miércoles, 19 de junio de 2019

Mi paraíso






Recuerdo aquella época como una de las más felices de mi vida. Una etapa dichosa que transcurrió, como siempre ocurre con la felicidad, tan fugaz, que apenas soy consciente de que hayan pasado todos estos años.

A su encuentro acudía inalterablemente cada jornada. Ascendía con paso decidido, peldaño a peldaño, la escalinata que me conducía a su morada. Introducía la llave en la ranura, y escuchaba el sonido metálico que producía al girar sobre sí misma. Como si de la batuta de un director de orquesta se tratase, este sonido tan familiar precedía cada tarde el comienzo de una nueva interpretación.

Abría a continuación de par en par la puerta que la custodiaba, y a pesar de tratarse de un gesto mecánico tantas veces repetido, no podía evitar sentir la extraña sensación de estar destapando la caja de Pandora, descubriendo un tesoro escondido que ha permanecido oculto durante horas.

Franqueaba el umbral que la separaba del mundo exterior y me recibía en silencio, callada y calma. La penumbra se alternaba con las luces y las sombras, confiriéndole un íntimo halo de misterio. Entre sus muros el tiempo parecía haberse detenido, los relojes se movían a otro ritmo, como aletargados... y es que, sin duda, era un lugar mágico, la puerta de acceso a una inmensidad de mundos por descubrir, a un universo extraordinario que esperaba paciente a que fuéramos a su encuentro.

Y así, con el corazón henchido de júbilo por tener día tras día el privilegio de cuidarla, de agasajarla, y de mostrar todos sus secretos a todo aquel que ansiara conocerlos, penetraba cada tarde en su seno con la viva certeza de circular por territorios sobradamente conocidos, con la profunda sensación de sentirme de nuevo como en casa. Recorría una y otra vez los anaqueles perfectamente alineados, deleitándome en el delicioso paseo. Mis dedos acariciaban el torso de los volúmenes que se apiñaban en los estantes, y como en un interminable cortejo, se deslizaban lentamente, deteniéndose de cuando en cuando en algún título ya saboreado, en aquellas benditas historias que ya para siempre formarán parte de mí misma. 

En mis interminables rondas vespertinas, sus paredes cuajadas de libros no cesaban de susurrarme hermosas palabras al oído: historias maravillosas, promesas de amor, dulces reencuentros, trágicos finales, conmovedores relatos de vidas inventadas, o reales, que casi siempre superaban con creces la propia ficción. Otras veces, me gritaban a la cara cruentas injusticias, perturbadores peligros o desoladoras realidades; verdades irrefutables sepultadas por la historia que han clamado desde antaño por ser leídas, por ser escuchadas... 

Habitaban la quietud de sus pasillos millones de palabras magistralmente engarzadas. Palabras prendidas entre sí para conseguir obrar el milagro de dar voz al silencio, capaces de alumbrar libertades, de curar la ignorancia, y de sanar la mente, y el corazón... Cientos de lecturas que aguardaban sin prisa el paso del tiempo, mundos imaginarios donde buscar respuestas, donde perderse una y mil veces, para encontrarse uno así mismo inevitablemente después. 

Si cierro los ojos ahora mismo aparece la nítida imagen de cada cubierta, de cada lomo, de cada edición… la posición exacta de cada volumen, de cada estante, el aspecto de cada recóndito rincón… Percibo el inolvidable aroma que desprendían las páginas de todos aquellos libros, la inigualable sensación que provocaba en mí el tacto de cada página pasada, de cada cubierta; escucho el tenue sonido de pasos curiosos perdiéndose entre los estantes, el murmullo constante de los incondicionales usuarios, el pitido sonoro emitido por el código de barras al prestar o devolver los ejemplares, el ruido inconfundible que producían los libros al caer y perder su posición vertical, o el bullicio de los más pequeños incapaces de guardar el obligado silencio… Una inolvidable banda sonora que se repetía sin descanso y que ha quedado grabada a fuego en mi interior. 

Aún siento el cosquilleo que experimentaba al pronunciar las palabras mágicas: Érase una vez… y todavía resuena en mi memoria aquella dulce melodía que precedía a los cuentos: “Silencio, silencio, si yo fuera silencio...” Todavía me emociona recordar ese momento mágico en que las historias brotaban de mis labios mientras decenas de diminutos ojos me contemplaban extasiados. Me sentía entonces como Mary Poppins, una Mary Poppins llegada de un lugar lejano cuyo hechizo conseguía embrujar a todos los niños que se acercaban a escucharla. Cerraba el libro, y a menudo no podía evitar sentir el bello erizado al comprobar el esbozo de una sonrisa en cada rostro, al escuchar el silencio obrado como por encantamiento y solo roto por el aplauso…Y me sentía maga, una maga sin varita y sin chistera, capaz de hacer magia sin más herramientas que la voz y la palabra. 


Observaba desde detrás del mostrador el constante ir y venir de visitantes. A menudo estudiaba sus rostros intentando vislumbrar sus pensamientos, los escrutaba en silencio tratando de adivinar si el ejemplar que asomaba entre sus brazos había sido de su agrado o acaso les había defraudado. Les recibía complaciente en la que sentía mi casa, y me embargaba la inmensa dicha de compartir con ellos lecturas, recomendaciones, opiniones… de ser la anfitriona de la gran fiesta de la cultura y de las letras y de tener la enorme fortuna de poder hacer partícipes a todos de la misma.

Noto aún sobre mis hombros la pesada carga que suponía custodiar un gran tesoro, y el ineludible compromiso de darlo a conocer... Yo, una simple mortal, convertida en centinela de un prodigioso templo del saber, de una gran fortaleza vigía de la historia y de la memoria, de un testigo fiel del pasado y del presente.


Bebiendo de su eterno elixir se me pasaron los días, los meses, los años… se desvaneció media vida transitando sus entrañas. Entre sus cuatro paredes encontré siempre consuelo a todas mis inquietudes y mis miedos, y su hospitalario regazo me acunó cada día colmando mis más profundos anhelos, saciando mi sed, sosegando mi espíritu, mitigando cualquier atisbo de soledad y abrigando siempre mi alma aquejada del frío de afuera.


