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jueves, 30 de diciembre de 2021

¿Blanca Navidad?


De todo quedaron tres cosas:
la certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir 
y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.
Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo, una escalera, del sueño, un puente,
de la búsqueda,…un encuentro.
                                    Fernando Pessoa


Llegó Navidad de nuevo, casi sin enterarme. Parece mentira que haya pasado un año, pero aquí estamos una vez más, rodeados de guirnaldas y villancicos, inmersos en unas fiestas que no acaban de parecerse a las que conocíamos allá por 2019. Segundas navidades pandémicas, que algún día espero poder contar a mis nietos como una batallita más, y a pesar de la resignación, hoy más que nunca, no puedo dejar de invocar a esa "magia de la Navidad" de la que tanto se oye hablar en la televisión.

Quién pudiera hacer magia... Chasquear los dedos y hacer desaparecer todo lo malo del mundo, encerrar en el cajón del olvido las preocupaciones, los miedos y, sobre todo, el dichoso covid-19. Cerrar los ojos y al abrirlos, comprobar que todo fue un mal sueño. Sí, quién pudiera despertar de una buena vez de esta pesadilla. 

Hace meses que me propuse no volver a escribir sobre este tema, más que nada por hartazgo y aquí estoy por enésima vez, desahogando mi decepción en estas líneas. No estoy segura de que decepción sea la palabra adecuada, quizás lo sean enojo o pena, o las tres juntas, qué se yo. Pero lo cierto es que la explosión de contagios de los últimos días ha supuesto para todos un nuevo jarro de agua fría cuando creíamos que la cosa estaba ya casi bajo control. Llevábamos semanas escuchando noticias alarmantes en todo el mundo, y como las veces anteriores, no nos dimos cuenta, o simplemente no quisimos ver la que se avecinaba también aquí.

Porque en efecto, finalmente Ómicron  ha llegado a todos los rincones del planeta. Claro que con ese nombre que bien podría ser de algún villano de Marvel, a nadie le extraña su virulencia, o mejor dicho, su facilidad para el contagio, que es lo que parece hacer tan peligrosa a esta nueva variante del virus. El que provoque síntomas tan parecidos a los del resfriado, posiblemente explique que Ómicron haya campado a sus anchas durante semanas, para acabar desatando esta imparable ola de contagios. Sea como fuere, lo cierto es que la Nochebuena se presentó este año con una curva de contagios casi vertical. Esta esperada noche, una de las más especiales del año, no fue para muchas personas ni buena, ni mucho menos especial.  Este año no hizo falta buscar allegado en el diccionario. Lo que media España buscaba desesperadamente eran test para poder descartar un posible positivo y cenar moderadamente tranquilos con sus familias.

Con test o sin ellos, se cuentan por millares las personas contagiadas y aisladas en todo el país. Personas que se han visto obligadas a vivir en soledad estos días tan entrañables y para las que, no me cabe duda, estas navidades estarán siendo unas de las más tristes de sus vidas. Cada día nos llegan noticias de nuevos positivos entre nuestros amigos, conocidos, o familiares. Ante este panorama, solo nos queda confiar y desear que todas ellas logren superar la enfermedad de la mejor manera posible y que les sea leve y llevadero ese confinamiento forzoso que ya no pilla de nuevas a casi nadie, pero que en estas fechas tan señaladas, resulta más duro, si cabe. 

Por desgracia, para muchos la Nochevieja no distará demasiado de la pasada Nochebuena. Los contagios continúan al alza, y son el tema estrella de conversación. El cerco se estrecha para aquellos que todavía no hemos padecido la enfermedad. Hemos esquivado el virus durante meses, asustándonos ante cualquier síntoma, y ahora parece estar más cerca que nunca. En el fondo, supongo que hay una parte de todos nosotros a la que no le importaría contagiarse de una buena vez, para dejar atrás tanta incertidumbre, aunque, sabiendo cómo se las gasta este virus a veces, pronto desechamos ese pensamiento.


No sé si le pasará a todo el mundo, pero a veces me sorprendo pensando con incredulidad en todas las cosas que estoy viviendo o que he vivido. Me parece mentira que mi padre nos falte ya trece años, que muchos de mis tíos hayan fallecido, o las trágicas circunstancias que rodearon la muerte de algunos de ellos.  Y tampoco pensé jamás que viviría una pandemia de estas características. Pandemias como la peste, el cólera o la mal llamada gripe española, quedan ya demasiado alejadas en el tiempo para continuar presentes en el imaginario popular. Pero deberíamos haber aprendido ya que, tarde o temprano, la historia acaba repitiéndose. Supongo que, al igual que nos ocurre con la muerte, nunca estaremos preparados para aceptarla.

Por si no teníamos bastante con la pandemia, este año también nos ha sorprendido con un hecho tan insólito como la erupción de un volcán en La Palma. A pesar de estar casi anestesiados con todas las imágenes y la cobertura mediática que se le ha dado a este desastre natural, todavía me resulta increíble haber asistido en tiempo real al poder destructor de esta erupción. Increíble el contemplar cómo las enormes montañas de lava  avanzaban a paso lento devorando edificios, calles, carreteras, cementerios... Increíble pensar que pueblos enteros quedaron sepultados bajo la lava, y con ellos, las vidas y hogares de cientos de personas. El poder de la naturaleza es indómito, y poco o nada podemos hacer ante sus caprichos, ya se trate de volcanes, terremotos, huracanes,  o crecidas de ríos. Seguimos instalados en nuestra autocomplaciencia y  no alcanzamos a comprender el motivo por el que estos desastres vienen a perturbar nuestra plácida existencia. Nos olvidamos siempre de que la naturaleza sigue sus propias reglas y es siempre la que tiene la última palabra.

