miércoles, 15 de abril de 2020

Crónicas de un aislamiento






Un ser que se acostumbra a todo;
tal parece la mejor definición 
que puedo hacer del hombre.
                            Dostoyevski


Aceptación

Un mes ya desde que comenzó el aislamiento, y me sigo despertando con la misma sensación de estar viviendo una película con un final incierto. Abro los ojos a diario y mi cerebro sigue dedicando unos segundos para procesar una misma certeza: no, esto no ha sido un sueño. Es tan solo un instante, tan solo unos segundos de confusión, porque la realidad enseguida se vuelve a imponer una jornada más.

Y es que la incredulidad de los primeros días ha dejado paso a la realidad, y ésta a su vez, a la aceptación. El ser humano es capaz de adaptarse a las situaciones más complicadas con una relativa facilidad, y me doy cuenta, de que gozo sin problemas de ese singular poder de adaptación. Aunque si lo pienso, tampoco es que sea algo tan meritorio. Ya lo escribí hace poco, ¿tan difícil es quedarse en casa con comida, agua, calefacción y entretenimiento? Son tantos los libros que he leído ambientados en la guerra o en cualquiera de los conflictos que se han repetido a lo largo de los siglos, o que narran situaciones de pobreza extrema o de injusticia... En todos ellos se repite un elemento común: el sufrimiento de seres inocentes, escondidos,  asustados, hambrientos... confinados en condiciones inhumanas. Alguien podría caer en la tentación de decirme: es solo literatura. Pues sí, es "solo literatura", pero la literatura tiene el pequeño defecto de ser un reflejo de la vida; un espejo en el que poder leer nuestras virtudes, pero sobre todo nuestras vergüenzas  como seres humanos. Y la literatura, se queda corta muchas veces, y otras por desgracia, es superada con creces por la realidad. A lo largo de la historia, se han vivido multitud de circunstancias terribles en las que el verbo "resistir" ha cobrado su sentido más amplio; tantas, y tan atroces, que me sonrojo al oír las quejas de la gente por tener que vivir este grácil encierro que no atiende a otro propósito que el de salvar vidas. Tanto es así, que no me permito una sola protesta al respecto, no aquí y ahora, no en este momento.


Esperanza y Paciencia

Un día más, un día menos, me repito una y otra vez. Cumplido ya, con suerte, la mitad de este confinamiento, procuro mantener el ánimo de espíritu, y a pesar de la prolongación de las ausencias que tanto duelen, de los temores que amenazan con cerner sobre mí toda clase de malos augurios, sigo diciéndome: pasará, esto pasará, y dentro de unos meses todo quedará reducido a un mal recuerdo.  A veces me vengo arriba, y me imagino dentro de treinta años, contándole a mis nietos: "2020, aquel sí que fue un mal año, no os hacéis una idea de lo que fue aquella pandemia mundial, pero la superamos..."

Pero mientras duermo... ese, es otro cantar... Porque por las noches, esa firme resignación y ese aparente dominio mental, escapa definitivamente a mi control. Lo sé, porque cada mañana despierto con la sensación de haber estado corriendo una maratón. Me levanto cansada, dolorida, aturdida por infinidad de imágenes difusas e incongruentes; Apenas logro recordar nada de esa maraña de pensamientos que enturbian mis noches. Sin embargo, estoy convencida, de que los miedos aprovechan esas horas en que bajo la guardia y no soy dueña de mi mente para apoderarse de mis sueños, dejándome al amanecer, ese regusto amargo del que ha sucumbido a sus efectos.

Ya pasará, me digo, mientras escucho a la gente protestar por la situación que estamos viviendo, por no poder salir, aprovechando cualquier excusa para marcharse de casa... Quejas que no logro entender, porque en verdad, me siento una privilegiada. Privilegiada por poder seguir trabajando desde casa, por no tener que salir cada día a exponerme a un posible contagio. Afortunada por tener a mi familia sana y salva, aunque sea separada. Feliz, por poder quedarme en casa, sin más.

Es complicado trabajar y concentrarse en estas circunstancias, claro que sí. Sobre todo si tienes un pequeño revoloteando a tu alrededor durante todo el día...
-"No entiendo este ejercicio"
- "Ahora te lo explico, espera que acabe este párrafo..."
- "Lo de natu lo dejo para esta tarde, que estoy cansado"
- "Hazlo ahora que esta tarde tampoco tendrás ganas..."
- "Vamos a jugar al baloncesto"
- "Ahora después, antes tengo que terminar esto..."

Ay los niños... esos niños que algún día recordarán esta primavera tan extraña como una anécdota más en sus vidas (ojalá y así sea). Auténticos campeones que (al menos en mi caso) no he oído quejarse ni una sola vez.

Envidio a toda esa gente que puede aprovechar estos días para hacer aquello para lo que nunca encuentra tiempo: leer, ver películas, series, hacer la limpieza general, ordenar armarios... A mí no me dan los días para mucho más de lo que ya hacía antes del confinamiento, pero no importa, sigo siendo una afortunada, tan afortunada que no cambiaría esta ausencia de tranquilidad por nada del mundo.


Gratitud

Miro la vida pasar detrás de esta ventana, intento leer y escribir en los ratos libres, trabajar... aunque está resultando ardua tarea. Difícil concentrarse y evadirse de esta realidad que nos ha tocado vivir. Vemos pasar los días desde nuestros hogares sin otro proyecto que vivir el presente. Días casi idénticos que se suceden sin sobresaltos, sin novedades, sumidos en la monotonía... Aquí dentro intentamos protegernos y proteger a los que más queremos, y mientras tanto, ahí fuera, un ejército de hombres y mujeres tienen que salir de casa sin remedio, sin armas, con el miedo metido en el cuerpo por ellos, y por sus familias. Son tantos los que no tienen otra opción que la de salir de casa a diario, que no podría enumerarlos a todos, tan solo agradecerles su trabajo.

Eso sí, no faltamos nunca la cita de las 8. Repetimos a diario esta bonita costumbre. Minutos antes van saliendo de sus casas los vecinos, como conejos de sus madrigueras, y a las ocho en punto comienzan las palmas. No sé a quien le aplauden ellos, pero yo dedico mis aplausos a mis hermanos. En esos rostros tan conocidos y parecidos al mío deposito mi ovación. Pienso en ellos, y al hacerlo, pongo rostro a los miles de sanitarios que trabajan para intentar paliar los efectos de esta pandemia, para intentar salvar el mayor número de vidas posible. Aplaudo, aplaudo sonoramente con todo lo fuerte que puedo, como si hubiese sido testigo de una maravillosa obra de teatro. Aplaudo a esos grandes actores, desde esta cómoda butaca que es mi casa. Pienso en ellos, y no puedo evitar emocionarme cada tarde;  en ellos, enfundados en capas y más capas, que ojalá sirvan para protegerles. En ellos, solos desde hace semanas, lejos  de su familia, sin salir de casa salvo para ir a trabajar, rodeados de enfermedad y angustia. Los imagino, como soldados en la primera línea de batalla, intentando ocultar sus miedos entre todas esas capas de plástico y tela, intentando esconder sus temores tras una sonrisa. Aplaudo, y me recreo en ese momento tan especial de cada día, en ese minuto en el que todos nos unimos en un mismo acto, en un mismo sentimiento, como si con ese gesto remáramos todos a una, unidos para intentar parar esta pesadilla.

Se me partía el alma cuando los primeros días de caos e improvisación, veía a mi hermana llorando, destrozada, superada por el agotamiento físico y emocional después de un larga noche, o de un interminable día de trabajo. Horas que se les deben de hacer eternas, a ella, y a todos los sanitarios que se enfrentan a esta otra realidad que nosotros solo vemos por televisión, aunque ya muchos ni eso, porque es demasiado doloroso. Pero esa es, lamentablemente, la verdadera, la desoladora tragedia de esta pandemia.

Nada que ver con la otra cara de esta crisis: gente cantando en los balcones, o poniendo música a todo trapo, inventando toda clase de distracciones para no sucumbir al aburrimiento... Personas ajenas a la catástrofe, que  simplemente tratan de buscar la cara más amable a estos interminables días de encierro.

Por desgracia, la terrible imagen de  cientos de enfermos luchando por sobrevivir, tirados en un pasillo esperando una cama, o peor aún, de un hueco en la UCI, acompañará a muchos sanitarios el resto de sus vidas. Con razón nos dicen ellos que nos quedemos en casa... porque seguramente, si viéramos todo lo que ellos ven cada día en los hospitales, no saldríamos ni a la puerta de la calle.

"Ya sé quienes son mis héroes, mamá. Los tíos", me dijo hace unos días mi hijo. Pues sí, aunque ellos no quieren serlo, estamos muy orgullosos de nuestros héroes...


Tristeza y Emoción

Van pasando las semanas y parece que la cifra de fallecidos desciende, pero sigue siendo terrible. Cientos de familias destrozadas, que no han podido enterrar a sus seres queridos, ni siquiera despedirse. Cientos de historias diferentes que tienen en común la soledad, el dolor inenarrable, completo, todo para sí, sin posibilidad de compartirlo, sin abrazos en esos durísimos momentos. Qué terrible, y qué miedo pensar que nos puede ocurrir a cualquiera. Es lo que tiene este virus, que no atiende al estatus social, ni al nivel económico, ni a la belleza exterior, ni interior... es igual para todos.

A medida que pasa el tiempo vamos poniendo nombre y apellidos a esos fallecidos de los que se habla en los telediarios. El hermano de, el tío de, el poeta que tan bien escribía, la madre de, la abuela de... Qué tristeza tan honda y qué impotencia tantas pérdidas humanas. Y qué pavor pensar en lo que puede suceder en esos otros países olvidados que no gozan de nuestra sanidad, cuando la pandemia comience a causar estragos.

