viernes, 25 de marzo de 2022

El sitio de mi recreo





Lo esencial es invisible a los ojos

Antoine de Saint-Exupéry



Escribe Mar Benegas en un poema: que la biblioteca sea hogar, casa, alimento, refugio y semilla. En tan pocas palabras, se desprende un profundo amor por las bibliotecas y una defensa férrea de su valor, con los que no puedo estar más de acuerdo. Una biblioteca no es sólo un lugar lleno de libros, es mucho más que eso. 

Quizás alguien pudiera pensar que en una biblioteca las horas transcurren plácidamente, que se trata de un lugar detenido en el tiempo, un vestigio del pasado donde nunca pasa nada. Recuerdo que en una ocasión, una chica a la que acababa de conocer me dijo: ¿Trabajas en una biblioteca? Pues qué aburrimiento ¿no? Supongo que al ver la expresión de mi cara, (que no sabría decir ahora si fue de desconcierto, o si simplemente la fulminé con la mirada), no le hizo falta esperar mi respuesta. Emprendió la retirada, para no volver a acercarse a mí en todo el día. En aquel momento me dije: esta chica no ha pisado una biblioteca pública en su vida...

No voy a negar que haya momentos, en que la biblioteca sea ese remanso de paz que buscan los amantes de los libros, los estudiantes, o los que adoran el silencio. Ahora bien, de aburrimiento, nada de nada, o al menos a mí no me da tiempo a aburrirme. Porque, si ustedes son de los que acuden asiduamente a una biblioteca pública, sabrán que esa imagen apacible se aleja muchas veces de la realidad. Habrán podido comprobar que estos templos del saber, tienen a menudo un trasiego constante de lectores grandes o pequeños, inquietos, ruidosos, alborotadores y de todo tipo, los cuales no hacen otra cosa, que dar vida a cualquier biblioteca que se precie.

Quizás  se sorprendan si les cuento que los niños acuden felices a los clubes de lectura.

─Todavía no es la hora, faltan aún quince minutos ─les dije a un par de niños de 4º el primer día que asistieron después de la pandemia.

─Ya, es que estábamos deseando venir... ─me contestaron, con la sinceridad de la que solo los niños son capaces. Una respuesta que me conmovió y que me dan ganas de anotar, y enmarcar, para tenerla bien cerquita cada vez que me visite el desaliento.

En verdad, qué a gusto vienen. Qué extraordinaria experiencia escucharles leer y verles disfrutar de las lecturas. Qué privilegio aconsejarles libros y animarles a leer. 

Y qué decir de mis pequeños oyentes de La hora del cuento,  a los que he visto, y veo crecer año tras año. Esos que vienen tan pequeñitos, tan callados, tan tranquilos las primeras semanas y que poco a poco van tomando confianza, desmelenándose completamente con el paso de los meses. 

El primer día les digo: Me llamo Mª Nieves, no me vayáis a confundir con Blancanieves, que ya me ha pasado... y se parten de la risa. Pero sí, muchos me siguen llamando Blancanieves.

Les cuento, además, que no solo tenemos qu alimentar el estómago, también tenemos que alimentar  el cerebro. ¿Y con qué se alimenta el cerebro?, les digo. Pocos saben contestar correctamente a esa pregunta, que intento que aprendan cuanto antes: con cuentos y más cuentos. Cuentos que espero y deseo que algún día se conviertan en novelas, en ensayos, en poemarios, o en cualquier género literario que tenga forma de libro y que realmente pueda servirles para alimentar sus pensamientos y sus almas, para crecer como personas y sobre todo, para hacerlos libres. 

Estoy segura de que los amantes de la lectura, coincidirán en que los libros son un verdadero refugio ─más aún, en estos últimos tiempos─ y en que son un necesario alimento para el alma. Yo hace mucho que lo descubrí, y desde entonces, creo fervientemente en su poder. Por ello, no dejo de recomendar este remedio fácil, barato y natural.

Albergo la esperanza de que estos niños que acuden a la biblioteca a por su ración semanal de cuentos, encuentren en la lectura y en los libros, el refugio y la compañía que yo encontré en ellos, y que descubran (al igual que le ocurrió a ese personaje inolvidable de Matilda) que gracias a los libros, ya nunca volverán a estar solos.