Con todo, nos preguntamos con desazón qué nos deparará el nuevo año. Por estas fechas se ponían en España las primeras vacunas, unas vacunas que han salvado millones de vidas, aunque algunos se empeñen todavía en negar la evidencia. Era el principio del fin, pero doce meses después, no hemos conseguido llegar a ese deseado final que se empeña en alejarse sin remedio una y otra vez. De seguir con los datos de estos días, no albergo dudas de que en enero nos espera un horizonte nada halagüeño: cientos de miles de contagios, la saturación de la sanidad (si es que no lo está ya, con unos profesionales agotados y literalmente desbordados), clases no presenciales,  teletrabajo... Es probable que todo esto ocurra, pero haciendo acopio de mi talante optimista, ¿llevarán razón aquellos virólogos que afirman que la pandemia está cada vez más cerca, una vez que esta cepa se extienda de manera generalizada? Con este deseo finalizo mi último Anaquel de 2021, albergando la esperanza de que el fin de la pandemia tenga los días contados.

Estamos agotando las últimas horas de este año tan complicado. En estos meses nos han dejado muchas personas a las que admiramos y otras cuya pérdida hemos lamentado profundamente por su desmesurada injusticia. Cuando las ausencias llegan demasiado pronto, son especialmente dolorosas y nos recuerdan lo que verdaderamente importa en la vida: nuestros seres queridos, nuestros amigos y todas las personas que hacen bonita nuestra existencia. Hace mucho que aprendí esta importante lección, y es por ello, que siempre pido salud, mucha salud para todos aquellos que me acompañan en este azaroso viaje que es la vida. Ojalá sigan caminando a mi lado muchos años más. ¿Qué mejor regalo se puede pedir?


Quizás esta Navidad esté siendo más negra que blanca. Quizás el año no comience tampoco demasiado bien. Pero este viernes, cuando el reloj marque las doce estrenaremos un nuevo calendario. Doce meses por delante, cuatro estaciones distintas, fechas y fiestas que se repetirán de nuevo en esta noria llamada vida que gira y gira sin parar. Seguiremos girando,  quién sabe hasta cuando, ni en qué circunstancias, pero continuaremos adelante, siempre adelante, despidiendo años y dando la bienvenida a los nuevos, en un continuo déjà vu. 

Qué bien lo escribe Pessoa...

Tendremos a cada vuelta la certeza de estar siempre comenzando, la certeza de que hay que seguir, y la certeza de que seremos interrumpidos antes de terminar. 

Y con todas estas certezas:

Hagamos de la interrupción un camino nuevo,

hagamos de la caída un paso de danza

hagamos del miedo una escalera, del sueño un puente,

de la búsqueda... un encuentro. 



Doy gracias por habernos encontrado. 

Feliz vida a todos.






miércoles, 15 de abril de 2020

Crónicas de un aislamiento






Un ser que se acostumbra a todo;
tal parece la mejor definición 
que puedo hacer del hombre.
                            Dostoyevski


Aceptación

Un mes ya desde que comenzó el aislamiento, y me sigo despertando con la misma sensación de estar viviendo una película con un final incierto. Abro los ojos a diario y mi cerebro sigue dedicando unos segundos para procesar una misma certeza: no, esto no ha sido un sueño. Es tan solo un instante, tan solo unos segundos de confusión, porque la realidad enseguida se vuelve a imponer una jornada más.

Y es que la incredulidad de los primeros días ha dejado paso a la realidad, y ésta a su vez, a la aceptación. El ser humano es capaz de adaptarse a las situaciones más complicadas con una relativa facilidad, y me doy cuenta, de que gozo sin problemas de ese singular poder de adaptación. Aunque si lo pienso, tampoco es que sea algo tan meritorio. Ya lo escribí hace poco, ¿tan difícil es quedarse en casa con comida, agua, calefacción y entretenimiento? Son tantos los libros que he leído ambientados en la guerra o en cualquiera de los conflictos que se han repetido a lo largo de los siglos, o que narran situaciones de pobreza extrema o de injusticia... En todos ellos se repite un elemento común: el sufrimiento de seres inocentes, escondidos,  asustados, hambrientos... confinados en condiciones inhumanas. Alguien podría caer en la tentación de decirme: es solo literatura. Pues sí, es "solo literatura", pero la literatura tiene el pequeño defecto de ser un reflejo de la vida; un espejo en el que poder leer nuestras virtudes, pero sobre todo nuestras vergüenzas  como seres humanos. Y la literatura, se queda corta muchas veces, y otras por desgracia, es superada con creces por la realidad. A lo largo de la historia, se han vivido multitud de circunstancias terribles en las que el verbo "resistir" ha cobrado su sentido más amplio; tantas, y tan atroces, que me sonrojo al oír las quejas de la gente por tener que vivir este grácil encierro que no atiende a otro propósito que el de salvar vidas. Tanto es así, que no me permito una sola protesta al respecto, no aquí y ahora, no en este momento.


Esperanza y Paciencia

Un día más, un día menos, me repito una y otra vez. Cumplido ya, con suerte, la mitad de este confinamiento, procuro mantener el ánimo de espíritu, y a pesar de la prolongación de las ausencias que tanto duelen, de los temores que amenazan con cerner sobre mí toda clase de malos augurios, sigo diciéndome: pasará, esto pasará, y dentro de unos meses todo quedará reducido a un mal recuerdo.  A veces me vengo arriba, y me imagino dentro de treinta años, contándole a mis nietos: "2020, aquel sí que fue un mal año, no os hacéis una idea de lo que fue aquella pandemia mundial, pero la superamos..."

