martes, 24 de diciembre de 2019

Feliz Navidad





La Navidad ha llegado a nuestros hogares un año más. Una fiesta para muchos ansiada y deseada, para otros odiada y detestada, aunque sin duda, una celebración que para nadie resulta indiferente, ya que es casi imposible escapar a sus influjos.

He de confesar que a mí siempre me ha gustado, y he disfrutado con placer de toda su parafernalia. Y lo sigo haciendo, pues es indudable que quien tiene un niño en casa, vive la Navidad de manera especial, contagiado por esa ilusión y esa tierna inocencia de la que sólo los pequeños hacen gala... En verdad, cualquier momento del año se vive de manera diferente y especial si tienes la inmensa fortuna de vivirlo a través de los ojos de un niño.

Sin embargo, también he de decir que la Navidad que nuestros hijos conocen, se parece cada vez menos a las Navidades de mi infancia. 

Me da vértigo esta Navidad resplandeciente, engalanada de luces y adornos por todas partes, sobre todo en las grandes ciudades, que compiten por el cuestionable título de ser "la más luminosa" (olvidadas por unas cuantas semanas la famosa Cumbre del planeta y ese preocupante cambio climático que nos acecha...). 

Puedo llegar a comprender a esas personas que no soportan los villancicos sin descanso y a todo volumen, o a las que intentar huir -como es mi caso- de las calles abarrotadas de gente bajo el alumbrado, cargadas de bolsas, con prisas por comprar, por celebrar la Navidad de la única manera que parecen conocer.

Casi me sonroja esta obsesión por comprar y comprar, de poner en la mesa exquisiteces y manjares a precios desorbitados; esta fiebre por regalar objetos, juguetes, obsequios de diversa índole, que alcanza ya dimensiones desmesuradas, y que conseguirá en algún momento del camino, -si es que no lo ha hecho ya-, que no lleguemos a valorar absolutamente nada de todo lo material que nos rodea, que no seamos conscientes de que el verdadero regalo no está en el interior del paquete, sino en las manos, y en el corazón de la persona que te lo ofrece.

Navidad se ha convertido hoy en publicidad. Minutos y minutos interminables de publicidad, sobre todo de perfumes, cuyos nombres pronuncian con letanía modelos de belleza aúrea y languidez extrema. Parfum de Cacharel, balbucean con un hilo de voz, exhaustas, casi al punto del desmayo. Y anuncios conmovedores, donde los seres queridos son recibidos entre lágrimas y abrazos, porque, como el turrón, todo el mundo vuelve a casa por Navidad..

Y es que la Navidad de hoy en día es la que se nos muestra en televisión en todo su esplendor, la felicidad personificada en una familia perfecta que sonríe despreocupada frente a la chimenea, que canta villancicos en armonía junto a un árbol de Navidad perfecto, en una casa perfecta, en un mundo perfecto. Una estampa edulcorada de la felicidad que, por desgracia, pocas veces se parece a la vida real. 

Este mundo que nos ha tocado vivir nos alinea sin remedio imponiéndonos sus cánones, y en Navidad, lo que se lleva es derrochar, en todos los sentidos. Has de prodigar felicidad por los cuatro costados, y para ello, comprar un montón de productos que probablemente no necesites, pero que, desde luego, te harán muy feliz, has de reunirte con los compañeros, con la familia, con los amigos... y salir a divertirte, y comer, y beber... Y así, abocados a ese diluvio de felicidad tangible y arrebatadora, nos hemos de olvidar de las penas, de las injusticias, del hambre en el mundo, de las guerras, de los sin techo... No, en Navidad parece no haber cabida para la tristeza. Nada de pensar en ella, nada de aguafiestas, al cuerno la melancolía. Tómate una copita y un mazapán y olvídate de los problemas por unos días..

Ah, y la lotería... No hay Navidad sin sorteo extraordinario de lotería, un sorteo cuya probabilidad de resultar premiado resulta irrisoria, pero en el que muchos confían su suerte, sus esperanzas, y sobre todo, sus ahorros. Año tras año asistimos con resignación a ese espectáculo de felicidad desbordante, de euforia desatada de unos pocos afortunados, y tras él, no nos queda más que agrader la mucha, o la poca salud que nos ha tocado en suerte (ahora, que nadie te diga en ese preciso momento, que el dinero no da la felicidad, que se lo pregunten a esos que ves pegando saltos en tu pantalla de televisión...). 

En todo esto se ha convertido la Navidad, como tantas otras cosas hoy en día, en una nube de excesos a la que nos vemos abocados sin remedio. Aún así, me siguen gustando estas fiestas. Me gustan, aunque ya nunca podrán compararse a las Navidades de mi infancia, esas cuyo recuerdo me llena de profunda melancolía.

Navidad eran aquellas maravillosas y multitudinarias reuniones familiares en las que los primos -las primas-, aprovechábamos para jugar sin descanso, contagiados del ambiente festivo. Era ver a mi querido abuelo Antonio tocando la zambomba, el mismo que nos sacaba caramelos de las orejas como por arte de magia. A pesar de los años transcurridos, su imagen haciendo sonar aquel rudimentario instrumento se mantiene nítida en mi memoria; Lo recuerdo mojando su mano en una pequeña palangana de porcelana, y arrastrarla después a lo largo del astil haciendo vibrar con aquel movimiento la fina membrana de piel, y produciendo así el característico sonido de la zambomba. Y lo recuerdo también cantando villancicos con su inconfundible voz, mientras rascaba una cuchara contra una botella de anís, rodeado por sus nietos que lo mirábamos embelesados, y que bailábamos al son de la música, mientras él, consciente de ser el centro de atención, el alma de la fiesta, sonreía y nos miraba con sus ojos vivarachos.

Navidad era la obligada "misa del gallo" tras la cual dedicábamos un buen rato a contemplar con auténtica fascinación el inmenso belén parroquial. Era montar el árbol y el belén junto a mis hermanos. Recoger un montón de césped del campo, que intentábamos sacar de una sola pieza, y con el que realizábamos un precioso belén, cada año más recargado y detallista. Era cantar villancicos en el pasillo de casa tocando las panderetas, y aquellas noches que pasábamos casi en vela esperando la llegada de los Reyes Magos. Pocas veces nos traían exactamente aquello que habíamos pedido, aunque ahora que lo pienso, poco importaba; aquello era una fiesta, eran nervios, ilusión, espera...Levantarnos con los primeros rayos de sol y ocupar el pasillo en busca de nuestros regalos tras escuchar la esperada confirmación: ¡Ya han llegado! En aquellos tiempos apenas habíamos oído hablar de Papá Noel, ese viejecito encantador entrado en carnes, y de cabellos plateados, que hoy visita también casi todos nuestros hogares en Nochebuena y que pugna por desbancar a sus Majestades de Oriente. 

Navidad era felicitar las Pascuas a familiares y amigos con una postal... Ahora ya casi nadie las escribe, y si te llega alguna, tienes la sensación de haber recibido un regalo único y extraordinario. Hoy todo el mundo reenvía mensajes y felicitaciones a través del teléfono, que se repiten una y otra vez, las mismas frases hechas, imágenes y mensajes impersonales que te llegarán por un grupo de wassap, por dos, por cuatro. Porque todo el mundo te desea Feliz Navidad en estos días, movidos por este torrente de felicidad y amor contagioso e inherente a estas fiestas, y que lamentablemente parece sumirse en el olvido el resto del año. 

Sí, me sigue gustando la Navidad, aunque si soy honesta, también he de admitir que conforme van pasando los años, no la recibo con el mismo entusiasmo de antaño. A medida que se acercan estas fechas, la añoranza se instala en mis pensamientos, y no puedo evitar tener más presentes, si cabe, a los que ya no están. Son ya muchas las sillas vacías, muchos los que no acudirán a la cita esta Nochebuena, a los que echaremos de menos, y cuya ausencia hará que nos escueza en el alma la tristeza. La Navidad ya nunca volverá a ser igual sin ellos, y lo peor, es que el tiempo no puede pararse, seguirá corriendo incansable y se empeñará en trasformar en algún momento nuestro mundo, este mundo imperfecto que nos rodea y que pagaríamos porque siguiese estando así muchos años, tal cual está, con sus virtudes y sus defectos. Quién pudiera detener el tiempo... Quién pudiera regresar al pasado, a aquellos tiempos en que no faltaba nadie, en los que éramos inmensamente ricos sin ser conscientes de ello.

Ya ha llegado la Navidad, y repetiremos una vez más como autómatas, todas sus tradiciones. Nos veremos envueltos en sus rituales, comulgaremos con sus excesos, haremos probablemente todo aquello que aborrecemos o con lo que estamos en desacuerdo. Lo haremos probablemente, aunque quisiera pensar que todavía existe un poco de cordura en nuestro interior y que algunos no hemos sucumbido por completo al consumismo excesivo y desmedido al que parece que estamos abocados. Quisiera pensar que el espíritu navideño, la esencia de la Navidad, ese deseo de paz, de amor, de concordia y de solidaridad que aflora en estas fechas perdurará durante todo el año

Pero es Navidad, y a pesar de todo... ¿quién puede resistirse a la magia de la Navidad?




