego tarde.
Y en la puerta de la iglesia
os quiero ver pa la Salve.
... CONTINUARÁ
Y para terminar, en unas redondillas dedicadas a la feria.
FERIA 2024
Después de un año de espera
nuestras fiestas dan comienzo
filigranas sobre lienzo,
es la feria de Munera.
Prepárense a disfrutar,
olvídense de las penas,
que están ya las calles llenas
y la plaza a reventar.
Se respira en el ambiente
un aroma singular
que nos lleva a recordar
otros veinte de septiembre.
Vamos pues a celebrar
los magníficos festejos,
la banda suena a lo lejos
y la Salve va a empezar.
Luce hermosa ya en su altar
nuestra Virgen de la Fuente
el pueblo devoción siente
por su patrona sin par.
Y después, viene el pregón,
que no se pueden perder
y en la plaza podrán ver
cómo brota la emoción.
Porque aunque no es de Munera,
el pregonero de este año,
ya no pasa por extraño
todos conocen a Txeda.
Él es quien encenderá
el cohete anunciador
rodeado del clamor
de toda la plaza entera.
Y manda la tradición
que sea prendida la hoguera
que bajo la torre espera
mientras suena una ovación.
Cinco noches por delante,
cuatro días para gozar
que en verdad van a pasar
Fugaces como un instante.
Vívanlos con sentimiento,
que no cese la alegría
y en la mejor compañía
disfruten cada momento.
FELIZ FERIA
Pórtico Literario Feria 2024
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| Obsequio de este año, obra del artista Antonio Ruiz López |
Hace veinte años que los reyes de España contraían matrimonio. Veinte años ya..., me he dicho al escuchar la noticia. Cómo pasa el tiempo... Y no es que tenga un especial interés en la vida de la realeza, ni que me sorprendan esos veinte años de casados, aunque sean motivo de celebración y casi una anécdota en los tiempos que corren.
La memoria es muy caprichosa y aunque hayamos olvidado lo que comimos ayer, se empeña en recordarnos fechas y momentos de nuestras vidas que han quedado congelados para siempre. Con el paso del tiempo, tal vez no recordemos demasiados detalles, pero sí tenemos el recuerdo vívido de dónde y con quién estábamos ese día y en ese preciso instante.
Me ocurrió con el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York. Recuerdo estar en el bar de Santi, tomando café. Acodados en la barra, seguíamos con desinterés la noticia de un accidente aéreo contra una de las torres. Al poco, asistíamos en directo al choque de un segundo avión contra la otra torre. Recuerdo aún las caras de estupor de todos los que allí estábamos. Y también la expectación y el miedo que se adueñó de todos nosotros según íbamos conociendo más noticias de un atentado en cadena que cambió el mundo para siempre.
También guardo en mi memoria el día en que ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco. Recuerdo estar sentada en el sofá de casa contemplando aquella terrible cuenta atrás que aparecía en la esquina del televisor y las lágrimas resbalando por mis mejillas, cuando se anunció el fallecimiento de aquel joven cuyo rostro y nombre nunca podremos olvidar.
Tampoco he olvidado el día en que España ganó el Mundial de Fútbol. Mientras Iniesta marcaba aquel histórico gol que nos dio la victoria y que mi marido celebró con un grito, yo intentaba sin éxito que mi pequeño durmiese, misión harto difícil durante sus primeros meses. Al oír el grito de su padre, el llanto del niño regresó, con más ímpetu si cabe y yo me temo que no llegué a celebrar ese gol como merecía.
¿Te acuerdas de dónde estabas ese día? He preguntado a mi marido al escuchar la noticia del veinte aniversario de los reyes. Él no sé acordaba, pero yo, en cambio, jamás podré olvidar que aquel 22 de mayo de 2004 estaba ingresada en el hospital.
Llevaba allí varios días, aunque no sé cuántos exactamente. Lo cierto es que aquel sábado en que millones de personas veían desde sus casas el enlace real, yo lo veía en la habitación 308 de la tercera planta del Hospital General de Albacete, acompañada por mi hermana.
