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miércoles, 20 de noviembre de 2024

MAQUILA

 

"Jamás pensamos en el invierno

pero el invierno llega, aunque no quieras".

                                                        R. J.




Escribo para poder respirar. Como si las palabras fueran el oxígeno con el que seguir respirando... con el que seguir viviendo, con el que seguir afanando...

Escribo para que el alma de las palabras, hecha de aliento, de vaho, acabe con los silencios...

Escribo por los mudos. Por todos aquellos hombres y mujeres que se quedaron mudos cuando les arrancaron de cuajo la voz y las palabras...

Escribo para no morir de hambre. Como si cada palabra fuera un mendrugo de pan con que alimentarse... 

A modo de prólogo, como un domador de vientos con su lazo de palabras, escribe Rafael Cabanillas uno de los alegatos por la escritura más hermosos que he leído. Cada párrafo, una sentencia, una verdad irrefutable, una puñalada certera en el corazón. Vaya comienzo de libro, una declaración de intenciones tan poderosa y de tal belleza que sobrecoge. Algo tan bonito solo lo pueden escribir los poetas y Rafael Cabanillas, sin duda, tiene alma de poeta. 

Nos invita el autor de esta manera magistral a adentrarnos en una nueva historia, independiente del universo Quercus, aunque enraizada en las mismas entrañas: la vida que fluye a través de los años, entre sueños, deseos insatisfechos, decepciones, pérdidas. Nos traslada otra vez con su pluma a otro tiempo, no demasiado lejano, en el que la miseria, el hambre y el frío eran el pan nuestro de cada día. La mera supervivencia,  de los que no tuvieron la suerte de nacer en una cuna sino en un chozo, viviendo como bestias, o mejor dicho, malviviendo.

Cómo olvidar ya ese chozo en el que se criaron el tío Justo y sus hermanos, ese chozo oscuro, lleno de humo y de goteras. Cómo olvidar a esa madre, merecedora de una estatua en pleno centro de Madrid y que representa a tantas mujeres de entonces, fuertes y trabajadoras. Mujeres que sufrieron en silencio toda clase de penurias, que trataron de engañar al hambre una y mil veces y que a pesar de todo, lograron sacar adelante a sus hijos. Quedará ya para siempre en mi memoria la historia de esa familia, de esos niños que tuvieron una infancia sin juguetes, sin posesiones, sin escuela. Una infancia que me recuerda demasiado a la que vivieron mis padres, mis tíos, mis abuelos y tantos otros. Tan bien descrita que en algún momento llegas a notar cómo el humo oprime tus pulmones o incluso esa inconfundible punzada de dolor que provoca el hambre. 

Y nos traslada también Maquila a otro espacio, a Madrid, a través de la mirada de Manuel, bibliotecario en la Biblioteca Nacional. Conoceremos su historia de amor y desamor con Desirée, forjada entre libros, silencios y miradas. Con él viviremos la reconstrucción del molino del abuelo Maquila, del que toma el nombre la novela. Será ésta una difícil empresa que le llevará veinte años.  Una metáfora de la propia vida. Y conoceremos también la historia de sus padres, Lucía y Edilio. El éxodo a la gran ciudad para buscar un mejor porvenir, para encontrar la indignidad de una diminuta portería convertida en hogar. 

Gracias a ese molino, dos personajes tan distantes como Manuel y Justo, cruzarán sus caminos. Será el tío Justo el que le muestre a Manuel su particular visión del mundo. El que le enseñe a través de sus pensamientos lo equivocado de la sociedad actual. El hombre hace mucho que dio la espalda a la naturaleza, destruyéndola sin remedio, sin darse cuenta de que, con ello, se destruye también así mismo. Justo rescatará del olvido retazos de su propia historia. La del cojo Melquiades y su mujer Ángela, la de sus hermanos. Su dura infancia, su juventud marcada por un golpe de suerte (que Dios aprieta, pero no ahoga, diría él).  Su  historia de amor con la Modesta, convertida con el devenir de los años en cariño y compañía. 