Si mis palabras te han llegado a través de mí, significa que formas parte importante de mi vida, o que quizás, he tenido la suerte de coincidir contigo en algún momento del camino, de disfrutar de tu compañía (no importa que no nos veamos a menudo, o que no hayamos hablado en los últimos meses...). En cualquier caso, me gustaría desearte una Feliz Navidad, por supuesto, aunque también quisiera que en cada uno de los días del año te acompañara el espíritu de la Navidad, ese que está ahí, agazapado detrás de toda esta efusividad navideña, detrás de este escaparate de armonía y felicidad. Me gustaría desearte, de todo corazón, que la salud te acompañe siempre, y que encuentres la felicidad cada día en tu familia y amigos, en la gente que te rodea, en las pequeñas cosas, y sobre todo, en los momentos especiales que se nos brindan, y que hacen que la vida merezca la pena.

Feliz Navidad,
Feliz año, y 
FELIZ VIDA.











viernes, 8 de noviembre de 2019

La víspera





Si mi padre levantara la cabeza... Eso pensé la otra anoche, la víspera del Día de los Santos, cuando vi a los numerosos grupos de niños y niñas, de jóvenes y no tan jóvenes disfrazados, pintarrajeados hasta las orejas, (algunos de los disfraces conseguidísimos y realmente originales). Un desfile de muertos vivientes que reivindicaba, un año más, una fiesta ajena a nuestras tradiciones y costumbres, pero que definitivamente, llegó para quedarse. Sea como fuere, era la segunda vez en el mismo día en que ese pensamiento rondaba mi cabeza. Si mi padre levantara la cabeza...

No es mi intención despotricar aquí del "jalogüín", como lo llaman los abuelos, (articulan despacio cada sílaba, temerosos por meter la pata cuando salga de su boca esta palabra, para ellos impronunciable). Lo respeto, como respeto tantas otras fiestas y tradiciones que me resultan indiferentes, aunque, por supuesto entiendo que esta en concreto haya calado tanto en los pequeños, atraídos por los disfraces, y claro, por las chuches; cómo no les iba a gustar algo así... Y desde luego, reconozco haber decorado la biblioteca en varias ocasiones este día, y aprovechar para contar cuentos de miedo y esas cosas. En este caso, el lema de "si no puedes con ellos, únete" es algo inevitable y conveniente, no lo negaré.

Mi propio hijo, a quien por cierto, tampoco le atrae demasiado esta celebración, se pasó la noche asomándose a la calle y gritando: "ya vienen, ya vienen", para a los pocos minutos volver a salir a la calle, con la bolsa de chuches en la mano, enfadadísimo, porque los niños en cuestión habían pasado de largo sin llamar al timbre. "Parece que fuera invisible nuestra casa, ¿pero por qué no llaman?" Total, todo un fiasco para él, que pretendía regalar sus chuches a todos los que viniesen a buscarlas, qué le vamos a hacer... Al final, parece que tarde o temprano, en mayor o menor medida, todos nos vemos arrastrados por las tendencias, y aún sin quererlo, nos dejamos llevar.

Y es que, he de reconocer, que esta fiesta tiene cada vez más seguidores, y sí en Munera también, y  la noche del 31 de octubre, un heterogéneo cortejo fúnebre recorría las calles de nuestro pueblo; diría que es el año que más gente he visto (posiblemente porque el tiempo acompañaba), y al observarlos, no pude evitar acordarme de mi padre, y lo imaginé diciendo desdeñoso: "vaya modas copiamos... menudas tontás". Diría eso,  y mucho más, aunque no voy reproducir aquí la clase de improperios que estoy segura saldrían de su boca. Tras este pensamiento sonreí para mis adentros, por varios motivos: Por el recuerdo de mi padre en sí mismo (qué alivio poder recordarlo también con una sonrisa), y porque supongo, que en el fondo, mis pensamientos no distan demasiado de los suyos.

Hace 40 años nadie había oído hablar de Halloween. La víspera del Día de todos los Santos había una cita ineludible con  Don Juan Tenorio de Zorrilla en las pantallas de televisión; era una tradición obligada que muchos todavía recuerdan y relacionan con esa noche. También hace 40 años todo el mundo acudía al cementerio a llevar flores y honrar a sus muertos, pero entonces, les llevaban tan solo, las que eran las flores típicas de los Santos: unos humildes crisantemos o unas vistosas crestas (unas flores granates muy singulares llamadas así por su parecido con dicha parte del gallo).

La víspera de los Santos, como manda la tradición, acudí yo también  al cementerio a llevarles flores a mis muertos, acompañada por mi tía y por mi madre. A pesar de que fuimos en la sobremesa, cuando pensábamos que habría menos gente, me sorprendió el bullicioso ajetreo de peregrinos que entraban y salían cargados con todo tipo de flores y jardineras. Y en ese momento, por primera vez ese día, pensé para mis adentros la frase que me acompañó durante toda la jornada: Si mi padre levantara la cabeza... De haber asistido a ese despliegue de descomunales ramos y ostentosas flores, de contemplar el lugar donde descansan los restos de nuestros antepasados en todo su esplendor, de haber visto tal afluencia de masas que abarrota durante estos días el campo santo, para quedar desierto de nuevo una vez pasada esta fecha,  hubiese comenzado con su personal discurso de quejas y aspavientos hacia esta cultura de hoy en día, que hemos acogido sin reparos, y que parece no atender  más que al "todos a una, como en Fuenteovejuna". Que el vecino le ha puesto un centro enorme y precioso de rosas rojas a su querida madre, que en paz descanse, pues cómo iba a ser menos la mía, con todo lo que yo la quería... Y crestas, crestas, pues la verdad, yo no vi ni una, y crisantemos, pues no demasiados.

Mi padre era de los que pensaba que a los muertos las flores ya no les hacen falta, "los gestos hay que hacérselos en vida" decía. Y no es que se negara a seguir con esta tradición, ni mucho menos. Las tradiciones son eso mismo, tradiciones, y hay algo en ese ritual que las acompaña, que hace que las repitamos año tras año, y que ayuda a reconfortar nuestra alma y a sentir esa íntima satisfacción del deber cumplido, que muy pocas veces podemos dejar de lado. Da pena, sin duda, observar las sepulturas carentes de flores, sobre todo, si todavía sigue con vida alguien, en cuya memoria reina todavía el recuerdo de sus moradores. Lo que me asusta irremediablemente, y creo que es lo que cabreaba a mi progenitor, a pesar de que él no llegó a ver con sus ojos la envergadura de lo que aquí cuento, es esa actitud desmedida de "lo mío más y mejor", que tratándose de un sitio inerte, en el que poco podemos encontrar de los que nos dejaron salvo una lápida fría y una fotografía varada en el tiempo, resulta ridículo y carente de sentido.

Nunca he necesitado visitar la tumba de mi padre para tenerlo presente. Tampoco me reconforta especialmente pasar tiempo delante de su lápida gris. De pie, delante de su nicho me siento como una espectadora de una injusta tragedia cuyo desenlace ya nadie podrá cambiar; contemplo hipnotizada su fotografía incrustada en ese marco ovalado y brillante,  mientras leo una y otra vez su epitafio. Allí no me encuentro mucho más cerca de él que en cualquier otro sitio, porque siempre he intentado evitar que su recuerdo quede relegado a este triste lugar. Soy consciente, por supuesto, de la necesidad, no sé si ancestral, cultural o ambas cosas, que tenemos los humanos de visitar las tumbas de nuestros seres queridos, quizás, por la certeza de que sus restos, siguen compartiendo con nosotros la tierra que pisamos. Pero yo, estoy convencida de que  su huella en este mundo, es mucho más profunda que lo que queda de ellos tras la lápida a la que acudimos a poner flores.

Son muchos los lugares en los que consigo abrazarme al recuerdo de mi padre. A menudo me sorprendo frotando mis manos contra el romero que  plantó en mi patio, hace ya muchos años, junto a los almendros que él también injertó y cuya cosecha de ciruelas hemos venido recogiendo cada verano. Los miro y viene a mi memoria la imagen nítida de sus robustas manos realizando una incisión precisa en el tronco del almendro. Lo veo sujetando entre los labios la pequeña herramienta puntiaguda que utilizaba para injertar, e introduciendo seguidamente el injerto en el tallo, uniendo las dos "yemas" con ceremoniosa paciencia. Todo un ritual del que era un verdadero experto,  y con el que conseguía ese milagro de la naturaleza que es cruzar las distintas especies.

Me llevo las manos a las fosas nasales para aspirar el inconfundible aroma del romero y acude inevitablemente el recuerdo de aquella tarde lejana en que sus manos plantaron en la tierra esos mismos romeros que hoy contemplo, y que no dejan de ser una rúbrica más de mi padre en mi  patio, en mi casa...