Los primeros días de confinamiento mi hijo me gritaba ¡mamáaa!, y yo acudía corriendo asustada ante su alarma. Han muerto más de 600 personas me decía. Así cada día, esperando haber pasado ya el famoso pico de contagios. Aún continúa pasándonos el parte diario, intentando, ahora sí, alojar un poco de optimismo en el universo más bien pesimista en que estamos instalados últimamente. -"Han bajado 100 muertos mamá, eso es bueno, ¿verdad mamá?" -Verdad hijo -le contesto, sin mucho convencimiento, porque son aún muchísimos, demasiados los fallecidos y ante eso, no hay consuelo posible.

Me emociono con las imágenes de televisión de enfermos saliendo de las UCIs o de los hospitales. Sonríen bañados en lágrimas, llenos de gratitud por haber vuelta a la vida, por haber ganado una batalla que creían perdida, rodeados por sus salvadores que les despiden con aplausos, y con una felicidad desbordada, celebrando cada enfermo recuperado como una auténtica victoria. Veo a esos pacientes ya curados, y me veo a mí misma, hace 16 años abandonando el hospital tras un  mes ingresada. Recuerdo aquel día inolvidable que puso fin a mi cautiverio, como uno de los más dichosos. Salí de allí con la sensación de haber recuperado mis alas, con una auténtica sensación de ingravidez, de libertad, de alegría renovada, de gratitud al universo, de inmensa felicidad... Así me sentí yo entonces, y aunque lo pasé mal, y supuso para mí un antes y un después, no creo que se parezca ni remotamente a todo lo que han vivido esas personas. Yo no estuve sola en todo ese tiempo, ni tampoco temí por mi vida, y no pasé desde luego por ese calvario que han pasado ellos. Me emociono al ver esas escenas de alegría infinita porque sé, que esos enfermos que abandonan el hospital después de semanas de lucha, deben de sentir algo parecido a lo que yo experimenté, aunque multiplicado por mil.



Incertidumbre

No sabe nadie qué ocurrirá cuando acabe todo esto. Es evidente que no podremos esquivar la crisis económica sin precedentes que vendrá después, pero ¿no valen más las vidas que el dinero? Para algún líder político sin escrúpulos, que como las meigas, haberlos haylos, no, "es necesario asumir las víctimas humanas y apostar por primar la economía"... Sin comentarios.

Pero esto debería enseñarnos que el mundo globalizado de hoy en día no nos sirve. Es evidente que será necesario cerrar fronteras por un tiempo, dejar de viajar a otros países, y hacerlo en el nuestro, donde hay mucho que ver y bonito además. Cambiar los sistemas de producción y apostar por nuestros productos, nuestra mano de obra. Invertir en investigación, en sanidad, y en educación. Cambiar prioridades, estilos de vida, modas superfluas. Está situación nos está demostrando que podemos sobrevivir sin un montón de cosas. 

Oímos hablar ya de la vuelta a la normalidad, de desescalada, y no sé si a todo el mundo le pasará igual, pero yo, a pesar de las muchas ganas que tengo de volver a la normalidad, no logro imaginar en un futuro inmediato una vida ni siquiera parecida a la que conocíamos hasta ahora. El después, da tanto miedo como el ahora, y eso no es demasiado alentador, la verdad. Miramos con esperanza a la comunidad científica, esperando un milagro en forma de vacuna, o acaso de medicamento que atenúe, si quiera un poco, la letalidad del maldito virus.

Vivimos una incertidumbre continua. Cuánto durará esta situación, qué pasará cuando acabe, qué cambiará... Todo está en el aire. No sabemos nada, nadie sabe qué pasará exactamente.

Hace una semana me saltó una alarma en el móvil: Coger cita peluquería. Perpleja al leer este aviso insólito, sonreí ante un recordatorio que programé en una vida anterior, incluso podría decir que lo escribió otra persona distinta  a esta que teclea hoy estas letras delante de una pantalla de ordenador. Aquella persona a la que renuncié hace ya un mes tenía otra preocupaciones bien distintas de las que hoy tengo. No recuerdo el día que puse esa alarma en el teléfono, aunque sí el motivo. Tenía algo importante que planificar: una comunión. Me temo que cuando todo esto acabe, nos veremos obligados a aplazar muchas cosas: léase comuniones, bodas, reuniones y todo tipo de celebraciones. Quién sabe si incluso vacaciones, y por supuesto viajes. Pero no importa, ya habrá tiempo de hacer todas esas cosas que ahora hemos de postergar, lo realmente importante es que sigamos aquí cuando todo haya acabado.

Pero qué ganas de volver a salir a tomar algo con los amigos, qué ganas de reunirme de nuevo con mis queridas mujeres del club de lectura a comentar libros,  a compartir lecturas y experiencias. Qué ganas de volver a la rutina, y sobre todo, qué ganas de abrazar a todo el mundo, ahora que no se puede... ¿Podré contener las ganas irrefrenables de abrazar a los míos cuando todo esto termine? No estoy segura de poder hacerlo.

Pero no, mejor no pensar todavía en el futuro. Vivamos el presente, y ya habrá tiempo para enfrentarnos a todas esas incógnitas cuando llegue el momento. "No querer pensar también cuenta como felicidad"


Anhelo

Cuánto estoy echando de menos también la que es mi segunda casa, mi querida biblioteca. Cuánto me acuerdo de mis pequeños y qué no daría por volver a aquellos lunes agotadores en que no había momento para el descanso, por volver a contar cuentos rodeada de niños, por mandarles callar, por repetirles veinte veces que no se grita ni se corre en la biblioteca, por comenzar una sesión de cuentos con la canción del silencio.

Les sigo contando, pero no es lo mismo, imagino sus caras mientras escuchan mi voz, pero no los veo, no sé ni siquiera si llegarán a escucharlos. Algunos sé que sí, porque me llegan mensajes entrañables dándome las gracias, deseándome salud, diciéndome que me echan de menos... Los escucho una y otra vez, y me hacen muy feliz. Cuánto los extraño.


Silencio

Hoy el mundo es silencio. La imagen de célebres calles y avenidas desiertas se repite a lo largo de todo el planeta. Me imagino a los animales, a los pájaros, preguntándose perplejos dónde diablos se han metido esos intrusos que ya no les molestan.

Ocultos, encerrados en cárceles imaginarias, de las que somos nosotros mismos los carceleros, vemos la vida pasar mientras animales salvajes pasean a sus anchas por las calles de pueblos y ciudades, disfrutando de una naturaleza que nunca ha dejado de pertenecerles.

Hoy el mundo es silencio. Quizás aquí, en nuestros pueblos no lo notemos tanto, pero en las grandes urbes ese silencio debe ser inquietante. Seguramente muchos  llegarán a echar en falta el ruido,  alguno incluso hasta los desesperantes atascos. 


Unión

Estos días nos están enseñando a apreciar lo realmente importante. A apreciar la libertad de poder salir cuando y donde te apetezca, de viajar, de vivir sin miedo, pero también nos está mostrando lo verdaderamente importante, aquello que más echamos de menos ahora mismo sobre todas las cosas: nuestros familiares, nuestros padres, hermanos, primos, amigos, esos a los que ahora tenemos que conformarnos con ver a través de una pantalla (bendita tecnología, desde luego) y a los que llamamos una y otra vez, para ver cómo están, qué han comido, que están haciendo... aunque el diálogo se repite día tras día ahogado por la misma monotonía de los días y las noches. Y es que de lo inédito del confinamiento, de una situación jamás vivida, de las noticias y novedades de los primeros días, hemos pasado ya a la pesadez de la rutina, al transcurso lento de las jornadas. Y cuesta, cada vez cuesta un poquito más.

Cada noche la tecnología nos acerca a nuestros seres queridos. Las videollamadas en familia se han convertido en un ritual que nos une en la distancia. Hablamos más que antes, aunque las palabras se atraviesan muchas veces en la garganta. Es duro no poder vernos. Es duro saber que mis hermanos se enfrentan cada día a la impotencia de luchar contra un enemigo invisible y muy peligroso. Y es curioso que aunque separados, este virus esté haciendo que estemos más unidos que nunca.


Solidaridad

También nos están enseñando estos días que el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos. La solidaridad de la gente sigue fluyendo como pequeños oasis en medio del desierto. Cientos de personas cosiendo mascarillas, batas, haciendo pantallas, donando alimentos, camas, respiradores...

La solidaridad de Munera también está llegando lejos, muy lejos. Amas de casa, voluntarios y Ayuntamiento se afanan en hacer posible que cientos de equipos de protección lleguen a hospitales, residencias y trabajadores de todo tipo. Gracias a todos, y a todas por vuestra labor. Qué orgullo de pueblo y de gente.


Amor 

Cuánto me acuerdo de mi madre estos días, y cuánto la echo de menos. Miedo, es una buena palabra para definir el sentimiento que nos acecha  a todos, aunque sobre todo a ellos, a nuestros mayores. Aunque hay otra palabra tan brutal como esa, y es soledad. El aislamiento conlleva soledad, distancia, falta de contactos, de besos, de abrazos, algo tan peligroso ahora, pero tan necesario siempre.

"Abuela, no te preocupes, sólo es grave para las personas con patologías previas". Con esa afirmación intentaba mi hijo tranquilizar a su abuela, mientras veíamos alarmados por televisión los primeros efectos de la pandemia, para a continuación dirigirse a mí y preguntarme: "Mamá, ¿qué son patologías?".  En aquel momento su inocente comentario me hizo sonreír, y me produjo también un profundo sentimiento de ternura al ver ese lazo tan especial que se ha creado entre abuela y nieto.