Es un verdadero regalo ser testigo de sus avances, ver cómo crecen mis pequeños, cómo van cambiando sus cuerpos, sus caras, su carácter... con el paso de los años. Verlos disfrutar con las historias que les cuento. Verlos dormirse literalmente (ya he perdido la cuenta de los niños que han sucumbido al sueño durante mis sesiones). Verlos marcharse de la biblioteca cargados de libros, de cuentos, de ese  alimento insustituible y más necesario que nunca.

Qué experiencia maravillosa contar cuentos. ¿Que no lo han probado? Pues háganlo, se lo recomiendo. No hace falta saberlos de memoria (aunque al final una de tanto repetirlos acabe por aprenderlos). No hace falta ser la mejor de las oradoras, ni disfrazarse de actriz, ni hacer ningún máster, se lo garantizo. Lo único que hace falta son las ganas de contar, de contagiar el amor por la palabra, de disfrutar compartiendo lecturas.

A menudo, tras el consabido colorín colorado de rigor, recibo una ovación de mis queridos niños, aplausos, que como siempre digo, me saben a gloria bendita. 

─Habéis sido un público maravilloso ─les digo, y vuelvo a escuchar sus risas (siempre quise decir esa frase que pronuncian los profesionales en los teatros). Y es que contando, me convierto en otra persona, en los personajes a los que doy voz; me vuelvo un poco payasa y doy rienda suelta a esa contadora de cuentos desinhibida y confiada que ya no hay manera de ocultar cuando tengo enfrente a un montón de niños atentos a mis palabras y a mis gestos.

Muchas veces me los encuentro por la calle, o por el parque, y corren a saludarme desde lejos, gritando mi nombre. Se abrazan a mis piernas felices y yo, los envuelvo con mis brazos desde arriba, reprimiendo las ganas de ponerme a su altura para abrazarlos bien fuerte,  y  comérmelos a besos. 

"Encuentra un trabajo que te guste, y no tendrás que trabajar nunca", le he repetido siempre a mi hijo desde pequeño. Yo, que soy muy de frases hechas, de citas literarias y de refranes, le dejo caer esta, como el que echa el anzuelo y se dispone a esperar a ver si pican. Aún así, también le insisto siempre en que, sin esfuerzo no suele haber recompensa, y por mucho que te guste tu oficio, por mucho que disfrutes haciéndolo, será necesaria una buena dosis de empeño y dedicación, si aspiras a hacerlo medianamente bien.

El sitio de mi recreo se convirtió un día, hace ya muchos años, en una biblioteca, en ese mágico lugar en el que pueden suceder millones de cosas. Donde uno puede viajar a sitios extraordinarios. Un lugar donde se nos brinda la oportunidad de aprender a conocernos y a comprendernos mejor. Donde cualquiera puede descubrir en el testimonio de otro, su propia historia. Donde reconocerse en las palabras y los pensamientos ajenos. Y en este maravilloso lugar, sigo sembrando en mis niños pequeñas semillas, unas semillas que espero, den sus frutos en un futuro no muy lejano.

¿Acaso me tomarán por loca, cuando me pongo a hablarles de las grandezas de la lectura y de la imperiosa necesidad de leer en este mundo de móviles, tablets y videoconsolas? Esa pregunta me hago a menudo, y aunque la respuesta pudiera llegar a ser afirmativa, ¿no creen que merecerá la pena, si al menos una pequeña parte de estos niños se convirtieran en lectores?

Tienen ustedes un auténtico paraíso a la vuelta de la esquina, no desaprovechen la oportunidad, y conviértanlo, cuanto antes, en el sitio de su recreo.













viernes, 14 de enero de 2022

Game Over


























Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos;
la edad de la sabiduría y también de la locura;
la época de las creencias y de la incredulidad;
la era de la luz y de las tinieblas;
la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.
...
Historia de dos ciudades. Charles Dickens



Fuera de juego. KO. Sayonara, baby.  Se acabó lo que se daba. Hasta aquí hemos llegado...

Cualquiera de esas expresiones podría haberme servido cuando aquella temida rayita roja se fue materializando ante mis ojos, justo a la altura de la T. Podría haberme echado a temblar, o a llorar, o a sudar, o qué sé yo. Sin embargo, he de confesar que sentí alivio al constatar que por fin, mis síntomas se revelaban como un positivo en Covid-19. 