Lo mismo me ocurre en la que fue su casa. Son tantas las cosas que me lo recuerdan en ella, tantos objetos que tienen su sello, tantas cosas inservibles que aún conservamos por aquel "qué lástima da tirarlo tan bien como lo arregló tu padre", con tanta paciencia y maña con que lo hacía todo. Y cuántas veces he entrado al salón y he mirado hacia su sillón esperando encontrarlo con las piernas cruzadas, las gafas caídas en mitad de la nariz, sumamente concentrado en la lectura del Marca que tanto le gustaba... Podría pasarme horas recorriendo cada rincón de la vivienda, mirando sus cosas, sus fotografías, sus libros, sus libretas repletas de anotaciones con aquella letra perfecta y pulcra que hacía; su vieja maleta, en la que guardaba aquellos pequeños tesoros, aquellos objetos antiguos que conservaba de su juventud, y que no tenían valor material alguno, pero sí por supuesto, sentimental.

Podría recordar cada día sus dichos, sus historias, sus divertidas anécdotas que contaba como nadie, y con las que te atrapaba en el mismo instante en que las palabras brotaban de su boca. Su voz todavía resuena en mi cabeza, y ojalá  no deje de escucharla nunca, aunque el tiempo se empeñe en distorsionarla o desfigurarla.

Podría hacerlo, y de hecho lo hago cada día. Viajar en el tiempo y regresar al pasado que compartimos, con cada objeto, con cada recuerdo, con cada fotografía.  Viajar en el tiempo y traerlo de vuelta, sin necesidad de ninguna fecha, de ninguna víspera, aquí, ahora, a mi lado, conmigo, siempre.



jueves, 19 de septiembre de 2019

Azules grisáceos

Y por amor a la memoria 
llevo sobre mi cara 
la cara de mi padre. 

Yehuda Amijai


Azules grisáceos, así eran los ojos de mi padre. A él, y a esos ojos que sigo recordando con nostalgia, quise dedicarles hace tiempo un poema. Durante años, permaneció enquistado en mi cabeza, incapaz de terminarlo, de encontrar las palabras adecuadas antes de que la pena se apoderase de mis musas y quedase de nuevo abandonado en un cajón. 


Por fin, he logrado escribir estos versos, que no son, sino un sentido recuerdo a la figura de mi querido padre, cuya ausencia sufrimos desde hace ya casi once años. Se nos fue, y no tuvimos más remedio que aprender a vivir sin su presencia, abrigados por su indeleble recuerdo que no ha dejado de acompañarnos en todo este tiempo.

Pero no sólo su recuerdo está presente. También lo siento siempre conmigo, y aunque intangible, sé que está a mi lado en los momentos difíciles, en los tristes y en los alegres; Y lo veo constantemente en las facciones de sus hijos, en sus cuerpos, en su forma de andar, en sus inquietudes y aficiones, en sus aptitudes... y tampoco puedo evitar verlo, en el reflejo que el espejo me devuelve cada día; Sigue estando y estará, porque su esencia sigue viva en nosotros. 

He escrito este poema con esa misma certeza: somos eternos en la medida en que nuestra esencia perdura en nuestros descendientes. Tristemente, la travesía de mi padre en este mundo terminó demasiado pronto, aunque poco después de su partida, recibimos el valioso regalo de poder contemplar a diario otros bonitos ojos azules: los ojos azules grisáceos que mi hijo ha heredado de su abuelo.

El ciclo de la vida ha seguido su curso, una vez más...



A la memoria de mi padre


Azules grisáceos


Eran azules grisáceos
los ojos que tanto anhelo,
azules como las nubes,
como el gris de mar adentro.

Su mirada era serena,
y a la vez viva y despierta,
surcada por mil arrugas,
testigo de tantas gestas.

La tez morena y curtida
por el clima de esta tierra.
De sol a sol trabajando
hiciera frío o lloviera.

Sus manos grandes y fuertes
al igual que su figura,
manos rudas y callosas
por usarlas sin mesura.

Su ser, cómo describirlo...
pura fuerza y energía,
era constancia y coraje
y paciencia desmedida.

Era de gesto severo,
y de afable chascarrillo,
de rectitud implacable,
socarrón con sus amigos.                             

Era apacible silencio,
reservado y reflexivo,
de  innata verbosidad
y de la tierra erudito.

Era techumbre, cobijo,
era tantas cosas buenas,
era pilar de mi casa,     
era refugio y almena.

Azules grisáceos, sus ojos,
se inundaron de tristeza. 
Su brillo se ensombreció
nublado por la tormenta.         

Languideció su mirada
al ver su futuro incierto,
y su cuerpo envejeció
precipitado en el tiempo.                         

De aquellos robustos brazos
solo quedaron los huesos,
y aquel holgado reloj 
colgando sobre el pellejo.

La enfermedad se alojó
en su alma y en su cuerpo,
y en todos los que vivimos
su dolor y sufrimiento.     

Cuánta tristeza se agolpa
en mi mente todavía,
al recordar tanto miedo,
tanta angustia en su agonía.

Qué aciaga fue su partida,
aquellas horas sombrías.       
Su ausencia nos acompaña
desde entonces, cada día.

Y aunque la pena es eterna,
e imborrable su recuerdo,
hoy son dos bellos luceros
los que me roban el sueño.                   

Quiso Dios que azules fueran
los ojos de mi pequeño,
el fruto de mis entrañas,
la razón de mis desvelos.

Aterrizó en nuestro mundo
para colmarnos de dicha.           
Adormeció la tristeza,           
nos devolvió la sonrisa. 

Lo llenó todo de ruido,
de risas y algarabía.
Nos trajo una nueva ilusión
una nueva melodía.

Con su piel de terciopelo,
con su cabello dorado,
con esos preciosos ojos               
prueba fiel de su legado. 

Esos dos faros azules
alumbran hoy mi camino, 
esos que cubro de besos,
de ternura y de cariño.   

Con emoción los contemplo       
con auténtico deleite,
me traen de vuelta a mi padre,             
unen pasado y presente.             

De color azul grisáceo,
cuánto los echo de menos.
Los ojos de mi hijo,
como los de su abuelo.


Pórtico Literario 2019










lunes, 12 de agosto de 2019

Primos

Dicen de los primos que son los primeros amigos... Pues lo son.

O al menos en mi infancia lo eran, porque mucho han cambiado las  cosas desde entonces. Muchas han mejorado, por supuesto, aunque otras muchas no estoy tan segura de que lo hayan hecho a mejor... Cambió la sociedad, cambiaron las familias y cambió todo tanto, que a veces, cuando recuerdo la infancia que vivimos, y lo poco que se parece a la que viven ahora nuestros hijos, me parece increíble que hayan transcurrido poco más de treinta años.

Para empezar, cómo han cambiado las familias en forma y en número. Familias numerosas entonces, la mayoría. Padres ausentes (casi siempre), madres presentes sí, aunque no en los juegos y en los estudios de sus hijos como hoy en día... Madres siempre ocupadas, ocupadísimas en procurarnos  al resto de ocupantes de la casa  todo lo necesario para la supervivencia, léase comida, ropa, e higiene general. ¿Que si nos querían? Por supuesto, qué duda cabe, pero eran otros tiempos y otras formas de educar y atender a los hijos, y vaya, su atención tenía otros muchos frentes abiertos como para poder dedicar unos minutos a jugar con nosotros. 

Por suerte, hoy los hijos tienen  todo o casi todo lo que quieren y a poco que mire a mi alrededor, me doy cuenta de que, casi siempre es demasiado. Nosotros no tuvimos tanto. En aquella época no se podía y punto, y se acabó la discusión, de hecho, ni siquiera había discusión, se acataban las decisiones de los adultos sin más. Quizás sea por esa carencia, por la que  hoy se quiere materializar en los hijos todos esos deseos insatisfechos.

Y las familias, cómo se han reducido las familias... Menos hermanos, menos tíos, menos primos... Hoy, casi todos los niños pueden  contar a sus primos con los dedos de una mano, y siendo tan pocos, es muy difícil que coincidan sus edades. Y en estas circunstancias, sólo algunos afortunados llegarán a conocer el significado que nuestra generación damos a la palabra "primo", ese que resulta de haber compartido intensamente un pasado común, (infancia, juegos, y vivencias), y que desemboca, irremediablemente, en un auténtico entramado de emociones y sentimientos inigualables. 

Me vienen a la memoria tantos recuerdos de mi infancia en los que estaban mis primos, y sobre todo mis primas... tantas tardes de juegos interminables que no eran sino una fiesta, en la que las horas pasaban casi sin darnos cuenta, y en las que disfrutábamos... cómo disfrutábamos de estar juntas.

Los niños de hoy en día acumulan juguetes y más juguetes, con los que en realidad apenas juegan, atados casi siempre a videoconsolas o tablets;  Hoy, a la mayoría de nuestros hijos no se les ocurriría hacer una casa de muñecas con una caja de cartón, ni camas diminutas con unos envases y unos trapos, ni coser ropas  con unas diminutas telas, dejando unos agujeros para la cabeza y los brazos, para aquellos muñecos que había que desarmar finalmente, para poder introducirles la prenda de alta costura...

Tampoco estoy segura de que llegaran a inventar un juego para recoger más rápido los juguetes, como hacíamos antaño, (aquel loco y divertidísimo "si lo sé no vengo"), ni creo que utilizaran un sauce llorón como ducha, para después bañarse en la parte del patio soleada (que hacía las veces de piscina), y no sé si lo pasarían tan bien como nosotras inventando juegos, disfrazándose, improvisando disparatadas  obras de teatro, tomando  cafés imaginarios mientras jugábamos a ser mayores... 

