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jueves, 30 de diciembre de 2021

¿Blanca Navidad?


De todo quedaron tres cosas:
la certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir 
y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.
Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo, una escalera, del sueño, un puente,
de la búsqueda,…un encuentro.
                                    Fernando Pessoa


Llegó Navidad de nuevo, casi sin enterarme. Parece mentira que haya pasado un año, pero aquí estamos una vez más, rodeados de guirnaldas y villancicos, inmersos en unas fiestas que no acaban de parecerse a las que conocíamos allá por 2019. Segundas navidades pandémicas, que algún día espero poder contar a mis nietos como una batallita más, y a pesar de la resignación, hoy más que nunca, no puedo dejar de invocar a esa "magia de la Navidad" de la que tanto se oye hablar en la televisión.

Quién pudiera hacer magia... Chasquear los dedos y hacer desaparecer todo lo malo del mundo, encerrar en el cajón del olvido las preocupaciones, los miedos y, sobre todo, el dichoso covid-19. Cerrar los ojos y al abrirlos, comprobar que todo fue un mal sueño. Sí, quién pudiera despertar de una buena vez de esta pesadilla. 

Hace meses que me propuse no volver a escribir sobre este tema, más que nada por hartazgo y aquí estoy por enésima vez, desahogando mi decepción en estas líneas. No estoy segura de que decepción sea la palabra adecuada, quizás lo sean enojo o pena, o las tres juntas, qué se yo. Pero lo cierto es que la explosión de contagios de los últimos días ha supuesto para todos un nuevo jarro de agua fría cuando creíamos que la cosa estaba ya casi bajo control. Llevábamos semanas escuchando noticias alarmantes en todo el mundo, y como las veces anteriores, no nos dimos cuenta, o simplemente no quisimos ver la que se avecinaba también aquí.

Porque en efecto, finalmente Ómicron  ha llegado a todos los rincones del planeta. Claro que con ese nombre que bien podría ser de algún villano de Marvel, a nadie le extraña su virulencia, o mejor dicho, su facilidad para el contagio, que es lo que parece hacer tan peligrosa a esta nueva variante del virus. El que provoque síntomas tan parecidos a los del resfriado, posiblemente explique que Ómicron haya campado a sus anchas durante semanas, para acabar desatando esta imparable ola de contagios. Sea como fuere, lo cierto es que la Nochebuena se presentó este año con una curva de contagios casi vertical. Esta esperada noche, una de las más especiales del año, no fue para muchas personas ni buena, ni mucho menos especial.  Este año no hizo falta buscar allegado en el diccionario. Lo que media España buscaba desesperadamente eran test para poder descartar un posible positivo y cenar moderadamente tranquilos con sus familias.

Con test o sin ellos, se cuentan por millares las personas contagiadas y aisladas en todo el país. Personas que se han visto obligadas a vivir en soledad estos días tan entrañables y para las que, no me cabe duda, estas navidades estarán siendo unas de las más tristes de sus vidas. Cada día nos llegan noticias de nuevos positivos entre nuestros amigos, conocidos, o familiares. Ante este panorama, solo nos queda confiar y desear que todas ellas logren superar la enfermedad de la mejor manera posible y que les sea leve y llevadero ese confinamiento forzoso que ya no pilla de nuevas a casi nadie, pero que en estas fechas tan señaladas, resulta más duro, si cabe. 

Por desgracia, para muchos la Nochevieja no distará demasiado de la pasada Nochebuena. Los contagios continúan al alza, y son el tema estrella de conversación. El cerco se estrecha para aquellos que todavía no hemos padecido la enfermedad. Hemos esquivado el virus durante meses, asustándonos ante cualquier síntoma, y ahora parece estar más cerca que nunca. En el fondo, supongo que hay una parte de todos nosotros a la que no le importaría contagiarse de una buena vez, para dejar atrás tanta incertidumbre, aunque, sabiendo cómo se las gasta este virus a veces, pronto desechamos ese pensamiento.


No sé si le pasará a todo el mundo, pero a veces me sorprendo pensando con incredulidad en todas las cosas que estoy viviendo o que he vivido. Me parece mentira que mi padre nos falte ya trece años, que muchos de mis tíos hayan fallecido, o las trágicas circunstancias que rodearon la muerte de algunos de ellos.  Y tampoco pensé jamás que viviría una pandemia de estas características. Pandemias como la peste, el cólera o la mal llamada gripe española, quedan ya demasiado alejadas en el tiempo para continuar presentes en el imaginario popular. Pero deberíamos haber aprendido ya que, tarde o temprano, la historia acaba repitiéndose. Supongo que, al igual que nos ocurre con la muerte, nunca estaremos preparados para aceptarla.

Por si no teníamos bastante con la pandemia, este año también nos ha sorprendido con un hecho tan insólito como la erupción de un volcán en La Palma. A pesar de estar casi anestesiados con todas las imágenes y la cobertura mediática que se le ha dado a este desastre natural, todavía me resulta increíble haber asistido en tiempo real al poder destructor de esta erupción. Increíble el contemplar cómo las enormes montañas de lava  avanzaban a paso lento devorando edificios, calles, carreteras, cementerios... Increíble pensar que pueblos enteros quedaron sepultados bajo la lava, y con ellos, las vidas y hogares de cientos de personas. El poder de la naturaleza es indómito, y poco o nada podemos hacer ante sus caprichos, ya se trate de volcanes, terremotos, huracanes,  o crecidas de ríos. Seguimos instalados en nuestra autocomplaciencia y  no alcanzamos a comprender el motivo por el que estos desastres vienen a perturbar nuestra plácida existencia. Nos olvidamos siempre de que la naturaleza sigue sus propias reglas y es siempre la que tiene la última palabra.

Con todo, nos preguntamos con desazón qué nos deparará el nuevo año. Por estas fechas se ponían en España las primeras vacunas, unas vacunas que han salvado millones de vidas, aunque algunos se empeñen todavía en negar la evidencia. Era el principio del fin, pero doce meses después, no hemos conseguido llegar a ese deseado final que se empeña en alejarse sin remedio una y otra vez. De seguir con los datos de estos días, no albergo dudas de que en enero nos espera un horizonte nada halagüeño: cientos de miles de contagios, la saturación de la sanidad (si es que no lo está ya, con unos profesionales agotados y literalmente desbordados), clases no presenciales,  teletrabajo... Es probable que todo esto ocurra, pero haciendo acopio de mi talante optimista, ¿llevarán razón aquellos virólogos que afirman que la pandemia está cada vez más cerca, una vez que esta cepa se extienda de manera generalizada? Con este deseo finalizo mi último Anaquel de 2021, albergando la esperanza de que el fin de la pandemia tenga los días contados.

Estamos agotando las últimas horas de este año tan complicado. En estos meses nos han dejado muchas personas a las que admiramos y otras cuya pérdida hemos lamentado profundamente por su desmesurada injusticia. Cuando las ausencias llegan demasiado pronto, son especialmente dolorosas y nos recuerdan lo que verdaderamente importa en la vida: nuestros seres queridos, nuestros amigos y todas las personas que hacen bonita nuestra existencia. Hace mucho que aprendí esta importante lección, y es por ello, que siempre pido salud, mucha salud para todos aquellos que me acompañan en este azaroso viaje que es la vida. Ojalá sigan caminando a mi lado muchos años más. ¿Qué mejor regalo se puede pedir?


Quizás esta Navidad esté siendo más negra que blanca. Quizás el año no comience tampoco demasiado bien. Pero este viernes, cuando el reloj marque las doce estrenaremos un nuevo calendario. Doce meses por delante, cuatro estaciones distintas, fechas y fiestas que se repetirán de nuevo en esta noria llamada vida que gira y gira sin parar. Seguiremos girando,  quién sabe hasta cuando, ni en qué circunstancias, pero continuaremos adelante, siempre adelante, despidiendo años y dando la bienvenida a los nuevos, en un continuo déjà vu. 

Qué bien lo escribe Pessoa...

Tendremos a cada vuelta la certeza de estar siempre comenzando, la certeza de que hay que seguir, y la certeza de que seremos interrumpidos antes de terminar. 

Y con todas estas certezas:

Hagamos de la interrupción un camino nuevo,

hagamos de la caída un paso de danza

hagamos del miedo una escalera, del sueño un puente,

de la búsqueda... un encuentro. 