"Te echo muchísimo de menos", le dice mi pequeño a través de la pantalla a su abuela, mientras ella lo mira casi al punto del llanto. Es ahí, justo en ese instante irrepetible cuando me digo: Sí, definitivamente, esto nos servirá para apreciar lo verdaderamente importante...









Epílogo

Cuando empecé a escribir este texto en mi cabeza, todo era una amalgama  de ideas desordenadas que me venían a la mente, y que tenía la necesidad de escribir. De repente un día, me di cuenta de que todas esas palabras escritas sin orden ni concierto se unían bajo el paraguas de conceptos abstractos que quizás no se puedan ver con los ojos, pero que desde luego, podemos apreciar y sentir todos en menor o mayor medida. Aceptación, esperanza, paciencia, gratitud, tristeza, emoción, incertidumbre, anhelo, silencio, unión, solidaridad y amor. Todas estas grandilocuentes palabras forman parte de nuestro presente, y por eso, me ha parecido importante dejar constancia por escrito de todas ellas, porque en verdad, cada una de esas palabras abstractas cobran todo el sentido, y se hacen visibles, ahora más que nunca.






lunes, 16 de marzo de 2020

Como una película





Esto no puede estar pasando... Eso me digo últimamente, perpleja e incrédula ante los acontecimientos que nos sobrevienen día tras día. Pero sí, está pasando, y aunque todo esto que estamos viviendo pareciera sacado de cualquier película apocalíptica, o de alguna mente fantasiosa, es tan real como sobrecogedor.

Desde hace semanas, estamos asistiendo en vivo y en directo a la propagación de un virus, que apareció por primera vez en una remota región de China de la que muchos no habíamos oído hablar, y que en tiempo, record ha conseguido atravesar numerosas fronteras y propagarse por más de 120 países de todo el mundo. Durante todo este tiempo, hemos observado atónitos como el dichoso bichito hacía de las suyas en diferentes países, acercándose cada vez más al nuestro; recibimos incrédulos las noticias que llegaban desde Italia, y vimos como la cosa se desmadraba, pero aún así, supongo que no fuimos realmente conscientes de las dimensiones del abismo al que nos precipitábamos sin remedio. Los medios de comunicación, nos han despertado a diario con sombríos titulares, que no han hecho sino aumentar una imparable y creciente alarma social, aunque al mismo tiempo, las autoridades nos pedían calma, por encontrarnos -nos decían-, en la fase de contención de la epidemia.

A día de hoy, admito que no sabría decir en qué punto del camino nos perdimos, pues hemos pasado de relativizar y quitar hierro a esta enfermedad, "semejante a una gripe sin importancia", a la declaración oficial del estado de alarma en todo el país, para atajar lo que califican de pandemia y grave crisis sanitaria,  algo desde luego insólito y preocupante que a muchos (que no a todos, según parece) nos ha abierto los ojos sobre la verdadera magnitud de esta emergencia de salud, que quizás nos debimos tomar más en serio desde el principio. Palabras como pandemia, colapso del sistema o muertos, (cifras de fallecidos que tristemente siguen creciendo) nos han hecho ver que esto no es ninguna broma y que las dimensiones del desastre pueden ser desmesuradas si no hacemos, cada uno de de nosotros, un ejercicio de responsabilidad.

Como tantas otras veces, han surgido las teorías conspiratorias: se habla de un virus  mortal creado en un laboratorio expresamente con ese fin. Las descarto por ridículas y paranoicas, ¿o quizás no lo sean tanto? Hace unos años leí Inferno, de Dan Brown. En esta novela el autor pone el foco de atención en la superpoblación mundial, que alcanza ya los 7.500 millones de personas, unas cifras que siguen aumentando año tras año, y diezmando en la misma medida los recursos con los que cuenta nuestro planeta. Plantea Brown un escenario, en verdad apocalíptico, en el que un científico loco pretender acabar con esta superpoblación liberando un virus capaz de originar una pandemia mundial. Cuando leí el libro, reconozco que me creó cierto desasosiego, sin más,  pero al escuchar y leer las teorías que recorren internet estos días, la sombra de la duda parece estar justificada.

Y es que da la impresión de que el mundo que conocemos se ha vuelto patas arribas de repente, de que estuviésemos viviendo una pesadilla, de que fuésemos testigos de una película en la que nos hemos convertido, sin quererlo, en los actores principales. No, en esta ocasión nosotros no formamos parte del reparto. Esta vez no vemos el toro desde la barrera, ya no nos resulta lejano el peligro, ni tampoco ajeno como nos ha ocurrido hasta ahora con cualquier catástrofe, crisis humanitaria o conflicto armado que vemos por televisión, ya casi sin inmutarnos. Esta vez, las bajas pueden ser de los nuestros, de nuestra familia, de nuestro círculo de amistades, de nuestro pueblo... y eso, eso ya es harina de otro costal.

Esta vez la amenaza se cierne sobre nosotros, aunque para ser justos, hemos de reconocer que las circunstancias tampoco son las mismas... Nosotros sí tenemos comida de sobra que llevarnos a la boca (y a juzgar por los carritos con los que asaltan los supermercados, algunos tienen el alimento garantizado durante meses), tenemos armarios llenos de ropa, un techo bajo el que cobijarnos, agua potable, papel higiénico (este fenómeno merece capítulo a parte, sin duda, y posiblemente se estudie en el futuro en las facultades de psicología)... Tenemos medicinas, hospitales y personal sanitario dispuesto a jugarse la vida por nosotros, y tenemos también múltiples formas de ocio para pasar el tedio y el aburrimiento (internet, series y películas ininterrumpidas, redes sociales, libros...).

Muchos patriotas que han repetido hasta la saciedad que nuestro país no puede acoger a tantos inmigrantes o refugiados que huyen de la guerra o del hambre, han corrido en desbandada de los focos infectados al grito de "sálvese quien pueda", (para proteger a sus familias, mira tú por donde), y se han marchado a las costas españolas,  al chalecito de la playa, y tan agustito, y a diseminar virus por toda la geografía,  ¡qué inconsciencia!

La España vaciada y olvidada también parece haber resurgido en la memoria de algunos irresponsables, que no se han parado a pensar en la numerosa población envejecida que habita nuestras zonas rurales. Y qué gran paradoja que Marruecos cierre ahora sus fronteras a España, que los españoles no sean bien recibidos en no pocos países ya. Resuenan en mi mente las palabras del periodista, escritor y cineasta David Trueba: "Imaginen que el contagio del coronavirus se extiende por Europa de manera incontrolada mientras que en el continente africano, por las condiciones climáticas, no tiene incidencia. Aterradas, las familias europeas escaparían de la enfermedad de manera histérica, camino de la frontera africana. Tratarían de cruzar el mar por el Estrecho, se lanzarían en embarcaciones precarias desde las islas griegas y la costa turca. Perseguidos por la sombra de una nueva peste mortal tratarían de ponerse a salvo, urgidos por la necesidad. Pero al llegar a la costa africana, las mismas vallas que ellos levantaron, los mismos controles violentos y las fronteras más inexpugnables invertirían el poder de freno." Se trata de una distopía, pero no me negarán que es bueno...

Por primera vez en la historia toda España se encuentra en cuarentena, confinada en casa, sin poder salir nada más que para comprar, trabajar o cuidar a nuestros mayores. Con sorpresa e incredulidad hemos visto calles, avenidas, plazas desiertas, hemos sido testigos de cómo se han ido cerrando colegios, institutos, universidades, parques, teatros, bibliotecas, museos, bares, ¡bares! algo casi impensable en nuestro país. Una medida excepcional que no se toma a la ligera, y que no sabemos si conseguirá frenar la cadena de contagio, pero que desde luego, no podrá frenar el contagio de otro virus peor: el miedo que avanza imparable entre la población, y sobre todo entre los mayores.

Yo misma, hasta hace pocos días he mantenido mis temores a raya, he intentado alejar los pensamientos negativos, y relativizar los efectos que esta enfermedad podría tener sobre mí, teniendo en cuenta que como enferma crónica, y paciente inmunodeprimida que soy, formo parte de esa población de riesgo a la que aluden las autoridades sanitarias.  A pesar de ello, salí a hacer la compra semanal, la mía y la de mi madre, -quien bastante angustiada, sigue las recomendaciones al pie de la letra y no quiere salir ni a la puerta de la calle-. Rostros serios, de preocupación, de desconcierto, saludos rápidos, miradas esquivas, colas y algún que otro estante vacío, ese es el panorama con el que me encontré. Intenté hacerla rápido, sin detenerme demasiado, procurando no coincidir  a pocos metros de distancia con otras personas, con mucha precaución, y para qué negarlo, con un pellizco en el estómago que no era otra cosa, que miedo.

El miedo es como un pequeño roedor que nos va devorando poco a poco. Es natural tener miedo, ya que es un mecanismo de defensa necesario que nos mantiene en alerta ante cualquier señal de peligro. Pero no podemos dejar que esta emoción se apodere de nosotros, porque entonces, entonces sí que estaremos perdidos.

Ahora bien, según avanza esta pandemia, no sé qué es lo que más me asusta, si este maldito virus o esta sociedad perversa de la que formamos parte; el despropósito sin límites de muchas personas que no toman las debidas precauciones o ignoran las advertencias de las autoridades. Creo que la gente sana, sin patologías, que casi con toda probabilidad pasará la enfermedad sin ningún contratiempo, no es consciente de lo que supone el hecho de haber estado en zonas de riesgo, o en contacto con personas infectadas, o incluso tener síntomas, y no tomar las medidas preventivas necesarias para no provocar contagios. No nos han pedido nada descabellado, ni difícil de llevar a cabo, tan solo quedarse en casa y evitar el contacto con la gente, por solidaridad, por responsabilidad, por sentido común...