Reunirnos a jugar el sábado o el domingo, en casa de los abuelos, o de los tíos, era el momento más esperado de la semana, el más divertido, el mejor... Pasar tiempo eligiendo el juego que tocaba ese día, para después jugar sin descanso durante horas, que parecían minutos. Ir a la panadería "de la Anita" a comprar aquellas magdalenas, que aunque siguen estando buenísimas, por aquel entonces, me sabían a gloria. Jugar con el balón mientras recibíamos, inmisericordes, las reprimendas de la abuela por estropear las plantas, contemplar temerosos y resguardados tras los cristales, cómo los más valientes de los primos toreaban la cabra del abuelo, observar con admiración los hurones que tenía en aquellas jaulas protegidas de la luz en la cuadra... Jugar, correr, saltar, disfrutar de la inocencia de una plácida niñez, de una etapa irrepetible en que no existían los problemas, (o al menos, a nosotros nos pasaban desapercibidos), donde lo único importante era divertirse y no desperdiciar ni un solo minuto de aquellas tardes maravillosas.

Recuerdo ahora con añoranza todos aquellos juegos inolvidables, y me doy cuenta de lo afortunadas que fuimos, y de lo prodigiosa y fantástica que era nuestra imaginación. Me doy cuenta, de lo felices que éramos entonces, con tan poco...

Pasaron los años, y dejamos de jugar con muñecas para disfrutar cantando canciones de los Chichos metidas en un seiscientos. Los estudios, el trabajo, y el rumbo que fueron tomando nuestras vidas nos fueron distanciando, espaciando las visitas... aunque sin duda, el vínculo nunca se perdió; ese lazo invisible que nos unió en un tiempo, todavía sigue latente en cada encuentro, en cada reunión.

Prima, primo, qué preciosa palabra todavía, porque viene a representar familia, sangre de mi sangre, pero también cariño y amistad sincera; una amistad  antigua, reconocida, rotunda e imperecedera.

Una palabra que significa tantas cosas...

Significa conocerse desde siempre, con todas nuestras virtudes y nuestros defectos, y reconocerse en estos cuerpos adultos que habitamos, después de tantos años. 

Significa poder contarte tu vida, tus problemas, tus alegrías, tus anhelos, con total libertad y naturalidad, aunque hayan transcurrido meses sin verte.

Significa  regresar a la infancia cuando nos reencontramos, y como en un espejo, contemplar el presente y el pasado a la vez.

Significa revivir anécdotas pasadas, contadas y recordadas una y mil veces, y no poder evitar recrearse en ellas de nuevo, en un constante déjà vu.

Significa ser feliz con su mera presencia y compartir con ellos todas nuestras alegrías y entristecerse con las penas.

Significa ser consciente de que, aunque  el tiempo pase, implacable, tus primos, tus primas, seguirán estando ahí, siempre. 


Dicen que quien tiene un amigo, tiene un tesoro.  Pues sin duda, quien tiene, como yo, una familia con tantísimos primos y primas, es poseedor de una inmensa e incalculable fortuna.






sábado, 3 de agosto de 2019

Un viaje llamado vida

Colecciono momentos. Me empeño en coleccionarlos y atesorarlos en mi memoria, aunque últimamente tengo la extravagante costumbre de escribirlos, de dejar constancia  de ellos en este blog  que habita en el limbo de internet.

¿Por qué razón? La respuesta quizás ni yo misma la sepa... Quizás simplemente sea una manera de no olvidarlos, de hacerlos eternos, de impedir que el inevitable paso del tiempo vaya cercenando los recuerdos hasta hacerlos desvanecer. Aunque, a poco que piense en ello detenidamente, me doy cuenta de que se trata de una necesidad. Necesito escribir sobre lo vivido, sobre lo sentido, sobre aquello que he tenido la suerte o la desgracia de experimentar en propia carne y que me ha estremecido, emocionado, o sencillamente me ha hecho feliz. Necesito trasladar de mi cerebro todos los pensamientos y reflexiones que se agolpan en mi cabeza después de haber sido testigo de uno de esos momentos  y sacarlos de ahí de una manera ordenada, metódica, casi obsesiva. Como si de un  notario se tratase, necesito dar fe de todo lo acontecido... que aquello que me ha pasado quede inmortalizado para siempre a golpe de tecla, por si en el futuro, el tiempo y el olvido hicieran de las suyas...

 Escribo con la íntima satisfacción de quien sabe, que dentro de unos meses, de unos años, volverá a leer sus propias palabras y volverá a revivir las experiencias sobre las que hoy, sin apenas pudor, escribe en este blog. Volveré a leerlas algún día con nostalgia, y quizás también con cierta sorpresa, al observar mi "yo" pasado y ver cómo la vida se habrá encargado de que poco o nada se parezca al que contemple entonces en el espejo de mis pensamientos.

Siempre he creído que la vida no ha de entenderse sino como  un viaje; Un viaje maravilloso a veces, aunque otras muchas se convierta en toda una odisea, en un periplo demasiado arduo, o demasiado triste. A ese viaje dedica Kavafis su poema Ítaca, un poema que me marcó desde que lo leí por primera vez. Con un lenguaje y una belleza incuestionables, Ítaca resume perfectamente todo lo que pienso acerca de este hermoso viaje que es la vida. Un poema al que regreso una y otra vez...

... "Pide que el camino sea largo, 
lleno de aventuras, lleno de experiencias"... 

Como un cincel, el discurrir de la vida va erosionando y moldeando nuestra alma. Dibuja sus trazos en nuestro ser dejando huellas, a veces someras y otras hondas y profundas, aunque siempre imborrables. Unas huellas que nos van cambiando por dentro originando una verdadera metamorfosis aparentemente invisible, pero que se produce de manera continua e imparable hasta el día de nuestra muerte.

Desconfío de las personas que no llegan a experimentar esa metamorfosis, de aquellos que, convertidos ya en adultos o ancianos, continúan siendo iguales que en su infancia o en su juventud, con la misma forma de ser y de pensar...

La vida constituye en sí misma un arduo y constante aprendizaje, y como tal, hemos de procurar aprender de todas sus lecciones y  enseñanzas, y avanzar para intentar siempre ser mejores; Hemos de tratar de soltar el lastre de todo lo mezquino y lo superfluo que encontremos a nuestro paso, y acoger todas las experiencias que se nos brindan, todo aquello que aparentemente no tiene valor y que, por el contrario, constituye el mayor de los tesoros: las personas que se cruzan en nuestro camino, y los momentos irrepetibles que compartimos con ellas, esos que nos colman el corazón, y que definitivamente, hacen que la vida merezca la pena.

En mi viaje, también he descubierto que no sólo los momentos y las personas dejan huella, también lo hacen, sin duda, los libros. Quien ha descubierto el poder de la lectura, su capacidad para cambiar nuestro interior, para ponernos en el lugar de los demás, para conocer al ser humano en todas sus facetas, buenas o malas y para ayudarnos a reconocernos a nosotros mismos en esas mismas facetas... aquellos que lo han conseguido, ya nunca volverán a ser los mismos.

La vida es un viaje y yo, probablemente, haya recorrido ya la mitad del trayecto. Quién sabe qué me deparará el resto del camino, prefiero apartar ese pensamiento de mi horizonte... Hoy, tan solo me conformo con disfrutar de cada parada, de cada día, de cada minuto... Y me conformo, desde luego, con gozar de los pequeños placeres que nos brinda: un abrazo, un beso, la irreemplazable compañía de mi familia y amigos, un buen teatro o una buena lectura,  una conversación amena, un paseo tranquilo, una apetitosa comida,  la música... y, sin duda, con disfrutar de la amistad sincera y reconfortante de esas personas especiales que, a pesar de la distancia y del tiempo, siguen estando ahí, detrás de una pantalla, de un móvil o de un auricular, tan lejos y tan cerca a la vez.

Seguramente sea ese el secreto de la felicidad: gozar intensamente de la existencia sin esperar mucho más, simplemente disfrutando del momento, deleitándonos con él, y en él.

Será por esto por lo que me empeño en coleccionar momentos, y por lo que me esfuerzo en  poner, a través de mi trabajo y de mis actos, mi granito de arena en este mundo tan loco que nos ha tocado vivir. Y será por este afán, por el que últimamente no dejo de sembrar palabras y más palabras, a lo largo y ancho del fecundo universo que me rodea. Será, por lo que no dejo de escribir esta avalancha de palabras que surgen, sin cesar, de lo más profundo de mi alma; de sembrarlas, negro sobre blanco,  para recoger después los más valiosos frutos: el cariño y  la gratitud de tantas personas a las que han logrado conmover. Sin duda, deben ser estas las valiosas riquezas  de las que habla Kavafis en su poema...