Lo recuerdo todo ahora mismo como si el tiempo no hubiera pasado, y me invade una intensa emoción al evocar tantísimos momentos felices como me brindó aquel fascinante escenario, tantos amigos con los que me obsequió, tantas satisfacciones y alegrías, tantos insondables senderos como recorrí en su seno… 


…Te recuerdo, mi amada biblioteca, como si todo aquello hubiera ocurrido ayer mismo… O acaso sea, sencillamente, que fue ayer cuando caminaba entre el cobijo de tus estantes… 
Ya no sabría vivir sin caminarte. Siempre fuiste y serás mi hogar, querida biblioteca. Mi remanso de paz, mi altar, mi paraíso.


                                                                                           




En octubre de 2017 escribí un pequeño texto sobre  las bibliotecas y los sentidos que despiertan coincidiendo con el Día de las bibliotecas. Envié mi texto a Máximo Huerta y para mi sorpresa, una mañana repetía mis propias  palabras, esas que había escrito yo pensando en mi paraíso particular, en el programa de radio de RTVE Los cinco sentidos en el que el escritor valenciano colaboraba todas las semanas. 

Me hizo mucha ilusión escuchar mi nombre a través de la radio, y sin duda, es algo que no olvidaré. Por suerte, el enlace para escuchar aquel programa dedicado a las bibliotecas todavía sigue accesible.


martes, 11 de junio de 2019

Silencio



Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse como a una ventana llena de sol".
                                                                                                                                   
                                                         Ivonne Méndez  



Un 5 de junio nacía Federico García Lorca, el brillante poeta al que va dirigido este genuino y bonito verso, y también un 5 de junio quiso el destino, o tal vez el azar, que viniera al mundo la persona más importante de mi vida, mi hijo. Y desde el preciso instante de su nacimiento, se erigió  como una de esas maravillosas almas a las que siempre dan ganas de asomarse; Se convirtió, sin ser él consciente de ello, en mi ventana soleada particular...

Su llegada, de la que ya hacen 9 años,  lo cambió todo para siempre. Transformó mi mundo, nuestro mundo, y lo llenó de dicha, de luz, y de sonido. Llegó, y consiguió con su sola presencia, adormecer la tristeza que nos venía acompañando desde nuestra gran pérdida, sembrando en todos nosotros una nueva ilusión, una nueva esperanza en el futuro. Aterrizó en nuestras vidas para teñirlas de color y de alegría, e iluminó con sus preciosos ojos azules las tinieblas que hasta entonces nos ensombrecían. Entonaron, gracias a él, una nueva banda sonora nuestros días, una nueva y diferente melodía que desterró para siempre el denso silencio, que antes todo lo envolvía .

Los primeros meses fueron largos y agotadores. Su llanto incesante parecía no tener fin, y solo cuando dormía reinaba en el hogar el sosiego y la paz. A diario procurábamos dilatar esos ansiados momentos de silenciosa tregua, evitando  cualquier  sonido para que no despertara. Ahora añoro aquel primer año con nostalgia y colmo de reproches mis lejanos recuerdos.

El llanto cesó y dejó paso a la inquietud, a la desmesurada vitalidad que derrochaba  - y que continúa derrochando- nuestro pequeño torbellino. Y aunque le costó comenzar a hablar, una vez que su cerebro comprendió los vericuetos del lenguaje, ya no hubo manera de silenciar al pequeño loro parlante en que se convirtió.

Así fueron pasando los años, deprisa, muy deprisa, casi sin darnos cuenta.

Él...
Hablar, hablar y hablar, preguntar sin dejarte contestar.
Querer saber, mil cosas conocer... Parlotear, gritar, protestar, sin apenas escuchar... Y correr, y jugar, moverse sin parar...

Y yo...
Mandar callar, sin nada que esperar. Cuidar, mimar, mil miedos aplacar... Querer, soñar, con mis brazos abrazar... Besar, tocar, su cuerpo acariciar...


Así, ha transcurrido el tiempo implacable, siendo mi pequeño el centro de mi universo, el motor de mi vida, el verdadero sentido de mi existencia. Llenando de sonido cada uno de mis días y dejando paso a la calma tan solo, cuando al caer la noche, el sueño y el cansancio le acaban venciendo.


Sin embargo, hace unas semanas mi casa amaneció en absoluto silencio. Tardé unos instantes en recordar el motivo: mi hijo había dormido fuera por primera vez.

Esa mañana de mayo me envolvía un silencio extrañamente irreal, un vacío tan grande que parece mentira que fuese el que deja una personita de tan corta edad. Todo era silencio, un silencio sepulcral, un silencio tan inmenso como desolador. Esa mañana lo único que escuchaba era el estrepitoso ruido procedente de mis pensamientos.

 Durante las horas transcurridas en su ausencia, no escuché ni una sola vez su voz insistente llamándome mami, mami, ni tampoco me tropecé con ninguno de sus juguetes por el pasillo, ni escuché el sonido de los dibujos demasiado alto, ni encontré sus zapatillas o su ropa tiradas en cualquier lugar...

No estaba para repetirle una y mil veces lávate las manos, deja ya de jugar, baja el volumen al televisor, haz ya los deberes, o escúchame un segundo... Ese día nadie me repitió las mismas cosas diez veces como un papagayo, nadie me pidió ayuda para abrir un envase, ni me culpó por llegar tarde al cole después de estar viendo la tele hasta el último momento...

Pero cómo lo eché en falta, qué rara y qué perdida me sentía rodeada de ese indescriptible silencio... Y qué infinita tristeza al constatar que ese mismo silencio es el que me espera algún día. Llegará irremediablemente, y sólo estaremos el silencio y yo ... yo y el silencio. Volverá, tarde o temprano para quedarse, y no tendré más remedio que aprender a vivir con él. 

Mientras ese temido silencio llega a mi vida, solo deseo seguir  disfrutando, mucho, mucho tiempo, de este maravilloso y perfecto alboroto. 






martes, 9 de abril de 2019

Hasta siempre, Maribel



Se nos fue, se nos marchó otra grande de Munera, otra amiga muy querida por todos nosotros. Maribel Sánchez, la "Lectora más longeva" de nuestra biblioteca, nombrada con este título en abril de 2016 en el acto homenaje del 50 aniversario de la Biblioteca Cervantes. Orgullosa y feliz recibía este galardón. Un reconocimiento merecido, sin duda, por ser la lectora de mayor edad de la biblioteca municipal, y por haber hecho uso ininterrumpido de la misma a lo largo de toda su vida.