Pero mientras duermo... ese, es otro cantar... Porque por las noches, esa firme resignación y ese aparente dominio mental, escapa definitivamente a mi control. Lo sé, porque cada mañana despierto con la sensación de haber estado corriendo una maratón. Me levanto cansada, dolorida, aturdida por infinidad de imágenes difusas e incongruentes; Apenas logro recordar nada de esa maraña de pensamientos que enturbian mis noches. Sin embargo, estoy convencida, de que los miedos aprovechan esas horas en que bajo la guardia y no soy dueña de mi mente para apoderarse de mis sueños, dejándome al amanecer, ese regusto amargo del que ha sucumbido a sus efectos.

Ya pasará, me digo, mientras escucho a la gente protestar por la situación que estamos viviendo, por no poder salir, aprovechando cualquier excusa para marcharse de casa... Quejas que no logro entender, porque en verdad, me siento una privilegiada. Privilegiada por poder seguir trabajando desde casa, por no tener que salir cada día a exponerme a un posible contagio. Afortunada por tener a mi familia sana y salva, aunque sea separada. Feliz, por poder quedarme en casa, sin más.

Es complicado trabajar y concentrarse en estas circunstancias, claro que sí. Sobre todo si tienes un pequeño revoloteando a tu alrededor durante todo el día...
-"No entiendo este ejercicio"
- "Ahora te lo explico, espera que acabe este párrafo..."
- "Lo de natu lo dejo para esta tarde, que estoy cansado"
- "Hazlo ahora que esta tarde tampoco tendrás ganas..."
- "Vamos a jugar al baloncesto"
- "Ahora después, antes tengo que terminar esto..."

Ay los niños... esos niños que algún día recordarán esta primavera tan extraña como una anécdota más en sus vidas (ojalá y así sea). Auténticos campeones que (al menos en mi caso) no he oído quejarse ni una sola vez.

Envidio a toda esa gente que puede aprovechar estos días para hacer aquello para lo que nunca encuentra tiempo: leer, ver películas, series, hacer la limpieza general, ordenar armarios... A mí no me dan los días para mucho más de lo que ya hacía antes del confinamiento, pero no importa, sigo siendo una afortunada, tan afortunada que no cambiaría esta ausencia de tranquilidad por nada del mundo.


Gratitud

Miro la vida pasar detrás de esta ventana, intento leer y escribir en los ratos libres, trabajar... aunque está resultando ardua tarea. Difícil concentrarse y evadirse de esta realidad que nos ha tocado vivir. Vemos pasar los días desde nuestros hogares sin otro proyecto que vivir el presente. Días casi idénticos que se suceden sin sobresaltos, sin novedades, sumidos en la monotonía... Aquí dentro intentamos protegernos y proteger a los que más queremos, y mientras tanto, ahí fuera, un ejército de hombres y mujeres tienen que salir de casa sin remedio, sin armas, con el miedo metido en el cuerpo por ellos, y por sus familias. Son tantos los que no tienen otra opción que la de salir de casa a diario, que no podría enumerarlos a todos, tan solo agradecerles su trabajo.

Eso sí, no faltamos nunca la cita de las 8. Repetimos a diario esta bonita costumbre. Minutos antes van saliendo de sus casas los vecinos, como conejos de sus madrigueras, y a las ocho en punto comienzan las palmas. No sé a quien le aplauden ellos, pero yo dedico mis aplausos a mis hermanos. En esos rostros tan conocidos y parecidos al mío deposito mi ovación. Pienso en ellos, y al hacerlo, pongo rostro a los miles de sanitarios que trabajan para intentar paliar los efectos de esta pandemia, para intentar salvar el mayor número de vidas posible. Aplaudo, aplaudo sonoramente con todo lo fuerte que puedo, como si hubiese sido testigo de una maravillosa obra de teatro. Aplaudo a esos grandes actores, desde esta cómoda butaca que es mi casa. Pienso en ellos, y no puedo evitar emocionarme cada tarde;  en ellos, enfundados en capas y más capas, que ojalá sirvan para protegerles. En ellos, solos desde hace semanas, lejos  de su familia, sin salir de casa salvo para ir a trabajar, rodeados de enfermedad y angustia. Los imagino, como soldados en la primera línea de batalla, intentando ocultar sus miedos entre todas esas capas de plástico y tela, intentando esconder sus temores tras una sonrisa. Aplaudo, y me recreo en ese momento tan especial de cada día, en ese minuto en el que todos nos unimos en un mismo acto, en un mismo sentimiento, como si con ese gesto remáramos todos a una, unidos para intentar parar esta pesadilla.

Se me partía el alma cuando los primeros días de caos e improvisación, veía a mi hermana llorando, destrozada, superada por el agotamiento físico y emocional después de un larga noche, o de un interminable día de trabajo. Horas que se les deben de hacer eternas, a ella, y a todos los sanitarios que se enfrentan a esta otra realidad que nosotros solo vemos por televisión, aunque ya muchos ni eso, porque es demasiado doloroso. Pero esa es, lamentablemente, la verdadera, la desoladora tragedia de esta pandemia.

Nada que ver con la otra cara de esta crisis: gente cantando en los balcones, o poniendo música a todo trapo, inventando toda clase de distracciones para no sucumbir al aburrimiento... Personas ajenas a la catástrofe, que  simplemente tratan de buscar la cara más amable a estos interminables días de encierro.