¡Por fin!, dije, o quizás no llegué a pronunciar esas dos palabras, no estoy segura. De lo que no tengo duda es de la sensación que me embargó: de descanso, de apacible acatamiento de una derrota que tenía asumida desde hacía días. Cualquiera que haya estado resfriado últimamente, seguro que me comprenderá. Porque así comencé yo las navidades, con unos síntomas que pusieron en marcha todas mis alarmas. Primer test negativo, aunque el resultado no me tranquilizó demasiado, puesto que el dolor de garganta y la congestión siguieron conmigo, a pesar de los antibióticos. En los días sucesivos, cualquier pequeño malestar en mí, o en los demás, me parecía sospechoso y la paranoia me llevó a repetir varios test, convencida como estaba de que todos mis síntomas apuntaban a lo mismo.  Posiblemente hace un año nos habría dado un poco de vergüenza pedir uno en la farmacia, pero hoy por hoy, es algo de lo más normal y al menor indicio, ya estamos echando mano del palito para quedarnos tranquilos.  No conozco las cifras, pero lo cierto es que los test (y no precisamente de embarazo) se han vendido en las últimas semanas como rosquillas.

Quién me lo iba a decir a mí hace un mes... ni a mí, ni a nadie. Quién iba a pensar que la situación se descontrolaría como lo ha hecho. A medida que avanzaba la Navidad me llegaban cada vez más noticias de amigos, de conocidos, de familiares contagiados. Algunos no sabían en qué momento, o con quién se habían contagiado. Muchos asintomáticos supieron de su positivo por casualidad. Otros, creyeron durante días tener un  resfriado sin importancia. El caso es que una vez dentro de casa, resulta complicado que este virus tan voraz no se cebe con todos sus ocupantes, casi milagroso, diría yo. 

Después de casi dos años de mascarillas, de gel hidroalcohólico, de ventilación, de prudencia, decenas y decenas de personas de mi entorno han ido cayendo, una tras otra, como fichas de dominó. En la tele alguien dijo: Esto cada vez se parece más al  juego del calamar; el que llegue al 5 de enero sin contagiarse ganará el juego. Yo no conocía ese juego hasta que leí que se jugaba durante los recreos en muchos colegios, por niños que no deberían haber oído hablar de él por ser demasiado violento.

A mí, toda esta situación me ha recordado más bien al Comecocos, un juego de mi infancia en el que se avanzaba por un laberinto cerrado, con la única preocupación de que no te pillaran los fantasmas. Tan fácil. O tan difícil, porque al igual que ocurre en el juego, da la impresión que con este virus puedes correr, o esconderte, pero tienes la certeza de que por mucho que te resistas, tarde o temprano, no tendrás escapatoria.

Según la OMS, en los próximos días, más de la mitad de los europeos se habrán contagiado de Covid-19. Más concretamente de Ómicron, el virus más contagioso que jamás haya existido. Una afirmación así da vértigo, y más, sabiendo el colapso que supone tal cantidad de contagios en nuestros hospitales o centros de salud. Si se cumplen las predicciones, pocos se librarán. Los más afortunados, los más fuertes, los más disciplinados. Unos cuantos guerreros que podrán decir orgullosos que este virus les pasó de largo. Personalmente, conozco a un par de ellos, sanitarios para más inri, de los que estoy profundamente orgullosa. Ahí están los dos, en primera línea, hasta el moño de esta pandemia, hartos de la carga de trabajo que les supone, agotados física y psicológicamente, pero ahí siguen inmunes, como dos verdaderos campeones. 

Yo no lo conseguí. Tras varios días saliendo de casa lo esencial, evitando contactos, con el miedo metido en el cuerpo, pillé el virus. O más bien me pilló él a mí, qué le vamos a hacer... Una mañana desperté con dolor de cabeza, y aunque no le hice demasiado caso para no alimentar la paranoia, al cabo de las horas, empecé a sentir un mareo extraño. Era una sensación diferente a todo lo que había sentido hasta ahora, y en algún momento, lo supe,  como una revelación, antes de ver siquiera la rayita roja que me convertiría en un número más de los millones de contagiados.