Sobra decir que la lectura fue para Maribel una de sus grandes pasiones. "Pienso hacer honor al mismo y seguir leyendo" afirmaba con total convicción el día en que recibió este título del que se vanagloriaba siempre que podía, "es el único título que tengo" afirmaba con ilusión. Y desde luego que le hizo honor siempre, porque los libros, la lectura, no dejaron de acompañarle durante toda su vida, hasta apenas unas horas antes del final de la misma. Leyó de manera insaciable, disfrutando del placer de la lectura como pocas personas he conocido, hasta el punto de que sus hijos acudían a la biblioteca a por libros para su madre, y era complicado, muy complicado encontrar libros que no hubiese devorado ya... Y esto, a pesar de que tenía en su casa una enorme biblioteca  que ampliaba año tras año con los numerosos libros que compraba o le regalaban.

Ella misma contaba que con 12 o 13 años comenzó a leer los Episodios Nacionales de Galdós, toda una declaración de intenciones de una jovencita que ya apuntaba maneras como lectora, y que acabó leyendo prácticamente cualquier título que llegaba a sus manos; Aunque Maribel sentía cierta predilección por los libros sobre la Guerra Civil. Este tema,  la desbordaba, "¿Cómo es posible que los hombres hayan sido capaces de cometer las mayores heroicidades y a la vez las peores atrocidades?" decía. Sus últimos días, cuando ya le flaqueaban las fuerzas, les confiaba a los médicos que la visitaban en su casa su pena por no poder acabar el libro que tenía a medias..." Que  te lo lean tus hijas", le dijeron, pero Maribel, a pesar de todo, siguió con la lectura y logró terminar su último libro. 

Bien decía Cervantes, "el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho". Ella puso en práctica esta frase del genial escritor durante toda su existencia... Vivió una vida intensa y plena, y bien podría haber escrito un libro con todas sus vivencias. Le encantaba viajar, y lo hizo, aunque no tanto como hubiese querido.


Vivió en Guinea Ecuatorial durante varios años, país al que se trasladó recién casada con su marido, a una plantación de café donde éste trabajaba desde muy joven. Allí, nacieron dos de sus hijas, y allí vivió Maribel, como ella decía, una de las épocas más bonitas de su vida. La propia Maribel nos contaba su experiencia en aquel rincón africano en el Club de Lectura tras leer Palmeras en la nieve. Nos recordaba entonces su estancia en aquel país, relatándonos divertidas anécdotas y enseñándonos  fotografías,  con ese brillo  en la mirada que adquieren algunas personas al hablar de los lugares amados. 


Pero además, gracias a la literatura, gracias a todos los libros que leyó a lo largo de sus 87 años, vivió, como bien decía Cervantes, mil vidas más. 
No le dejaron estudiar, aunque a ella le hubiese gustado mucho hacerlo. Quizás por eso quiso suplir esa falta con la lectura, para conocer y descubrir todo aquello que no estudió. Y lo consiguió, pues llegó a ser Maribel una mujer de la que aprender siempre, de su infinita sabiduría, de su experiencia, de sus vivencias, de su pensamiento y de su sentido crítico, de su forma de vivir... Nos dio a todos una lección de cómo afrontar la vida, y la muerte. Murió como vivió, como quiso, decidiendo por ella misma, sin miedo, con valentía. 

 Esa valentía le llevó a ser una de las primeras concejalas de nuestro municipio, ocupando en la década de los 80 la Concejalía de Asistencia Social del Ayuntamiento de Munera. Se encargaba de tramitar ayudas y pagas a personas de nuestro pueblo que por distintas razones las necesitaban. Durante años, muchas de ellas, siguieron agradeciéndole su encomiable labor.

 Además  de ser ama de casa, madre, abuela, esposa... nunca dejó de lado sus inquietudes culturales e intelectuales. Presumía orgullosa Maribel de su título de Lectora más longeva, y presumía también de haber asistido a todas las ediciones de nuestro Pórtico Literario, (50 nada más y nada menos), algo que dice mucho de su interés por la cultura y por las letras.

Como buena lectora, también se aventuró a escribir, lo que no se le daba nada mal, llegando a firmar textos en varias ocasiones en nuestra revista local Ecos. A través de aquellos artículos que escribió allá por los años 80, nos mostraba abiertamente su calidad moral, su gran sentido del humor y su habilidad  a la hora de transmitir con palabras sus opiniones y sentimientos.

Fue Maribel Sánchez todo un ejemplo, de mujer valiente y fuerte, práctica, adelantada a su tiempo, coherente con sus ideas... Una mujer con carácter, eso sí, pero también  sabedora de la verdadera naturaleza de las cosas, de lo realmente importante, capaz de relativizar los problemas y de adoptar una actitud positiva ante la vida.

Amiga de sus amigos, sabía bien como cuidar y mimar a sus amistades. Disfrutaba de la compañía de su familia, de sus hijos, y de sus cuatro nietos a los que procuró inculcar valores y animaba a viajar, algo que consideraba esencial para su crecimiento personal.


Fue Maribel para mí un espejo donde mirarse, una mujer admirable en todos los sentidos. Hay personas que dejan una huella imborrable, en nosotros, Maribel fue, sin duda, una de ellas. Siempre la recordaré con su paso tranquilo, su sincera sonrisa y sus ojos soñadores que adquirían un brillo especial cuando comentábamos algún libro o  alguna lectura.

Me emocionó que quisiera venir a escuchar a Manuel Vilas con el Club de Lectura a la Biblioteca de El Ballestero estando ya enferma, ella, que fue la primera lectora que leyó Ordesa cuando lo compramos.

Y me ha vuelto a emocionar profundamente ser la destinataria de uno de sus libros, uno de los muchos que poseía y que tanto amaba, y que sus hijos han decidido regalarme, "a nuestra madre le hubiera gustado",  me dijeron... Guardaré este regalo como un verdadero tesoro, en mi biblioteca, y sobre todo, en mi corazón.  Aunque,  el verdadero regalo es, sin duda, haber conocido a esta extraordinaria e irrepetible mujer. D. E. P.








viernes, 15 de marzo de 2019

Bonjour tristesse

Empieza un nuevo día, pero hoy no es un día cualquiera. Esta mañana no me he despertado con sueño, ni con pereza, ni siquiera de mal humor, esta mañana tan solo me embarga la tristeza. Una profunda tristeza y una inmensa pena se han apoderado de todo mi ser tras conocer la terrible noticia.

Anoche cerré los ojos con la esperanza de que ocurriese un milagro, pero hoy al abrirlos, la realidad me ha devuelto a la crudeza de esta vida, tan injusta a veces, porque lamentablemente el ansiado milagro no sucedió...