Por desgracia, la terrible imagen de  cientos de enfermos luchando por sobrevivir, tirados en un pasillo esperando una cama, o peor aún, de un hueco en la UCI, acompañará a muchos sanitarios el resto de sus vidas. Con razón nos dicen ellos que nos quedemos en casa... porque seguramente, si viéramos todo lo que ellos ven cada día en los hospitales, no saldríamos ni a la puerta de la calle.

"Ya sé quienes son mis héroes, mamá. Los tíos", me dijo hace unos días mi hijo. Pues sí, aunque ellos no quieren serlo, estamos muy orgullosos de nuestros héroes...


Tristeza y Emoción

Van pasando las semanas y parece que la cifra de fallecidos desciende, pero sigue siendo terrible. Cientos de familias destrozadas, que no han podido enterrar a sus seres queridos, ni siquiera despedirse. Cientos de historias diferentes que tienen en común la soledad, el dolor inenarrable, completo, todo para sí, sin posibilidad de compartirlo, sin abrazos en esos durísimos momentos. Qué terrible, y qué miedo pensar que nos puede ocurrir a cualquiera. Es lo que tiene este virus, que no atiende al estatus social, ni al nivel económico, ni a la belleza exterior, ni interior... es igual para todos.

A medida que pasa el tiempo vamos poniendo nombre y apellidos a esos fallecidos de los que se habla en los telediarios. El hermano de, el tío de, el poeta que tan bien escribía, la madre de, la abuela de... Qué tristeza tan honda y qué impotencia tantas pérdidas humanas. Y qué pavor pensar en lo que puede suceder en esos otros países olvidados que no gozan de nuestra sanidad, cuando la pandemia comience a causar estragos.

Los primeros días de confinamiento mi hijo me gritaba ¡mamáaa!, y yo acudía corriendo asustada ante su alarma. Han muerto más de 600 personas me decía. Así cada día, esperando haber pasado ya el famoso pico de contagios. Aún continúa pasándonos el parte diario, intentando, ahora sí, alojar un poco de optimismo en el universo más bien pesimista en que estamos instalados últimamente. -"Han bajado 100 muertos mamá, eso es bueno, ¿verdad mamá?" -Verdad hijo -le contesto, sin mucho convencimiento, porque son aún muchísimos, demasiados los fallecidos y ante eso, no hay consuelo posible.

Me emociono con las imágenes de televisión de enfermos saliendo de las UCIs o de los hospitales. Sonríen bañados en lágrimas, llenos de gratitud por haber vuelta a la vida, por haber ganado una batalla que creían perdida, rodeados por sus salvadores que les despiden con aplausos, y con una felicidad desbordada, celebrando cada enfermo recuperado como una auténtica victoria. Veo a esos pacientes ya curados, y me veo a mí misma, hace 16 años abandonando el hospital tras un  mes ingresada. Recuerdo aquel día inolvidable que puso fin a mi cautiverio, como uno de los más dichosos. Salí de allí con la sensación de haber recuperado mis alas, con una auténtica sensación de ingravidez, de libertad, de alegría renovada, de gratitud al universo, de inmensa felicidad... Así me sentí yo entonces, y aunque lo pasé mal, y supuso para mí un antes y un después, no creo que se parezca ni remotamente a todo lo que han vivido esas personas. Yo no estuve sola en todo ese tiempo, ni tampoco temí por mi vida, y no pasé desde luego por ese calvario que han pasado ellos. Me emociono al ver esas escenas de alegría infinita porque sé, que esos enfermos que abandonan el hospital después de semanas de lucha, deben de sentir algo parecido a lo que yo experimenté, aunque multiplicado por mil.



Incertidumbre

No sabe nadie qué ocurrirá cuando acabe todo esto. Es evidente que no podremos esquivar la crisis económica sin precedentes que vendrá después, pero ¿no valen más las vidas que el dinero? Para algún líder político sin escrúpulos, que como las meigas, haberlos haylos, no, "es necesario asumir las víctimas humanas y apostar por primar la economía"... Sin comentarios.

Pero esto debería enseñarnos que el mundo globalizado de hoy en día no nos sirve. Es evidente que será necesario cerrar fronteras por un tiempo, dejar de viajar a otros países, y hacerlo en el nuestro, donde hay mucho que ver y bonito además. Cambiar los sistemas de producción y apostar por nuestros productos, nuestra mano de obra. Invertir en investigación, en sanidad, y en educación. Cambiar prioridades, estilos de vida, modas superfluas. Está situación nos está demostrando que podemos sobrevivir sin un montón de cosas. 

Oímos hablar ya de la vuelta a la normalidad, de desescalada, y no sé si a todo el mundo le pasará igual, pero yo, a pesar de las muchas ganas que tengo de volver a la normalidad, no logro imaginar en un futuro inmediato una vida ni siquiera parecida a la que conocíamos hasta ahora. El después, da tanto miedo como el ahora, y eso no es demasiado alentador, la verdad. Miramos con esperanza a la comunidad científica, esperando un milagro en forma de vacuna, o acaso de medicamento que atenúe, si quiera un poco, la letalidad del maldito virus.

Vivimos una incertidumbre continua. Cuánto durará esta situación, qué pasará cuando acabe, qué cambiará... Todo está en el aire. No sabemos nada, nadie sabe qué pasará exactamente.