Aquella mañana, la nuera de mi compañera de habitación apareció por la puerta cargada con un televisor. "No íbamos a perdernos la gran boda", nos dijo con una sonrisa. Y aquel sencillo gesto nos sacó de la monotonía de otro aburrido día de hospital y nos tuvo entretenidas unas horas mientras comentábamos el despliegue de medios, y el interminable desfile de aristócratas, miembros de casas reales, políticos y grandes personalidades de todos los ámbitos, emperifollados para la ocasión. Enfundados ellos, en elegantes trajes hechos a medida y ellas, en modelitos no aptos para todos los bolsillos, encorsetadas bajo pamelas y tocados imposibles.
El cielo de Madrid diluviaba ante las caras de resignación de los involucrados. Hubo anécdotas varias (que los comentaristas agradecieron, claro está), alguna lágrima furtiva e incluso alguna patada desafortunada y rememorada después hasta la saciedad. Para terminar, baño de masas con vítores y banderitas en las calles, al más puro estilo inglés (aunque sin merchandising, menos mal).
Cómo pasan los años... Veinte ya, desde mi "agradable" estancia de un mes en el hospital. Veinte años de un diagnóstico que me cambió la vida. Veinte años de una experiencia que supuso un antes y un después de lo que soy; que me apartó de mi trabajo, de mi familia, de mis amigos. Que fue un verdadero baño de realidad, haciéndome consciente de mi vulnerabilidad, de que mi cuerpo no puede soportar un ritmo trepidante demasiado tiempo.
—Hasta aquí— me dijo él.
—Touché— le contesté yo.
Y no me quedó otra que asumir la nueva situación.
Durante semanas, no pude comer nada, atada día y noche a una máquina que emitía un pitido ensordecedor cada vez que tenían que cambiar los goteros. A la debilidad de mi cuerpo se fueron uniendo el cansancio, el sueño, el hartazgo al ver la lentitud de la mejoría, el aburrimiento... La vida entre las paredes de un hospital tiene un ritmo distinto. Cada día parece igual que el anterior, se repiten invariablemente rutinas, horarios, tomas... Y mientras tanto, afuera la vida continua sin ti. Quizá por eso, una boda real puede convertirse en algo muy especial, lo mismo que la compañía de los tuyos, (cuánto bien me hicieron) y las numerosas llamadas, visitas, regalos y muestras de cariño que recibí durante aquellos días. Me dieron vida, mucha vida.
Afortunadamente, fui recuperando poco a poco la salud gracias a las excelsas cantidades de corticoides que me suministraron. Salí de allí un mes después, y creo que aquel fue uno de los días más felices de mi vida. Tanto, que cuando volví a ver la torre de mi pueblo se me saltaban las lágrimas de emoción.
Pero mi recuperada salud consistía en una enfermedad crónica con la que tendría que aprender a vivir y en un tratamiento diario para mantenerla a raya. Podría ser peor, supongo que me dije a mí misma. Y aunque pudiera parecer lo contrario, recordar este aniversario es como celebrar una segunda oportunidad, una nueva vida en la que valorar lo que realmente importa y dejar de lado todo lo demás.
No sé si ya existía hace veinte años, pero en la actualidad, el 19 de mayo se celebra el Día Mundial de la Enfermedad Inflamatoria Intestinal. Por aquel entonces, casi nadie había oído hablar de esta enfermedad, y yo misma tuve que buscar en el ordenador de la biblioteca del hospital qué era aquello que me acababan de detectar. Hoy está patología afecta a casi 400.000 personas en España, aunque todavía resulta desconocida para muchos, de ahí la importancia de darle visibilidad.
Es fundamental que los entornos de las personas con EII, amigos/as, familiares, compañeros/as, estén informados y sean conscientes de las limitaciones y necesidades de los enfermos. Y escribirlo o contarlo puede ayudar a nuevos enfermos a superarlo. En eso andamos.