La tragedia golpeó de nuevo a otra familia de Munera y con ellos, a todo un pueblo consternado por la que es una pérdida irreparable, una más... Veo la tristeza reflejada en cada uno de los rostros con los que me cruzo esta mañana, está aquí de nuevo, paseando por las calles... Y escucho los lamentos de tanta gente que, incrédula, clama al cielo por la injusticia cometida con una gran persona, con una gran familia...

Todos los días muere gente en el mundo, los medios de comunicación se encargan de hacérnoslo saber, y  asistimos a esas tragedias ajenas a nuestras vidas sin apenas inmutarnos, como anestesiados por tanto dolor que se nos muestra una y otra vez. Sin embargo, a veces esos muertos dejan de ser anónimos, les ponemos cara, nombre y apellidos, y entonces, sólo entonces, somos conscientes de la magnitud de la tragedia, y de todo el dolor implícito que conlleva la  palabra muerte.

A veces es la enfermedad la que nos arranca a nuestros seres queridos, enfermedades horribles que van horadando la salud y la entereza de sus víctimas, arrancándoles la vida poco a poco, y otras, es un desafortunado accidente el que desemboca la tragedia, un cúmulo de circunstancias en las que se unen casualidad y fatalidad. Parece increíble que un sólo segundo pueda cambiar el futuro de tantas personas, que un fatídico instante sea capaz de sesgar la vida de un ser humano, y de alterar la existencia de todos sus seres queridos para siempre... 

¿Destino o azar?  ¿Nuestro camino está predestinado o en cambio nuestra vida y nuestra muerte son la causa directa de un montón de casualidades? Intento encontrar una respuesta, y no la hallo, no encuentro el sentido a tantas pérdidas injustas, a tanto dolor inexplicable.

Hoy me he vuelto a dar de bruces con el inexorable discurrir de la vida, bella, una y mil veces, pero también cruel, efímera e imprevisible muchas otras. Hoy, he vuelto a recordarme a mí misma que lo malo de cumplir años no es envejecer, no son las arrugas, ni ver como nuestros cuerpos se deterioran con el paso del tiempo, lo verdaderamente malo de cumplir años es sobrevivir a la pérdida de nuestros seres queridos, de amigos, de conocidos... El ser testigo de una desgracia tan grande como es el fallecimiento prematuro de personas queridas y admiradas por todos, seres especiales con los que tenemos la fortuna de  coincidir en nuestro camino y  cuya vida se ha visto truncada inexplicablemente demasiado pronto, demasiado...

Es imposible ponerme en la piel de esas familias que sufren una desgracia así en primera persona, por mucho que pueda imaginar el dolor de sus almas, sin embargo, tampoco soy capaz de apartar esta nube de tristeza que me empaña el pensamiento estos días, este sentimiento amargo que me acompaña al acordarme de ellos, de los que nos dejaron, y de los que lloran su ausencia. 

La tristeza volvió para quedarse una vez más.
Bonjour, tristesse.
Buenos días, tristeza.



Enero de 2019




Recuerde el alma dormida





Emprendo un doloroso viaje hacia el este para encontrarme con ella por última vez, aunque tengo la vaga certeza de que en mi destino, no sólo hallaré  su cuerpo inerte, sino que el pasado también aguarda implacable mi llegada para hundir sus afiladas garras en mi ser, para recordarle a mi alma dormida lo que ya nunca podré olvidar.

Como sumida en una borrosa ensoñación, camino lentamente por el marmoleo recibidor, una inmensa estancia,  luminosa, casi cegadora… una metáfora del reino celestial que nos aguarda, me digo a mí misma con ironía. Franqueo la puerta de la sala en la que yace su cuerpo y las fuerzas flaquean. Tomo aire, siento como todos mis músculos se tensan, y de repente me invade una confusa sensación de irrealidad.  En cuestión de segundos soy recibida por una nube de lágrimas, abrazos, besos, caricias… los cuerpos se funden como si el contacto ayudara a digerir el amargo momento.

Frente al ventanal, sentados en fila con la mirada perdida y el rostro desencajado, se encuentran sus hermanos, los pocos que le han sobrevivido. Fueron una familia grande, de las de antaño. Nueve hijos, uno detrás de otro, llegados al mundo en una casa más que humilde, en un pueblecito manchego tan bonito como cualquier otro… aunque para ella, siempre fue el mejor.   No quiso Dios que volviese a despedirse de él, de su amado pueblo del que emigró hacía más de cuarenta años.  La tierra de sus raíces que tanto quiso, la vio partir un día hacia una preciosa villa costera donde transcurrió su vida, y en ella, le sobrevino también su prematura muerte.

Atrás quedaron una niñez con demasiadas carestías,  años de trabajo y sufrimiento… Atrás quedó una vida nada fácil, que lejos de arredrarla, la hizo más fuerte; ajena siempre a las dificultades, o quizás plenamente consciente de ellas, desterró la palabra miedo al último confín de su cerebro, se puso el mundo por montera, y caminó con paso firme y decidido para acabar viviendo una vida intensa y plena, una vida feliz… aunque demasiado corta. Cómo se pasa la vida…

Instintivamente mi mirada se dirige hacia el cristal, y ahí está ella, o lo que queda de ella, porque ya no es sino la sombra difusa de la persona que fue.  Una neblina turbia inunda mis ojos, el suelo se abre bajo mis pies, y contemplo consternada el abismo. La miro, no puedo dejar de mirarla, aunque en realidad no la veo. En mi cerebro se suceden otras imágenes y nada tienen que ver con las que se proyectan en mi retina en este instante. Los recuerdos afloran de manera irracional, sin orden ni concierto… la memoria es caprichosa a veces, selectiva siempre…

Un patio lleno de niños correteando, felices por el dichoso reencuentro que se producía siempre en  fechas señaladas, en vacaciones, o en la feria… un enjambre de críos ajenos a  los sin sabores de la existencia. Treinta años después apenas reconozco sus rostros en los adultos que ahora me rodean;  sin embargo, sus miradas ya no son las mismas. Aquella armoniosa felicidad, aquella bendita inocencia ha dejado paso a  una serena melancolía, a la desoladora certidumbre de la inconsistencia de la vida y a la permanente conciencia de la muerte… al inmenso dolor que conlleva cada pérdida y cada despedida. Cómo se viene la muerte…

Dejaron de ser niños para convertirse en padres, aquellos que un día retozaban alegres en aquel patio que ya sólo existe en mi memoria. Un patio encalado una y otra vez, con sus cintos recortados primorosamente por ellas, por las mujeres de la familia; una parra que lo cubría por completo procurándonos una generosa sombra en el verano, y cuyas enormes hojas tapizaban el suelo en otoño; una higuera recostada junto a la tapia a la que subíamos intrépidos, sin ningún temor ni precaución; un pozo, resguardado por una vieja puerta de madera y cercado por un oxidado cerrojo para evitar que escapara la temida “tentación”. 