Desde el principio de la pandemia me pregunté, si llegado el caso, mi cuerpo sería capaz de plantar cara al bicho, teniendo en cuenta mi condición de paciente inmunodeprimida. Ya tengo respuesta, y por suerte, el virus ha sido bastante clemente conmigo. Por suerte, o más bien, gracias a la tercera dosis de la vacuna que me administraron no hace mucho, porque de no ser por ella, quién sabe cómo lo habría sobrellevado, con este sistema inmunitario de pacotilla que tengo. 

Ay... las vacunas. Un tema que suscita polémica, crispación, enfrentamiento. En pleno siglo XXI, muchos las cuestionan y las rechazan, mientras otros tantos, los olvidados, los que han tenido la mala suerte de nacer en el tercer mundo, todavía esperan su primera dosis. Por más que lo intento, sigo sin entender la postura de los llamados antivacunas. La realidad nos demuestra que las vacunas han salvado multitud de vidas, y que han atenuado los efectos de la enfermedad en millones de personas, (y no lo sé por lo que cuentan los telediarios, lo sé por el relato veraz y objetivo de quienes lo viven en primera persona). No consigo comprender ese rechazo visceral a la ciencia, a la medicina, a la inmunología. Ese argumentario que no tiene ni pies ni cabeza, y cuya base científica deja mucho que desear. Ese discurso que clama por la libertad y por los derechos individuales, sin tener en cuenta los de los demás. 

Resulta incuestionable que las compañías farmacéuticas están haciendo el agosto con las vacunas. Flagrante, que se tendrían que haber liberado las patentes hace mucho, para que la vacuna llegue a todos los países sin recursos. Evidente, que existe un riesgo, aunque sea mínimo, de tener una reacción adversa a la vacuna, para qué negarlo. Pero también cualquier medicamento, por inocuo que parezca, puede acarrear efectos secundarios. Aquellos que tenemos que tomarlos a diario, y de por vida, sabemos que es un riesgo que tenemos que asumir, un precio que hay que pagar porque nos ayuden a llevar una vida medianamente normal. Se trata de poner en la balanza ventajas e inconvenientes, ni más ni menos. Esto es lo que hay.

En estos pensamientos estoy ocupando mis días de aislamiento. En leer (señor Alejandro Palomas, cómo estoy disfrutando de sus libros), en reflexionar, en escribir... Observo atónita el culebrón Djokovic sin dar crédito. Es increíble cómo el dinero puede endiosar a las personas hasta hacerlas sentir por encima de la ley, por encima del bien y del mal. Y más increíble aún, que haya quienes eleven a este personaje a la categoría de héroe y aplaudan su comportamiento, cómo mínimo, poco ejemplar, por muy número uno del tenis mundial que sea. Contemplo hastiada el espectáculo grotesco que nos ofrecen los que deberían poner orden, el ruido que provocan todos esos debates estériles a los que parece nos hayamos acostumbrado, los cruces de acusaciones, las verdades a medias, la falta de unión para trabajar por el bien común, por el futuro, la ausencia de autocrítica, la desmemoria, el tú más...

Vivimos tiempos convulsos de luces y sombras. Tiempos en los que la sabiduría y la locura conviven alegremente, o a veces no tanto. La era de la luz y las tinieblas, que decía Dickens. ¡Qué asco de año 2022! que decía mi hijo, afirmación nada literaria, pero que tengo que suscribir, una vez más. En fin... Seguramente para muchos de nosotros este comienzo de año esté siendo una pesadilla, pero después de todo,  ¿quién dijo que la vida fuera fácil? Hemos superado la enfermedad sin grandes estragos, nada más importa. Ojalá este virus supusiera para todo el mundo una anécdota más que contar y no una tragedia que lamentar, porque recordemos que por su culpa, siguen muriendo miles de personas a diario.