Hace una semana me saltó una alarma en el móvil: Coger cita peluquería. Perpleja al leer este aviso insólito, sonreí ante un recordatorio que programé en una vida anterior, incluso podría decir que lo escribió otra persona distinta  a esta que teclea hoy estas letras delante de una pantalla de ordenador. Aquella persona a la que renuncié hace ya un mes tenía otra preocupaciones bien distintas de las que hoy tengo. No recuerdo el día que puse esa alarma en el teléfono, aunque sí el motivo. Tenía algo importante que planificar: una comunión. Me temo que cuando todo esto acabe, nos veremos obligados a aplazar muchas cosas: léase comuniones, bodas, reuniones y todo tipo de celebraciones. Quién sabe si incluso vacaciones, y por supuesto viajes. Pero no importa, ya habrá tiempo de hacer todas esas cosas que ahora hemos de postergar, lo realmente importante es que sigamos aquí cuando todo haya acabado.

Pero qué ganas de volver a salir a tomar algo con los amigos, qué ganas de reunirme de nuevo con mis queridas mujeres del club de lectura a comentar libros,  a compartir lecturas y experiencias. Qué ganas de volver a la rutina, y sobre todo, qué ganas de abrazar a todo el mundo, ahora que no se puede... ¿Podré contener las ganas irrefrenables de abrazar a los míos cuando todo esto termine? No estoy segura de poder hacerlo.

Pero no, mejor no pensar todavía en el futuro. Vivamos el presente, y ya habrá tiempo para enfrentarnos a todas esas incógnitas cuando llegue el momento. "No querer pensar también cuenta como felicidad"


Anhelo

Cuánto estoy echando de menos también la que es mi segunda casa, mi querida biblioteca. Cuánto me acuerdo de mis pequeños y qué no daría por volver a aquellos lunes agotadores en que no había momento para el descanso, por volver a contar cuentos rodeada de niños, por mandarles callar, por repetirles veinte veces que no se grita ni se corre en la biblioteca, por comenzar una sesión de cuentos con la canción del silencio.

Les sigo contando, pero no es lo mismo, imagino sus caras mientras escuchan mi voz, pero no los veo, no sé ni siquiera si llegarán a escucharlos. Algunos sé que sí, porque me llegan mensajes entrañables dándome las gracias, deseándome salud, diciéndome que me echan de menos... Los escucho una y otra vez, y me hacen muy feliz. Cuánto los extraño.


Silencio

Hoy el mundo es silencio. La imagen de célebres calles y avenidas desiertas se repite a lo largo de todo el planeta. Me imagino a los animales, a los pájaros, preguntándose perplejos dónde diablos se han metido esos intrusos que ya no les molestan.

Ocultos, encerrados en cárceles imaginarias, de las que somos nosotros mismos los carceleros, vemos la vida pasar mientras animales salvajes pasean a sus anchas por las calles de pueblos y ciudades, disfrutando de una naturaleza que nunca ha dejado de pertenecerles.

Hoy el mundo es silencio. Quizás aquí, en nuestros pueblos no lo notemos tanto, pero en las grandes urbes ese silencio debe ser inquietante. Seguramente muchos  llegarán a echar en falta el ruido,  alguno incluso hasta los desesperantes atascos. 


Unión

Estos días nos están enseñando a apreciar lo realmente importante. A apreciar la libertad de poder salir cuando y donde te apetezca, de viajar, de vivir sin miedo, pero también nos está mostrando lo verdaderamente importante, aquello que más echamos de menos ahora mismo sobre todas las cosas: nuestros familiares, nuestros padres, hermanos, primos, amigos, esos a los que ahora tenemos que conformarnos con ver a través de una pantalla (bendita tecnología, desde luego) y a los que llamamos una y otra vez, para ver cómo están, qué han comido, que están haciendo... aunque el diálogo se repite día tras día ahogado por la misma monotonía de los días y las noches. Y es que de lo inédito del confinamiento, de una situación jamás vivida, de las noticias y novedades de los primeros días, hemos pasado ya a la pesadez de la rutina, al transcurso lento de las jornadas. Y cuesta, cada vez cuesta un poquito más.

Cada noche la tecnología nos acerca a nuestros seres queridos. Las videollamadas en familia se han convertido en un ritual que nos une en la distancia. Hablamos más que antes, aunque las palabras se atraviesan muchas veces en la garganta. Es duro no poder vernos. Es duro saber que mis hermanos se enfrentan cada día a la impotencia de luchar contra un enemigo invisible y muy peligroso. Y es curioso que aunque separados, este virus esté haciendo que estemos más unidos que nunca.


Solidaridad

También nos están enseñando estos días que el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos. La solidaridad de la gente sigue fluyendo como pequeños oasis en medio del desierto. Cientos de personas cosiendo mascarillas, batas, haciendo pantallas, donando alimentos, camas, respiradores...

La solidaridad de Munera también está llegando lejos, muy lejos. Amas de casa, voluntarios y Ayuntamiento se afanan en hacer posible que cientos de equipos de protección lleguen a hospitales, residencias y trabajadores de todo tipo. Gracias a todos, y a todas por vuestra labor. Qué orgullo de pueblo y de gente.


Amor 

Cuánto me acuerdo de mi madre estos días, y cuánto la echo de menos. Miedo, es una buena palabra para definir el sentimiento que nos acecha  a todos, aunque sobre todo a ellos, a nuestros mayores. Aunque hay otra palabra tan brutal como esa, y es soledad. El aislamiento conlleva soledad, distancia, falta de contactos, de besos, de abrazos, algo tan peligroso ahora, pero tan necesario siempre.