Muchos son los pasajes memorables y muchos los temas que aparecen en esta novela. La desesperación de una madre por su hijo muerto. La avaricia que mata. La persistencia de un cabrero que se resiste a abandonar su vida de pastor. La violencia, siempre presente en esas tierras. Las injusticias, que jalonan las historias, allá donde mires. 

Pero sin duda, la columna que vertebra la novela de Cabanillas es Lucía. Una madre atrapada por la terrible enfermedad del alzhéimer, apagando la luz de su conciencia, de su pensamiento, de su ser. Dejando a oscuras los últimos años de su vida. Y un hijo desbordado por su imparable declive, que finalmente decide acompañar a su madre en el último viaje, colmar de amor su último aliento. 

Como afirma el propio autor, se trata de una novela para ajustar las cuentas con la muerte,  para intentar reparar el daño, reconstruir la paz. Lo que pudo haber sido y no fue.  La literatura para sanar las heridas del alma. Inyectarse fantasía para no morir de realidad, que decía Bradbury. Un libro convertido en el más hermoso homenaje de un hijo a una madre. 

Otra magnífica novela de Rafael Cabanillas.



Y para terminar, algunas frases sacadas de Maquila, que merecen ser recordadas, anotadas y leídas repetidas veces, por las grandes verdades que encierran. Maravillosas todas.

"Si la felicidad existe, debe ser la suma de esos instantes de belleza efímera". 

"Gracias a las mujeres, a su buena cabeza, que si no fuera por ellas, la especie humana haría siglos que se habría ido a la mierda...". 

"¿Qué le vamos a dejar a nuestros hijos y a nuestros nietos?

"La gente vive amargada porque les han metido en la cabeza que la única forma de ser feliz es teniendo muchas cosas. Para conseguirlas hay que trabajar muchas horas. Por eso sobran los hijos, los padres y si te descuidas hasta el perro".

"¿La vida para ella? Un engaño, una decepción. El timo de la estampita..."

"Te parece padre poca revolución la que tienes dentro de este chozo?"

"Los animales son tan felices porque viven en el presente".

"Sin saber el pobre infeliz, que, si se lee, es precisamente para desdoblarse, multiplicarse y poder vivir otras vidas. Mil vidas a la vez. Para vivir en la eternidad de los libros". 


















jueves, 3 de octubre de 2024

En la raya del infinito




Estimado Rafael:

Acabo de terminar Valhondo y con el corazón encogido aún por la emoción, escribo sin saber muy bien dónde me llevarán las palabras. 

Después de leer Quercus quise compartir esa maravillosa lectura con todo aquel que amase la literatura. Quizá, porque siempre he pecado de ilusa y nunca he conocido demasiados límites para los deseos, quise traerte a Munera, a mi club de lectura, a mi biblioteca. Me dije: alguien que escribe algo así, tan profundo y tan bien escrito, merece la pena conocerlo y escucharlo. Me puse en contacto contigo por redes y a los pocos minutos estábamos hablando por teléfono.  "Yo no puedo ahora, pero si quieres, te propongo que seáis vosotros los que vengáis aquí, a la ruta Quercus, a Cabañeros". Así de fácil, con esa naturalidad y cercanía de la que hacen gala las grandes personas. Me animaste a escribir una reseña sobre tu novela y la elogiaste con toda la generosidad que te caracteriza. No sabes cuánto te lo agradezco y también que leyeras el resto de mi blog, un verdadero honor para mí. 

Me gustó tanto Quercus, que seguí leyendo el resto de la trilogía y Maquila. También hemos leído los tres títulos en mi club de lectura. Terminamos la temporada con Enjambre y este año la hemos comenzado con Valhondo. A ver qué libros selecciono yo para las próximas lecturas, con lo alto que ha quedado el listón. Pues Maquila, por supuesto... Si está libre será el siguiente en nuestra lista.