Ojalá y mi viaje sea largo, que dure muchos años, y el día que llegue a Ítaca, ya vieja y cansada, al echar la vista atrás pueda afirmar felizmente que el viaje ha merecido la pena. :)











He recorrido ya medio viaje
apenas unos recuerdos me quedan
y un corazón roto y dolorido.
Una nostalgia interior me acompaña,
los ojos del llanto la delatan.
Bajo el purpúreo marchar del sol
acabaré en el bosque del recuerdo.
                           
                                   M. Nieves R.


domingo, 21 de julio de 2019

El dolor de los demás

La memoria es, dolorosamente, la única relación que podemos sostener con los muertos. 
                                                                         Susan Sontag


Es de nuevo otro libro, El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández, al que tuve el placer de conocer hace unos pocos meses en un encuentro con lectores, el que me lleva a enfrentarme otra vez a una página en blanco, y a escribir sobre otro precioso momento para el recuerdo ...

El dolor de los demás es un libro duro, triste y valiente, tres calificativos que no sorprenderán a nadie si tenemos en cuenta que el escritor nos narra en ella un episodio real que le sucedió en su juventud: su mejor amigo asesinó a su propia hermana y después se suicidó.  Una verdadera tragedia que, como no podía ser de otra manera, es difícil de superar para cualquiera y desde luego muy complicado de asumir y de entender, a pesar de que el tiempo pase y poco a poco se vaya sepultando en lo más hondo de la memoria.

Pero no, algo así no se consigue olvidar y casi me atrevería a decir que nunca se supera del todo. Se aprende a vivir con ello, sin más. Cerrar tantos interrogantes acerca de unas muertes incomprensibles se puede convertir en una verdadera obsesión. ¿Por qué? ¿Cuál fue el detonante para este terrible final? ¿Acaso pudo hacer alguien algo para evitarlo? ¿Quizás yo mismo?

 Miguel Ángel nos hablaba acerca de sus dudas a la hora de emprender este proyecto, y yo no las entendía al escucharle. "Una historia tan potente y tan cercana... Siendo escritor, lo raro es que no lo hubieses hecho antes...", le dije. Pero su respuesta desbarató mi argumento: "Hay historias que se atragantan y tardan tiempo en salir. No hay que forzarlas. Cada cosa reclama su tiempo y momento". Pues sí, hay episodios de nuestras vidas que se atragantan y de los que es sencillamente muy doloroso hablar, ya no digamos escribir sobre ellos. De eso, yo también sé un poco... Sin duda, este libro  no deja de ser un bálsamo con el que este autor ha intentado reconciliarse con el pasado.

 El dolor de los demás, a caballo entre el thriller policíaco y la confesión autobiográfica es, sin lugar a dudas, la búsqueda de una verdad: saber qué sucedió exactamente aquella noche, (y no seré yo quien desvele si finalmente el autor consigue conocerla), pero este libro esconde entre sus páginas mucho más: nos habla sobre los límites de la literatura, sobre el pasado, la construcción que hacemos cada uno del propio pasado y de los recuerdos, el conflicto con el pecado, la culpa, de los mecanismos que borran de nuestra mente episodios dolorosos, del periodismo, la ética del periodismo...

Durante un par de horas escuché al escritor hablar sobre su libro, sobre su escritura, sus sentimientos, y sobre su vida. Y una vez finalizado su discurso, fui consciente de la magnitud de la empresa que había iniciado Miguel Ángel cuando decidió contar y escribir esta historia, de la dificultad de escribir sobre un suceso tan próximo y  tan amargo a la vez, de lo complicado de hacerlo desde el respeto y el cariño, intentando no levantar ampollas, intentando siempre respetar y comprender el dolor de los demás... 

También aparece como telón de fondo el asfixiante ambiente de la huerta murciana en el que vivió su infancia y juventud y del que procuró alejarse en cuanto pudo. "En realidad, de eso era de lo que había huído. De ese control, de esa pulsión de chisme, de esa especie de derecho que parecen tener los otros a preguntar y a ordenar la vida ajena y sobre todo de esa necesidad de justificación constante de las cosas que uno hace." Viviendo en un pueblo pequeño, entendí perfectamente el significado de estas palabras, y recordé una frase que leí en El pueblo de las cabras, primera novela del escritor albaceteño José  Martínez Alcolea al cual también tuve la suerte de conocer el pasado año: "En los pueblos las casas son como jaulas de cristal". Les doy la razón a ambos, qué le vamos a hacer... alguna cosa negativa tenía que tener vivir en un pueblo.

Miguel Ángel añade en su libro poco después: "...continúo dando explicaciones de mis viajes, mis cenas, mis lecturas... aquel sistema de vigilancia se ha convertido en algo más extremo. La única diferencia es que ahora soy yo quien se expone directamente a los demás. Ya no es necesario que pregunten. Yo soy mi propio centinela." Una sonrisa afloró en mi boca cuando leí este párrafo. Qué gran verdad, las redes sociales se han convertido en un eficaz sistema de vigilancia autoimpuesto que nada tiene que envidiar a los corrillos al fresco de antaño.


Como siempre que leo un libro que consigue calar hondo en mi interior, anoté decenas de frases, estas son sólo algunas de ellas:

"Aquel reencuentro me hizo ser consciente de que el pasado no es solo una memoria inmaterial, una proyección mental intangible; el pasado es denso, respira, se mueve hacia nosotros."

"A lo largo del día vivía en la memoria, intentando dominar el pasado, y durante la noche, a través de los sueños, ese pasado me dominaba a mi".

"En el fondo, cualquier espacio habitado es un lugar de memoria".

"Pero el mundo no es un museo, a veces las cosas caen por su propio peso y uno solo puede mirar cómo se desmoronan".

"El lenguaje es verdaderamente performático; crea el mundo en que vivimos. Así que en 1995 no había violencia de género"...

"La Iglesia está dentro de mi. La Iglesia y todo lo que representa. La Iglesia camina sobre nosotros y da forma a nuestra subjetividad... Una inercia que uno sigue para no enfadar a nadie."

"La juventud me llegó demasiado tarde. Hice el camino inverso... quise recuperar el tiempo perdido. Pero hay cosas que nunca regresan, y el tiempo es una de ellas".

"Soy quien soy gracias a aquel yo del pasado. Pero confieso que a veces siento algo de pena por él".

"Desde el principio intuía que escribir esta novela iba a ser también un modo de buscarme".

"La realidad había ganado a la literatura".

"¿Qué derecho tenemos a conocer la vida de los otros?

"¿Podemos recordar con cariño a quien ha cometido el peor de los crímenes?¿Podemos amar sin perdonar?¿Es legítimo llevar flores a la tumba de un asesino?"

                           ...

Fue un camino espinoso el que recorrió el autor para escribir este libro. Un camino que le condujo a un pasado triste y oscuro del que muchos de sus protagonistas -los que también  vivieron aquello con desolación e incredulidad- nada querían saber. Como él mismo dice en alguna de las páginas, "no todas las historias tienen por qué ser contadas... escribiendo no siempre se gana, a veces también naufragamos ante el dolor de los demás..."

No creo Miguel Ángel Hernández haya naufragado, a pesar de las trabas y las reticencias a las que se ha enfrentado para escribir esta novela. No lo creo, y prueba de ello es el éxito y las buenas críticas que ha recibido tras su publicación. Como él mismo me dijo, "escribir sirve para contarse a uno mismo a través de la mirada de los demás" ; Y así lo hizo con este libro Miguel Ángel: logró contarse a sí mismo con todo lo que ello conlleva, y lo hizo con valentía, con sinceridad, afrontando y mirando a los ojos a su propio dolor, a sus miedos, pero también  con respeto, con mucho respeto hacia el dolor ajeno, hacia ese, tan ignorado a veces, dolor de los demás.







miércoles, 19 de junio de 2019

Mi paraíso






Recuerdo aquella época como una de las más felices de mi vida. Una etapa dichosa que transcurrió, como siempre ocurre con la felicidad, tan fugaz, que apenas soy consciente de que hayan pasado todos estos años.

A su encuentro acudía inalterablemente cada jornada. Ascendía con paso decidido, peldaño a peldaño, la escalinata que me conducía a su morada. Introducía la llave en la ranura, y escuchaba el sonido metálico que producía al girar sobre sí misma. Como si de la batuta de un director de orquesta se tratase, este sonido tan familiar precedía cada tarde el comienzo de una nueva interpretación.

Abría a continuación de par en par la puerta que la custodiaba, y a pesar de tratarse de un gesto mecánico tantas veces repetido, no podía evitar sentir la extraña sensación de estar destapando la caja de Pandora, descubriendo un tesoro escondido que ha permanecido oculto durante horas.

Franqueaba el umbral que la separaba del mundo exterior y me recibía en silencio, callada y calma. La penumbra se alternaba con las luces y las sombras, confiriéndole un íntimo halo de misterio. Entre sus muros el tiempo parecía haberse detenido, los relojes se movían a otro ritmo, como aletargados... y es que, sin duda, era un lugar mágico, la puerta de acceso a una inmensidad de mundos por descubrir, a un universo extraordinario que esperaba paciente a que fuéramos a su encuentro.