Un bichito diminuto -aunque de la realeza, eso sí, por aquello de la corona- es el malo de esta película, en la que parece que la realidad podría acabar superando una vez más a la ficción. Un virus microscópico nos está demostrando que, aunque nos creamos el ombligo del mundo, seres superiores, nada más lejos de la realidad. Este virus nos está dando una lección de humildad, recordándonos nuestra condición de simples mortales, de seres vulnerables a los que algo tan insignificante puede exterminar en cadena. Y lo más grave, ha sacado a relucir a nuestras peores taras y debilidades como sociedad. 

Ya nos lo hizo ver Albert Camus en La peste, su obra maestra. La peste, o cualquier otra epidemia contagiosa de este tipo, puede llegar a sacar lo peor y lo mejor del ser humano, desde el más puro egoísmo, la insolidaridad, o la irracionalidad hasta la generosidad sin límites. Y es que, en verdad, los humanos somos seres egoístas, e iría un paso más allá, faltos de todo sentido común en muchas ocasiones. Y sí, tenía razón Camus,  en las situaciones críticas o de peligro es cuando se demuestra la verdadera naturaleza de las personas.

Puede que sea el miedo irracional el que lleve a la gente a aprovisionarse de papel higiénico para los próximos meses. El que les lleve a hacer acopio de alimentos como si no hubiera un mañana, sin pensar en que los demás también necesitan alimentarse. Tal vez haya sido ese miedo, el que ha instado a millares de madrileños a marcharse a los pueblos, o la playa a pasar la cuarentena, "como si estuvieran de vacaciones" cuando se les ha dicho, por activa y por pasiva, que debían de quedarse en casa para evitar extender la enfermedad si la tuvieran. Puede que sea ese miedo irracional, el que ha llevado a multitud de personas a abastecerse de mascarillas, unas mascarillas que seguramente no tendrán que usar, pero cuya escasez está provocando su encarecimiento desmedido, y lo que es más grave, el desabastecimiento para las personas que realmente las necesitan, como enfermos de cáncer o el propio personal sanitario. Sí, el miedo es mucho más contagioso que cualquier virus. Pero la estupidez humana, esa también es contagiosa, y desde luego puede llegar a alcanzar cotas insuperables.

Es triste que una crisis de estas características tenga que enseñarnos las grandezas de nuestro sistema sanitario, de la SANIDAD PÚBLICA, con mayúsculas, la única que debería existir, aunque se empeñen en privatizarla. Es triste que sea ahora, y no antes, cuando reconozcamos el valor del extraordinario y sacrificado trabajo de todo el personal sanitario, que siguen ahí, al pie del cañón, exponiéndose al contagio y dando lo mejor de sí mismos, ahora y siempre. Que sea ahora cuando nos demos cuenta de  la trascendencia del trabajo de científicos e investigadores, que buscan una vacuna y un tratamiento contrarreloj. Que no hayamos cuestionado antes la incongruencia de que en este país, futbolistas, famosos o influencers puedan llegar a cobrar auténticas barbaridades, en comparación con estos otros profesionales cuyo trabajo es tan crucial y necesario.  Qué triste, que estos días de arresto domiciliario sirvan para que apreciemos como se merece, la labor diaria de los maestros con nuestros hijos, ahora que tenemos que acometer la difícil tarea de tenerlos en casa las veinticuatro horas, además de enseñarles y ayudarles con las tareas... 

Es triste, pero si después de todo, por fin cambia nuestra manera de ver las cosas, nuestra manera de vivir, algo habríamos sacado bueno de esta experiencia.

De momento, la consecuencia directa de toda esta crisis la ha sufrido, o mejor dicho, la ha agradecido nuestro planeta. China, el motor del mundo se ha parado, y con él los niveles de contaminación han experimentado un considerable descenso. Tantas y tantas cumbres estériles en las que el gigante asiático se había negado a reducir sus emisiones, y ha tenido que ser un virus el que lo ha conseguido.  China para, y el resto del planeta lo nota, porque por supuesto, el resto de países  sufren las consecuencias de este cese, con multitud de fábricas y empresas desabastecidas en todo el globo terráqueo. Y yo me pregunto, ¿esto no debería llevar a plantearse a las grandes multinacionales el retornar su producción a los países de origen?

Como decía, esta crisis no sólo tiene cosas malas, y está sacando también lo mejor de las personas. Un atisbo de esperanza y de solidaridad aflora del mismo modo estos días. Muchos se han ofrecido a cuidar a los niños y niñas mientras sus padres tienen que irse a trabajar. Otros a ayudar a personas mayores solas y aisladas en sus casas con la compra y los recados. Qué admirable y qué suerte que exista gente así...

Del mismo modo, empleados de comercios de alimentación, farmacias, camioneros, policía y guardia civil, servicios públicos en general, todos ellos están demostrando su profesionalidad y generosidad en esta crisis, manteniéndose en sus puestos de trabajo y garantizando que todos podamos acceder a los servicios mínimos. Tenemos mucho que agradecerles.

Quizá sea esta la cara amable de esta emergencia sanitaria: todavía no está todo perdido, todavía hay mucha gente buena en este mundo. ¿Nos servirá de enseñanza todo esto, o por el contrario  cuando todo pase seguiremos viviendo en nuestra inconsciencia? ¿Aprenderemos de los errores o los volveremos a repetir? Quiero pensar que sí, que cuando esta película sea tan solo un mal recuerdo, hayamos aprendido la lección, que no volvamos a distraernos con estupideces y seamos todos conscientes de lo que verdaderamente importa. Que ese día, que ahora nos parece tan lejano, nos besemos y nos toquemos, que abracemos con todo el cariño y sin ningún miedo a nuestros padres, a nuestros abuelos, que nos susurramos palabras bonitas al oído, que nos cojamos de la mano y salgamos todos a pasear bajo el sol, que disfrutemos de la buena compañía de los amigos, de las terrazas, de la vida, de tantas cosas que, como siempre ocurre, echamos de menos cuando no las tenemos a nuestro alcance y que son las que realmente merecen la pena.

Ojalá, que el tiempo pase deprisa, que este mal sueño acabe pronto, y como una película, los protagonistas aparezcan al final fundidos en un gran abrazo, para a continuación leer en letras bien grandes:

To be continued...
Continuará... 




jueves, 9 de enero de 2020

Crónicas navideñas



Han sido éstas unas navidades especiales, diferentes,  y también muy emotivas. Unas navidades en las que a lo largo de los días se han ido sucediendo momentos alegres, tristes, divertidos, inolvidables, alguno de ellos para olvidar... aunque en definitiva, momentos singulares de los cuales me gustaría dejar constancia en estas crónicas navideñas.



Confieso, que estas navidades, he recibido la inesperada felicitación de una lectora, y que su entrañable mensaje me ha vuelto a demostrar, que no existe dinero suficiente para pagar, los extraordinarios regalos con los que me obsequia, una y mil veces, mi querida y adorada biblioteca.

Confieso, que he vuelto a escribir los pensamientos que me abordan. Que he viajado de nuevo, en el tiempo con mis palabras, y que, como susurros, las he enviado a las maravillosas personas que hacen hermoso mi universo. Y que el eco de mi voz  ha regresado, multiplicado de buenos deseos y de sincero afecto.

Confieso, que mi corazón ha palpitado al escuchar mi nombre por la calle. Y que las francas sonrisas de los niños, de los que procedían esas llamadas,  han alegrado mis días, y enardecido mi alma.

Confieso, que he sido dichosa en compañía de mi familia y amigos. Que con ellos, he reído sin pudor, a carcajadas. Que la risa, se ha vuelto tan precisa, que en la vida, son ya muchas las tristezas...

Confieso, que mi Nochebuena no ha sido tan buena. Que he sentido como propio el sufrimiento de mi madre, mientras lloraba en silencio las dolorosas ausencias. Y que he visto, como la alegría desbordante de su nieto ha conseguido, otra vez, aligerar sus lamentos.

Confieso, que he tenido el privilegio de participar en un gran concierto. Que he sido testigo de cómo un belén viviente, un coro, una banda, y todo un pueblo, se han unido en comunión por un reto solidario. Que he visto como se hacían realidad, el sueño y la  utopía de un joven director de orquesta. Que he disfrutado encantada del prodigio de la música. Que  cautivada, he observado a decenas de músicos mover veloces sus dedos, guiados por la batuta de un portentoso maestro.Y que mis pies, se han movido, no podían pararse quietos, al oír las melodías, que aún suenan en mi cerebro.

Confieso, que emocionada he presenciado el canto de una nana bajo los altares. Que he escuchado conmovida a una madre -a la que adoro-, cantar con su dulce voz, arrullando con primor, con entrañable ternura, a su precioso pequeño. Y que he vibrado también, al oír  las voces virtuosas de los míos, cantando alegres aguilanderos y villancicos, al son de  zambombas y castañuelas.

Confieso, que he participado en una carrera solidaria. Que he corrido, feliz, rodeada de mi estirpe, aunque mi cuerpo, después, haya protestado dolorido. Pero lo he hecho, he corrido siguiendo los pasos  de mi hijo, que no ha parado de azuzarme, ¡mamá vamos, date prisa!

Confieso, que he sentido como el mundo se paraba de repente. Que incrédula, he contenido el aliento, y que he rezado, rogando un milagro al cielo. Que mil lamentos mudos he entonado, porque acaso se trataba de un mal sueño. Que con el alma en vilo, he vuelto a casa, y en la mente, un solo pensamiento. 

Confieso que mis ojos se han nublado.Que se ha quebrado mi voz, y estremecido mi cuerpo, al conocer las noticias de una pronta e increíble mejoría. Y que he pensado, quizás... quizás a veces, sí que ocurran los milagros...

