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miércoles, 1 de julio de 2026

Feliz cumpleaños al cielo

 


Hoy, 1 de julio, mi padre hubiera cumplido 86 años. En la foto tenía unos cuantos menos. Así dice la IA que sería la ajada fotografía en blanco y negro que cuelga de una pared de su casa. 

Nació en 1940, en plena posguerra, apenas un año después de que mi abuelo Antonio volviese  de la contienda. El final de la guerra le pilló en algún lugar de Castellón. Cuentan que desde allí, se trajo bajo el brazo un cuadro de la bahía de San Sebastián, que cogió de alguna casa destruida por las bombas con la que se encontró en su periplo de regreso, monte a través. "Si llega el cuadro, llegó yo", se dijo. Y llegó. Al año siguiente ya había nacido el mayor de sus hijos, al que bautizaron como Nicasio, en recuerdo del tío del mismo nombre que mataron en la guerra. Aquel nombre marcado por la desgracia nunca le gustó y no quiso tampoco llamar así a ninguno de sus tres hijos.

Nunca fue a la escuela, pero esa circunstancia no impidió que adquiriese el conocimiento y la cultura necesarios para desenvolverse con soltura en la vida. Su porte elegante, su rectitud y ese saber estar  del que siempre hizo gala, despertaban respeto y admiración. Recuerdo el comentario de una amiga cuando mi padre me llevó a la residencia el primer día: "Pensaba que era profesor o algo parecido", me aseguró.

En octubre harán 18 años de su muerte. 18 años de dolorosa ausencia, aunque también de verdadera y auténtica presencia. Él, siempre él, ha estado y estará a mi lado, en cada dificultad, en cada alegría y en cada tristeza. A él le pido y a él doy gracias cada noche.

Hablo con él. Y le cuento que van pasando los años, casi sin darme cuenta, enfrascada en el agotador día a día de casa, familia, trabajo.

Le cuento que su nieto, ese que luce sus mismos ojos azules, ya es casi tan alto como yo y que es posible que sea digno heredero de aquel que apodaron "Antonio el Grande" y al que arrastraban los pies por el suelo cuando subía en burro. 

Le cuento que pronto tendrá otro nieto, otro más que nunca podrá conocer a su abuelo, pero al que le hablaremos de lo mucho que le gustaban los niños y de lo mucho que hubiese disfrutado con sus nietos.

Le cuento que mi madre sigue siendo tan trabajadora y fuerte como siempre. Que su cuerpo se va encogiendo y sus dedos se retuercen dolorosamente por la artrosis. Pero ahí sigue, con sus dolores, sus preocupaciones, sus ausencias, al pie del cañón.

Le cuento que sigo teniendo el mismo coche que le enseñé a través de la ventana de la salita cuando lo compré y en el que nunca llegó a subir.

Le cuento que sigo haciendo el mismo trabajo y que, gracias a él, en todos estos años he tenido la inmensa fortuna de conocer a personas maravillosas, de vivir momentos inolvidables, de sentir el cariño de grandes y pequeños. 

Le cuento que aquella niña tímida y apocada ha conseguido hacer cosas que jamás llegó a imaginar. A pesar de los muchos miedos e inseguridades y a fuerza de mucho trabajo y empeño, la mujer en la que se convirtió fue superando, poco a poco, metas y obstaculos. Quizá porque nadie le dijo que no podía.

Le cuento que nos han dado un premio nacional por un proyecto comunitario de la biblioteca gestado con la ayuda de dos extraordinarias personas a las que estaré eternamente agradecida y unida para siempre.

Le cuento que me llegan  felicitaciones de decenas de personas, mensajes emocionantes, palabras llenas de verdadero cariño. Cuánto amor estamos recibiendo...

Le cuento que en la azotea del Teatro Calderón, casi tocando el cielo de Madrid, bajo una preciosa puesta de sol y con una sonrisa inmensa de auténtica felicidad en la cara, la vida me sorprendió una vez más: "Entonces seguro que conociste a mi padre", le dije a la ministra, que afirmaba haber venido a Munera con su padre en numerosas ocasiones cuando era pequeña. Qué cosas...

Entonces, solo entonces fui consciente del alcance de aquellas palabras. Él también estaba allí, junto a mí, en aquella azotea. 

Siempre lo está. Siempre lo estará.

Feli cumpleaños al cielo ♥️

jueves, 19 de septiembre de 2019

Azules grisáceos

Y por amor a la memoria 
llevo sobre mi cara 
la cara de mi padre. 