Doy gracias por habernos encontrado. 

Feliz vida a todos.






domingo, 28 de noviembre de 2021

Grande, Almudena



A menudo las malas noticias nos golpean sin avisar. ¡Zas! Cuando menos te lo esperas, cuando nada hace presagiar la catástrofe hasta que se materializa ante tí con toda su crudeza. 

Ha fallecido Almudena Grandes, leía ayer con incredulidad en la pantalla del móvil. No puede ser, escuché una vocecita dentro de mí, mientras percibía un leve temblor en todo mi cuerpo. Me recompuse como pude y al releer el titular, comprobé que lamentablemente la noticia no contemplaba interpretaciones. No se trataba de ninguna de esas "Fake news". Era real y desgarradora, Almudena Grandes, nuestra Almudena, la de tantos y tantos lectores que venimos leyendo sus libros desde hace muchos años, se fue para siempre. La historia se repitió una vez más, y el cáncer nos la arrebató demasiado pronto, demasiado.

Hacía poco que había leído que estaba enferma,  aunque nunca pasó por mi mente, y supongo que en la de nadie, este triste desenlace. Llegué a comentar su enfermedad con mi amiga Concha Vázquez, la última vez que hablé con ella, sin darle demasiada importancia. Supongo que esta horrible enfermedad está ya tan arraigada en nuestras vidas, que la hemos ninguneado a la categoría de cosa normal. Imagino a Concha triste, llorando la pérdida de una escritora a la que siguió y admiró durante toda su trayectoria, llegando incluso a fraguar amistad con ella. Esa amistad encaminó los pasos de Almudena Grandes a El Ballestero hace ya más de una década, y en ese pequeño pueblo reunió a un montón de lectores deseosos de escuchar y de ver a la autora. Fue un día inolvidable, para Concha, y para todos los que allí estuvimos, porque, en efecto, yo no falté a aquella cita tan especial. 

Aquella fue la primera vez que la ví en persona, y quedé prendada ya entonces de su cercanía y naturalidad, de su manera de hablar, de su claridad de ideas, de la gran persona que se escondía detrás de la escritora famosa. He de reconocer que, desde entonces, siempre albergué el deseo de que algún día visitara nuestra biblioteca. A punto estuvo de cumplirse ese sueño, ya que su nombre y apellido estaba impreso en el dosier con el que presentamos nuestra candidatura para el Encuentro Provincial de Clubes de Lectura de Albacete.  Finalmente,  por cuestiones de agenda, fue Julia Navarro y no Almudena Grandes, la que apadrinó el encuentro celebrado en Munera. Julia estuvo maravillosa y encantadora,  aunque siempre me quedará esa espinita y ese deseo incumplido. 

En 2018 Almudena fue la autora invitada del Encuentro Provincial celebrado en Lietor. Hasta allí nos desplazamos algunas de las integrantes del Club de Lectura Carpe Diem. Teníamos que estar, y vaya que estuvimos... En primera fila, a tan solo unos pocos metros de Almudena. Fue un lujo  escucharla hablar con su inconfundible voz, esa voz rota con la que sabía transmitir tan bien sus pensamientos e ideas. Cómo disfruté de aquella charla... la escuchaba con atención, casi sin pestañear, siguiendo el ritmo pausado de sus palabras y el movimiento hipnótico de sus manos con el que las acompañaba. Presentaba en aquella ocasión Los pacientes del doctor García, otro gran libro con el que disfruté enormemente.  

Comparto con mi querida Concha la admiración hacia la escritora y su obra. No me he leído todos sus libros, pero sí muchos de ellos; Los suficientes para declarar abiertamente mi fascinación hacia su forma de escribir, sus historias bien contadas, sus personajes inolvidables... Almudena Grandes tenía talento para escribir, para contar historias, para perfilar personajes,  pero ella no se contentaba con eso. Almudena estaba empeñada en indagar en el pasado, en descubrirnos episodios de nuestra historia que todos deberíamos conocer, en dar voz a la memoria. Nunca entendió como muchos se siguen empeñando en enterrar la memoria, cuando es tan necesaria para elaborar la identidad de cualquier pueblo, de cualquier nación. 

El corazón helado, uno de mis libros preferidos y que tengo firmado de su puño y letra, supuso para ella un antes y un después. Un nuevo camino por el que guiar sus pasos de escritora. Consiguió con este libro contar la historia de muchas familias españolas que vivieron el exilio, y lo hizo de manera magistral, construyendo una trama compleja, un relato ágil y fluido, extremadamente bien documentado, una historia envolvente y sin duda, conmovedora. 

A partir de ese libro, Almudena Grandes se propuso una empresa difícil y ambiciosa. Reivindicó la obra de Galdós y emprendió Los episodios de una guerra interminable, una serie de seis novelas con las que Almudena quiso relatarnos, y muchas veces descubrirnos, hechos recientes de nuestra historia que han quedado sepultados y olvidados por la historia. Inés y la alegría fue el primero de ellos, un libro en el que nos hablaba de la invasión del Valle de Arán en 1944 por un ejército de guerrilleros procedentes de Francia, un episodio casi desconocido para la mayoría de nosotros. En adelante, nos seguiría sorprendiendo la escritora con sus episodios, mezclando hechos y personajes ficticios, como solo ella sabía construirlos y dibujarlos, con otros reales e ignorados de nuestra historia reciente. Por desgracia la serie quedará incompleta. Cuántas historias por contar se ha llevado con ella...

Recuerdo que nos habló en el encuentro de que desde el primer momento sabía que iba a escribir seis libros, y que así se lo hizo saber a la editorial. Aquello no era lo usual y no lo veían demasiado claro, pero Almudena insistió, trabajó incansablemente para conseguir su propósito y el tiempo le dio la razón. "Mis lectores me hacen libre" decía la propia escritora, y así era. El ejército de lectores que devoraba todos sus libros la hacían libre para escribir lo que quisiera, sin atenerse a modas, a corrientes o mandatos. 

Almudena nos ha dejado huérfanos. Nadie podrá ocupar ese vacío que deja en las letras españolas. Esa forma tan personal e irrepetible de escribir que tenía, imposible de emular. Qué grande era escribiendo y qué fácil hacía lo difícil. Qué gran oradora era también, qué bien transmitía y qué memoria tan prodigiosa tenía. Pero además, en lo que todo el mundo coincide, es en lo gran persona que era. Luchadora, valiente, divertida, cercana, comprometida... Extraordinaria.

Desde ayer, siento un nudo en el pecho. Una tristeza honda que puede parecer inexplicable, al tratarse de alguien a quien apenas conozco. Cierto, tan solo he intercambiado unas palabras con ella, y sin embargo, siento como si Almudena formara parte de mi vida. He pasado tantas horas disfrutando de sus novelas, he vivido tantas vidas leyendo sus historias, he sentido tantas emociones a través de sus personajes... Me he llegado a imaginar a la propia Almudena escribiendo cada párrafo, pensando cada giro y cada desenlace, que tengo la impresión de que me ha acompañado a lo largo de todos estos años. No es una impresión, lo ha hecho, y por todos los buenos momentos que me ha brindado su escritura, le estaré eternamente agradecida.

La noticia de su muerte nos dejó el corazón helado, y un pedacito de todos los que la leímos y la admiramos, también se marchó con ella.  Eso solo pueden conseguirlo las GRANDES. 

Gracias, Almudena.






TIRAR UNA VALLA


He tenido que escribir algunos artículos muy complicados a lo largo de mi vida. Ninguno como este.

Todo empezó hace poco más de un año. Revisión rutinaria, tumor maligno, buen pronóstico y a pelear. En aquel momento no quise dar la noticia porque necesitaba estar tranquila, confabularme con mi cuerpo y conmigo misma, pero en un año pasan muchas cosas. Tendría que habérseme ocurrido, pero no reaccioné a tiempo.

El cáncer, que es una enfermedad como otra cualquiera, desde luego un aprendizaje, pero nunca una maldición, ni una vergüenza, ni un castigo, me ha acompañado desde entonces. Y me encuentro muy bien en general. Estoy en las mejores manos, segura, confiada, fuerte, y sin embargo, hace unas semanas tuve un tropiezo, tiré una valla, como les ocurre hasta a los atletas keniatas en las carreras de obstáculos de larga duración. Mientras los altavoces de la Feria del Libro de Madrid lanzaban a los cuatro vientos los nombres de los autores que estaban firmando en las casetas, entre ellos el mío, yo estaba en el hospital con una complicación intestinal, que no era grave pero sí pesada de resolver. Así comprendí que mi silencio había tenido un precio.