Confieso que he recibido con orgullo las buenas nuevas, la gratitud y las muestras de cariño. Que me he dicho, satisfecha, qué suerte de tenerles, cuánto valen... qué importante y valiosa su presencia. Que he rogado a mis santos protegerles, soy tan rica que me asusta, me da miedo...

Confieso, que he soñado con las navidades del pasado. Y que no he dejado de añorar un solo día, a todos los que se han ido marchando. Que invoco en mi memoria aquellos viejos tiempos, y que, a menudo, he de sacar fuerzas para no sucumbir a la nostalgia. 

Confieso, que he sufrido el mal ajeno, el mismo que hace años yo padezco. Que he querido compartir mis experiencias, y que sabia y experta me he sentido al hablar de mis dolencias ya asumidas. Confieso, que confusa he atendido, los miedos y pesares de una madre; Ilusa, me he llamado, al acordarme, de la angustia y la congoja del principio.

Confieso, que he vibrado con los versos de un don Juan Tenorio embravecido. Que absorta, lo he oído declamar su amor a Doña Inés, sin titubeos. Y que he visto al pequeño lector que ayer fue, convertido en gran actor, en dueño y señor del escenario.

Confieso, que he comenzado un nuevo año
como hace mucho tiempo que no hacía. Que he gozado en compañía de mi familia, del calor y del apego inmemoriales. Y que he cantado por Mecano complacida, "cinco minutos antes de la cuenta atrás"...

Confieso, que la magia de la Navidad ha pasado por casa de nuevo. Que hace mucho que aprendí, que con un niño, ilusión y fantasía están servidas. Que con su inmensa emoción nos contagia, que hoy el tiempo pararía, si pudiera...


Qué bonito mi mundo, mi gente,
las personas que están, las que cuentan,
que me hacen la vida bonita,
que consiguen que valga la pena.

Doy las gracias al milagro de la vida
y sin más, solo confieso...


Confieso, que he vivido...








martes, 24 de diciembre de 2019

Feliz Navidad





La Navidad ha llegado a nuestros hogares un año más. Una fiesta para muchos ansiada y deseada, para otros odiada y detestada, aunque sin duda, una celebración que para nadie resulta indiferente, ya que es casi imposible escapar a sus influjos.

He de confesar que a mí siempre me ha gustado, y he disfrutado con placer de toda su parafernalia. Y lo sigo haciendo, pues es indudable que quien tiene un niño en casa, vive la Navidad de manera especial, contagiado por esa ilusión y esa tierna inocencia de la que sólo los pequeños hacen gala... En verdad, cualquier momento del año se vive de manera diferente y especial si tienes la inmensa fortuna de vivirlo a través de los ojos de un niño.

Sin embargo, también he de decir que la Navidad que nuestros hijos conocen, se parece cada vez menos a las Navidades de mi infancia. 

Me da vértigo esta Navidad resplandeciente, engalanada de luces y adornos por todas partes, sobre todo en las grandes ciudades, que compiten por el cuestionable título de ser "la más luminosa" (olvidadas por unas cuantas semanas la famosa Cumbre del planeta y ese preocupante cambio climático que nos acecha...). 

Puedo llegar a comprender a esas personas que no soportan los villancicos sin descanso y a todo volumen, o a las que intentar huir -como es mi caso- de las calles abarrotadas de gente bajo el alumbrado, cargadas de bolsas, con prisas por comprar, por celebrar la Navidad de la única manera que parecen conocer.

Casi me sonroja esta obsesión por comprar y comprar, de poner en la mesa exquisiteces y manjares a precios desorbitados; esta fiebre por regalar objetos, juguetes, obsequios de diversa índole, que alcanza ya dimensiones desmesuradas, y que conseguirá en algún momento del camino, -si es que no lo ha hecho ya-, que no lleguemos a valorar absolutamente nada de todo lo material que nos rodea, que no seamos conscientes de que el verdadero regalo no está en el interior del paquete, sino en las manos, y en el corazón de la persona que te lo ofrece.

Navidad se ha convertido hoy en publicidad. Minutos y minutos interminables de publicidad, sobre todo de perfumes, cuyos nombres pronuncian con letanía modelos de belleza aúrea y languidez extrema. Parfum de Cacharel, balbucean con un hilo de voz, exhaustas, casi al punto del desmayo. Y anuncios conmovedores, donde los seres queridos son recibidos entre lágrimas y abrazos, porque, como el turrón, todo el mundo vuelve a casa por Navidad..

Y es que la Navidad de hoy en día es la que se nos muestra en televisión en todo su esplendor, la felicidad personificada en una familia perfecta que sonríe despreocupada frente a la chimenea, que canta villancicos en armonía junto a un árbol de Navidad perfecto, en una casa perfecta, en un mundo perfecto. Una estampa edulcorada de la felicidad que, por desgracia, pocas veces se parece a la vida real. 

Este mundo que nos ha tocado vivir nos alinea sin remedio imponiéndonos sus cánones, y en Navidad, lo que se lleva es derrochar, en todos los sentidos. Has de prodigar felicidad por los cuatro costados, y para ello, comprar un montón de productos que probablemente no necesites, pero que, desde luego, te harán muy feliz, has de reunirte con los compañeros, con la familia, con los amigos... y salir a divertirte, y comer, y beber... Y así, abocados a ese diluvio de felicidad tangible y arrebatadora, nos hemos de olvidar de las penas, de las injusticias, del hambre en el mundo, de las guerras, de los sin techo... No, en Navidad parece no haber cabida para la tristeza. Nada de pensar en ella, nada de aguafiestas, al cuerno la melancolía. Tómate una copita y un mazapán y olvídate de los problemas por unos días..

Ah, y la lotería... No hay Navidad sin sorteo extraordinario de lotería, un sorteo cuya probabilidad de resultar premiado resulta irrisoria, pero en el que muchos confían su suerte, sus esperanzas, y sobre todo, sus ahorros. Año tras año asistimos con resignación a ese espectáculo de felicidad desbordante, de euforia desatada de unos pocos afortunados, y tras él, no nos queda más que agrader la mucha, o la poca salud que nos ha tocado en suerte (ahora, que nadie te diga en ese preciso momento, que el dinero no da la felicidad, que se lo pregunten a esos que ves pegando saltos en tu pantalla de televisión...). 

En todo esto se ha convertido la Navidad, como tantas otras cosas hoy en día, en una nube de excesos a la que nos vemos abocados sin remedio. Aún así, me siguen gustando estas fiestas. Me gustan, aunque ya nunca podrán compararse a las Navidades de mi infancia, esas cuyo recuerdo me llena de profunda melancolía.

Navidad eran aquellas maravillosas y multitudinarias reuniones familiares en las que los primos -las primas-, aprovechábamos para jugar sin descanso, contagiados del ambiente festivo. Era ver a mi querido abuelo Antonio tocando la zambomba, el mismo que nos sacaba caramelos de las orejas como por arte de magia. A pesar de los años transcurridos, su imagen haciendo sonar aquel rudimentario instrumento se mantiene nítida en mi memoria; Lo recuerdo mojando su mano en una pequeña palangana de porcelana, y arrastrarla después a lo largo del astil haciendo vibrar con aquel movimiento la fina membrana de piel, y produciendo así el característico sonido de la zambomba. Y lo recuerdo también cantando villancicos con su inconfundible voz, mientras rascaba una cuchara contra una botella de anís, rodeado por sus nietos que lo mirábamos embelesados, y que bailábamos al son de la música, mientras él, consciente de ser el centro de atención, el alma de la fiesta, sonreía y nos miraba con sus ojos vivarachos.

Navidad era la obligada "misa del gallo" tras la cual dedicábamos un buen rato a contemplar con auténtica fascinación el inmenso belén parroquial. Era montar el árbol y el belén junto a mis hermanos. Recoger un montón de césped del campo, que intentábamos sacar de una sola pieza, y con el que realizábamos un precioso belén, cada año más recargado y detallista. Era cantar villancicos en el pasillo de casa tocando las panderetas, y aquellas noches que pasábamos casi en vela esperando la llegada de los Reyes Magos. Pocas veces nos traían exactamente aquello que habíamos pedido, aunque ahora que lo pienso, poco importaba; aquello era una fiesta, eran nervios, ilusión, espera...Levantarnos con los primeros rayos de sol y ocupar el pasillo en busca de nuestros regalos tras escuchar la esperada confirmación: ¡Ya han llegado! En aquellos tiempos apenas habíamos oído hablar de Papá Noel, ese viejecito encantador entrado en carnes, y de cabellos plateados, que hoy visita también casi todos nuestros hogares en Nochebuena y que pugna por desbancar a sus Majestades de Oriente. 

Navidad era felicitar las Pascuas a familiares y amigos con una postal... Ahora ya casi nadie las escribe, y si te llega alguna, tienes la sensación de haber recibido un regalo único y extraordinario. Hoy todo el mundo reenvía mensajes y felicitaciones a través del teléfono, que se repiten una y otra vez, las mismas frases hechas, imágenes y mensajes impersonales que te llegarán por un grupo de wassap, por dos, por cuatro. Porque todo el mundo te desea Feliz Navidad en estos días, movidos por este torrente de felicidad y amor contagioso e inherente a estas fiestas, y que lamentablemente parece sumirse en el olvido el resto del año. 