Y así, con el corazón henchido de júbilo por tener día tras día el privilegio de cuidarla, de agasajarla, y de mostrar todos sus secretos a todo aquel que ansiara conocerlos, penetraba cada tarde en su seno con la viva certeza de circular por territorios sobradamente conocidos, con la profunda sensación de sentirme de nuevo como en casa. Recorría una y otra vez los anaqueles perfectamente alineados, deleitándome en el delicioso paseo. Mis dedos acariciaban el torso de los volúmenes que se apiñaban en los estantes, y como en un interminable cortejo, se deslizaban lentamente, deteniéndose de cuando en cuando en algún título ya saboreado, en aquellas benditas historias que ya para siempre formarán parte de mí misma. 

En mis interminables rondas vespertinas, sus paredes cuajadas de libros no cesaban de susurrarme hermosas palabras al oído: historias maravillosas, promesas de amor, dulces reencuentros, trágicos finales, conmovedores relatos de vidas inventadas, o reales, que casi siempre superaban con creces la propia ficción. Otras veces, me gritaban a la cara cruentas injusticias, perturbadores peligros o desoladoras realidades; verdades irrefutables sepultadas por la historia que han clamado desde antaño por ser leídas, por ser escuchadas... 

Habitaban la quietud de sus pasillos millones de palabras magistralmente engarzadas. Palabras prendidas entre sí para conseguir obrar el milagro de dar voz al silencio, capaces de alumbrar libertades, de curar la ignorancia, y de sanar la mente, y el corazón... Cientos de lecturas que aguardaban sin prisa el paso del tiempo, mundos imaginarios donde buscar respuestas, donde perderse una y mil veces, para encontrarse uno así mismo inevitablemente después. 

Si cierro los ojos ahora mismo aparece la nítida imagen de cada cubierta, de cada lomo, de cada edición… la posición exacta de cada volumen, de cada estante, el aspecto de cada recóndito rincón… Percibo el inolvidable aroma que desprendían las páginas de todos aquellos libros, la inigualable sensación que provocaba en mí el tacto de cada página pasada, de cada cubierta; escucho el tenue sonido de pasos curiosos perdiéndose entre los estantes, el murmullo constante de los incondicionales usuarios, el pitido sonoro emitido por el código de barras al prestar o devolver los ejemplares, el ruido inconfundible que producían los libros al caer y perder su posición vertical, o el bullicio de los más pequeños incapaces de guardar el obligado silencio… Una inolvidable banda sonora que se repetía sin descanso y que ha quedado grabada a fuego en mi interior. 

Aún siento el cosquilleo que experimentaba al pronunciar las palabras mágicas: Érase una vez… y todavía resuena en mi memoria aquella dulce melodía que precedía a los cuentos: “Silencio, silencio, si yo fuera silencio...” Todavía me emociona recordar ese momento mágico en que las historias brotaban de mis labios mientras decenas de diminutos ojos me contemplaban extasiados. Me sentía entonces como Mary Poppins, una Mary Poppins llegada de un lugar lejano cuyo hechizo conseguía embrujar a todos los niños que se acercaban a escucharla. Cerraba el libro, y a menudo no podía evitar sentir el bello erizado al comprobar el esbozo de una sonrisa en cada rostro, al escuchar el silencio obrado como por encantamiento y solo roto por el aplauso…Y me sentía maga, una maga sin varita y sin chistera, capaz de hacer magia sin más herramientas que la voz y la palabra. 


Observaba desde detrás del mostrador el constante ir y venir de visitantes. A menudo estudiaba sus rostros intentando vislumbrar sus pensamientos, los escrutaba en silencio tratando de adivinar si el ejemplar que asomaba entre sus brazos había sido de su agrado o acaso les había defraudado. Les recibía complaciente en la que sentía mi casa, y me embargaba la inmensa dicha de compartir con ellos lecturas, recomendaciones, opiniones… de ser la anfitriona de la gran fiesta de la cultura y de las letras y de tener la enorme fortuna de poder hacer partícipes a todos de la misma.

Noto aún sobre mis hombros la pesada carga que suponía custodiar un gran tesoro, y el ineludible compromiso de darlo a conocer... Yo, una simple mortal, convertida en centinela de un prodigioso templo del saber, de una gran fortaleza vigía de la historia y de la memoria, de un testigo fiel del pasado y del presente.


Bebiendo de su eterno elixir se me pasaron los días, los meses, los años… se desvaneció media vida transitando sus entrañas. Entre sus cuatro paredes encontré siempre consuelo a todas mis inquietudes y mis miedos, y su hospitalario regazo me acunó cada día colmando mis más profundos anhelos, saciando mi sed, sosegando mi espíritu, mitigando cualquier atisbo de soledad y abrigando siempre mi alma aquejada del frío de afuera.


Lo recuerdo todo ahora mismo como si el tiempo no hubiera pasado, y me invade una intensa emoción al evocar tantísimos momentos felices como me brindó aquel fascinante escenario, tantos amigos con los que me obsequió, tantas satisfacciones y alegrías, tantos insondables senderos como recorrí en su seno… 


…Te recuerdo, mi amada biblioteca, como si todo aquello hubiera ocurrido ayer mismo… O acaso sea, sencillamente, que fue ayer cuando caminaba entre el cobijo de tus estantes… 
Ya no sabría vivir sin caminarte. Siempre fuiste y serás mi hogar, querida biblioteca. Mi remanso de paz, mi altar, mi paraíso.


                                                                                           




En octubre de 2017 escribí un pequeño texto sobre  las bibliotecas y los sentidos que despiertan coincidiendo con el Día de las bibliotecas. Envié mi texto a Máximo Huerta y para mi sorpresa, una mañana repetía mis propias  palabras, esas que había escrito yo pensando en mi paraíso particular, en el programa de radio de RTVE Los cinco sentidos en el que el escritor valenciano colaboraba todas las semanas. 

Me hizo mucha ilusión escuchar mi nombre a través de la radio, y sin duda, es algo que no olvidaré. Por suerte, el enlace para escuchar aquel programa dedicado a las bibliotecas todavía sigue accesible.


martes, 11 de junio de 2019

Silencio



Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse como a una ventana llena de sol".
                                                                                                                                   
                                                         Ivonne Méndez  



Un 5 de junio nacía Federico García Lorca, el brillante poeta al que va dirigido este genuino y bonito verso, y también un 5 de junio quiso el destino, o tal vez el azar, que viniera al mundo la persona más importante de mi vida, mi hijo. Y desde el preciso instante de su nacimiento, se erigió  como una de esas maravillosas almas a las que siempre dan ganas de asomarse; Se convirtió, sin ser él consciente de ello, en mi ventana soleada particular...

Su llegada, de la que ya hacen 9 años,  lo cambió todo para siempre. Transformó mi mundo, nuestro mundo, y lo llenó de dicha, de luz, y de sonido. Llegó, y consiguió con su sola presencia, adormecer la tristeza que nos venía acompañando desde nuestra gran pérdida, sembrando en todos nosotros una nueva ilusión, una nueva esperanza en el futuro. Aterrizó en nuestras vidas para teñirlas de color y de alegría, e iluminó con sus preciosos ojos azules las tinieblas que hasta entonces nos ensombrecían. Entonaron, gracias a él, una nueva banda sonora nuestros días, una nueva y diferente melodía que desterró para siempre el denso silencio, que antes todo lo envolvía .

Los primeros meses fueron largos y agotadores. Su llanto incesante parecía no tener fin, y solo cuando dormía reinaba en el hogar el sosiego y la paz. A diario procurábamos dilatar esos ansiados momentos de silenciosa tregua, evitando  cualquier  sonido para que no despertara. Ahora añoro aquel primer año con nostalgia y colmo de reproches mis lejanos recuerdos.

El llanto cesó y dejó paso a la inquietud, a la desmesurada vitalidad que derrochaba  - y que continúa derrochando- nuestro pequeño torbellino. Y aunque le costó comenzar a hablar, una vez que su cerebro comprendió los vericuetos del lenguaje, ya no hubo manera de silenciar al pequeño loro parlante en que se convirtió.

Así fueron pasando los años, deprisa, muy deprisa, casi sin darnos cuenta.

Él...
Hablar, hablar y hablar, preguntar sin dejarte contestar.
Querer saber, mil cosas conocer... Parlotear, gritar, protestar, sin apenas escuchar... Y correr, y jugar, moverse sin parar...

Y yo...
Mandar callar, sin nada que esperar. Cuidar, mimar, mil miedos aplacar... Querer, soñar, con mis brazos abrazar... Besar, tocar, su cuerpo acariciar...


Así, ha transcurrido el tiempo implacable, siendo mi pequeño el centro de mi universo, el motor de mi vida, el verdadero sentido de mi existencia. Llenando de sonido cada uno de mis días y dejando paso a la calma tan solo, cuando al caer la noche, el sueño y el cansancio le acaban venciendo.


Sin embargo, hace unas semanas mi casa amaneció en absoluto silencio. Tardé unos instantes en recordar el motivo: mi hijo había dormido fuera por primera vez.

Esa mañana de mayo me envolvía un silencio extrañamente irreal, un vacío tan grande que parece mentira que fuese el que deja una personita de tan corta edad. Todo era silencio, un silencio sepulcral, un silencio tan inmenso como desolador. Esa mañana lo único que escuchaba era el estrepitoso ruido procedente de mis pensamientos.