Yehuda Amijai


Azules grisáceos, así eran los ojos de mi padre. A él, y a esos ojos que sigo recordando con nostalgia, quise dedicarles hace tiempo un poema. Durante años, permaneció enquistado en mi cabeza, incapaz de terminarlo, de encontrar las palabras adecuadas antes de que la pena se apoderase de mis musas y quedase de nuevo abandonado en un cajón. 


Por fin, he logrado escribir estos versos, que no son, sino un sentido recuerdo a la figura de mi querido padre, cuya ausencia sufrimos desde hace ya casi once años. Se nos fue, y no tuvimos más remedio que aprender a vivir sin su presencia, abrigados por su indeleble recuerdo que no ha dejado de acompañarnos en todo este tiempo.

Pero no sólo su recuerdo está presente. También lo siento siempre conmigo, y aunque intangible, sé que está a mi lado en los momentos difíciles, en los tristes y en los alegres; Y lo veo constantemente en las facciones de sus hijos, en sus cuerpos, en su forma de andar, en sus inquietudes y aficiones, en sus aptitudes... y tampoco puedo evitar verlo, en el reflejo que el espejo me devuelve cada día; Sigue estando y estará, porque su esencia sigue viva en nosotros. 

He escrito este poema con esa misma certeza: somos eternos en la medida en que nuestra esencia perdura en nuestros descendientes. Tristemente, la travesía de mi padre en este mundo terminó demasiado pronto, aunque poco después de su partida, recibimos el valioso regalo de poder contemplar a diario otros bonitos ojos azules: los ojos azules grisáceos que mi hijo ha heredado de su abuelo.

El ciclo de la vida ha seguido su curso, una vez más...



A la memoria de mi padre


Azules grisáceos


Eran azules grisáceos
los ojos que tanto anhelo,
azules como las nubes,
como el gris de mar adentro.

Su mirada era serena,
y a la vez viva y despierta,
surcada por mil arrugas,
testigo de tantas gestas.

La tez morena y curtida
por el clima de esta tierra.
De sol a sol trabajando
hiciera frío o lloviera.

Sus manos grandes y fuertes
al igual que su figura,
manos rudas y callosas
por usarlas sin mesura.

Su ser, cómo describirlo...
pura fuerza y energía,
era constancia y coraje
y paciencia desmedida.

Era de gesto severo,
y de afable chascarrillo,
de rectitud implacable,
socarrón con sus amigos.                             

Era apacible silencio,
reservado y reflexivo,
de  innata verbosidad
y de la tierra erudito.

Era techumbre, cobijo,
era tantas cosas buenas,
era pilar de mi casa,     
era refugio y almena.

Azules grisáceos, sus ojos,
se inundaron de tristeza. 
Su brillo se ensombreció
nublado por la tormenta.         

Languideció su mirada
al ver su futuro incierto,
y su cuerpo envejeció
precipitado en el tiempo.                         

De aquellos robustos brazos
solo quedaron los huesos,
y aquel holgado reloj 
colgando sobre el pellejo.

La enfermedad se alojó
en su alma y en su cuerpo,
y en todos los que vivimos
su dolor y sufrimiento.     

Cuánta tristeza se agolpa
en mi mente todavía,
al recordar tanto miedo,
tanta angustia en su agonía.

Qué aciaga fue su partida,
aquellas horas sombrías.       
Su ausencia nos acompaña
desde entonces, cada día.

Y aunque la pena es eterna,
e imborrable su recuerdo,
hoy son dos bellos luceros
los que me roban el sueño.                   

Quiso Dios que azules fueran
los ojos de mi pequeño,
el fruto de mis entrañas,
la razón de mis desvelos.

Aterrizó en nuestro mundo
para colmarnos de dicha.           
Adormeció la tristeza,           
nos devolvió la sonrisa. 

Lo llenó todo de ruido,
de risas y algarabía.
Nos trajo una nueva ilusión
una nueva melodía.

Con su piel de terciopelo,
con su cabello dorado,
con esos preciosos ojos               
prueba fiel de su legado. 

Esos dos faros azules
alumbran hoy mi camino, 
esos que cubro de besos,
de ternura y de cariño.   

Con emoción los contemplo       
con auténtico deleite,
me traen de vuelta a mi padre,             
unen pasado y presente.             

De color azul grisáceo,
cuánto los echo de menos.
Los ojos de mi hijo,
como los de su abuelo.


Pórtico Literario 2019










Hablando en plata II

  Los que me conocen saben de mi interés por las raíces, por las tradiciones y las costumbres de nuestro pueblo. Y me siento atraída especia...