Yo ya sabía que soy una mujer afortunada porque hay mucha gente que me quiere. Ahora lamento que algunas de esas personas hayan estado tan preocupadas por mí, por una ausencia que debería haber explicado antes para ahorrarles el mal rato. He llegado a percibir su inquietud desde mi cama del hospital, y quiero pedirles perdón, contarles cómo me siento. Y disculparme de paso, de antemano, por mi silencio y mis ausencias futuras. Porque no me gustaría que alguien pudiera volver a preocuparse por no encontrarme en un lugar donde hayamos coincidido otras veces.

Mis lectores y lectoras, que me conocen bien, saben que son muy importantes para mí. Siempre que me preguntan por ellos respondo lo mismo, que son mi libertad, porque gracias a su apoyo puedo escribir los libros que quiero escribir yo, y no los que los demás esperan que escriba. También saben que la escritura es mi vida, y nunca lo ha sido tanto, ni tan intensamente como ahora. Durante todo este proceso he estado escribiendo una novela que me ha mantenido entera, y ha trazado un propósito para el futuro que me ha ayudado tanto como mi tratamiento. Ahora necesito devolverle todo lo que me ha dado, encerrarme con ella, mimarla, terminarla, corregirla. Por eso voy a seguir desaparecida una buena temporada, y no devolveré mensajes, no contestaré llamadas, no daré noticias. Imagino que muchas personas lo comprenderán. Supongo que otras quizás no lo hagan, pero confío en que respeten mi decisión. Hasta que vuelva, aunque sólo sea para mirar frente a frente el cielo de Madrid una vez más, antes de volver a esconderme.

No sé cuándo será. Tal vez reaparezca con pelo, quizás sin pelo, con una melena rizada o con el peinado de mi querida Josefina Báquer, como la llamaba mi abuela, aquella que la vio bailar con una falda de plátanos cuando las dos eran jóvenes. Pero prometo solemnemente que volveré a sentarme en una caseta para firmar ejemplares y mirar a los ojos de mis lectores, de mis lectoras. Entre todos los personajes que existen, mis favoritos son los supervivientes, y no voy a defraudarme a mí misma, mucho menos a mis propios protagonistas.

Y seguiré estando aquí, escribiendo un artículo en esta misma página cada dos semanas, y en la contraportada del diario todos los lunes. Ese espacio, sagrado para mí, porque me permite mantener el contacto con mis lectores en cualquier circunstancia, nos permitirá encontrarnos, saber de nosotros, permanecer juntos.

En este artículo tan raro, tan difícil de escribir, tal vez no haya cabido todo lo que me hubiera gustado decir, pero al menos me ha permitido contar algunas cosas que necesitaba explicar.

A partir de ahora, seguiré escribiendo sobre los pájaros de Finlandia y otros libros memorables, sobre lo que pasa en el mundo, sobre la ficción y la realidad,  lo justo, lo injusto, la vida de tantas personas, que tienen mucha menos suerte que nosotros, o más, vete a saber. Pero no quiero despedirme sin agradecerles que hayan leído este artículo que es tan importante para mí.

Dentro de dos semanas, nos vemos por aquí.

jueves, 12 de agosto de 2021

A lomos de Lucero

 

Mi padre y mi tío Antonio. Años 40





Quince días, con sus noches, alejado de los suyos y por fin se acerca el ansiado momento que ha esperado con impaciencia. Es demasiado joven para percibir que el tiempo transcurre a veces muy despacio, tan despacio como si se detuviera. Sin embargo, con apenas doce años hace mucho que aprendió sobradamente esta lección.

Avanza por el pedregoso sendero a un ritmo lento, demasiado. Avanza sin prisa, pero sin pausa, mecido por la suave cadencia del paso cansado del viejo asno sobre el que reposa su enjuto cuerpo. Exhausto, regresa a casa, bajo el sol abrasador de agosto que últimamente no da tregua, soñando con los ojos abiertos con el feliz reencuentro que ha aguardado durante los últimos días. Desearía encontrarse con su hogar tras la pequeña loma que se atisba en el horizonte, pero sabe que todavía le queda un buen trecho por recorrer hasta llegar a ese anhelado lugar.

Cuando inició su camino, hace ya un par de horas no reparó en él, pero ahora, el cansancio va haciendo mella en su voluntad, y lo aplasta como una inmensa y pesada losa. Sediento y con el estómago rugiéndole sin parar, nota como sus fuerzas le abandonan por unos instantes, y está a punto de sucumbir al llanto. Aun así, consigue reprimirlo, y ahoga una punzada de dolor que le escuece en los ojos y en la garganta. Quisiera gritar, ahora que nadie le escucha, gritar hasta desgarrarse la voz, y derramar esas lágrimas que pugnan por salir. Quisiera que manaran sin freno y dejarlas resbalar por su rostro como un reguero infinito de sal. 

Quizá solo sea su destino, su sino, como dice su madre. Aunque, en realidad, no tiene claro el hecho de que tantas penurias le estén predestinadas a él, un niño todavía, que debería estar jugando con sus hermanos rodeado de su familia, y sencillamente disfrutando de la niñez.

Todavía recuerda, como una pesadilla que ya nunca podrá borrar de su memoria, los aciagos días que pasó ayudando a arrear las ovejas. Sus padres lo dejaron con aquellos pastores huraños y desabridos cuando apenas era un mocoso de rubios cabellos y ojos claros como el cielo.  Su naturaleza obediente y dócil le llevó aceptar la decisión de sus progenitores sin rechistar, pero no tardó en darse cuenta de lo cruel de la misma.  Dormían en un chozo ruinoso por el que la inclemente lluvia penetraba en su interior. El agua brotaba por entre las piedras formando auténticas cascadas, y convirtiendo aquel mísero refugio en una balsa de barro, frío y humedad. No tendría más de nueve años y ya entonces, aquellas largas e interminables noches en vela le parecían la mayor de las injusticias.

Recuerda con horror aquellos duros días de invierno, en los que el frío le atería los huesos, a pesar de llevar sobre los hombros, a modo de capote, el viejo y gastado abrigo de su padre que le llegaba hasta las corvas. También el hambre lo asediaba a todas horas, como un compañero de viaje inseparable. Y para colmo de males, el tercero en discordia, era ese sentimiento que lamentablemente tan bien conocía: la soledad. Una soledad y una tristeza inconmensurables que se adueñaron de su ser desde la primera vez que se separó de los suyos, y que quizás, fueran los causantes de ese carácter introvertido y taciturno que ya nunca le abandonó durante toda su vida.

¿Por qué tuve que ser pobre? ¿Por qué tuve que ser el mayor?, se pregunta en un lacerante diálogo interno. ¿Por qué he de trabajar y alejarme de mi familia? El ruido de esos pensamientos enturbia, una vez más, su larga travesía. Cómo entender que un niño inocente tenga que sufrir tantas miserias desde tan corta edad.

El afable animal de espeso pelo castaño y hocico blanquecino, ajeno a las reflexiones del muchacho, continua su avance por el tortuoso camino con paso firme. Conoce a la perfección la ruta y no se sale ni un ápice de la misma. La primera vez que la pareja hizo el trayecto en dirección contraria le advirtieron: “Tú no le digas ni le hagas nada, que el burro sabe llegar al cuarto”. Y vaya si supo llegar. Aunque despacio, el animal recorrió sin titubeos las tres horas de caminata que les separaban de la aldea donde ambos pasarían la quincena.

Aquel burro no era tan hermoso como el que describía Juan Ramón Jiménez en el libro que les leía su padre por las noches, pero sí que era muy cariñoso, y asombrosamente listo, ¿cómo si no hubiese sido capaz de llevarle a su destino? El muchacho confía ciegamente en su guía de cuatro patas y se aferra a su crin susurrándole palabras cariñosas. -Vamos, Lucero, que ya falta poco. Aprieta el paso, no te detengas. – Le apremia de vez en cuando. Sobre su lomo polvoriento, se siente a salvo, y al hablarle con esa cercana camaradería, recobra la entereza que le había abandonado en los últimos metros.