 Durante las horas transcurridas en su ausencia, no escuché ni una sola vez su voz insistente llamándome mami, mami, ni tampoco me tropecé con ninguno de sus juguetes por el pasillo, ni escuché el sonido de los dibujos demasiado alto, ni encontré sus zapatillas o su ropa tiradas en cualquier lugar...

No estaba para repetirle una y mil veces lávate las manos, deja ya de jugar, baja el volumen al televisor, haz ya los deberes, o escúchame un segundo... Ese día nadie me repitió las mismas cosas diez veces como un papagayo, nadie me pidió ayuda para abrir un envase, ni me culpó por llegar tarde al cole después de estar viendo la tele hasta el último momento...

Pero cómo lo eché en falta, qué rara y qué perdida me sentía rodeada de ese indescriptible silencio... Y qué infinita tristeza al constatar que ese mismo silencio es el que me espera algún día. Llegará irremediablemente, y sólo estaremos el silencio y yo ... yo y el silencio. Volverá, tarde o temprano para quedarse, y no tendré más remedio que aprender a vivir con él. 

Mientras ese temido silencio llega a mi vida, solo deseo seguir  disfrutando, mucho, mucho tiempo, de este maravilloso y perfecto alboroto. 






martes, 9 de abril de 2019

Hasta siempre, Maribel



Se nos fue, se nos marchó otra grande de Munera, otra amiga muy querida por todos nosotros. Maribel Sánchez, la "Lectora más longeva" de nuestra biblioteca, nombrada con este título en abril de 2016 en el acto homenaje del 50 aniversario de la Biblioteca Cervantes. Orgullosa y feliz recibía este galardón. Un reconocimiento merecido, sin duda, por ser la lectora de mayor edad de la biblioteca municipal, y por haber hecho uso ininterrumpido de la misma a lo largo de toda su vida.

Sobra decir que la lectura fue para Maribel una de sus grandes pasiones. "Pienso hacer honor al mismo y seguir leyendo" afirmaba con total convicción el día en que recibió este título del que se vanagloriaba siempre que podía, "es el único título que tengo" afirmaba con ilusión. Y desde luego que le hizo honor siempre, porque los libros, la lectura, no dejaron de acompañarle durante toda su vida, hasta apenas unas horas antes del final de la misma. Leyó de manera insaciable, disfrutando del placer de la lectura como pocas personas he conocido, hasta el punto de que sus hijos acudían a la biblioteca a por libros para su madre, y era complicado, muy complicado encontrar libros que no hubiese devorado ya... Y esto, a pesar de que tenía en su casa una enorme biblioteca  que ampliaba año tras año con los numerosos libros que compraba o le regalaban.

Ella misma contaba que con 12 o 13 años comenzó a leer los Episodios Nacionales de Galdós, toda una declaración de intenciones de una jovencita que ya apuntaba maneras como lectora, y que acabó leyendo prácticamente cualquier título que llegaba a sus manos; Aunque Maribel sentía cierta predilección por los libros sobre la Guerra Civil. Este tema,  la desbordaba, "¿Cómo es posible que los hombres hayan sido capaces de cometer las mayores heroicidades y a la vez las peores atrocidades?" decía. Sus últimos días, cuando ya le flaqueaban las fuerzas, les confiaba a los médicos que la visitaban en su casa su pena por no poder acabar el libro que tenía a medias..." Que  te lo lean tus hijas", le dijeron, pero Maribel, a pesar de todo, siguió con la lectura y logró terminar su último libro. 

Bien decía Cervantes, "el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho". Ella puso en práctica esta frase del genial escritor durante toda su existencia... Vivió una vida intensa y plena, y bien podría haber escrito un libro con todas sus vivencias. Le encantaba viajar, y lo hizo, aunque no tanto como hubiese querido.


Vivió en Guinea Ecuatorial durante varios años, país al que se trasladó recién casada con su marido, a una plantación de café donde éste trabajaba desde muy joven. Allí, nacieron dos de sus hijas, y allí vivió Maribel, como ella decía, una de las épocas más bonitas de su vida. La propia Maribel nos contaba su experiencia en aquel rincón africano en el Club de Lectura tras leer Palmeras en la nieve. Nos recordaba entonces su estancia en aquel país, relatándonos divertidas anécdotas y enseñándonos  fotografías,  con ese brillo  en la mirada que adquieren algunas personas al hablar de los lugares amados. 


Pero además, gracias a la literatura, gracias a todos los libros que leyó a lo largo de sus 87 años, vivió, como bien decía Cervantes, mil vidas más. 
No le dejaron estudiar, aunque a ella le hubiese gustado mucho hacerlo. Quizás por eso quiso suplir esa falta con la lectura, para conocer y descubrir todo aquello que no estudió. Y lo consiguió, pues llegó a ser Maribel una mujer de la que aprender siempre, de su infinita sabiduría, de su experiencia, de sus vivencias, de su pensamiento y de su sentido crítico, de su forma de vivir... Nos dio a todos una lección de cómo afrontar la vida, y la muerte. Murió como vivió, como quiso, decidiendo por ella misma, sin miedo, con valentía. 

 Esa valentía le llevó a ser una de las primeras concejalas de nuestro municipio, ocupando en la década de los 80 la Concejalía de Asistencia Social del Ayuntamiento de Munera. Se encargaba de tramitar ayudas y pagas a personas de nuestro pueblo que por distintas razones las necesitaban. Durante años, muchas de ellas, siguieron agradeciéndole su encomiable labor.

 Además  de ser ama de casa, madre, abuela, esposa... nunca dejó de lado sus inquietudes culturales e intelectuales. Presumía orgullosa Maribel de su título de Lectora más longeva, y presumía también de haber asistido a todas las ediciones de nuestro Pórtico Literario, (50 nada más y nada menos), algo que dice mucho de su interés por la cultura y por las letras.

Como buena lectora, también se aventuró a escribir, lo que no se le daba nada mal, llegando a firmar textos en varias ocasiones en nuestra revista local Ecos. A través de aquellos artículos que escribió allá por los años 80, nos mostraba abiertamente su calidad moral, su gran sentido del humor y su habilidad  a la hora de transmitir con palabras sus opiniones y sentimientos.

Fue Maribel Sánchez todo un ejemplo, de mujer valiente y fuerte, práctica, adelantada a su tiempo, coherente con sus ideas... Una mujer con carácter, eso sí, pero también  sabedora de la verdadera naturaleza de las cosas, de lo realmente importante, capaz de relativizar los problemas y de adoptar una actitud positiva ante la vida.

Amiga de sus amigos, sabía bien como cuidar y mimar a sus amistades. Disfrutaba de la compañía de su familia, de sus hijos, y de sus cuatro nietos a los que procuró inculcar valores y animaba a viajar, algo que consideraba esencial para su crecimiento personal.


Fue Maribel para mí un espejo donde mirarse, una mujer admirable en todos los sentidos. Hay personas que dejan una huella imborrable, en nosotros, Maribel fue, sin duda, una de ellas. Siempre la recordaré con su paso tranquilo, su sincera sonrisa y sus ojos soñadores que adquirían un brillo especial cuando comentábamos algún libro o  alguna lectura.

Me emocionó que quisiera venir a escuchar a Manuel Vilas con el Club de Lectura a la Biblioteca de El Ballestero estando ya enferma, ella, que fue la primera lectora que leyó Ordesa cuando lo compramos.

Y me ha vuelto a emocionar profundamente ser la destinataria de uno de sus libros, uno de los muchos que poseía y que tanto amaba, y que sus hijos han decidido regalarme, "a nuestra madre le hubiera gustado",  me dijeron... Guardaré este regalo como un verdadero tesoro, en mi biblioteca, y sobre todo, en mi corazón.  Aunque,  el verdadero regalo es, sin duda, haber conocido a esta extraordinaria e irrepetible mujer. D. E. P.








viernes, 15 de marzo de 2019

Bonjour tristesse

Empieza un nuevo día, pero hoy no es un día cualquiera. Esta mañana no me he despertado con sueño, ni con pereza, ni siquiera de mal humor, esta mañana tan solo me embarga la tristeza. Una profunda tristeza y una inmensa pena se han apoderado de todo mi ser tras conocer la terrible noticia.

Anoche cerré los ojos con la esperanza de que ocurriese un milagro, pero hoy al abrirlos, la realidad me ha devuelto a la crudeza de esta vida, tan injusta a veces, porque lamentablemente el ansiado milagro no sucedió...

La tragedia golpeó de nuevo a otra familia de Munera y con ellos, a todo un pueblo consternado por la que es una pérdida irreparable, una más... Veo la tristeza reflejada en cada uno de los rostros con los que me cruzo esta mañana, está aquí de nuevo, paseando por las calles... Y escucho los lamentos de tanta gente que, incrédula, clama al cielo por la injusticia cometida con una gran persona, con una gran familia...

Todos los días muere gente en el mundo, los medios de comunicación se encargan de hacérnoslo saber, y  asistimos a esas tragedias ajenas a nuestras vidas sin apenas inmutarnos, como anestesiados por tanto dolor que se nos muestra una y otra vez. Sin embargo, a veces esos muertos dejan de ser anónimos, les ponemos cara, nombre y apellidos, y entonces, sólo entonces, somos conscientes de la magnitud de la tragedia, y de todo el dolor implícito que conlleva la  palabra muerte.