"Abuela, no te preocupes, sólo es grave para las personas con patologías previas". Con esa afirmación intentaba mi hijo tranquilizar a su abuela, mientras veíamos alarmados por televisión los primeros efectos de la pandemia, para a continuación dirigirse a mí y preguntarme: "Mamá, ¿qué son patologías?".  En aquel momento su inocente comentario me hizo sonreír, y me produjo también un profundo sentimiento de ternura al ver ese lazo tan especial que se ha creado entre abuela y nieto.

"Te echo muchísimo de menos", le dice mi pequeño a través de la pantalla a su abuela, mientras ella lo mira casi al punto del llanto. Es ahí, justo en ese instante irrepetible cuando me digo: Sí, definitivamente, esto nos servirá para apreciar lo verdaderamente importante...









Epílogo

Cuando empecé a escribir este texto en mi cabeza, todo era una amalgama  de ideas desordenadas que me venían a la mente, y que tenía la necesidad de escribir. De repente un día, me di cuenta de que todas esas palabras escritas sin orden ni concierto se unían bajo el paraguas de conceptos abstractos que quizás no se puedan ver con los ojos, pero que desde luego, podemos apreciar y sentir todos en menor o mayor medida. Aceptación, esperanza, paciencia, gratitud, tristeza, emoción, incertidumbre, anhelo, silencio, unión, solidaridad y amor. Todas estas grandilocuentes palabras forman parte de nuestro presente, y por eso, me ha parecido importante dejar constancia por escrito de todas ellas, porque en verdad, cada una de esas palabras abstractas cobran todo el sentido, y se hacen visibles, ahora más que nunca.






lunes, 16 de marzo de 2020

Como una película





Esto no puede estar pasando... Eso me digo últimamente, perpleja e incrédula ante los acontecimientos que nos sobrevienen día tras día. Pero sí, está pasando, y aunque todo esto que estamos viviendo pareciera sacado de cualquier película apocalíptica, o de alguna mente fantasiosa, es tan real como sobrecogedor.

Desde hace semanas, estamos asistiendo en vivo y en directo a la propagación de un virus, que apareció por primera vez en una remota región de China de la que muchos no habíamos oído hablar, y que en tiempo, record ha conseguido atravesar numerosas fronteras y propagarse por más de 120 países de todo el mundo. Durante todo este tiempo, hemos observado atónitos como el dichoso bichito hacía de las suyas en diferentes países, acercándose cada vez más al nuestro; recibimos incrédulos las noticias que llegaban desde Italia, y vimos como la cosa se desmadraba, pero aún así, supongo que no fuimos realmente conscientes de las dimensiones del abismo al que nos precipitábamos sin remedio. Los medios de comunicación, nos han despertado a diario con sombríos titulares, que no han hecho sino aumentar una imparable y creciente alarma social, aunque al mismo tiempo, las autoridades nos pedían calma, por encontrarnos -nos decían-, en la fase de contención de la epidemia.

A día de hoy, admito que no sabría decir en qué punto del camino nos perdimos, pues hemos pasado de relativizar y quitar hierro a esta enfermedad, "semejante a una gripe sin importancia", a la declaración oficial del estado de alarma en todo el país, para atajar lo que califican de pandemia y grave crisis sanitaria,  algo desde luego insólito y preocupante que a muchos (que no a todos, según parece) nos ha abierto los ojos sobre la verdadera magnitud de esta emergencia de salud, que quizás nos debimos tomar más en serio desde el principio. Palabras como pandemia, colapso del sistema o muertos, (cifras de fallecidos que tristemente siguen creciendo) nos han hecho ver que esto no es ninguna broma y que las dimensiones del desastre pueden ser desmesuradas si no hacemos, cada uno de de nosotros, un ejercicio de responsabilidad.

Como tantas otras veces, han surgido las teorías conspiratorias: se habla de un virus  mortal creado en un laboratorio expresamente con ese fin. Las descarto por ridículas y paranoicas, ¿o quizás no lo sean tanto? Hace unos años leí Inferno, de Dan Brown. En esta novela el autor pone el foco de atención en la superpoblación mundial, que alcanza ya los 7.500 millones de personas, unas cifras que siguen aumentando año tras año, y diezmando en la misma medida los recursos con los que cuenta nuestro planeta. Plantea Brown un escenario, en verdad apocalíptico, en el que un científico loco pretender acabar con esta superpoblación liberando un virus capaz de originar una pandemia mundial. Cuando leí el libro, reconozco que me creó cierto desasosiego, sin más,  pero al escuchar y leer las teorías que recorren internet estos días, la sombra de la duda parece estar justificada.

Y es que da la impresión de que el mundo que conocemos se ha vuelto patas arribas de repente, de que estuviésemos viviendo una pesadilla, de que fuésemos testigos de una película en la que nos hemos convertido, sin quererlo, en los actores principales. No, en esta ocasión nosotros no formamos parte del reparto. Esta vez no vemos el toro desde la barrera, ya no nos resulta lejano el peligro, ni tampoco ajeno como nos ha ocurrido hasta ahora con cualquier catástrofe, crisis humanitaria o conflicto armado que vemos por televisión, ya casi sin inmutarnos. Esta vez, las bajas pueden ser de los nuestros, de nuestra familia, de nuestro círculo de amistades, de nuestro pueblo... y eso, eso ya es harina de otro costal.