No puede negar que siente un profundo temor cada vez que se enfrenta al viaje de ida o de vuelta. El miedo se adhiere a su cuerpo y no le deja respirar hasta que avista a lo lejos el final de su travesía.  A medida que el sol se va ocultando, la congoja le asedia con mayor intensidad. Le asustan los múltiples sonidos de toda suerte de animales que se escuchan sin cesar al caer la tarde, las sombras que se dibujan a cada paso, las nubes negras que amenazan tormenta. Teme que Lucero se espante por algún animal, y caer de su grupa. Si eso ocurriera, sería incapaz de volver a subir a la montura. El borrico es demasiado grande, o puede que simplemente sea él, el que es demasiado pequeño todavía. Recuerda con tristeza la fotografía en la que posa junto a su hermano a lomos de un caballito de feria. Las piernas también le colgaban entonces suspendidas en el aire. Pero aquel era un caballo de mentira, un bonito corcel de cartón piedra, en un escenario ficticio que sirvió para inmortalizarlo con apenas cuatro o cinco años. Ahora todo es real, demasiado real.

Le asusta estar solo en esa llanura infinita en la que se siente inmensamente pequeño. Cuánto le gustaría poder compartir viaje con un Don Quijote que lo protegiera, aunque estuviera loco e hiciera y deshiciera entuertos como en esa novela de aventuras que tanto le gusta escuchar de labios de su padre.

Pero no, aquí está, solo una vez más, con la única compañía de un viejo asno, recorriendo el largo trayecto de vuelta a casa. Atrás quedan las largas jornadas pastoreando un numeroso rebaño de ovejas, las interminables horas de sofocante calor, las tortuosas noches en el duro jergón de lana en el que no podría pegar ojo si no fuera por el enorme cansancio que le hace caer rendido.  Atrás quedan el hambre que le persigue a todas horas, los pedazos de pan duros como riscos, las lágrimas furtivas que se le escapan cuando nadie lo ve. Atrás queda la añoranza de una vida distinta, de otra vida soñada. A medida que se aproxima a su casa su mente comienza a olvidar todo aquello, a disfrutar del paseo y a dejarse llevar por el agradable paisaje. Concentra ahora sus pensamientos en los olores que le llegan de ese mar de romeros, tomillos y espliegos que tapizan la espesura. Observa a su paso los cientos de encinas de caprichosas formas que jalonan el paisaje hasta donde se le pierde la vista.

-Ya casi estoy en casa. - Se repite recompuesto. Y sí, ya casi ha llegado. Alcanza la última revuelta del serpenteante camino y por fin logra divisar a lo lejos la modesta construcción de piedra enclavada en el valle.

Su madre lo está esperando sentada bajo el zaguán. Lleva más de una hora con la vista perdida en el camino mientras espera ver aparecer la silueta de su hijo sobre el borrico.

¡Ya llega!  Grita al resto de sus hijos, que retozan entre los ejidos mientras aguardan a su hermano. ¡Ya llega! Y corre también ella a su encuentro, a abrazar a su pequeño gran hombre.

Tras una breve revista, se echa las manos al rostro. -Hijo mío, ¿y esa sangre de la camisa? -  Le pregunta preocupada.

- Nada madre, la nariz, que se me ha vuelto a reventar y no había manera de parar la hemorragia.

-Anda, pasa que te preparo agua para que te laves y te cambies esa ropa. Santo Dios, pobre hijo mío… - Se lamenta su madre.

- Es solo sangre, madre. Es solo sangre. – Le contesta sin darle mayor importancia.

Porque ahora, ya nada importa. Ha regresado. Ha vuelto en busca de una muda, del pan de su madre, de sus guisos, de sus besos, de las historias de su padre, de sus sabios consejos, de los juegos con sus hermanos... del cariño y el amor que tanto ha echado de menos a diario. Ha vuelto en busca de esa vida añorada, que dentro de unas cuantas horas le será hurtada de nuevo, de esa vida que pronto será sustituida por otra muy distinta, por una dura e inmerecida existencia.

Pero eso ahora no importa. Ha vuelto. Está de nuevo en casa.

 

***



Epílogo:  No es la primera vez que le dedico un relato a mi padre, pero este es especialmente emotivo porque habla de su infancia, una infancia dura e injusta como las que vivieron muchos de nuestros ancestros. Lo escribí uniendo pedacitos de recuerdos de las historias que él contaba, y también con la ayuda de mi madre y de mi tía Matilde. Posiblemente la realidad que vivió de pequeño no fuese exactamente cómo la describo, y quizás cada partida fuese mucho más terrible y menos literaria de lo que aquí cuento, pero él ya no está para preguntarle, solo me queda imaginar...




martes, 10 de agosto de 2021

Viaje a través del tiempo




Valderrobles (Teruel)



Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino
se hace camino al andar.
...

Antonio Machado





Viajar por placer, por gusto, por disfrutar del camino, por el mero hecho de alejarse de tu casa y visitar nuevos lugares por conocer. Alejarse unos días de la comodidad del hogar, de la rutina, de los días iguales y repetitivos, de los sitios y la gente de siempre. Viajar lejos, o quizás no tanto, qué más da, a lugares ajenos, desconocidos, recónditos o inesperados. 

Cuando uno viaja todo está por conocer, todo por descubrir. Da igual que te hayas visto varios documentales o leído guías de viaje, que hayas atendido a las recomendaciones de viajeros, que hayas trazado una concienzuda ruta a seguir. Una vez en el destino, nada será igual a lo que habías planeado, el trayecto no se cumplirá al pie de la letra,  nada será exactamente como lo habías imaginado, y una nueva percepción, nítida y consciente, se revelará delante tuyo como una suerte de encantamiento. Eso es lo bonito de viajar por primera vez a cualquier sitio. Todo es nuevo, y la realidad se nos muestra en todo su esplendor, nos envuelve y atrapa irremediablemente, haciéndonos partícipes y protagonistas de ese escenario, dando vida en nuestra retina a esa imagen icónica que hemos visto por internet de ese mismo lugar. Tras unos minutos de observación,  solemos también captar las sombras, esos aspectos menos bonitos que no aparecen en las postales, pero que forman asimismo parte del paisaje de cualquier pueblo, aunque este sea considerado uno de los más bonitos de España.

Hay muchas formas de viajar. Hay quien viaja para descansar, para relajarse. Gente que busca un buen lugar donde alejarse de la rutina, donde comer y beber bien, a ser posible con una buena piscina o una playita cerca donde refrescarse de vez en cuando. Viajeros que buscan lugares idílicos, o no tanto, donde desconectar y no hacer nada, absolutamente nada. 

Hay otras personas cuyas vacaciones son todo lo contrario, y las conciben como una especie de tour en el que no queda tiempo prácticamente para el descanso, ya que la máxima es aprovechar hasta el último minuto de cada día. Me incluyo, me temo, en este último grupo. Y es que, cuando uno viaja con ese espíritu curioso del viajero, del que no puede desperdiciar una tarde descansando, sino que ha de cumplir un itinerario bien trazado y aderezado  con rutas, visitas guiadas o libres. Cuando uno no gasta pereza en caminar callejeando miles de pasos, o en recorrer los kilómetros que hagan falta (16 Km para ser exactos) a través de montes y naturaleza, cuando uno busca y encuentra todos los monumentos, miradores, o lugares de interés, uno tras otro sin vacilar, las vacaciones se disfrutan, por supuesto que sí, pero también pueden llegar a resultar agotadoras. También ayuda, por supuesto, llevar de pasajero a un incansable trotamundos de 11 años al que no asustan las cuestas, ni las escaleras, ni las montañas. Al contrario, es ver un lugar donde se pueda subir o acceder, y allá que se dirige, por muy alejado o elevado que se encuentre el objetivo. Ahí va él, encaminando la expedición, azuzándonos a todos para que no bajemos el ritmo, para que nadie se quede atrás, conminándonos a subir a aquella torre, o a penetrar en ese otro pasadizo. Ironizo diciendo que tengo en casa un "Personal Trainer", pero fuera bromas, no me cuesta imaginarlo dentro de veinte años en la cima del mundo detrás (o delante) de un sherpa...


