domingo, 18 de enero de 2026

Construir, habitar, pensar


 "Todos podemos ser escultores de nuestro
          propio cerebro si nos lo proponemos".
                                Santiago Ramón y Cajal



Una Navidad más a las espaldas (o mejor dicho a los riñones, porque es imposible acabar indemne y sin un kilo demás, después de casi tres semanas de excesos y polvorones). Y un año más, que caminamos desde la casilla de salida con una suerte de sentimientos encontrados: Por un lado, la expectativa. El ferviente e iluso deseo de que el nuevo año nos depare todo lo bueno que no nos deparó el anterior. Y por otro lado,  el miedo y la incertidumbre por lo que vendrá, acentuados si cabe, por estos tiempos que corren, tan aciagos y volátiles.

Y no es para menos. Comenzamos el año asistiendo atónitos al secuestro de Maduro y de su esposa. Por muy dictador que sea este personaje, resulta inconcebible que esto haya ocurrido y más, sabiendo las verdaderas razones que se ocultan detrás de un hecho que nada tiene de inocente. 

El mundo se ha convertido en un lugar hostil donde impera la ley del más fuerte. Parece que ya nada pueda sorprendernos y andamos asqueados de tanta violencia, de tanta falta de respeto, de tanta intolerancia y de tanta polaridad (palabreja está muy de moda, que, junto a arancel, se ha colado en nuestras tertulias en los últimos tiempos). El mundo parece empeñado en enfrentarnos, en separarnos, en fomentar la individualidad y dejar de lado cualquier atisbo de colectividad, solidaridad o unión. Al grito de "sálvese quién pueda" cada cual rema para una orilla, sin darse cuenta de que, para mantenerse a flote, es necesario hacerlo en la misma dirección.

Paradójicamente, la paz y el amor que tanto se predican en Navidad, se quedan muchas veces en mera impostura, o quizás encuentran su destinatario en la primera persona del singular. Con lo que a mí me gustaban estas fechas y cada año se me resisten más... Supongo que toda esa felicidad impostada, los buenos deseos reenviados y el consumismo sin freno al que estamos abocados, acaban generando un rechazo incontrolable en alguien como yo, que no necesita de tanta alharaca ni de tanto esnobismo para disfrutar de las pequeñas cosas. Así he pasado la Navidad. En familia, sin grandes planes, sin viajes, sin grandes celebraciones, sin demasiadas aspiraciones... Cumpliendo con los rituales y las tradiciones de manera sencilla y sosegada. 

Y como no podía ser de otra manera, los libros también me han acompañaron en Navidad. La lectura es siempre refugio y abrigo. Una auténtica medicina para el alma, como venimos predicando en los últimos tiempos con el proyecto "Libros que curan". Siempre supimos que curaban la ignorancia, pero ahora más que nunca estamos convencidos -estoy convencida- del poder sanador y transformador de la lectura. Recomendar y compartir estos medicamentos tan especiales, resulta una experiencia reconfortante. Pero además, es ya habitual que la lectura me lleve a la escritura y que tras leer un libro, una suerte de revelaciones y sinergias se manifiesten en mi cabeza, como si de repente todas las piezas del rompecabezas encajasen. 

"El puente donde habitan las mariposas", de Nazareth Castellanos, es uno de los últimos libros que he leído y que, sin duda, me ha dejado una gran huella. Ya conocía muchos de los conceptos y tesis que explica en el libro su autora, pero leer y profundizar en sus investigaciones y argumentos, ha supuesto encontrar esa chispa que surge de repente y hace que todo tenga sentido.

"El mundo es un lugar que sincroniza corazones", afirma Nazareth y no es una mera afirmación o frase bonita, sino que, en verdad, está científicamente demostrado que existe una sintonía biológica donde nuestros corazones se acoplan físicamente con los de los demás. Así, además de la irrefutable sincronía que se produce madre-hijo, dos personas que mantienen una conversación de atención y escucha plenas, sobre todo si media por medio la emoción, sincronizan sus corazones. Un experimento citado por Castellanos en su libro demuestra que, si una de ellas comienza a respirar de forma pausada y a meditar (sin avisar a la otra), el corazón de la otra puede empezar a sincronizarse con el suyo, simplemente por estar en ese espacio compartido de atención. ¿No les parece algo maravilloso? ¿Imaginan si en este mundo enfrentado y apático que se extiende como una marea negra, millones de corazones se pudieran sincronizar en un mismo latido de amor y fraternidad?

Con esa máxima me he quedado de esta lectura: con el anhelo de un mundo de corazones conectados, que sustituya a toda esta barbarie. Pero además, gran parte de este ensayo gira en torno a la obra y pensamiento de Martín Heidegger, filósofo alemán y uno de los pensadores más destacados del siglo XXI. Su libro "Construir, habitar, pensar", que tomo prestado para titular esta entrada, sirve a Nazareth para explicar que nuestro bienestar depende de nuestra capacidad de habitar el cuerpo (estar presentes), lo que nos permite construir un cerebro más sano y por ende, pensar con mayor dignidad y conciencia. Dice la neurocientífica que al "habitar" conscientemente el cuerpo y regular procesos como la respiración, estamos "construyendo" o esculpiendo físicamente nuestra arquitectura cerebral para fomentar la calma y la claridad mental.