Esta vez la amenaza se cierne sobre nosotros, aunque para ser justos, hemos de reconocer que las circunstancias tampoco son las mismas... Nosotros sí tenemos comida de sobra que llevarnos a la boca (y a juzgar por los carritos con los que asaltan los supermercados, algunos tienen el alimento garantizado durante meses), tenemos armarios llenos de ropa, un techo bajo el que cobijarnos, agua potable, papel higiénico (este fenómeno merece capítulo a parte, sin duda, y posiblemente se estudie en el futuro en las facultades de psicología)... Tenemos medicinas, hospitales y personal sanitario dispuesto a jugarse la vida por nosotros, y tenemos también múltiples formas de ocio para pasar el tedio y el aburrimiento (internet, series y películas ininterrumpidas, redes sociales, libros...).

Muchos patriotas que han repetido hasta la saciedad que nuestro país no puede acoger a tantos inmigrantes o refugiados que huyen de la guerra o del hambre, han corrido en desbandada de los focos infectados al grito de "sálvese quien pueda", (para proteger a sus familias, mira tú por donde), y se han marchado a las costas españolas,  al chalecito de la playa, y tan agustito, y a diseminar virus por toda la geografía,  ¡qué inconsciencia!

La España vaciada y olvidada también parece haber resurgido en la memoria de algunos irresponsables, que no se han parado a pensar en la numerosa población envejecida que habita nuestras zonas rurales. Y qué gran paradoja que Marruecos cierre ahora sus fronteras a España, que los españoles no sean bien recibidos en no pocos países ya. Resuenan en mi mente las palabras del periodista, escritor y cineasta David Trueba: "Imaginen que el contagio del coronavirus se extiende por Europa de manera incontrolada mientras que en el continente africano, por las condiciones climáticas, no tiene incidencia. Aterradas, las familias europeas escaparían de la enfermedad de manera histérica, camino de la frontera africana. Tratarían de cruzar el mar por el Estrecho, se lanzarían en embarcaciones precarias desde las islas griegas y la costa turca. Perseguidos por la sombra de una nueva peste mortal tratarían de ponerse a salvo, urgidos por la necesidad. Pero al llegar a la costa africana, las mismas vallas que ellos levantaron, los mismos controles violentos y las fronteras más inexpugnables invertirían el poder de freno." Se trata de una distopía, pero no me negarán que es bueno...

Por primera vez en la historia toda España se encuentra en cuarentena, confinada en casa, sin poder salir nada más que para comprar, trabajar o cuidar a nuestros mayores. Con sorpresa e incredulidad hemos visto calles, avenidas, plazas desiertas, hemos sido testigos de cómo se han ido cerrando colegios, institutos, universidades, parques, teatros, bibliotecas, museos, bares, ¡bares! algo casi impensable en nuestro país. Una medida excepcional que no se toma a la ligera, y que no sabemos si conseguirá frenar la cadena de contagio, pero que desde luego, no podrá frenar el contagio de otro virus peor: el miedo que avanza imparable entre la población, y sobre todo entre los mayores.

Yo misma, hasta hace pocos días he mantenido mis temores a raya, he intentado alejar los pensamientos negativos, y relativizar los efectos que esta enfermedad podría tener sobre mí, teniendo en cuenta que como enferma crónica, y paciente inmunodeprimida que soy, formo parte de esa población de riesgo a la que aluden las autoridades sanitarias.  A pesar de ello, salí a hacer la compra semanal, la mía y la de mi madre, -quien bastante angustiada, sigue las recomendaciones al pie de la letra y no quiere salir ni a la puerta de la calle-. Rostros serios, de preocupación, de desconcierto, saludos rápidos, miradas esquivas, colas y algún que otro estante vacío, ese es el panorama con el que me encontré. Intenté hacerla rápido, sin detenerme demasiado, procurando no coincidir  a pocos metros de distancia con otras personas, con mucha precaución, y para qué negarlo, con un pellizco en el estómago que no era otra cosa, que miedo.

El miedo es como un pequeño roedor que nos va devorando poco a poco. Es natural tener miedo, ya que es un mecanismo de defensa necesario que nos mantiene en alerta ante cualquier señal de peligro. Pero no podemos dejar que esta emoción se apodere de nosotros, porque entonces, entonces sí que estaremos perdidos.

Ahora bien, según avanza esta pandemia, no sé qué es lo que más me asusta, si este maldito virus o esta sociedad perversa de la que formamos parte; el despropósito sin límites de muchas personas que no toman las debidas precauciones o ignoran las advertencias de las autoridades. Creo que la gente sana, sin patologías, que casi con toda probabilidad pasará la enfermedad sin ningún contratiempo, no es consciente de lo que supone el hecho de haber estado en zonas de riesgo, o en contacto con personas infectadas, o incluso tener síntomas, y no tomar las medidas preventivas necesarias para no provocar contagios. No nos han pedido nada descabellado, ni difícil de llevar a cabo, tan solo quedarse en casa y evitar el contacto con la gente, por solidaridad, por responsabilidad, por sentido común...

Un bichito diminuto -aunque de la realeza, eso sí, por aquello de la corona- es el malo de esta película, en la que parece que la realidad podría acabar superando una vez más a la ficción. Un virus microscópico nos está demostrando que, aunque nos creamos el ombligo del mundo, seres superiores, nada más lejos de la realidad. Este virus nos está dando una lección de humildad, recordándonos nuestra condición de simples mortales, de seres vulnerables a los que algo tan insignificante puede exterminar en cadena. Y lo más grave, ha sacado a relucir a nuestras peores taras y debilidades como sociedad. 

Ya nos lo hizo ver Albert Camus en La peste, su obra maestra. La peste, o cualquier otra epidemia contagiosa de este tipo, puede llegar a sacar lo peor y lo mejor del ser humano, desde el más puro egoísmo, la insolidaridad, o la irracionalidad hasta la generosidad sin límites. Y es que, en verdad, los humanos somos seres egoístas, e iría un paso más allá, faltos de todo sentido común en muchas ocasiones. Y sí, tenía razón Camus,  en las situaciones críticas o de peligro es cuando se demuestra la verdadera naturaleza de las personas.