Cuántos recuerdos conservo de aquella casa, cuántas imágenes incrustadas en la memoria... Sabores irrepetibles como aquellas rebanadas de pan, vino y azúcar; olores mágicos como aquel aroma de alcanfor que inundaba las estancias cuando se abría alguno de aquellos antiguos baúles, aquellos misteriosos arcones que aguardaban impasibles el paso del tiempo y atesoraban las imborrables huellas de épocas pasadas... o como el tacto frío de aquellos sofás de escay en los que recuerdo sentados siempre a mis abuelos, como hieráticas estatuas enfrentadas, flanqueando ambos la pequeña estufa de leña que calentaba la salita. 

Abrazada por la melancolía, mi memoria se pasea por la sala como en una película de cine mudo: la tarima, la mesa camilla, las sillas, las alacenas, las fotografías en blanco y negro… recorro el largo pasillo que desemboca en aquel maravilloso patio para avistar las sillas de enea en las que nos sentábamos a tomar el fresco las calurosas noches de julio, y en el que jugábamos y jugábamos sin descanso: A la zapatilla por detrás, tris tras, ni la ves ni la verás, tris tras…  ¡Las plantas!.. ¡El balón!,  ¡El ruido!, ¡Los abuelos duermen!... Aquellas mujeres se afanaban en la limpieza mientras los pequeños disfrutábamos de lo que para nosotros no era sino una fiesta, el dichoso reencuentro de tantos primos como éramos. Tardes de juegos interminables en las que acabábamos exhaustos, quizás más cansados incluso que nuestras madres… Qué terrible que ya sólo nos reunamos  para llorar a nuestros muertos. 

 Estoy aquí sentada, perdida en el pasado, añorando aquella infancia despreocupada en que no faltaba ninguno de los nuestros. Hoy, son ya muchos los que no están; uno tras otro se fueron marchando, dejándonos heridas que sólo el tiempo ha conseguido cicatrizar, aunque nunca borrar. Me estremezco al pensar en todos ellos, quizás sea lo más difícil de crecer, de envejecer, el convertirse en testigos impotentes de tantas partidas...   

Existen personas como ella, cuya ausencia, lo ocupa todo ahora que no están, un vacío desmesurado fruto de la que fue, una presencia  grande y poderosa; seres cuya energía se percibe desde lejos, cuya luz ilumina cualquier día nublado… Ahora que no están nos aferramos a su recuerdo, rememoramos fragmentos de nuestro pasado común, momentos   imborrables que siempre impregnarán nuestra existencia y sin los que, hoy por hoy, no seríamos lo que somos. 

           
            Cuánta verdad  emboscada en aquellas famosas coplas:
Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte.


            Esta Rosa se marchitó, demasiado pronto,  demasiado rápido, 
            Pero su aroma impregnará mi existencia para siempre.





jueves, 14 de marzo de 2019

Me encantan los jueves

"Me encantan los jueves, porque es el día del cuenta cuentos".  Una frase que me transmitió hace unas semanas una amiga y que había pronunciado su hijo al levantarse una mañana de jueves. Las palabras de un niño con apenas 6 añitos que me saben a gloria bendita, porque ahora que lo pienso... a mí también me encantan los jueves. 


 Me encantan los jueves, y me encantan los viernes también, ambos días en que La Hora del Cuento hace acto de presencia en la biblioteca.

Y es que verdaderamente me encanta tener la biblioteca llena de niños que acuden deseosos de escuchar  las historias que les cuento cada semana, me encanta ver sus caritas ensimismadas, atentos a cada palabra que brota de mi boca, me emociona profundamente que me digan "te quiero seño", o "eres la mejor seño" repetidas veces mientras paso lista...

Los niños me regalan día tras día sus te quieros,  sus besos y abrazos, sus dibujos que ya no sé dónde pegar... Y yo, recibo sus agasajos como el más bello presente, sintiéndome abrumada por sus constantes y sinceras muestras de cariño, porque soy consciente de que en el caso de los niños, no existen fingimientos ni falsedades. Los niños son transparentes como el agua, son pura verdad... quizá sea ese el motivo por el que tanto me gusta trabajar con ellos...


Te quiero seño, suena a música celestial en mi cabeza.
Yo, que siempre quise ser maestra...





miércoles, 12 de diciembre de 2018

Ordesa

Creo en la magia, pero no en la magia de los magos, que no deja de ser una mera ilusión.
Creo en la magia de los momentos, esos dichosos momentos... minutos, horas, con suerte, que alimentan nuestra anodina existencia y nos colman el alma y el espíritu.

Creo en la magia de las palabras, tan poderosas si se las sabe escuchar... y en la increíble magia de la literatura, la cura indiscutible para muchos de nuestros males.

Creo en esas benditas palabras que consiguen emocionarnos al leerlas, o escucharlas, y en ese hilo invisible de sentimientos y pensamientos que nos unen a la persona que las escribió o que las pronunció.

Creo en las hermosas personas que voy encontrando en mi camino, uno de los regalos más maravillosos que la vida me ha brindado y me sigue brindando.

Y en este credo personal e íntimo que voy construyendo con los años me he tropezado con Ordesa. Este libro me ha regalado otro de esos momentos mágicos e inolvidables. Y también palabras y frases, que me han invitado a la reflexión, y que no he podido dejar de anotar compulsivamente.

"Todo hombre acaba un día u otro enfrentándose a la ingravidez de su paso por el mundo" .

"El pasado nunca se marcha, siempre puede retornar".

"Mi madre sí está, porque yo soy ella".

"No esperes a mañana porque el mañana es de los muertos" .

"¿Puede un hombre convertirse en silencio? Mi padre decidió ser silencio antes de la llegada del silencio".

"La paternidad y la maternidad son las únicas certezas. Siempre darás la vida por tu hijo".

"Vaya mamá, no sabía que te quería tanto".
...

Éstas son sólo algunas, pero copié muchas, muchísimas más, en ese afán mío por apoderarme de las palabras ajenas que tan bien describen lo que yo siento. Qué lectura más dura Ordesa, pero qué profunda y qué bella a la vez . Cuánta nostalgia se encierra en sus páginas, cuánta búsqueda del pasado, cuánta verdad y cuánto amor.