Tantas cosas haces en un sólo día, tantos lugares visitas, que llegas a perder la noción del tiempo. Han pasado cinco días desde que marchaste y parece que hubieran transcurrido el doble. Las calles, las iglesias, los castillos, los pueblos se mezclan en tu cabeza en un batiburrillo, y llega un momento en que necesitas poner orden a tanta información, a tantas experiencias nuevas, a tantos lugares, porque has de hacer un verdadero esfuerzo para recordar si esa iglesia tan bonita con un pasadizo al castillo estaba en tal pueblo que visitaste ayer o en el que te encuentras ahora.

Salir de viaje para nosotros es estar dispuesto a caminar y caminar sin rumbo fijo, a perderse por las callejuelas y pasajes deleitándose en cada rincón, en cada fachada, en cada cornisa, con cada estampa que nos ofrece la villa; Es recorrer las calles en busca de los números marcados en el mapa; Buscar un lugar donde comer o tomar algo para reponer fuerzas con la incertidumbre del que no sabe si la elección será satisfactoria, o por el contrario, te habrás equivocado por completo. Para ese territorio que no conoces, eres un novato al que gastar bromas pesadas, como quedar atrapado en una calle sin salida siguiendo las instrucciones del navegador,  o dar varias vueltas para encontrar tu destino. Te has convertido en un aventurero dispuesto a no dejarse amedrentar por los contratiempos, en un explorador capaz de sorprenderse y disfrutar con cada nuevo descubrimiento.

Viajar es introducirse en lugares desconocidos, y descubrir en ellos nuevas costumbres, comidas, paisajes, acentos, formas de hablar... y sobre todo personas. Cuando uno procede de un pueblo en el que todos nos conocemos, siente un agradable placer al visitar poblaciones donde nadie te conoce, esa placentera libertad que confiere el hecho de ser una persona anónima más, entre tantas otras con las que te cruzas. Personas de todos los credos, de distintas nacionalidades, con atuendos de todo tipo, con diversas inquietudes e ideas, venidos de lugares lejanos, o lugareños que se resisten a abandonar sus raíces. Todos caminando los mismos sitios, siguiendo los pasos del resto, haciendo centenares de fotografías en los mismos puntos, con el mismo encuadre... A veces, la casualidad propicia momentos tan increíbles como que alguien grite ¡munereños! desde un coche, mientras paseas por una playa situada a 700 km. de casa. O encontrar a un primo al que llevas años sin ver en un pueblecito recóndito de montaña. Este vez el destino no nos deparó ninguna sorpresa de este tipo, aunque también es verdad que las mascarillas no nos lo ponen demasiado fácil a la hora de reconocer a alguien últimamente.

Lo que si nos encontramos en este reciente viaje fue con una maravillosa comarca, la del Matarraña, llamada así por el río que discurre por los municipios que la forman, y cuyas aguas están heladas (aunque los lugareños te digan que fresquitas); Nos encontramos con plazas varadas en el tiempo, con calles, puentes y edificios empedrados y muy cuidados que nos transportaron a la Edad Media; Nos tropezamos con paisajes apabullantes, con majestuosos buitres, y con una extraordinaria naturaleza en estado puro; nos fascinaron sus iglesias, sus murallas, sus castillos, sus "neveras" subterráneas (llamadas bóvedas del frío); Y nos atraparon, por supuesto, su vasta historia y su rico patrimonio.

Durante unos pocos días nos hemos dedicado a recorrer pueblos y lugares que se quedarán ya para siempre en nuestra memoria. A caminar y caminar, colmados convenientemente el hambre y la sed, a visitar todo tipo de monumentos... No hemos parado, como quien dice, así que, nadie se extrañará si digo que el último día de nuestras vacaciones fue una mezcla de tristeza porque se acababan, pero también de cansancio real y absoluto, (no miento), y ganas de regresar otra vez a casa, a la tranquilidad y quietud de la vida hogareña.

De este viaje nos quedarán un montón de recuerdos. Divertidas anécdotas protagonizadas por unos y otros (aunque las haya que no tengan nada de gracioso). Cientos de fotografías por clasificar, esperando a que algún día tengas ganas de organizarlas. Un montón de callejeros y folletos informativos que no sabes si conservar, o reciclar directamente. Ah, y dos maletas de ropa que lavar y planchar, que todo hay que decirlo... Nos queda todo lo dicho, y mucho más porque cada viaje deja una huella imborrable en nuestro ser.

El año que viene, quién sabe a qué lugar nos llevarán nuestros pasos. Ya se verá, porque como siempre digo, lo importante no es el dónde, ni el cómo, lo realmente importante es quién  acompaña tu camino.


...









Ruta del Parrizal. Río Matarraña. (Teruel)
















   



lunes, 26 de julio de 2021

Verano azul

 


Un cabrilleo de agua y sol en el mar, o quizá en una piscina.

 ...

Una vida. 

Rosa Montero




Ya estamos inmersos en el verano, otro más. La estación más corta (al menos en la Mancha), pero la más intensa. Lo divisamos desde la distancia a principios de año, muy lejano, casi inalcanzable, como la tierra prometida, hasta que al fin, casi sin darnos cuenta, nos sumimos en esta maravillosa estación, despojados, de un día para otro, de mangas largas y chaquetas. De repente nos sorprenden los largos días de luz, nos enfrentamos  al calor sofocante, a los interminables días de pegajoso bochorno, a las tórridas noches en que es harto difícil conciliar el sueño... Y lo notamos también porque se percibe un no sé qué en el ambiente, algo distinto, un arrebato de sensaciones que parecen colmarnos a todos de buen rollo.


Todo un verano por delante: sol, vacaciones, playa, un montón de tiempo por disfrutar, más salidas, menos entradas, más bullicio por las calles, en las terrazas, en las plazas... El recogimiento al que nos hemos sometido en invierno deja paso a otro escenario completamente opuesto. El pueblo no parece el mismo, pero ni siquiera la gente parece la misma, contagiada por el alborozo. 


Las calles, las tiendas, los bares, son tomadas por los habituales turistas que nos visitan por estas fechas, o quizás también este año por otros muchos que vienen buscando paz y sosiego, lejos de las grandes aglomeraciones de las que se suelen huir en tiempos de pandemia.


Llegó el verano, y con él se puso punto y final a un difícil curso escolar, a un curso que muchos ni siquiera creyeron que terminaría medianamente bien, (algunos ni siquiera pensaron que podría empezar). Los niños nos demostraron que sí, que sí se podía, y también los maestros. Un año de mascarillas, de distancias, de gel... un año reprimiendo las ganas de tocarse, de abrazarse, de juntar cabeza con cabeza para resolver ese problema tan difícil, o para contarse entre susurros la última travesura... No es la primera vez que lo escribo: qué lección nos han dado los niños, y con qué compromiso logran asumir  las normas, cuando éstas son claras y firmes. Los niños son pequeñas joyas por pulir, que pueden llegar a ser tan valiosos como nos empeñemos que sean. Un futuro esperanzador si conseguimos sembrar en ellos la semilla adecuada.


Qué raro y qué complicado ha sido este pasado año, y  no entraré en si lo ha sido más para unos o para otros. Creo que a todos, en mayor o menor medida, nos ha resultado difícil de sobrellevar. Ha sido duro para todos, y qué duda cabe, el paso de los meses, y las numerosas dificultades a las que nos hemos ido enfrentando, han ido mermando paulatinamente nuestra fortaleza, y aumentando nuestro desánimo.


En mi caso, este año atípico que hemos vivido ha sido de todo, menos apacible. Aperturas, cierres, cancelaciones... han sido la tónica constante de este curso, sin olvidar el resto de medidas que  hemos contemplado a rajatabla: desinfección, ventilación, toma de temperatura, cuarentena de libros, contar cuentos con una mascarilla y no morir en el intento... Agotador. Ha resultado peliagudo, para qué negarlo, pero he de decir que también ha sido maravilloso poder volver a contar cuentos de manera presencial, y también ha sido un placer poner en marcha de nuevo los clubes de lectura. Cuánto echaba de menos esa sensación indescriptible de encontrarme rodeada de niños y niñas; ver la biblioteca llena de bullicio después de tanto tiempo, de niños y niñas de deseosos de cuentos, de lecturas, de libros... Cuánto añoraba  ver la biblioteca rebosante de vida. Quizás haya quien se sorprenda si digo que los niños acudían felices a este mágico lugar, pero sí, no les veía la sonrisa, pero la intuía tras las mascarillas.