Puede que sea el miedo irracional el que lleve a la gente a aprovisionarse de papel higiénico para los próximos meses. El que les lleve a hacer acopio de alimentos como si no hubiera un mañana, sin pensar en que los demás también necesitan alimentarse. Tal vez haya sido ese miedo, el que ha instado a millares de madrileños a marcharse a los pueblos, o la playa a pasar la cuarentena, "como si estuvieran de vacaciones" cuando se les ha dicho, por activa y por pasiva, que debían de quedarse en casa para evitar extender la enfermedad si la tuvieran. Puede que sea ese miedo irracional, el que ha llevado a multitud de personas a abastecerse de mascarillas, unas mascarillas que seguramente no tendrán que usar, pero cuya escasez está provocando su encarecimiento desmedido, y lo que es más grave, el desabastecimiento para las personas que realmente las necesitan, como enfermos de cáncer o el propio personal sanitario. Sí, el miedo es mucho más contagioso que cualquier virus. Pero la estupidez humana, esa también es contagiosa, y desde luego puede llegar a alcanzar cotas insuperables.

Es triste que una crisis de estas características tenga que enseñarnos las grandezas de nuestro sistema sanitario, de la SANIDAD PÚBLICA, con mayúsculas, la única que debería existir, aunque se empeñen en privatizarla. Es triste que sea ahora, y no antes, cuando reconozcamos el valor del extraordinario y sacrificado trabajo de todo el personal sanitario, que siguen ahí, al pie del cañón, exponiéndose al contagio y dando lo mejor de sí mismos, ahora y siempre. Que sea ahora cuando nos demos cuenta de  la trascendencia del trabajo de científicos e investigadores, que buscan una vacuna y un tratamiento contrarreloj. Que no hayamos cuestionado antes la incongruencia de que en este país, futbolistas, famosos o influencers puedan llegar a cobrar auténticas barbaridades, en comparación con estos otros profesionales cuyo trabajo es tan crucial y necesario.  Qué triste, que estos días de arresto domiciliario sirvan para que apreciemos como se merece, la labor diaria de los maestros con nuestros hijos, ahora que tenemos que acometer la difícil tarea de tenerlos en casa las veinticuatro horas, además de enseñarles y ayudarles con las tareas... 

Es triste, pero si después de todo, por fin cambia nuestra manera de ver las cosas, nuestra manera de vivir, algo habríamos sacado bueno de esta experiencia.

De momento, la consecuencia directa de toda esta crisis la ha sufrido, o mejor dicho, la ha agradecido nuestro planeta. China, el motor del mundo se ha parado, y con él los niveles de contaminación han experimentado un considerable descenso. Tantas y tantas cumbres estériles en las que el gigante asiático se había negado a reducir sus emisiones, y ha tenido que ser un virus el que lo ha conseguido.  China para, y el resto del planeta lo nota, porque por supuesto, el resto de países  sufren las consecuencias de este cese, con multitud de fábricas y empresas desabastecidas en todo el globo terráqueo. Y yo me pregunto, ¿esto no debería llevar a plantearse a las grandes multinacionales el retornar su producción a los países de origen?

Como decía, esta crisis no sólo tiene cosas malas, y está sacando también lo mejor de las personas. Un atisbo de esperanza y de solidaridad aflora del mismo modo estos días. Muchos se han ofrecido a cuidar a los niños y niñas mientras sus padres tienen que irse a trabajar. Otros a ayudar a personas mayores solas y aisladas en sus casas con la compra y los recados. Qué admirable y qué suerte que exista gente así...

Del mismo modo, empleados de comercios de alimentación, farmacias, camioneros, policía y guardia civil, servicios públicos en general, todos ellos están demostrando su profesionalidad y generosidad en esta crisis, manteniéndose en sus puestos de trabajo y garantizando que todos podamos acceder a los servicios mínimos. Tenemos mucho que agradecerles.

Quizá sea esta la cara amable de esta emergencia sanitaria: todavía no está todo perdido, todavía hay mucha gente buena en este mundo. ¿Nos servirá de enseñanza todo esto, o por el contrario  cuando todo pase seguiremos viviendo en nuestra inconsciencia? ¿Aprenderemos de los errores o los volveremos a repetir? Quiero pensar que sí, que cuando esta película sea tan solo un mal recuerdo, hayamos aprendido la lección, que no volvamos a distraernos con estupideces y seamos todos conscientes de lo que verdaderamente importa. Que ese día, que ahora nos parece tan lejano, nos besemos y nos toquemos, que abracemos con todo el cariño y sin ningún miedo a nuestros padres, a nuestros abuelos, que nos susurramos palabras bonitas al oído, que nos cojamos de la mano y salgamos todos a pasear bajo el sol, que disfrutemos de la buena compañía de los amigos, de las terrazas, de la vida, de tantas cosas que, como siempre ocurre, echamos de menos cuando no las tenemos a nuestro alcance y que son las que realmente merecen la pena.

Ojalá, que el tiempo pase deprisa, que este mal sueño acabe pronto, y como una película, los protagonistas aparezcan al final fundidos en un gran abrazo, para a continuación leer en letras bien grandes:

To be continued...
Continuará... 




Hablando en plata II

  Los que me conocen saben de mi interés por las raíces, por las tradiciones y las costumbres de nuestro pueblo. Y me siento atraída especia...