Lo compré, lo leí, lo releí, lo recomendé, lo disfruté, lo lloré... Muchas fueron las frases que anoté y que calaron hondo en mi interior, removiendo sentimientos y recuerdos de mi padre, sobre todo, y del pasado en general , conminándome a tejer y retejer la memoria de lo que fui, de lo que fuimos... y recordándome de nuevo la importancia de nuestros padres, de disfrutar de su presencia mientras están con nosotros, de la necesidad de conocer nuestras raíces, de saber de donde venimos, para así poder saber y entender lo que somos y cómo somos.

Estar allí, en aquella bonita biblioteca que ha acogido en su seno a escritores tan grandes como Manuel Rivas o Almudena Grandes fue, una vez más, especial, muy especial.

No pude evitar emocionarme escuchando las palabras y la voz de ese prestidigitador de la palabra y la poesía que es Manuel Vilas, quien empezó su discurso recordando  a otro Manuel, Rivas esta vez, al que tuve la suerte de ver y escuchar años atrás en ese mismo lugar.

Y cómo disfruté viéndome a mí misma rodeada de gente a la que aprecio, compartiendo ese momento con la lectora más longeva de mi biblioteca,  la primera que leyó Ordesa cuando lo compramos y quien, a pesar de los pesares, no se quiso perder la oportunidad de disfrutar de este encuentro.

Y qué bonito también reencontrarme allí con la persona que llevo viendo 14 años en una consulta de hospital y que ha escudriñado varias veces ya mis vísceras. Por fin nos vimos fuera, en la vida real, donde no éramos médica y paciente sino dos lectoras más que confluyen en un mismo lugar.

Y qué regalo volver a ver de nuevo a mi querida Concha a la que me unen amistad, admiración, cariño y amor a la literatura, y poder compartir con ella otro momento precioso de literatura, sí, y de vida, también.

La vida está hecha de momentos, unos alegres, otros tristes, unos memorables, otros que no lo son tanto... Éste, sin duda, fue de los especiales, de los que procuro atesorar y guardar para siempre en mi memoria.

Ando con el corazón encogido desde ese día, de pura emoción, de inmensa pena por el  recuerdo de mi padre que aflora ahora con más intensidad, pero también, de gran alegría y felicidad, y como no... de gratitud.


Gracias a la vida
que me ha dado tanto
...





martes, 18 de septiembre de 2018

Ya huele a Feria



Ya huele a feria… Se acerca el 20 de septiembre y otro año más se percibe en el ambiente, en las calles, en el ajetreo de la gente,  quizás en el aire también,  y hasta en el cielo, que casi siempre nos adelanta el inminente cambio de tiempo.

La feria, se nos llena la boca con esta palabra, que representa a la vez tantas cosas: el amor y la devoción de un pueblo hacia su patrona la Virgen de la Fuente, la alegría y alborozo de los munereños que esperan con entusiasmo estas fiestas, y sobre todo, la tradición y el arraigo de una celebración que se viene repitiendo desde hace varios siglos.

      Huele a feria, o puede que simplemente sea una sensación; El pueblo parece haber despertado de su letargo, de repente todo es bullicio, prisas y carreras. Las mujeres se afanan en las limpiezas y  se ultiman los preparativos para que todo esté listo para el comienzo de los festejos. Las calles se van llenando poco a poco de toda clase de puestos y atracciones que no faltan a su cita anual, y de decenas de curiosos ávidos por conocer las novedades que nos deparará este año nuestra fiesta grande.

  Huele a feria, y los recuerdos afloran atropelladamente en mi memoria, de esa manera única y especial como sólo los olores son capaces de evocarnos el pasado. De repente me embarga un sentimiento de alegría y regreso a aquella época que ahora parece tan lejana en que anhelaba la llegada de la feria. Regreso a aquellos tiempos de paseos interminables desde la plaza hasta los coches eléctricos, haciendo y deshaciendo el camino andado una y otra vez, veo con nitidez los puestos de turrón salpicados a lo largo de la calle Mayor, regreso a las noches de fiesta pólvora en una plaza atestada de gente con la mirada clavada en el cielo, aguardando expectante las detonaciones seguidas del fulgor de los cohetes derramándose con formas caprichosas en la oscuridad de la noche; regreso a los churros con chocolate que conseguían a duras penas hacerte entrar en calor  y que constituían todo un ritual sin el cual no se podía acabar la feria ,  a las atracciones, que sin duda mirábamos con otros ojos y que entonces conseguían seducirnos con sus llamativas luces y sus músicas estridentes, regreso a las mañanas de diana y pasacalles que anunciaban una nueva jornada festiva, a las tardes de toros, a los puestos de navajas y como no, a las tómbolas de los perritos pilotos y de las inolvidables chochonas.

    Huele a feria y no sabría describir el olor, quizás sólo existe en mi memoria, porque quizás sólo sea un dicho y no un hecho, pero lo cierto es que ya me llega el dulce aroma del algodón de azúcar, y el de las almendras garrapiñadas, o puede que sea mi mente la que de nuevo me juegue una mala pasada… Pero no, porque no sólo huele a feria, ya se oye también el rumor de la feria. Ya se oye el ajetreo de los puestos de cacharros apostados como siempre en la calle Santa Ana, y se oyen los chavales arremolinados alrededor del mismo y ajado puesto de tiro de todos los años, y el estruendo de los petardos que hacen estallar con avidez, y  ya se oyen también los acordes de la banda de música preparada para emprender el triunfal pasacalles que irá encendiendo a su paso el espléndido alumbrado.

      Porque ya huele a feria, y se oye, y se ve también; ya veo las numerosas bombillas que engalanan las calles de Munera vistiéndolas de luz y color, y la majestuosa torre de la iglesia iluminada por sus cuatro costados, postal inconfundible que permanece en la retina de todos cuantos nos visitan en estos días, y a sus pies la tradicional luminaria disfrutando de su fugaz protagonismo antes de convertirse  en cenizas, y veo como se aproximan luciendo sus mejores galas la reina y damas de las fiestas, pletóricas de juventud y belleza. Y ya están aquí también los poetas, que fieles a la cita, nos acompañan un año más en nuestro pórtico literario. Aquí, entre estas cuatro paredes que lo acogen, no sólo huele a feria, huele a palabras, huele a poesía y a verso,  a emoción contenida, a libertad, y a paz.