Qué importante es encontrar la claridad mental en estos tiempos confusos que nos ha tocado vivir. Afirma Nazareth: "Sin calma no hay claridad. La falta de calma conlleva confusión. Desde ahí es imposible no errar. Cuántas decisiones hemos ejecutado, cuántas palabras hemos pronunciado, cuánto daño hemos sido capaces de tolerar y generar por falta de claridad. El miedo, el estrés, la ansiedad y el desprecio nos nublan la claridad". Ay... más razón que un santo lleva esta mujer. ¿Cuántas veces hemos errado a lo largo de nuestra vida por decir en caliente un montón de bobadas nacidas de los sentimientos más viscerales, cuando lo aconsejable hubiera sido alejarse en silencio y calmar los pensamientos? Alimentar al lobo equivocado tiene sus consecuencias y tanto si hablamos de sentimientos y emociones individuales, como si son colectivos y nos atañen como sociedad, la fiera acabará devorándonos.

La clave para conseguir esa calma necesaria nos la ofrece también Nazareth: "La respiración sincroniza conjuntos neuronales y coordina las redes cerebrales. Una respiración a la deriva es una mente a deriva", o lo que es lo mismo, la respiración es clave para establecer puentes entre el mundo exterior e interior y reconstruir así nuestra arquitectura neuronal. Y no puedo estar más de acuerdo con el maestro Ramón y Cajal: "todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro si nos lo proponemos". 

Así lo he creído siempre. El crecimiento personal es posible. Nos obsequiaron con el don de la vida y tenemos la obligación de vivirla conscientemente, de transformarnos y de evolucionar, en un proceso constante a través del aprendizaje, de las experiencias, del autoconocimiento, de la interacción con los demás... Solo necesitamos voluntad. Afirma Castellanos: "Si hay algo en nosotros verdaderamente divino es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, corregimos el cerebro y nos superamos diariamente". Cualquier cambio asusta y el miedo atenaza la voluntad, es cierto, pero parafraseo de nuevo a la autora, "ser valiente no es no tener miedo, sino caminar junto a él". 

Quizá sea mi mente soñadora e ingenua, al más estilo quijotesco  ("... cambiar el mundo, amigo Sancho, no es locura ni utopía, sino justicia"), la que me lleva a creer que un mundo mejor es posible. Quizá sea algo tan sencillo como que todos y cada uno de nosotros volvamos a construir, habitar y pensar. 

Construir un mundo en el que el respeto sea nuestra bandera. Donde aceptemos nuestras diferencias, donde vivamos esas cuantas décadas de fugaz existencia que nos brinda la vida en paz y armonía.

Habitar debe ser la esencia del ser humano y el hombre moderno ha olvidado cómo habitar. Habitar conlleva cuidar, proteger. Dejar de ser para pertenecer. Proteger las cosas en su esencia y no dominarlas. Habitar con dignidad y propósito.

Pensar... Sin pensamiento estamos perdidos. Pensar para re conectar con la propia esencia del habitar y superar la falta de sentido contemporánea. Pensar como puente entre habitar y construir.

Construir, habitar y pensar, tres verbos más necesarios que nunca y que han sido sustituidos por destruir, deshumanizar e ignorar. Qué triste panorama para un año en el que nos sumergimos cargados de incertidumbres y temores. ¿Qué desear de manera más enérgica sino "la paz y la palabra" a las que aludió en su día Blas de Otero?

Por supuesto, al nuevo año le pido salud. Dice Nazareth que "la salud es el silencio del cuerpo" y qué afortunados somos cuando nos acompaña. Y tan necesaria como la salud física es la salud mental y emocional. Porque con la cantidad de dramas que se suceden en el planeta, con la profusión de informaciones que nos llegan cada día (sin apenas noticias positivas o alentadoras), se necesita mucha voluntad, muchas ganas de construir y habitar, para no caer en el desánimo. Recurro ahora a mi admirado Rafael Cabanillas al que agradezco y alabo estas palabras: "Para no morir de angustia, para no dejarnos arrastrar por la negrura, para no contagiarnos de su toxicidad, reivindiquemos la esperanza, la alegría y la belleza de la vida. El valor del humanismo, de la sencillez y de la naturaleza, como ejes vertebrales de nuestra existencia. Sin permitir que esa abominable gente nos robe y ponga sus sucias manos en nuestros limpios corazones y en nuestras conciencias".

Reivindicar la esperanza, la alegría y la belleza de la vida, eso podemos hacerlo ¿verdad? La vida es bella, aún en las peores circunstancias. La clave, posiblemente, esté en no perder el sentido de la existencia, en no eludir responsabilidades, en cruzar ese puente donde habitan las mariposas.

Dicen del hombre que es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Quien hizo este refrán se quedó corto. Ojalá la humanidad logre algún día aprender de sus errores y no volver a repetirlos.

Autobiografía en cinco capítulos. Portia Nelson



Epílogo:

"Todos llevamos heridas, más grandes o más pequeñas, todos cobijamos traumas en nuestra memoria y en nuestro cuerpo; podríamos ser y estar mejor, aunque no estemos aparentemente mal. Y todos tenemos la responsabilidad de buscar una mejor versión de nosotros mismos. La responsabilidad de cuidarse, de ofrecernos y ofrecer la mejor escultura posible".

El pasado 31 de diciembre, como ya es tradición, mi hijo y yo acudimos a la Milla Solidaria. Llegábamos tarde, casi a la carrera. Al llegar a la plaza, con gran afluencia de asistentes, un niño gritó mi nombre. Corrió hacia mí y al momento me vi rodeada de más niños y niñas que gritaban mi nombre, felices de verme. Aturdida, me desprendí de sus abrazos como pude y me encaminé a comprar los dorsales, puesto que iba a empezar la carrera. Fue uno de los momentos más emotivos del año y quiero pensar que la versión de mí que les ofrezco a esos pequeños cada semana, les ayude en el futuro a construirse, habitar y pensar. Ojalá.


Construir, habitar, pensar

 " Todos podemos ser escultores de nuestro           propio cerebro si nos lo proponemos".                                 Santiag...