Me han emocionado las cartas de tus lectoras que transcribes al final de Valhondo. Supongo que por eso yo también quería dejar constancia de lo mucho que me han gustado tus libros. Si mi madre hubiera ido a la escuela, probablemente también ella te hubiera escrito una carta parecida, en la que te diera las gracias por dar voz a tantas voces silenciadas y por transportarla con tus historias a su infancia de hambre, frío y pobreza, aunque también de felicidad. Se leyó Quercus en apenas dos semanas, todo un record para alguien que lee a trompicones, (aprendió a leer de mayor y tiene que releer a menudo, porque no recuerda lo último leído). Y siguió leyendo Enjambre, Valhondo y Maquila. Todos le gustaron mucho y no sabes lo difícil que es encontrar un libro que comprenda, con un tema que le interese, con letra grande, y además que le guste. Hoy en día es pedir demasiado a lo que nos ofrece el mercado editorial. Imagino que les pasa a muchos mayores, así que lograr lo que has logrado con tus libros me parece ya muy meritorio. 

Por suerte, yo no he conocido esa pobreza que tan bien describes en tus libros, pero está trilogía me ha calado muy hondo. Será por las historias, que te atrapan desde el principio, o por los personajes, que se quedan contigo para siempre. Será por la poesía que rezuma en cada página, o por la presencia constante de la naturaleza, tan bien descrita que casi se huele y se percibe. Será por las verdades como puños que cuentas en tus libros y por tanta sabiduría que transmites con ellos. Por esos localismos y palabras tan nuestras y que no tenemos que buscar en el diccionario.  Por la dureza de las vidas de los personajes, que tan bien nos sabes contar  o por la ironía y el humor que tampoco faltan a lo largo de las páginas. Pero, supongo que uno de los motivos más importantes de que me hayan gustado tanto tus libros es que me han traído muchos recuerdos de mi padre. Durante años fue guarda mayor, primero en la Finca Las Beatas, que quizá conozcas, porque está en Ciudad Real y después en el Coto de Sotuélamos, al lado de Munera. Aunque se trataba de caza menor, el lenguaje era el mismo: las cacerías, los ojeos, los señoritos,  las perdices... Me has devuelto la imagen de mi padre con su uniforme verde o marrón y su sombrero, montado en aquel Land Rover que aparcaba enfrente de casa. Todavía, si te fijas, se pueden apreciar en el suelo las manchas de aceite que dejaba. Irnos con él algún domingo y recorrer el monte echándole pienso a las perdices era una fiesta. "Mira, un espárrago", nos decía desde su asiento en marcha, "¿has visto la seta?, ¿ves el búho en el nido?" Y nosotros no lo habíamos visto, claro que no. Porque él tenía la vista hecha al monte y a la naturaleza. La mirada de un hombre de campo que tampoco fue a la escuela, pero que era más sabio que muchos universitarios de hoy en día. Has hecho regresar a mi memoria ese aspecto tan importante de mi padre y te doy las gracias por ello. 

Quercus es impactante, maravilloso, imprescindible. Enjambre es pura ternura y Valhondo es un auténtico homenaje a los maestros y a la España rural. Con todos ellos he disfrutado, he sufrido, me he reído y me he emocionado. 

Siempre he pensado que un buen libro ha de escocer en el alma, ha de cambiar algo en tu interior, remover conciencias o sentimientos, qué más da. Y sin duda, tus libros lo consiguen. Pero diré más. Tus finales son magníficos. Qué finales... Que difícil cerrar bien un libro. Escribir un buen final es toda una proeza  y Rafael Cabanillas la supera con nota, sí señor. 

Cerrar el libro con una sonrisa en los labios, un brillo en los ojos y el vello erizado es algo que no sucede a menudo, pero que ocurre en cada uno de los libros de esta trilogía.  Eso es un buen final. El broche perfecto a un buen libro.  Un rumor, un eco de voces y palabras que se quedará ya contigo para siempre. Abel, Lucía, Tiresias, y el maravilloso maestro Rafael, que no es otro que el Rafael de carne y hueso, convertido ya también en personaje: don Rafael Cabanillas Saldaña. 

Se llaman lucha, orgullo y dignidad lo que nos ha regalado a los lectores este Quijote llamado Rafael. GRACIAS 

Hablando en plata II

  Los que me conocen saben de mi interés por las raíces, por las tradiciones y las costumbres de nuestro pueblo. Y me siento atraída especia...