Sí, me sigue gustando la Navidad, aunque si soy honesta, también he de admitir que conforme van pasando los años, no la recibo con el mismo entusiasmo de antaño. A medida que se acercan estas fechas, la añoranza se instala en mis pensamientos, y no puedo evitar tener más presentes, si cabe, a los que ya no están. Son ya muchas las sillas vacías, muchos los que no acudirán a la cita esta Nochebuena, a los que echaremos de menos, y cuya ausencia hará que nos escueza en el alma la tristeza. La Navidad ya nunca volverá a ser igual sin ellos, y lo peor, es que el tiempo no puede pararse, seguirá corriendo incansable y se empeñará en trasformar en algún momento nuestro mundo, este mundo imperfecto que nos rodea y que pagaríamos porque siguiese estando así muchos años, tal cual está, con sus virtudes y sus defectos. Quién pudiera detener el tiempo... Quién pudiera regresar al pasado, a aquellos tiempos en que no faltaba nadie, en los que éramos inmensamente ricos sin ser conscientes de ello.

Ya ha llegado la Navidad, y repetiremos una vez más como autómatas, todas sus tradiciones. Nos veremos envueltos en sus rituales, comulgaremos con sus excesos, haremos probablemente todo aquello que aborrecemos o con lo que estamos en desacuerdo. Lo haremos probablemente, aunque quisiera pensar que todavía existe un poco de cordura en nuestro interior y que algunos no hemos sucumbido por completo al consumismo excesivo y desmedido al que parece que estamos abocados. Quisiera pensar que el espíritu navideño, la esencia de la Navidad, ese deseo de paz, de amor, de concordia y de solidaridad que aflora en estas fechas perdurará durante todo el año

Pero es Navidad, y a pesar de todo... ¿quién puede resistirse a la magia de la Navidad?




Si mis palabras te han llegado a través de mí, significa que formas parte importante de mi vida, o que quizás, he tenido la suerte de coincidir contigo en algún momento del camino, de disfrutar de tu compañía (no importa que no nos veamos a menudo, o que no hayamos hablado en los últimos meses...). En cualquier caso, me gustaría desearte una Feliz Navidad, por supuesto, aunque también quisiera que en cada uno de los días del año te acompañara el espíritu de la Navidad, ese que está ahí, agazapado detrás de toda esta efusividad navideña, detrás de este escaparate de armonía y felicidad. Me gustaría desearte, de todo corazón, que la salud te acompañe siempre, y que encuentres la felicidad cada día en tu familia y amigos, en la gente que te rodea, en las pequeñas cosas, y sobre todo, en los momentos especiales que se nos brindan, y que hacen que la vida merezca la pena.

Feliz Navidad,
Feliz año, y 
FELIZ VIDA.











viernes, 8 de noviembre de 2019

La víspera





Si mi padre levantara la cabeza... Eso pensé la otra anoche, la víspera del Día de los Santos, cuando vi a los numerosos grupos de niños y niñas, de jóvenes y no tan jóvenes disfrazados, pintarrajeados hasta las orejas, (algunos de los disfraces conseguidísimos y realmente originales). Un desfile de muertos vivientes que reivindicaba, un año más, una fiesta ajena a nuestras tradiciones y costumbres, pero que definitivamente, llegó para quedarse. Sea como fuere, era la segunda vez en el mismo día en que ese pensamiento rondaba mi cabeza. Si mi padre levantara la cabeza...

No es mi intención despotricar aquí del "jalogüín", como lo llaman los abuelos, (articulan despacio cada sílaba, temerosos por meter la pata cuando salga de su boca esta palabra, para ellos impronunciable). Lo respeto, como respeto tantas otras fiestas y tradiciones que me resultan indiferentes, aunque, por supuesto entiendo que esta en concreto haya calado tanto en los pequeños, atraídos por los disfraces, y claro, por las chuches; cómo no les iba a gustar algo así... Y desde luego, reconozco haber decorado la biblioteca en varias ocasiones este día, y aprovechar para contar cuentos de miedo y esas cosas. En este caso, el lema de "si no puedes con ellos, únete" es algo inevitable y conveniente, no lo negaré.

Mi propio hijo, a quien por cierto, tampoco le atrae demasiado esta celebración, se pasó la noche asomándose a la calle y gritando: "ya vienen, ya vienen", para a los pocos minutos volver a salir a la calle, con la bolsa de chuches en la mano, enfadadísimo, porque los niños en cuestión habían pasado de largo sin llamar al timbre. "Parece que fuera invisible nuestra casa, ¿pero por qué no llaman?" Total, todo un fiasco para él, que pretendía regalar sus chuches a todos los que viniesen a buscarlas, qué le vamos a hacer... Al final, parece que tarde o temprano, en mayor o menor medida, todos nos vemos arrastrados por las tendencias, y aún sin quererlo, nos dejamos llevar.

Y es que, he de reconocer, que esta fiesta tiene cada vez más seguidores, y sí en Munera también, y  la noche del 31 de octubre, un heterogéneo cortejo fúnebre recorría las calles de nuestro pueblo; diría que es el año que más gente he visto (posiblemente porque el tiempo acompañaba), y al observarlos, no pude evitar acordarme de mi padre, y lo imaginé diciendo desdeñoso: "vaya modas copiamos... menudas tontás". Diría eso,  y mucho más, aunque no voy reproducir aquí la clase de improperios que estoy segura saldrían de su boca. Tras este pensamiento sonreí para mis adentros, por varios motivos: Por el recuerdo de mi padre en sí mismo (qué alivio poder recordarlo también con una sonrisa), y porque supongo, que en el fondo, mis pensamientos no distan demasiado de los suyos.

Hace 40 años nadie había oído hablar de Halloween. La víspera del Día de todos los Santos había una cita ineludible con  Don Juan Tenorio de Zorrilla en las pantallas de televisión; era una tradición obligada que muchos todavía recuerdan y relacionan con esa noche. También hace 40 años todo el mundo acudía al cementerio a llevar flores y honrar a sus muertos, pero entonces, les llevaban tan solo, las que eran las flores típicas de los Santos: unos humildes crisantemos o unas vistosas crestas (unas flores granates muy singulares llamadas así por su parecido con dicha parte del gallo).

La víspera de los Santos, como manda la tradición, acudí yo también  al cementerio a llevarles flores a mis muertos, acompañada por mi tía y por mi madre. A pesar de que fuimos en la sobremesa, cuando pensábamos que habría menos gente, me sorprendió el bullicioso ajetreo de peregrinos que entraban y salían cargados con todo tipo de flores y jardineras. Y en ese momento, por primera vez ese día, pensé para mis adentros la frase que me acompañó durante toda la jornada: Si mi padre levantara la cabeza... De haber asistido a ese despliegue de descomunales ramos y ostentosas flores, de contemplar el lugar donde descansan los restos de nuestros antepasados en todo su esplendor, de haber visto tal afluencia de masas que abarrota durante estos días el campo santo, para quedar desierto de nuevo una vez pasada esta fecha,  hubiese comenzado con su personal discurso de quejas y aspavientos hacia esta cultura de hoy en día, que hemos acogido sin reparos, y que parece no atender  más que al "todos a una, como en Fuenteovejuna". Que el vecino le ha puesto un centro enorme y precioso de rosas rojas a su querida madre, que en paz descanse, pues cómo iba a ser menos la mía, con todo lo que yo la quería... Y crestas, crestas, pues la verdad, yo no vi ni una, y crisantemos, pues no demasiados.

Mi padre era de los que pensaba que a los muertos las flores ya no les hacen falta, "los gestos hay que hacérselos en vida" decía. Y no es que se negara a seguir con esta tradición, ni mucho menos. Las tradiciones son eso mismo, tradiciones, y hay algo en ese ritual que las acompaña, que hace que las repitamos año tras año, y que ayuda a reconfortar nuestra alma y a sentir esa íntima satisfacción del deber cumplido, que muy pocas veces podemos dejar de lado. Da pena, sin duda, observar las sepulturas carentes de flores, sobre todo, si todavía sigue con vida alguien, en cuya memoria reina todavía el recuerdo de sus moradores. Lo que me asusta irremediablemente, y creo que es lo que cabreaba a mi progenitor, a pesar de que él no llegó a ver con sus ojos la envergadura de lo que aquí cuento, es esa actitud desmedida de "lo mío más y mejor", que tratándose de un sitio inerte, en el que poco podemos encontrar de los que nos dejaron salvo una lápida fría y una fotografía varada en el tiempo, resulta ridículo y carente de sentido.

Nunca he necesitado visitar la tumba de mi padre para tenerlo presente. Tampoco me reconforta especialmente pasar tiempo delante de su lápida gris. De pie, delante de su nicho me siento como una espectadora de una injusta tragedia cuyo desenlace ya nadie podrá cambiar; contemplo hipnotizada su fotografía incrustada en ese marco ovalado y brillante,  mientras leo una y otra vez su epitafio. Allí no me encuentro mucho más cerca de él que en cualquier otro sitio, porque siempre he intentado evitar que su recuerdo quede relegado a este triste lugar. Soy consciente, por supuesto, de la necesidad, no sé si ancestral, cultural o ambas cosas, que tenemos los humanos de visitar las tumbas de nuestros seres queridos, quizás, por la certeza de que sus restos, siguen compartiendo con nosotros la tierra que pisamos. Pero yo, estoy convencida de que  su huella en este mundo, es mucho más profunda que lo que queda de ellos tras la lápida a la que acudimos a poner flores.

Son muchos los lugares en los que consigo abrazarme al recuerdo de mi padre. A menudo me sorprendo frotando mis manos contra el romero que  plantó en mi patio, hace ya muchos años, junto a los almendros que él también injertó y cuya cosecha de ciruelas hemos venido recogiendo cada verano. Los miro y viene a mi memoria la imagen nítida de sus robustas manos realizando una incisión precisa en el tronco del almendro. Lo veo sujetando entre los labios la pequeña herramienta puntiaguda que utilizaba para injertar, e introduciendo seguidamente el injerto en el tallo, uniendo las dos "yemas" con ceremoniosa paciencia. Todo un ritual del que era un verdadero experto,  y con el que conseguía ese milagro de la naturaleza que es cruzar las distintas especies.