Pero llegó el verano, y tocó un año más poner punto y aparte a todas las actividades, para dar paso a otros menesteres igualmente necesarios. Porque en verdad... qué necesario se nos hace el verano. Y es que verano es sinónimo de vacaciones, aunque tengas cuarenta años y no te hayan dado el boletín de notas de fin de curso, aunque no vayas salir de tu pueblo ni para una escapada de fin de semana... Nos ponemos en modo vacaciones y nos contagiamos de ese ritmo más pausado y despreocupado del verano, de ese aparente letargo de los días y las noches de esta maravillosa estación. Y digo aparente letargo, pues en verdad, los días, las semanas y los meses se diluyen casi sin darnos cuenta, y pasan... qué rápido que pasan. Quizás por ser conscientes de su fugacidad, nos esforzamos en exprimirlos al máximo, disfrutando de todos los buenos momentos que se nos presentan, y dejando de lado hábitos, los horarios y la disciplina.


Qué ganas de verano... y qué pena que todavía éste no llegue a ser lo normal que desearíamos. Nos las prometíamos muy felices. Las vacunas nos ofrecían un panorama esperanzador, un verano cercano a la normalidad, sin mascarillas y sin tantos miedos. Y por enésima vez, contemplamos atónitos como el castillo de naipes se derrumba delante de nuestras narices. La incidencia se dispara, al igual que los contagios,  y aunque la población más vulnerable está protegida, las consecuencias de esta ola ya se hacen notar tanto en los hospitales, como en las zonas turísticas, que ven con desesperación como esas otras olas tan esperadas, las de turistas, no harán acto de presencia tampoco este año.


¿Cómo hemos llegado hasta aquí, otra vez? Pues después de poner por escrito mi indignación, y mis críticas hacia un sector de la población a la que pareciera que le da igual la situación sanitaria, la salud de las personas vulnerables, o la economía y el futuro de mucha, muchísima gente, lo borré. Lo borré todo. Me guardaré para mí esa parrafada que no contiene otra cosa que enfado e incomprensión y que me temo que no haría sino molestar al que ha tenido un comportamiento ejemplar, y a todos aquellos que no lo han tenido, seguramente les resultaría indiferente. 


Diré tan sólo que la libertad de cada cual comienza exactamente desde el lugar en que nuestros actos o decisiones afectan a los demás; diré que el mundo se acabará muy pronto si no pensamos y actuamos de manera menos individualista, si no dejamos de creernos el ombligo del mundo y caminamos todos a la par; diré, que cada cual ha de asumir las consecuencias de sus actos, y que no solo tenemos derechos, sino también obligaciones, y diré por último, que ya está bien de negar las evidencias... No diré más. Simplemente porque me aburre escribir sobre lo mismo. Porque ya no soporto tanta desidia. Porque me supera tanta indiferencia. Porque ya no me sale nada literario cuando escribo sobre ciertas cosas o comportamientos irresponsables.  Porque ya empiezo a estar cansada de tanta ola y de tanto virus. Los expertos lo llaman fatiga pandémica,  aunque yo prefiero decir: ¡qué hartazón ya de pandemia!, como decimos en mi pueblo.


Pues lo dicho, que prefiero escribir sobre otras cosas, como por ejemplo.... El verano.


Me gusta el verano.

Me gustan los días claros y despejados, el sol vibrante en lo alto de un luminoso cielo azul. 

Me gustan los vencejos inundando el firmamento, revoloteando sin descanso. Y escuchar el canto de los pájaros en mi patio.

Me gusta notar el sol acariciando mi cuerpo, la piel bronceada.

Me gusta tomar un helado a media tarde y paladearlo lentamente mientras se derrite en mi boca. 

Me gusta ver los corrillos de mujeres al fresco por las noches, compartiendo chismes y compañía, dando vida a las calles. Y me gusta que los niños vuelvan a tomar las calles con sus juegos, sus gritos y sus risas.

Me gusta disfrutar de una cena relajada en una terraza. Olvidar los relojes y los problemas. Celebrar la amistad y disfrutar del momento, sin más.

Me gusta buscar conchas en la orilla del mar, como si aún fuera una niña pequeña. Meter los pies en el agua y contemplar la danza hipnótica de las olas.

Me gusta mirar cómo cabrillean el sol y el agua en la inmensidad del mar, o en la piscina. Ser consciente de ese fascinante instante de felicidad y de vida. 

Me gusta disfrutar de tiempo libre con mi hijo, con los míos. Olvidar por un tiempo las obligaciones, las prisas, las tareas pendientes. Vivir el presente.

Sí. A pesar del calor, de las moscas y los mosquitos, del cansancio, de estas mascarillas que nos asfixian ... me sigue gustando el verano. 


Y tampoco puedo evitar que esta estación me traiga a la memoria los veranos del pasado:


Aquellos inolvidables veranos dorados en un pueblecito de León. 

Aquellos otros en la casa de mis abuelos. Cuando no faltaba nadie, cuando aún no conocía el significado de la expresión para siempre. 

Aquellos veranos de interminables tardes de piscina, de hombros quemados por el sol y de escozor callado, para evitar reprimendas y repetir baño al día siguiente;  a aquellos tiempos en que aprendí a nadar con mi prima, ayudada de un manguito, casi rozando la imprudencia.

Al verano en que empecé a salir de fiesta, o a aquellos duros y calurosos días de trabajo en el campo recogiendo ajos o cebollas de mi época de estudiante.


Regreso a la época de mi niñez, en que aprendí que el Verano es de color Azul. A aquellos veranos en los que conocí a Julia y a Chanquete, y a una pandilla de niños en bicicleta que pedaleaban, felices y despreocupados, mientras silbaban una melodía sin letra, que es ya casi un himno para los adultos de aquella generación.  Repitieron la serie una y otra vez, y la debíamos ver, porque creo que acabamos sabiéndonos de memoria todos los capítulos. El día en que  "murió" Chanquete lloré como una magdalena. De hecho, es posible que llorase varias veces su muerte "de mentiras", aunque quizás también lloré el día en que Antonio Ferrandis murió de verdad...


Este verano también he sentido mucho la muerte de Rafaela Carrá, artista indiscutible, única e irrepetible. Fue una gran persona, comprometida y solidaria. Desde pequeña me encantaba, y su música siempre me recordará a mi padre. Seguramente sea porque él nos ponía sus canciones en aquel magnetofón antiguo que todavía conservamos, como un vestigio del pasado. No sé si ya estará estropeado después de tantos años, pero  no seríamos capaces de tirarlo aunque así fuera.  Sigue en el mismo sitio, junto a la caja de cartón llena de cintas que mi padre atesoraba. Cintas cuidadosamente ordenadas, entre las que Rafaela ocupaba, sin duda, un lugar destacado.


Ahora que lo pienso, mi niñez quizá tenga la banda sonora de Rafaela, sí, esas letras repetitivas y pegadizas, esas canciones alegres que te invitan a bailar y a sonreír y que no puedo dejar de tararear si las escucho, porque, -ahora soy consciente de ello-, me las sé todas: Explota explota me explo, explota explota mi corazón;  Pedro, Pedro ; una mujer en el armario.... 🎶 Escuchar a Rafaela es rememorar a mi padre, y eso es algo muy especial.


Tan especial, como coincidir con alguien que después de veinte años continúa recordándolo con cariño. Un hombre tan justo como su nombre, tan cordial y afable como lo es también su familia. Alguien a quien mi padre apreciaba y admiraba, y que no había vuelto a ver desde pequeña. Sí, hablar de un ser querido que ya no está, con otra persona que lo conoció y que compartió con él muchos momentos, es algo realmente especial. En verano pueden suceder estos pequeños milagros, encuentros fortuitos que te emocionan y te devuelven un montón de recuerdos olvidados.


Cómo me gusta el verano... Cómo me gusta vestirme con cualquier atuendo ligero y estar tan a gusto; andar descalza por casa; no tener que taparme hasta arriba por las noches, ni ponerme veinte capas para no tener frío; que mis manos recuperen la circulación, (y mis dedos su aspecto original); tender la ropa y tenerla seca en apenas una hora; que los días sean largos y tener todavía luz a las nueve de la noche; planear con ilusión las vacaciones, aunque sean breves. Disfrutar de las pequeñas cosas, de cada día, de cada instante...