En estos veinte años he perdido a muchos, demasiados seres queridos, que me acompañaron y arroparon en aquellos momentos difíciles. La mayoría se fueron también demasiado pronto, así que... ¿Por qué no celebrar este aniversario?
Brindo por otros veinte años de "salud".
Dicen que no hay mal que cien años dure y que después de lo malo siempre viene lo bueno. Supongo que ambos dichos tienen su parte de razón, aunque no se cumplan siempre al pie de la letra. A veces la vida te obsequia con una piedra en el camino y después otra, y otra más y parece que se empeñe en ponerte todos los obstáculos posibles para que no consigas ver la luz al final del túnel. En otras ocasiones, no son piedras las que nos hacen tropezar. Caemos de lleno en un pozo cuya negrura y profundidad nos engulle sin remedio. Son auténticos cataclismos que alteran nuestra vida durante meses o años, para dejar después una profunda herida.
Así, andamos lidiando con esas pequeñas, aunque inoportunas piedras o con esos grandes cataclismos que arrasan todo a su paso, en este teatro llamado vida, lleno de incertidumbres, miedos, tristezas, dolor, pero también de pequeñas grandes alegrías.
Acaba un año más, que parece haber pasado en un suspiro. Otro año que suma y que resta a la vez. Que ha transcurrido como cualquier otro, con sus cosas buenas y no tan buenas. Su mecha ya casi extinta, pronto será sustituida por una nueva llama que durará otros doce meses.
En mi caso, que vaya a acabar y empezar el año con mal pie, es algo innegable. Y no miento tampoco si digo que desde hace ya diez días me levanto cada mañana con el pie izquierdo. No es que me haya dado de repente un alarmante ataque de negatividad, es simplemente, que una operación de pie en plenas vísperas de la Navidad no es en absoluto el plan perfecto para estas fechas. La vida tiene estas cosas, que casi nunca sucede tal y como la habíamos imaginado.
Pero como siempre, la vida nos enseña y nos da lecciones que no debemos olvidar. Por ejemplo, nos muestra lo afortunados que somos cuando tenemos salud, o cuando no nos duele nada, o cuando podemos levantarnos sin esfuerzo, caminar y coger un vaso de agua de la encimera. Apenas unos días coja y me han servido para darme cuenta de la cantidad de pasos que hago (que hacía) al día. Me he dado cuenta de que soy un culo inquieto, o quizá tenga uno de esos T.O.C.s que no te dejan sentarte tranquilamente sin haber hecho todo lo pendiente, sin haber recogido las migas del desayuno o sin haber dejado todo en su sitio. Mis acciones transcurren ahora a un ritmo desesperante, y ando midiendo las distancias, asegurando cada movimiento, calculando cada trayecto para no olvidar nada y no tener que repetirlo, no vaya a ser que un mal paso vaya a empeorar la situación. A veces, para recorrer distancias cortas y casi de forma temeraria, salto a la pata coja, haciendo equilibrios sobre la pierna izquierda como si fuera un flamenco mareado. Menos mal que estoy ligera, que dice mi madre... En verdad, qué mal se pasa y qué inútil se siente una cuando el cuerpo no acompaña a la voluntad. En estas circunstancias, no queda otra que echar mano de toda la paciencia disponible.
