Los mejores libros que he leído, esos que recomendaría con los ojos cerrados, no son lecturas amables, ni comedias, ni mucho menos novelas románticas. Cuestión de gustos, tal vez, pero también de necesidad. La necesidad de que la historia que tienes enfrente te invite a la reflexión, te conmueva, o incluso te irrite hasta la médula.
A pesar de que a veces necesitemos lecturas ligeras y sin demasiados sobresaltos, para mí, un buen libro es aquel que no te deja indiferente. Aquel que te remueve por dentro, te emociona de tal forma, que esa historia y esos personajes te acompañarán para siempre. Y eso es, ni más ni menos lo que me ha pasado con Silvana, cuya autora, Mercedes Lozano, he tenido la suerte de conocer y disfrutar en un encuentro reciente en la biblioteca.
Y en verdad, esta obra de teatro cuya protagonista está inspirada en el romance del mismo nombre, es un drama tan crudo como necesario. Un grito desgarrador que nace de las entrañas de una mujer señalada y perseguida. Silvana personifica el mal, el pecado, la culpa. Culpable de un pasado terrible; culpable de prostituirse para dar de comer a su hija; culpable de sobrevivir a la barbarie del mundo hostil e injusto que le ha tocado en suerte.
Esta obra se convierte en un acto de reparación, de justicia, dando voz a tantas y tantas mujeres silenciadas e invisibles.
La culpa, Silvana, la culpa... esa culpa incrustada en lo más profundo de las entrañas es una de las protagonistas de este drama, pero también lo son los juicios ajenos, la doble moral, los prejuicios...
Cuando uno lee Silvana descubre la historia de aquellas mujeres de posguerra que encontraron en la prostitución la única salida para paliar el hambre. Estigmatizadas, perseguidas por la sociedad, pero utilizadas aún así.
"Se marchó con la barriga llena de hambre y vergüenza..." Apunté esta frase tan brutal que demuestra la calidad de la obra. Un lenguaje poético, potentes metáforas y unos diálogos de gran fuerza y profundidad que, sin duda recuerdan poderosamente a Lorca. Cómo no iba a presentar este libro mi querida Concha Vázquez, admiradora ferviente del gran poeta y dramaturgo. Ay... las conexiones... De nuevo esos hilos invisibles que nos unen aún en la distancia.
Silvana también busca reivindicar la memoria y es evidente que lo consigue. La historia te atrapa desde las primeras líneas y te traslada a una época de miseria y estrecheces que por desgracia vivió toda una generación. Refleja tan bien ese mundo rural de posguerra, que los lectores conectan inmediatamente con la obra. Sin ir más lejos, le hablé a mi madre del encuentro con Mercedes al día siguiente del mismo. Dejé el libro por si quería leerlo y me despedí de ella mientras escuchaba en el teléfono el romance de Silvana. Al día siguiente me pidió: "ponme en el móvil el romance que lo escuché otra vez, que yo no sé..." Para mi sorpresa, ya casi se había leído el libro, mi madre, que no fue a la escuela y lee a trompicones. "Pues si te está gustando, tienes que ir el sábado a ver el teatro", le dije. Y así hicimos. Y tal como nos había contado Mercedes, la adaptación teatral es maravillosa. El elenco, la escenografía, la música, el vestuario... qué puedo decir, nos encantó.
Nos encantó la representación de EA! Teatro y nos encantó el libro, así que tengo que confesar que (a pesar de no leer casi nunca teatro), este es uno de los mejores libros que he leído últimamente. Una lectura tan necesaria como recomendable.
Gracias, Mercedes.
Tu madre estará muy pero que muy orgullosa.
Epílogo:
Como ya he escrito en alguna ocasión, los libros nos hacen viajar en el tiempo. Y este libro me transportó sin esperarlo a la niñez, a una canción cuya letra y música no había vuelto a escuchar, pero que me sorprendí cantando y recordando perfectamente.
Jardinera tú que entraste
en el jardín del amor
de las flores que regaste
dime cuál es la mejor.
La mejor es una rosa
que se viste de color
del color que se le antoja
y verde tiene la hoja.
Qué caprichosa la memoria... Tanto que desde hace días resuena en mi cabeza una tonadilla pegadiza: Silvana si tú quisieras...
https://drive.google.com/file/d/1-GSNY2Z5rJQWU0mWsMwH-gsHSRKp5Q2Y/view?usp=drivesdk
Se paseaba Silvana
por la su huerta florida;
muy bien toca la guitarra,
mejor romance decía.
La sintió cantar su padre
de altos balcones de arriba,
ya la mandaba llamar
por un paje que tenía.
—¿Qué me quiere, rey mi padre,
su alteza qué me quería?
—Quiero vestirte de seda,
por ver qué bien parecías.—
Desque vestida de seda,
a Silvana le decía:
—Silvana, vete a acostarte,
contigo he dormir un día.—
Silvana, desque esto oyó,
llorando se deshacía.
La sintió llorar su madre,
de altos balcones de arriba.
—¿Qué te pasa, hija Silvana,
qué tienes, prenda querida?
—No se lo diré a usted, madre,
nadie me remediaría.
—Dímelo, hija Silvana,
que yo te remediaría.
—Que el pícaro de mi padre
de amores me pretendía.
—No llores, hija Silvana,
que yo te remediaría:
tú pondrás mi guardapié,
yo pondré la tu basquiña,
yo pondré los mis corales,
tú pondrás mi gargantina,
yo me echaré a la tu cama,
tú te echarás en la mía.—
A las doce de la noche
ya va el rey a ver la niña.
—Ven acá, hija Silvana,
que has de ser mi doncellina,
—Vaya una doncella, rey,
de ti tres veces parida:
el primero fue don Juan,
la segunda Ana María,
la tercera fue Silvana,
prenda que tú más querías.
—¡Quién se fía de mujeres,
quién de mujeres se fía!—
A otro día la encontró
al revolver de una esquina.
—Ven acá, hija Silvana,
ven acá, prenda querida,
que por salvar la tu alma,
salvaste también la mía.
—La mía sí la salvé,
la de usted no lo sabía.
Anónimo: Romance novelesco (XVI)

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