Me llevo las manos a las fosas nasales para aspirar el inconfundible aroma del romero y acude inevitablemente el recuerdo de aquella tarde lejana en que sus manos plantaron en la tierra esos mismos romeros que hoy contemplo, y que no dejan de ser una rúbrica más de mi padre en mi  patio, en mi casa...

Lo mismo me ocurre en la que fue su casa. Son tantas las cosas que me lo recuerdan en ella, tantos objetos que tienen su sello, tantas cosas inservibles que aún conservamos por aquel "qué lástima da tirarlo tan bien como lo arregló tu padre", con tanta paciencia y maña con que lo hacía todo. Y cuántas veces he entrado al salón y he mirado hacia su sillón esperando encontrarlo con las piernas cruzadas, las gafas caídas en mitad de la nariz, sumamente concentrado en la lectura del Marca que tanto le gustaba... Podría pasarme horas recorriendo cada rincón de la vivienda, mirando sus cosas, sus fotografías, sus libros, sus libretas repletas de anotaciones con aquella letra perfecta y pulcra que hacía; su vieja maleta, en la que guardaba aquellos pequeños tesoros, aquellos objetos antiguos que conservaba de su juventud, y que no tenían valor material alguno, pero sí por supuesto, sentimental.

Podría recordar cada día sus dichos, sus historias, sus divertidas anécdotas que contaba como nadie, y con las que te atrapaba en el mismo instante en que las palabras brotaban de su boca. Su voz todavía resuena en mi cabeza, y ojalá  no deje de escucharla nunca, aunque el tiempo se empeñe en distorsionarla o desfigurarla.

Podría hacerlo, y de hecho lo hago cada día. Viajar en el tiempo y regresar al pasado que compartimos, con cada objeto, con cada recuerdo, con cada fotografía.  Viajar en el tiempo y traerlo de vuelta, sin necesidad de ninguna fecha, de ninguna víspera, aquí, ahora, a mi lado, conmigo, siempre.



jueves, 19 de septiembre de 2019

Azules grisáceos

Y por amor a la memoria 
llevo sobre mi cara 
la cara de mi padre. 

Yehuda Amijai


Azules grisáceos, así eran los ojos de mi padre. A él, y a esos ojos que sigo recordando con nostalgia, quise dedicarles hace tiempo un poema. Durante años, permaneció enquistado en mi cabeza, incapaz de terminarlo, de encontrar las palabras adecuadas antes de que la pena se apoderase de mis musas y quedase de nuevo abandonado en un cajón. 


Por fin, he logrado escribir estos versos, que no son, sino un sentido recuerdo a la figura de mi querido padre, cuya ausencia sufrimos desde hace ya casi once años. Se nos fue, y no tuvimos más remedio que aprender a vivir sin su presencia, abrigados por su indeleble recuerdo que no ha dejado de acompañarnos en todo este tiempo.

Pero no sólo su recuerdo está presente. También lo siento siempre conmigo, y aunque intangible, sé que está a mi lado en los momentos difíciles, en los tristes y en los alegres; Y lo veo constantemente en las facciones de sus hijos, en sus cuerpos, en su forma de andar, en sus inquietudes y aficiones, en sus aptitudes... y tampoco puedo evitar verlo, en el reflejo que el espejo me devuelve cada día; Sigue estando y estará, porque su esencia sigue viva en nosotros. 

He escrito este poema con esa misma certeza: somos eternos en la medida en que nuestra esencia perdura en nuestros descendientes. Tristemente, la travesía de mi padre en este mundo terminó demasiado pronto, aunque poco después de su partida, recibimos el valioso regalo de poder contemplar a diario otros bonitos ojos azules: los ojos azules grisáceos que mi hijo ha heredado de su abuelo.

El ciclo de la vida ha seguido su curso, una vez más...



A la memoria de mi padre


Azules grisáceos


Eran azules grisáceos
los ojos que tanto anhelo,
azules como las nubes,
como el gris de mar adentro.

Su mirada era serena,
y a la vez viva y despierta,
surcada por mil arrugas,
testigo de tantas gestas.

La tez morena y curtida
por el clima de esta tierra.
De sol a sol trabajando
hiciera frío o lloviera.

Sus manos grandes y fuertes
al igual que su figura,
manos rudas y callosas
por usarlas sin mesura.

Su ser, cómo describirlo...
pura fuerza y energía,
era constancia y coraje
y paciencia desmedida.

Era de gesto severo,
y de afable chascarrillo,
de rectitud implacable,
socarrón con sus amigos.                             

Era apacible silencio,
reservado y reflexivo,
de  innata verbosidad
y de la tierra erudito.

Era techumbre, cobijo,
era tantas cosas buenas,
era pilar de mi casa,     
era refugio y almena.

Azules grisáceos, sus ojos,
se inundaron de tristeza. 
Su brillo se ensombreció
nublado por la tormenta.         

Languideció su mirada
al ver su futuro incierto,
y su cuerpo envejeció
precipitado en el tiempo.                         

De aquellos robustos brazos
solo quedaron los huesos,
y aquel holgado reloj 
colgando sobre el pellejo.

La enfermedad se alojó
en su alma y en su cuerpo,
y en todos los que vivimos
su dolor y sufrimiento.     

Cuánta tristeza se agolpa
en mi mente todavía,
al recordar tanto miedo,
tanta angustia en su agonía.

Qué aciaga fue su partida,
aquellas horas sombrías.       
Su ausencia nos acompaña
desde entonces, cada día.

Y aunque la pena es eterna,
e imborrable su recuerdo,
hoy son dos bellos luceros
los que me roban el sueño.                   

Quiso Dios que azules fueran
los ojos de mi pequeño,
el fruto de mis entrañas,
la razón de mis desvelos.

Aterrizó en nuestro mundo
para colmarnos de dicha.           
Adormeció la tristeza,           
nos devolvió la sonrisa. 

Lo llenó todo de ruido,
de risas y algarabía.
Nos trajo una nueva ilusión
una nueva melodía.

Con su piel de terciopelo,
con su cabello dorado,
con esos preciosos ojos               
prueba fiel de su legado. 

Esos dos faros azules
alumbran hoy mi camino, 
esos que cubro de besos,
de ternura y de cariño.   

Con emoción los contemplo       
con auténtico deleite,
me traen de vuelta a mi padre,             
unen pasado y presente.             

De color azul grisáceo,
cuánto los echo de menos.
Los ojos de mi hijo,
como los de su abuelo.


Pórtico Literario 2019










lunes, 12 de agosto de 2019

Primos

Dicen de los primos que son los primeros amigos... Pues lo son.

O al menos en mi infancia lo eran, porque mucho han cambiado las  cosas desde entonces. Muchas han mejorado, por supuesto, aunque otras muchas no estoy tan segura de que lo hayan hecho a mejor... Cambió la sociedad, cambiaron las familias y cambió todo tanto, que a veces, cuando recuerdo la infancia que vivimos, y lo poco que se parece a la que viven ahora nuestros hijos, me parece increíble que hayan transcurrido poco más de treinta años.

Para empezar, cómo han cambiado las familias en forma y en número. Familias numerosas entonces, la mayoría. Padres ausentes (casi siempre), madres presentes sí, aunque no en los juegos y en los estudios de sus hijos como hoy en día... Madres siempre ocupadas, ocupadísimas en procurarnos  al resto de ocupantes de la casa  todo lo necesario para la supervivencia, léase comida, ropa, e higiene general. ¿Que si nos querían? Por supuesto, qué duda cabe, pero eran otros tiempos y otras formas de educar y atender a los hijos, y vaya, su atención tenía otros muchos frentes abiertos como para poder dedicar unos minutos a jugar con nosotros. 

Por suerte, hoy los hijos tienen  todo o casi todo lo que quieren y a poco que mire a mi alrededor, me doy cuenta de que, casi siempre es demasiado. Nosotros no tuvimos tanto. En aquella época no se podía y punto, y se acabó la discusión, de hecho, ni siquiera había discusión, se acataban las decisiones de los adultos sin más. Quizás sea por esa carencia, por la que  hoy se quiere materializar en los hijos todos esos deseos insatisfechos.

Y las familias, cómo se han reducido las familias... Menos hermanos, menos tíos, menos primos... Hoy, casi todos los niños pueden  contar a sus primos con los dedos de una mano, y siendo tan pocos, es muy difícil que coincidan sus edades. Y en estas circunstancias, sólo algunos afortunados llegarán a conocer el significado que nuestra generación damos a la palabra "primo", ese que resulta de haber compartido intensamente un pasado común, (infancia, juegos, y vivencias), y que desemboca, irremediablemente, en un auténtico entramado de emociones y sentimientos inigualables. 

Me vienen a la memoria tantos recuerdos de mi infancia en los que estaban mis primos, y sobre todo mis primas... tantas tardes de juegos interminables que no eran sino una fiesta, en la que las horas pasaban casi sin darnos cuenta, y en las que disfrutábamos... cómo disfrutábamos de estar juntas.

Los niños de hoy en día acumulan juguetes y más juguetes, con los que en realidad apenas juegan, atados casi siempre a videoconsolas o tablets;  Hoy, a la mayoría de nuestros hijos no se les ocurriría hacer una casa de muñecas con una caja de cartón, ni camas diminutas con unos envases y unos trapos, ni coser ropas  con unas diminutas telas, dejando unos agujeros para la cabeza y los brazos, para aquellos muñecos que había que desarmar finalmente, para poder introducirles la prenda de alta costura...