Ha sido la primera vez en mi vida que me someto a una intervención quirúrgica, primer motivo para dar gracias y acordarme de todos aquellos que desde pequeños han de lidiar con enfermedades y operaciones de todo tipo. Y a pesar de que ésta carecía de importancia, no voy a negar que estaba bastante asustada. Menos mal que tuve apenas cuarenta y ocho horas para asimilar la noticia de una intervención inminente. Y menos mal también que me sedaron y no me enteré de nada, porque aunque con anestesia, no debe de ser muy agradable presenciar, notar o tan siquiera intuir, que un desconocido —por muy traumatólogo que sea— te seccione el hueso, se introduzca en tus entretelas, manipulando a su antojo los tejidos, huesos o tendones, y acabe reconstruyendo el desaguisado con un buen clavo, (que espero sea de buena calidad, aunque acabe pitando en los aeropuertos). Para rematar la faena, mi buen samaritano me obsequió con una hermosa tanda de puntos dignos del mismo monstruo de Frankenstein. Pues lo dicho, que menos mal que cuando desperté la faena ya había concluido y de todo lo ocurrido no sé más que lo que me contó someramente el autor, poco antes de dormirme.
—Léete estás hojas y firma —me dijo antes de entrar al quirófano.
—De eso nada —le contesté—. Como lo lea, me voy de aquí por patas. (Yo, que leo hasta los prospectos de las vitaminas...)
Todavía conservo la enorme cruz en la pierna a operar, que me dibujaron con rotulador para no errar el tiro, aunque en mi caso no hubiera importado, porque el otro pie está para lo mismo. Aunque casero, no me parece un mal método para evitar confusiones, pero los hay desconfiados, como el caso de un señor que se llevó escrito de casa en la pierna: "esta es la buena". La anécdota me la contó un auxiliar muy amable que me atendió en el posoperatorio, y a saber, cuántas anécdotas tendrán los sanitarios de hospitales, enfermos y tratamientos varios. Recuerdo ahora aquella que contaba mi hermana de una anciana a la que iban a operar y le dijeron a su hija: quítele la ropa y la mete en esta bolsa. Cuando regresó la enfermera encontró a la anciana desnuda metida en la bolsa...
Me reí con la anécdota y me sentí estupendamente tras la operación. Habiendo echado una siestecita y con medio cuerpo totalmente dormido no podía pedir más. Pero llegando a casa el pie en cuestión comenzó a despertar y ganas me daban en ese momento de cortármelo y acabar de una vez con tanto sufrimiento.
Desde entonces han sido días complicados en todos los sentidos. Días de preparativos, reuniones, fiestas, encuentros de los que hemos tenido que prescindir prácticamente. Días de reposo y enclaustramiento, de moral baja y desánimo, mientras el resto del mundo celebra alegremente estas fiestas. Y han sido días de dolor, de intenso e insufrible dolor.
Vivir con dolor permanente es muy duro. El mío no durará eternamente —o al menos en ello confío—, pero muchas personas conviven con él a todas horas y en muchos casos, de manera indefinida, sumidos en procesos oncológicos o crónicos. De todas esas personas me he acordado también en mi comparecencia; de todos los que sufren dolor cada día, un dolor que por desgracia no mejorará con el paso de las semanas ni de los meses, que no desaparecerá a no ser que ocurra un milagro. Y he pensado en lo difícil que debe de ser sonreír y seguir adelante si el dolor —un dolor lacerante que palpita intensamente desde lo más profundo de tu sistema nervioso— forma parte de tu vida.
Qué bien se está cuando se está bien. Nos olvidamos de esa gran fortuna demasiado a menudo. Nos complicamos la vida con problemas, discusiones o vendetas y olvidamos lo importante.
No hay nada mejor para darnos cuenta de la fortuna de estar sanos, que estar enfermos o impedidos.
Y no hay nada mejor que te pase cualquier cosa, por pequeña que sea, para darte cuenta de toda la gente que te quiere y se interesa por tí.
Gracias a todos, familia y amigos, por estar siempre y por otro año cargado de buenos momentos. Los malos intentaremos enterrarlos y olvidarlos. Los buenos, asesorarlos y repetirlos el año que viene.
Os deseo salud, toda la salud del mundo, porque sin ella, poco importa lo demás.
¡Feliz año!
¡Feliz vida!
¡2024, allá vamos!
Los que me conocen saben de mi interés por las raíces, por las tradiciones y las costumbres de nuestro pueblo. Y me siento atraída especia...