   Ya huele a feria, y es un olor frío y húmedo. Huele a jersey y a veces a abrigos recién sacados del armario. Es 20 de septiembre… y como casi siempre, es llegar la feria y cambia el tiempo. Las nubes hacen su aparición y el calor parece abandonarnos precipitadamente dando paso al otoño; Porque en Munera feria suele ser sinónimo de final de verano, de frío, y  en alguna ocasión hasta de lluvia, para disgusto de todos los que esperamos que el estío dure un poco más, tan solo unos días… Pero no importa, ya estamos acostumbrados y nuestra feria es así, es fría, es diferente, es única,… , y parecemos sorprendidos y hasta extrañados las raras ocasiones en las que el sol nos acompaña estos cinco maravillosos días.

   Ya empieza la feria y en breve, casi sin darnos cuenta,  llegará el 25 de septiembre y nos despediremos de ella con tristeza. Pronto las calles se quedarán vacías y las atracciones serán sustituidas por tractores cargados de uva; la algarabía y el bullicio se tornarán en el silencio y la tranquilidad que nos acompañarán a lo largo de un dilatado invierno, apenas quedarán ya huellas de la celebración, el inerte alumbrado  será el  único vestigio de lo acontecido aquí estos días, todos volveremos a retomar la rutina de nuestras vidas después del impasse festivo, y cuando la feria 2012 forme ya parte del pasado, tan sólo nos quedarán unos cuantos recuerdos más que atesorar, para que el año que viene, cuando se aproxime el 20 de septiembre, de nuevo,  nos huela a feria.


Leído en el Pórtico Literario de la Feria de Munera 2012






miércoles, 29 de agosto de 2018

Volver



"Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno"...

Volver... La banda sonora de la película de Almodóvar, nuestro manchego más conocido, martillea mi cabeza una y otra vez sin remedio, aunque no es al primer amor a donde regreso como reza la letra, sino al pasado, al lugar donde transcurrió gran parte de mi adolescencia, a ese bonito pueblo donde viví mi ahora lejana época de estudiante. 

 ¡Ay!... la época de estudiante, ¡la mejor! afirman algunos... No lo creo, pues tengo la firme voluntad de creer que la mejor época es y debe ser la presente y de que la locución Carpe Diem (disfruta el momento) ha de ser la máxima que rija nuestra existencia (a pesar de que, por desgracia, no todos los momentos de nuestra vida  sean gratos).

Pero sí, he de decir que, como la mayoría de la gente que conozco, yo también recuerdo ese tiempo de manera especial. Quizás porque por aquel entonces no había problemas importantes a la vista, (o no éramos conscientes de ellos), o por esa viveza de los jóvenes que invita a pasarlo bien y a hacer planes, a la acción, sin pensar en los peligros que acechan o en los posibles inconvenientes... o quizás simplemente por esa inconsciencia inherente a la juventud cuando la vida nos enseña su cara más amable y nos muestra un universo infinito de posibilidades de futuro...

 Sea como fuere, guardo en mi memoria aquellos días tan remotos con un cariño especial. No puedo evitar sentir una especie de tierna añoranza hacia aquella joven sencilla, tímida y buena estudiante que fui, y desde luego, tampoco he sido capaz en todo este tiempo de olvidar aquella etapa de mi vida que, sin duda, me marcó para siempre: a las personas con las que entablé amistad, a los profesores, a algunos de los cuales todavía guardo profunda admiración, y a tantos conocidos a los que todavía  me sigue haciendo ilusión reconocer al encontrarlos por casualidad después de tantos años.


Y sí, me hace mucha ilusión Volver, volver a ese lugar que durante 4 años fue mi segundo hogar, volver a recorrer sus estrechas calles empedradas, volver a encontrarme con mis antiguos compañeros de clase, con dos de mis mejores amigas del instituto, volver a revivir aquellos años olvidados que renacen de nuevo a pesar del tiempo transcurrido.

 Un cúmulo de sensaciones me acompañan en el trayecto que separa mi vida actual de ese pasado tan lejano al que me aproximo poco a poco. Un encuentro con los compañeros de clase del instituto, algo muy alejado de las fiestas de ex-alumnos americanas tan trilladas en las películas, -y tan deprimentes también- que en este caso se ha materializado en una larga y agradable comida entre un puñado de personas ya casi desconocidas que hace unos meses acogieron con entusiasmo un posible reencuentro después de la friolera de 23 años sin vernos...  Menos mal que, aún con algunas arrugas que ya han hecho acto de presencia en nuestros rostros y algún inevitable cambio físico, todavía no tenemos que lamentar aquello que decía la canción: "volver con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon mi sien"...  

Por fortuna no hemos cambiado demasiado y reconocemos fácilmente a aquellos jóvenes que fuimos  en estos cuerpos adultos por los que, aunque nos parezca increíble de asimilar,  han pasado más de dos décadas. Cada uno con su propia mochila a cuestas, sus problemas, sus logros, sus alegrías y sus penas... y a pesar de todo, nos miramos entre nosotros como el que mira a alguien sobradamente conocido y nos contamos nuestras vidas con la naturalidad de aquellos que hubiesen seguido viéndose cada semana. 

Después de reír recordando las bobadas con las que nos ofuscábamos entre nosotros, o con los profesores, los estragos que podía causar en nuestras apacibles vidas un examen sorpresa, o una mala nota, de intentar poner cara a los nombres de alumnos y profesores con los cuales convivimos y que la memoria se ha empeñado en sepultar para siempre en algún rincón del olvido... Después de recordar a todos y cada uno de los compañeros de clase, que por una u otra razón no acudieron a la cita, de rememorar las fiestas, los viajes, las anécdotas... en este dejavu  en el que me he sentido como si volviese a tener 17 años por unas cuantas horas, sólo puedo tener palabras de agradecimiento y de felicidad, ante tantas emociones y tantos sentimientos encontrados.

Qué momentos tan increíbles nos brinda la vida si sabemos aprovecharlos, y disfrutarlos como merecen, porque en definitiva, estamos hechos  de momentos vividos, de recuerdos y de experiencias compartidas.

Llegó la hora de volver a casa, y nos despedimos afectuosamente, no sin antes emplazarnos a un nuevo encuentro el año que viene. Dirijo otra vez la mirada hacia  las preciosas torres gemelas que vigilan impasibles desde hace siglos el devenir caprichoso de los viandantes de la plaza. Les doy la espalda y desando el camino por la angosta calle Mayor, que tantas veces recorrí, sumida todavía en el mágico hechizo de este extraordinario viaje en el tiempo. Marcho con una sonrisa en la boca y los ojos brillantes, convencida de haber vivido un encuentro maravilloso y entrañable  y preguntándome cómo ha podido pasar tanto tiempo...  Qué fugaces pasaron los años...  