Tampoco estoy segura de que llegaran a inventar un juego para recoger más rápido los juguetes, como hacíamos antaño, (aquel loco y divertidísimo "si lo sé no vengo"), ni creo que utilizaran un sauce llorón como ducha, para después bañarse en la parte del patio soleada (que hacía las veces de piscina), y no sé si lo pasarían tan bien como nosotras inventando juegos, disfrazándose, improvisando disparatadas  obras de teatro, tomando  cafés imaginarios mientras jugábamos a ser mayores... 

Reunirnos a jugar el sábado o el domingo, en casa de los abuelos, o de los tíos, era el momento más esperado de la semana, el más divertido, el mejor... Pasar tiempo eligiendo el juego que tocaba ese día, para después jugar sin descanso durante horas, que parecían minutos. Ir a la panadería "de la Anita" a comprar aquellas magdalenas, que aunque siguen estando buenísimas, por aquel entonces, me sabían a gloria. Jugar con el balón mientras recibíamos, inmisericordes, las reprimendas de la abuela por estropear las plantas, contemplar temerosos y resguardados tras los cristales, cómo los más valientes de los primos toreaban la cabra del abuelo, observar con admiración los hurones que tenía en aquellas jaulas protegidas de la luz en la cuadra... Jugar, correr, saltar, disfrutar de la inocencia de una plácida niñez, de una etapa irrepetible en que no existían los problemas, (o al menos, a nosotros nos pasaban desapercibidos), donde lo único importante era divertirse y no desperdiciar ni un solo minuto de aquellas tardes maravillosas.

Recuerdo ahora con añoranza todos aquellos juegos inolvidables, y me doy cuenta de lo afortunadas que fuimos, y de lo prodigiosa y fantástica que era nuestra imaginación. Me doy cuenta, de lo felices que éramos entonces, con tan poco...

Pasaron los años, y dejamos de jugar con muñecas para disfrutar cantando canciones de los Chichos metidas en un seiscientos. Los estudios, el trabajo, y el rumbo que fueron tomando nuestras vidas nos fueron distanciando, espaciando las visitas... aunque sin duda, el vínculo nunca se perdió; ese lazo invisible que nos unió en un tiempo, todavía sigue latente en cada encuentro, en cada reunión.

Prima, primo, qué preciosa palabra todavía, porque viene a representar familia, sangre de mi sangre, pero también cariño y amistad sincera; una amistad  antigua, reconocida, rotunda e imperecedera.

Una palabra que significa tantas cosas...

Significa conocerse desde siempre, con todas nuestras virtudes y nuestros defectos, y reconocerse en estos cuerpos adultos que habitamos, después de tantos años. 

Significa poder contarte tu vida, tus problemas, tus alegrías, tus anhelos, con total libertad y naturalidad, aunque hayan transcurrido meses sin verte.

Significa  regresar a la infancia cuando nos reencontramos, y como en un espejo, contemplar el presente y el pasado a la vez.

Significa revivir anécdotas pasadas, contadas y recordadas una y mil veces, y no poder evitar recrearse en ellas de nuevo, en un constante déjà vu.

Significa ser feliz con su mera presencia y compartir con ellos todas nuestras alegrías y entristecerse con las penas.

Significa ser consciente de que, aunque  el tiempo pase, implacable, tus primos, tus primas, seguirán estando ahí, siempre. 


Dicen que quien tiene un amigo, tiene un tesoro.  Pues sin duda, quien tiene, como yo, una familia con tantísimos primos y primas, es poseedor de una inmensa e incalculable fortuna.






sábado, 3 de agosto de 2019

Un viaje llamado vida

Colecciono momentos. Me empeño en coleccionarlos y atesorarlos en mi memoria, aunque últimamente tengo la extravagante costumbre de escribirlos, de dejar constancia  de ellos en este blog  que habita en el limbo de internet.

¿Por qué razón? La respuesta quizás ni yo misma la sepa... Quizás simplemente sea una manera de no olvidarlos, de hacerlos eternos, de impedir que el inevitable paso del tiempo vaya cercenando los recuerdos hasta hacerlos desvanecer. Aunque, a poco que piense en ello detenidamente, me doy cuenta de que se trata de una necesidad. Necesito escribir sobre lo vivido, sobre lo sentido, sobre aquello que he tenido la suerte o la desgracia de experimentar en propia carne y que me ha estremecido, emocionado, o sencillamente me ha hecho feliz. Necesito trasladar de mi cerebro todos los pensamientos y reflexiones que se agolpan en mi cabeza después de haber sido testigo de uno de esos momentos  y sacarlos de ahí de una manera ordenada, metódica, casi obsesiva. Como si de un  notario se tratase, necesito dar fe de todo lo acontecido... que aquello que me ha pasado quede inmortalizado para siempre a golpe de tecla, por si en el futuro, el tiempo y el olvido hicieran de las suyas...

 Escribo con la íntima satisfacción de quien sabe, que dentro de unos meses, de unos años, volverá a leer sus propias palabras y volverá a revivir las experiencias sobre las que hoy, sin apenas pudor, escribe en este blog. Volveré a leerlas algún día con nostalgia, y quizás también con cierta sorpresa, al observar mi "yo" pasado y ver cómo la vida se habrá encargado de que poco o nada se parezca al que contemple entonces en el espejo de mis pensamientos.

Siempre he creído que la vida no ha de entenderse sino como  un viaje; Un viaje maravilloso a veces, aunque otras muchas se convierta en toda una odisea, en un periplo demasiado arduo, o demasiado triste. A ese viaje dedica Kavafis su poema Ítaca, un poema que me marcó desde que lo leí por primera vez. Con un lenguaje y una belleza incuestionables, Ítaca resume perfectamente todo lo que pienso acerca de este hermoso viaje que es la vida. Un poema al que regreso una y otra vez...

... "Pide que el camino sea largo, 
lleno de aventuras, lleno de experiencias"... 

Como un cincel, el discurrir de la vida va erosionando y moldeando nuestra alma. Dibuja sus trazos en nuestro ser dejando huellas, a veces someras y otras hondas y profundas, aunque siempre imborrables. Unas huellas que nos van cambiando por dentro originando una verdadera metamorfosis aparentemente invisible, pero que se produce de manera continua e imparable hasta el día de nuestra muerte.

Desconfío de las personas que no llegan a experimentar esa metamorfosis, de aquellos que, convertidos ya en adultos o ancianos, continúan siendo iguales que en su infancia o en su juventud, con la misma forma de ser y de pensar...

La vida constituye en sí misma un arduo y constante aprendizaje, y como tal, hemos de procurar aprender de todas sus lecciones y  enseñanzas, y avanzar para intentar siempre ser mejores; Hemos de tratar de soltar el lastre de todo lo mezquino y lo superfluo que encontremos a nuestro paso, y acoger todas las experiencias que se nos brindan, todo aquello que aparentemente no tiene valor y que, por el contrario, constituye el mayor de los tesoros: las personas que se cruzan en nuestro camino, y los momentos irrepetibles que compartimos con ellas, esos que nos colman el corazón, y que definitivamente, hacen que la vida merezca la pena.

En mi viaje, también he descubierto que no sólo los momentos y las personas dejan huella, también lo hacen, sin duda, los libros. Quien ha descubierto el poder de la lectura, su capacidad para cambiar nuestro interior, para ponernos en el lugar de los demás, para conocer al ser humano en todas sus facetas, buenas o malas y para ayudarnos a reconocernos a nosotros mismos en esas mismas facetas... aquellos que lo han conseguido, ya nunca volverán a ser los mismos.

La vida es un viaje y yo, probablemente, haya recorrido ya la mitad del trayecto. Quién sabe qué me deparará el resto del camino, prefiero apartar ese pensamiento de mi horizonte... Hoy, tan solo me conformo con disfrutar de cada parada, de cada día, de cada minuto... Y me conformo, desde luego, con gozar de los pequeños placeres que nos brinda: un abrazo, un beso, la irreemplazable compañía de mi familia y amigos, un buen teatro o una buena lectura,  una conversación amena, un paseo tranquilo, una apetitosa comida,  la música... y, sin duda, con disfrutar de la amistad sincera y reconfortante de esas personas especiales que, a pesar de la distancia y del tiempo, siguen estando ahí, detrás de una pantalla, de un móvil o de un auricular, tan lejos y tan cerca a la vez.

Seguramente sea ese el secreto de la felicidad: gozar intensamente de la existencia sin esperar mucho más, simplemente disfrutando del momento, deleitándonos con él, y en él.

Será por esto por lo que me empeño en coleccionar momentos, y por lo que me esfuerzo en  poner, a través de mi trabajo y de mis actos, mi granito de arena en este mundo tan loco que nos ha tocado vivir. Y será por este afán, por el que últimamente no dejo de sembrar palabras y más palabras, a lo largo y ancho del fecundo universo que me rodea. Será, por lo que no dejo de escribir esta avalancha de palabras que surgen, sin cesar, de lo más profundo de mi alma; de sembrarlas, negro sobre blanco,  para recoger después los más valiosos frutos: el cariño y  la gratitud de tantas personas a las que han logrado conmover. Sin duda, deben ser estas las valiosas riquezas  de las que habla Kavafis en su poema...

Ojalá y mi viaje sea largo, que dure muchos años, y el día que llegue a Ítaca, ya vieja y cansada, al echar la vista atrás pueda afirmar felizmente que el viaje ha merecido la pena. :)











He recorrido ya medio viaje
apenas unos recuerdos me quedan
y un corazón roto y dolorido.
Una nostalgia interior me acompaña,
los ojos del llanto la delatan.
Bajo el purpúreo marchar del sol
acabaré en el bosque del recuerdo.
                           
                                   M. Nieves R.


Feliz cumpleaños al cielo

  Hoy, 1 de julio, mi padre hubiera cumplido 86 años. En la foto tenía unos cuantos menos. Así dice la IA que sería la ajada fotografía en b...