 

Todo un verano por delante, y de que te das cuenta... se acabó. Llegan las tardes fresquitas, las tormentas y el viento de finales de agosto. La luz estival cambia de intensidad, y  septiembre nos recuerda que ya va siendo hora de volver a la rutina, que ya está bien de tanta fiesta y tanto despendole, que hay que volver al cole y a retomar la actividad de nuestras vidas. El verano dará sus últimos coletazos dispersos, para anunciar seguidamente que en nada el otoño sepultará al calor, otro año más.


Llegará el final del verano y tocará recoger bañadores y toallas, tumbonas y piscinas desmontables, sombrillas, ventiladores, y todo tipo de aparejos que hemos usado durante apenas un par de meses, y que guardaremos, lamentándonos por lo poco que los hemos aprovechado, con un pellizco de tristeza, a sabiendas de que pasarán muchos meses antes de que esos objetos vuelvan de nuevo a nuestras vidas. 


Llegará el final del verano, más pronto que tarde, llegarán inevitablemente el frío, el sosiego, el silencio... El verano tocará a su fin de nuevo, pero mientras eso ocurre, no dejemos de disfrutar, cuanto sea posible del presente, de este maravilloso e irrepetible verano azul.


                        ***


Epílogo: "Un cabrilleo de agua y sol en el mar, o quizá en una piscina"... Así comienza un escrito de Rosa Montero titulado Una vida. Un texto tan breve, como intenso, como el verano; unas líneas tan emocionantes como hermosas. Casi una metáfora de la vida, de cualquier vida. Un texto que me enamoró desde la primera vez que lo leí y que, con permiso de la maestra, adjunto a continuación. 


UNA VIDA 

Un cabrilleo de agua y sol en el mar, o quizá en una piscina. El cuerpo caliente y esponjoso como pan recién hecho.

Sombras en la noche, una pesadilla. Las manos de tu madre encendiendo el mundo, disolviendo los monstruos. Ordenando las cosas.

Carreras jadeantes, frenéticas risas, juegos de niñez en patios retumbantes.

Melancolía aguda de lo aún no vivido. Intuición adolescente del resto de tu vida. Deliciosa tristeza.

La carne, un tesoro. El vertiginoso misterio de los cuerpos. El amor estallando como una supernova y dejándote ciego.

Y también el desamor: un agujero.

Una noche de agosto en pleno campo, un alboroto de cigarras, una luna llena de color naranja que parece el decorado de un teatrillo japonés, el tiempo por una vez piadosamente detenido. La plenitud, que siempre es sencilla.

Mirar a un amigo, mirar a tu amante y ver en sus ojos el pasado común. Contemplarte en los otros como en un espejo.

La serenidad que llega tras las lágrimas. Y también todas las risas compartidas, los momentos de juego, las carcajadas dichosas.

Todos los libros leídos, las músicas gozadas, los besos recibidos. Y una conversación una tarde de invierno comiendo chocolate frente a la chimenea.

La alegría de vivir. Y la fugaz y espléndida belleza.

Una noche de angustia. Intuición de la muerte. Una mano en la tuya. La cama es una balsa en mitad del naufragio.

Una novela leída al lado del lecho de un enfermo mientras llueve.

Torbellinos de polvo en un rayo de sol, un universo ínfimo.

Un cabrilleo de agua. El último chispazo.

Esta poca cosa, o esta enormidad, es una vida.

Rosa Montero








viernes, 29 de enero de 2021

Un tsunami




... Qué antiguo puede
llegar a ser el futuro.

El infinito en un junco, de Irene Vallejo 





Me quedé corta. De lejos. Pero que muy de lejos. Mis predicciones de diciembre sobre lo que vendría después de "salvar la Navidad" no iban mal encaminadas, pero para mi-nuestra desgracia, estas primeras semanas del año nos han deparado una realidad mucho más grave de lo que nadie hubiese podido imaginar. La curva ya no es una curva. Es una pared, un muro vertical. La tercera ola, o la enésima, nadie sabe ya a ciencia cierta en cuál nos encontramos, ya no es una ola. Se ha convertido en un auténtico tsunami. 


Inauguramos el año con un nevazo de esos que hacen historia, y como todo el mundo sabe aquello de "año de nieves, año de bienes", pues qué duda cabe que lo empezamos con esperanza, con ilusiones renovadas, y con ese inevitable regreso a la niñez que nos provocan siempre las nevadas. Contemplar cómo nieva es, sin duda, algo mágico, una sensación inigualable, única, eso siempre y cuando lo hagas resguardado y al calor del hogar, claro está. El tiempo, al igual que el mundo, parece detenerse. El silencio lo inunda todo, y un inmisericorde manto blanco va cubriéndolo todo lentamente. Muchos dirán que la nieve está sobrevalorada, que no es para tanto eso de pisarla o de hacer muñecos con ella; y que no merece la pena acabar mojado, congelado y con los dedos ateridos por el frío. Quizá, pero lo cierto es que resulta difícil, o al menos a mi me lo resulta, resistirse a pisotearla, a jugar y a hacer figuras con ella, y a realizar un sin fin de fotografías casi monocromáticas que son prácticamente las mismas todos los años. Luego, otro cantar son las consecuencias que padecemos todos varias semanas después de la nevada en cuestión, sobre todo si las temperaturas caen en picado para quedarse en negativo unos cuantos días. En ese caso, esa preciosa e inmaculada capa blanca se convierte en un peligroso bloque de hielo, capaz de poner en jaque al más avezado aventurero que se atreva a salir de casa para ir a trabajar, o simplemente para ir a comprar el pan.

Pues así hemos comenzado este esperado 2021, con una nevada histórica, cortesía de "Filomena", y por si no hubiésemos tenido suficiente con ella, poco después vino a despeinarnos Hortensia. Que digo yo: qué arte tienen los que bautizan a los fenómenos meteorológicos,  que les ponen de cada nombrecito... 

En fin, que Filomena nos dejó nieve, muuuucha nieve, y advertidos estábamos, porque al menos esta vez, los meteorólogos acertaron de pleno. En Munera,  comenzó a nevar un jueves y ya no paró de hacerlo hasta el sábado, llegando a acumularse espesores considerables en muchas zonas. Probablemente aquí estemos más acostumbrados,  pero en otros lugares, sobre todo en la capital, la cosa llegó a ser bastante caótica. Muchos de los que se quedaron atrapados en sus vehículos durante días hubiesen querido volver al 2020, sin pensárselo dos veces, ¡que me devuelvan la entrada, que éste tampoco me gusta!, pero no, me temo que ya no se admiten devoluciones ni cambios, habrá que apechugar con todo lo que nos depare este nuevo año, aunque no haya empezado especialmente bien... 

En verdad,  vaya invierno frío que llevamos, no me lo negarán. Quizás sea esta la forma que tiene la naturaleza de decirnos: ¡quédense en casa, por Dios! Que esto va en serio, por si todavía no se han dado cuenta. 

La buena noticia es que por fin llegaron, aunque a paso lento, las vacunas, esas que mucha gente demoniza e incluso rechaza por miedo a sus efectos, pero que no son, sino el único camino para conseguir la anhelada inmunidad de grupo, y para evitar millones de muertes entre las personas más vulnerables. A miles de ancianos ya les han administrado sus dosis. Las reciben entre aplausos y lágrimas, esperanzados por poder volver a ver pronto a sus familias, por decir adiós a una soledad y a una tristeza que solo ellos saben lo terribles que están siendo. También, puede que con un poco de miedo, pero en esta batalla, la balanza se decanta casi siempre por la vacuna, y vencen las ganas de seguir viviendo, de seguir disfrutando de los años que todavía les esperan. 

También recibieron sus dosis los sanitarios. Orgullos, guardarán las fotografías de ese momento para los restos. Las guardarán, como un pequeño trofeo, aunque no serán necesarias para mostrar a sus nietos su valentía y su fuerza durante todos estos meses; tampoco lo serán para ayudarles a recordar este año tan difícil que se quedará grabado a fuego en sus memorias para siempre. Cansados, hartos, enfadados, tristes... así es cómo se sienten todos ellos después de este periplo que parece no tener fin, pero no por ello han dejado de luchar en ningún momento. Ahí siguen y seguirán, pidiendo responsabilidad a los de arriba, y a los de abajo, dejándose la piel, e incluso la salud, mientras el virus campa a sus anchas, circulando cada vez a más velocidad.