Y de nuevo, suena la canción...

 Sentir que es un soplo la vida
 que veinte años no es nada
               ...




sábado, 31 de marzo de 2018

¿Fe en la humanidad?

Hoy nos despertamos con lágrimas. Comenzamos el sábado con el llanto desconsolado de un niño que con apenas siete años ya sabe lo que es encontrarse de bruces con la muerte de su "adorable Manchas", así llamaba a su gato,  al que quería con toda su alma.   
La muerte forma parte de la vida, así es, y así he tratado siempre de explicárselo, antes o después tenemos que asumirlo.   Pero cómo explicarle a un niño que hay gente sin escrúpulos, sin corazón, sin... humanidad que es capaz de envenenar a un animal manso e indefenso.     
Cómo encontrar las palabras adecuadas cuando yo misma no soy capaz de entender los motivos que pueden llevar a alguien a deshacerse de otro ser vivo de esa forma vil y rastrera.
Hoy, como todas las mañanas mi hijo fue a buscar a su querida mascota para traerla a su lado, para disfrutar de su ronroneo, de su silenciosa compañía, y en lugar de regresar feliz con su precioso gato en brazos, volvió llorando y gritando "está muerto, Manchas está muerto", "el día más horrible de mi vida" , "¿qué voy a hacer sin Manchas?" ... 
Incrédulos, salimos a confirmar la terrible noticia, y lo encontramos junto a su cama, inerte... Volvió a morir a su casa y con él, un pedacito de todos nosotros. 
"Hay gente muy mala" repite como un mantra con los ojos inundados en lágrimas mi pequeño amante de los animales.  Pues sí, hay gente mala en este mundo que nos ha tocado vivir, gente capaz de matar animales, mujeres, niños... capaces de hacer daño sin manifestar un atisbo de remordimiento.
 Pero como dice la canción, "el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos", existen algunos malos, sí, pero para que algún día dejen de existir,  eduquemos a nuestros hijos en el amor y en el respeto a la naturaleza y a los seres vivos, tratemos de inculcarles valores morales, construyamos con ellos un mundo  mejor... Aunque días como hoy sea difícil hacerlo, sigamos confiando en la humanidad. 

      

miércoles, 27 de septiembre de 2017

De miedos e Ítacas

No he encontrado mejor forma de inaugurar este Anaquel de palabras que con un texto que ya ha visto la luz, unas palabras que ya he pronunciado en público en la pasada edición del Pórtico Literario de la Feria.  Se trata de un poema que escribí para dicho Pórtico, y que desde el primer momento tuve la certeza de que formaría parte de un diario muy especial para mí.



Ese diario, en el que escribo de cuando en cuando desde que nació mi hijo, está dirigido a él, a mi pequeño, y lo escribo con la ilusión de que en el futuro le sirva para rememorar su infancia a través de las palabras de su madre, y con la esperanza de poder transmitirle las pocas o las muchas certezas que hoy por hoy anidan en mi cabeza.





Septiembre de 2017

Mamá, tengo miedo
Me llamas angustiado buscando mi presencia
para acallar tus fantasmas.
No temas, mi vida, mamá está aquí
no temas, pobre de ti, tan pequeño y ya con miedo.
No tengas miedo, que el miedo da miedo en sí mismo,
y no quiero sumar el tuyo al que yo ya tengo.

De pequeña también tuve miedo a la oscuridad
y hoy recorro sin pensar el negro pasillo
 para serenar tus desvelos.
Hoy, me atenazan otros miedos.

Miedo a la sinrazón y al fanatismo que mata en nombre de Dios,
miedo al poder devastador de la naturaleza que exhibe su implacable fuerza
con huracanes, terremotos o volcanes,
miedo a los poderosos sin escrúpulos que manejan el mundo a su antojo,
miedo a las guerras, al conflicto, al odio y al rencor entre iguales, a la indiferencia
Miedo a la enfermedad, que en poco tiempo ha segado la vida de dos de mis ancestros,
Miedo al futuro, a los imprevistos, a todo peligro venidero.
Miedo a perder todo aquello que más quiero.

Pero tú, carne de mi carne, sangre de mi sangre,
remanso de paz donde siempre encuentro consuelo,
no tengas miedo.
No temas, vida mía
y regresa al plácido mundo de los sueños.

Recuerda siempre el bello poema de Kavafis:
Cuando emprendas tu viaje a Ítaca…
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
Ni al colérico Poseidón.

Quién sabe cuáles serán mañana tus lestrigones o tus cíclopes
Quién pudiera desvanecerlos de un plumazo
Quién aplacar la furia de los dioses
Quién sino tú mismo, mi cielo.

No permitas que los malos pensamientos enturbien tu camino,
condena al ostracismo tus temores
y grábate esta frase que leí en un libro:
No querer pensar, también cuenta como felicidad.

La felicidad, esa debe ser tu meta,
pero no esperes a que el futuro te la ofrezca.
Aprende a ser feliz con lo que tengas,
y no busques en el lujo o la riqueza.

Ten siempre a Ítaca en tu mente
y devora la vida a manos llenas
Disfruta día a día de tu viaje,
de tantas cosas bellas que te esperan.

Viaja, ríe, baila, canta, lee, sueña,
goza de tu existencia intensamente
no dejes que el letargo te adormezca
y disuelva entre tus dedos el presente.

Embriágate de la grandeza del mundo
agudiza pulcramente los sentidos,
eleva tu espíritu fecundo
y embébete del arte, y de los  libros.

No te rindas nunca mi pequeño,
lucha con ahínco por tus sueños.
Pero no dejes de lado tus raíces
y atesora en tu memoria los recuerdos.

Despoja tu alma de rencores amargos,
y que la noble bondad abandere tus actos.
Ama,  entrega amor sin condiciones ni límites,
y sonríe, luce siempre tu sonrisa resplandeciente.

No tengas miedo hijo mío,
No olvides nunca las palabras de tu madre,
y así, cuando llegues viejo y sabio a tu destino
entenderás ya qué significan las Ítacas.



Feliz cumpleaños al cielo

  Hoy, 1 de julio, mi padre hubiera cumplido 86 años. En la foto tenía unos cuantos menos. Así dice la IA que sería la ajada fotografía en b...