A veces es la enfermedad la que nos arranca a nuestros seres queridos, enfermedades horribles que van horadando la salud y la entereza de sus víctimas, arrancándoles la vida poco a poco, y otras, es un desafortunado accidente el que desemboca la tragedia, un cúmulo de circunstancias en las que se unen casualidad y fatalidad. Parece increíble que un sólo segundo pueda cambiar el futuro de tantas personas, que un fatídico instante sea capaz de sesgar la vida de un ser humano, y de alterar la existencia de todos sus seres queridos para siempre... 

¿Destino o azar?  ¿Nuestro camino está predestinado o en cambio nuestra vida y nuestra muerte son la causa directa de un montón de casualidades? Intento encontrar una respuesta, y no la hallo, no encuentro el sentido a tantas pérdidas injustas, a tanto dolor inexplicable.

Hoy me he vuelto a dar de bruces con el inexorable discurrir de la vida, bella, una y mil veces, pero también cruel, efímera e imprevisible muchas otras. Hoy, he vuelto a recordarme a mí misma que lo malo de cumplir años no es envejecer, no son las arrugas, ni ver como nuestros cuerpos se deterioran con el paso del tiempo, lo verdaderamente malo de cumplir años es sobrevivir a la pérdida de nuestros seres queridos, de amigos, de conocidos... El ser testigo de una desgracia tan grande como es el fallecimiento prematuro de personas queridas y admiradas por todos, seres especiales con los que tenemos la fortuna de  coincidir en nuestro camino y  cuya vida se ha visto truncada inexplicablemente demasiado pronto, demasiado...

Es imposible ponerme en la piel de esas familias que sufren una desgracia así en primera persona, por mucho que pueda imaginar el dolor de sus almas, sin embargo, tampoco soy capaz de apartar esta nube de tristeza que me empaña el pensamiento estos días, este sentimiento amargo que me acompaña al acordarme de ellos, de los que nos dejaron, y de los que lloran su ausencia. 

La tristeza volvió para quedarse una vez más.
Bonjour, tristesse.
Buenos días, tristeza.



Enero de 2019




Recuerde el alma dormida





Emprendo un doloroso viaje hacia el este para encontrarme con ella por última vez, aunque tengo la vaga certeza de que en mi destino, no sólo hallaré  su cuerpo inerte, sino que el pasado también aguarda implacable mi llegada para hundir sus afiladas garras en mi ser, para recordarle a mi alma dormida lo que ya nunca podré olvidar.

Como sumida en una borrosa ensoñación, camino lentamente por el marmoleo recibidor, una inmensa estancia,  luminosa, casi cegadora… una metáfora del reino celestial que nos aguarda, me digo a mí misma con ironía. Franqueo la puerta de la sala en la que yace su cuerpo y las fuerzas flaquean. Tomo aire, siento como todos mis músculos se tensan, y de repente me invade una confusa sensación de irrealidad.  En cuestión de segundos soy recibida por una nube de lágrimas, abrazos, besos, caricias… los cuerpos se funden como si el contacto ayudara a digerir el amargo momento.

Frente al ventanal, sentados en fila con la mirada perdida y el rostro desencajado, se encuentran sus hermanos, los pocos que le han sobrevivido. Fueron una familia grande, de las de antaño. Nueve hijos, uno detrás de otro, llegados al mundo en una casa más que humilde, en un pueblecito manchego tan bonito como cualquier otro… aunque para ella, siempre fue el mejor.   No quiso Dios que volviese a despedirse de él, de su amado pueblo del que emigró hacía más de cuarenta años.  La tierra de sus raíces que tanto quiso, la vio partir un día hacia una preciosa villa costera donde transcurrió su vida, y en ella, le sobrevino también su prematura muerte.

Atrás quedaron una niñez con demasiadas carestías,  años de trabajo y sufrimiento… Atrás quedó una vida nada fácil, que lejos de arredrarla, la hizo más fuerte; ajena siempre a las dificultades, o quizás plenamente consciente de ellas, desterró la palabra miedo al último confín de su cerebro, se puso el mundo por montera, y caminó con paso firme y decidido para acabar viviendo una vida intensa y plena, una vida feliz… aunque demasiado corta. Cómo se pasa la vida…

Instintivamente mi mirada se dirige hacia el cristal, y ahí está ella, o lo que queda de ella, porque ya no es sino la sombra difusa de la persona que fue.  Una neblina turbia inunda mis ojos, el suelo se abre bajo mis pies, y contemplo consternada el abismo. La miro, no puedo dejar de mirarla, aunque en realidad no la veo. En mi cerebro se suceden otras imágenes y nada tienen que ver con las que se proyectan en mi retina en este instante. Los recuerdos afloran de manera irracional, sin orden ni concierto… la memoria es caprichosa a veces, selectiva siempre…

Un patio lleno de niños correteando, felices por el dichoso reencuentro que se producía siempre en  fechas señaladas, en vacaciones, o en la feria… un enjambre de críos ajenos a  los sin sabores de la existencia. Treinta años después apenas reconozco sus rostros en los adultos que ahora me rodean;  sin embargo, sus miradas ya no son las mismas. Aquella armoniosa felicidad, aquella bendita inocencia ha dejado paso a  una serena melancolía, a la desoladora certidumbre de la inconsistencia de la vida y a la permanente conciencia de la muerte… al inmenso dolor que conlleva cada pérdida y cada despedida. Cómo se viene la muerte…

Dejaron de ser niños para convertirse en padres, aquellos que un día retozaban alegres en aquel patio que ya sólo existe en mi memoria. Un patio encalado una y otra vez, con sus cintos recortados primorosamente por ellas, por las mujeres de la familia; una parra que lo cubría por completo procurándonos una generosa sombra en el verano, y cuyas enormes hojas tapizaban el suelo en otoño; una higuera recostada junto a la tapia a la que subíamos intrépidos, sin ningún temor ni precaución; un pozo, resguardado por una vieja puerta de madera y cercado por un oxidado cerrojo para evitar que escapara la temida “tentación”. 

Cuántos recuerdos conservo de aquella casa, cuántas imágenes incrustadas en la memoria... Sabores irrepetibles como aquellas rebanadas de pan, vino y azúcar; olores mágicos como aquel aroma de alcanfor que inundaba las estancias cuando se abría alguno de aquellos antiguos baúles, aquellos misteriosos arcones que aguardaban impasibles el paso del tiempo y atesoraban las imborrables huellas de épocas pasadas... o como el tacto frío de aquellos sofás de escay en los que recuerdo sentados siempre a mis abuelos, como hieráticas estatuas enfrentadas, flanqueando ambos la pequeña estufa de leña que calentaba la salita. 

Abrazada por la melancolía, mi memoria se pasea por la sala como en una película de cine mudo: la tarima, la mesa camilla, las sillas, las alacenas, las fotografías en blanco y negro… recorro el largo pasillo que desemboca en aquel maravilloso patio para avistar las sillas de enea en las que nos sentábamos a tomar el fresco las calurosas noches de julio, y en el que jugábamos y jugábamos sin descanso: A la zapatilla por detrás, tris tras, ni la ves ni la verás, tris tras…  ¡Las plantas!.. ¡El balón!,  ¡El ruido!, ¡Los abuelos duermen!... Aquellas mujeres se afanaban en la limpieza mientras los pequeños disfrutábamos de lo que para nosotros no era sino una fiesta, el dichoso reencuentro de tantos primos como éramos. Tardes de juegos interminables en las que acabábamos exhaustos, quizás más cansados incluso que nuestras madres… Qué terrible que ya sólo nos reunamos  para llorar a nuestros muertos. 

 Estoy aquí sentada, perdida en el pasado, añorando aquella infancia despreocupada en que no faltaba ninguno de los nuestros. Hoy, son ya muchos los que no están; uno tras otro se fueron marchando, dejándonos heridas que sólo el tiempo ha conseguido cicatrizar, aunque nunca borrar. Me estremezco al pensar en todos ellos, quizás sea lo más difícil de crecer, de envejecer, el convertirse en testigos impotentes de tantas partidas...   

Existen personas como ella, cuya ausencia, lo ocupa todo ahora que no están, un vacío desmesurado fruto de la que fue, una presencia  grande y poderosa; seres cuya energía se percibe desde lejos, cuya luz ilumina cualquier día nublado… Ahora que no están nos aferramos a su recuerdo, rememoramos fragmentos de nuestro pasado común, momentos   imborrables que siempre impregnarán nuestra existencia y sin los que, hoy por hoy, no seríamos lo que somos. 

           
            Cuánta verdad  emboscada en aquellas famosas coplas:
Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte.


            Esta Rosa se marchitó, demasiado pronto,  demasiado rápido, 
            Pero su aroma impregnará mi existencia para siempre.





Hablando en plata II

  Los que me conocen saben de mi interés por las raíces, por las tradiciones y las costumbres de nuestro pueblo. Y me siento atraída especia...