Y otros, esta vez no precisamente sanitarios, decidieron también ponerse la vacuna, aunque no les tocara todavía, pero vaya, alegaron muchos y muy variados argumentos para hacerlo. No fue un hecho aislado. Ni uno, ni dos, ni tres casos. Cientos, que sepamos. Fueron muchos los que creyeron que merecían recibir, antes que los demás, una vacuna que podría haber salvado la vida a personas de riesgo que todavía siguen esperando su dosis. Este tipo de actos  incalificables, y profundamente egoístas son los que hacen que perdamos definitivamente la fe en la humanidad. 

Y hablando de fe en la humanidad... Para darle emoción y vidilla al nuevo año, Estados Unidos protagonizó el pasado 6 de enero uno de los episodios más bochornosos de su historia. El asalto al Capitolio, al que asistimos incrédulos en tiempo real, parecía poco más que una broma de mal gusto. Todo el planeta conteniendo la respiración y observando, desconcertado, las imágenes retransmitidas por televisión, unas imágenes que más parecían sacadas de un capítulo de los Simpson que de la realidad de un país que presume de ser un modelo democrático. Por un momento, todos pensamos que cualquier cosa podía ocurrir, lo peor. Menos mal que las aguas volvieron a su cauce, y todo quedó en un despropósito. Lo cierto es que, suceda lo que suceda los próximos años, el mundo será un lugar mejor sin ese temerario de Trump al frente de la Casa Blanca. 

Son tiempos convulsos los que vivimos, desde luego. La incertidumbre y la inestabilidad parecen haberse adueñado del panorama político y social, y las noticias que nos llegan del exterior, lejos de tranquilizarnos, nos traen preocupantes novedades. Retrasos en el suministro de las vacunas, nuevas y más virulentas cepas que se suman a la fiesta empeorando la evolución de la pandemia, incrementos imparables de los contagios... Se cuentan por millones ya los contagiados por este virus ya casi desbocado,  y  las cifras de fallecimientos son cada vez más estremecedoras. Me pregunto cuántos muertos son necesarios para que nos demos cuenta de la gravedad de esta pandemia. Y me respondo, batida por el pesimismo, que posiblemente, mientras los muertos no sean los nuestros, seguiremos instalados en la ignominia. 

Y es que a estas alturas de la vida, me doy cuenta de que, en general, nos cuesta bastante empatizar con las experiencias ajenas, ponernos en el lugar de los demás. La gran mayoría de las veces, hasta que uno mismo no vive cualquier suceso en propias carnes, y experimenta sus consecuencias, no es plenamente consciente de su magnitud, por mucho que te lo hayan contado antes con pelos y señales.

Con este virus  viene a ocurrir también lo mismo. Todos conocemos casos, enfermos que ya lo han pasado, que nos han relatado sus síntomas, sus vivencias... Pero hasta que el bicho no nos ronda a una distancia lo suficientemente cercana, hasta que no tenemos un familiar, o un amigo contagiado, o simplemente confinado por contacto con un positivo,  no nos hacemos una idea de lo difícil que es lidiar con esta situación. 

Cuando uno recibe una noticia de ese calado, parece que el mundo se desmorona de repente. Sentimientos encontrados fluyen sin control por todo tu ser: incredulidad, incertidumbre, frustración, temor, dudas. Te apremian los interrogantes. El cómo, el dónde y el cuándo te parecen importantísimos, vitales. Intentas hacer memoria de cuándo tuviste contacto por última vez, de con quién has estado en los últimos días, y respiras aliviado al constatar que has guardado las medidas de seguridad en todo momento.

Un positivo en la familia, y de golpe te duele todo. Notas una nube pesada en tu cabeza y sientes como todo tu cuerpo se manifiesta con los más insospechados síntomas. No los notabas hasta hace tan solo unos segundos, y no son otra cosa, que el producto de la sugestión. 

Pensamientos siniestros te abordan, es casi inevitable. La preocupación y el miedo se adhieren a tus entrañas. Preocupación por los demás, no por uno mismo. Miedo al pensar que puedes ser un eslabón más en la cadena de transmisión, la morada ideal para un huésped que puede dejar un rastro siniestro tras su paso, que son los tuyos. Por unas horas, la situación te bloquea.  Las ideas no surgen con fluidez. Das vueltas y más vueltas a todo. Tu cabeza es una olla a presión. No sabes qué hacer, qué no hacer, cómo actuar. El deber se diluye en un territorio inexplorado, opaco, inconsistente. No existen las certezas. Sientes un miedo atroz a que este bicho se cebe con los más débiles. Lo ves a diario en las noticias. Salvo raras excepciones, los mayores de ochenta años no le duran al virus ni un asalto. Te encomiendas al cielo para que ocurra un milagro...

Y ya lo escribí una vez, a veces, los milagros ocurren. O será que esta vez el virus se limitó a hacer un pequeño cameo, o que algunas naturalezas son extremadamente fuertes, quién lo sabe, lo cierto es que ocurrió y dentro de lo malo, no causó demasiados estragos. Y el milagro fue mayor tras conocer el resultado negativo de un test que nos devolvió la tranquilidad perdida. ¡Negativo! Resulta inexplicable, pero parece que hay personas ante las que los bichos no tienen nada que hacer. ¡Bien! Respiras aliviada, te notas liviana, como si el peso que te aplastaba te hubiese liberado de pronto. Habrá que esperar unos días para abrazarnos, pero no importa, sabremos esperar.

Por unos días te gustaría meterte en un agujero, lejos de todo y de todos.  Notas las miradas, temerosas unas, curiosas y escrutadoras otras. Pocos se atreven a preguntar, pero ves el temor en los ojos de los demás, en sus miradas esquivas. El miedo es perfectamente comprensible, no se puede luchar contra él. 

Maldito virus. Esta vez hemos conseguido esquivarlo, pero quizás la próxima vez no sea así. Sigue ahí fuera, latente, deseando aparecer en escena a poco que te descuides. La realidad se impone una vez más, y seguimos batiendo records de contagios a pesar de todas las restricciones impuestas, demasiado tarde, qué duda cabe. Los ecos del pasado mes de marzo reverberan de nuevo en nuestro pensamiento. Parece que aquel infierno se repita de nuevo: Records de contagios, de fallecidos, hospitales de campaña, urgencias saturadas, sonido de ambulancias, UCIS al límite de su capacidad... Esta vez se trata de un verdadero tsunami de dimensiones extraordinarias, un tsunami que va arrasándolo todo a su paso. 

Qué antiguo puede llegar a ser el futuro.. decía Irene Vallejo en El infinito en un junco, un maravilloso libro, de culto para todos los amantes de los libros y la lectura, y que recomiendo encarecidamente. La historia se repite, siempre. El pasado vuelve. Parece que no hubiera forma de impedirlo, como el fluir del tiempo, que nadie puede detener. Quizá sea que esperamos demasiado del futuro, y al final siempre nos acaba decepcionando, o puede que simplemente estemos condenados a repetir nuestros errores.

En cualquier caso, qué ganas de salir de este agujero negro que nos ha engullido casi sin darnos cuenta.

Qué ganas de que salga el sol por fin, y no me refiero solo a que luzca radiante en el horizonte, sino a que de una buena vez, veamos cómo la alegría y la ilusión regresan a nuestras vidas. 

Qué ganas de dejar de escribir sobre virus y pandemias, que es el tema recurrente que acapara hace ya demasiado tiempo, estás crónicas de mis vivencias. 

Qué ganas de dejar atrás esta pesadilla para siempre y de empezar a forjar nuevos sueños.

"Lo imposible debe ser soñado primero, para algún día hacerlo realidad", escribía Irene Vallejo en su Manifiesto por la lectura. Nadie sabe a ciencia cierta si todo esto pasará pronto. Si será posible o imposible dejarlo atrás definitivamente. Si seremos capaces de levantarnos después de esta difícil travesía por el desierto.  Sin embargo, no podemos permitirnos desfallecer. Hemos de seguir caminando con paso firme, afrontando todo lo bueno y lo malo que esté por llegar. Intentando mirar hacia el futuro con optimismo. Dispuestos a mantenernos erguidos, cual juncos flexibles y fuertes.

Lo imposible debe ser soñado primero... Pues hagámoslo. Soñemos... 


Hablando en plata II

  Los que me conocen saben de mi interés por las raíces, por las tradiciones y las costumbres de nuestro pueblo. Y me siento atraída especia...