Esta vez el virus me ganó la partida. Si la vida fuera un juego de niños, diría que no importa, que aún me quedan unas cuantas monedas para continuar jugando. Pero, aunque pueda parecerlo, la vida no es ningún juego. A veces, se gana y otras se pierde, en efecto. En ocasiones, la suerte nos acompaña haciéndonos el camino más fácil, y otras tantas, nos abandona y tenemos que bregar con todos los obstáculos inimaginables. La vida no deja de ponernos a prueba, marcando sus propias reglas, por injustas que sean. Nos castiga, devolviéndonos a la casilla de salida cuando la meta ya se otea en el horizonte, o nos deja fuera de juego y no logramos encontrar la manera de volver a tirar los dados. Así es la vida, bellísima a veces, y otras muchas, completamente despiadada, y la única forma de no darse por vencido, es seguir adelante sin olvidar nunca, que después de cada invierno de desesperación, nos espera una primavera de esperanza. 

...

Y ahora, me voy derechita a abrazar a mi madre, y a darle los besos que he estado guardando para ella, ahora sin miedo, como en los viejos tiempos. 

Cuidaos mucho.






jueves, 30 de diciembre de 2021

¿Blanca Navidad?


De todo quedaron tres cosas:
la certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir 
y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.
Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo, una escalera, del sueño, un puente,
de la búsqueda,…un encuentro.
                                    Fernando Pessoa


Llegó Navidad de nuevo, casi sin enterarme. Parece mentira que haya pasado un año, pero aquí estamos una vez más, rodeados de guirnaldas y villancicos, inmersos en unas fiestas que no acaban de parecerse a las que conocíamos allá por 2019. Segundas navidades pandémicas, que algún día espero poder contar a mis nietos como una batallita más, y a pesar de la resignación, hoy más que nunca, no puedo dejar de invocar a esa "magia de la Navidad" de la que tanto se oye hablar en la televisión.

Quién pudiera hacer magia... Chasquear los dedos y hacer desaparecer todo lo malo del mundo, encerrar en el cajón del olvido las preocupaciones, los miedos y, sobre todo, el dichoso covid-19. Cerrar los ojos y al abrirlos, comprobar que todo fue un mal sueño. Sí, quién pudiera despertar de una buena vez de esta pesadilla. 

Hace meses que me propuse no volver a escribir sobre este tema, más que nada por hartazgo y aquí estoy por enésima vez, desahogando mi decepción en estas líneas. No estoy segura de que decepción sea la palabra adecuada, quizás lo sean enojo o pena, o las tres juntas, qué se yo. Pero lo cierto es que la explosión de contagios de los últimos días ha supuesto para todos un nuevo jarro de agua fría cuando creíamos que la cosa estaba ya casi bajo control. Llevábamos semanas escuchando noticias alarmantes en todo el mundo, y como las veces anteriores, no nos dimos cuenta, o simplemente no quisimos ver la que se avecinaba también aquí.

Porque en efecto, finalmente Ómicron  ha llegado a todos los rincones del planeta. Claro que con ese nombre que bien podría ser de algún villano de Marvel, a nadie le extraña su virulencia, o mejor dicho, su facilidad para el contagio, que es lo que parece hacer tan peligrosa a esta nueva variante del virus. El que provoque síntomas tan parecidos a los del resfriado, posiblemente explique que Ómicron haya campado a sus anchas durante semanas, para acabar desatando esta imparable ola de contagios. Sea como fuere, lo cierto es que la Nochebuena se presentó este año con una curva de contagios casi vertical. Esta esperada noche, una de las más especiales del año, no fue para muchas personas ni buena, ni mucho menos especial.  Este año no hizo falta buscar allegado en el diccionario. Lo que media España buscaba desesperadamente eran test para poder descartar un posible positivo y cenar moderadamente tranquilos con sus familias.

Con test o sin ellos, se cuentan por millares las personas contagiadas y aisladas en todo el país. Personas que se han visto obligadas a vivir en soledad estos días tan entrañables y para las que, no me cabe duda, estas navidades estarán siendo unas de las más tristes de sus vidas. Cada día nos llegan noticias de nuevos positivos entre nuestros amigos, conocidos, o familiares. Ante este panorama, solo nos queda confiar y desear que todas ellas logren superar la enfermedad de la mejor manera posible y que les sea leve y llevadero ese confinamiento forzoso que ya no pilla de nuevas a casi nadie, pero que en estas fechas tan señaladas, resulta más duro, si cabe. 

Por desgracia, para muchos la Nochevieja no distará demasiado de la pasada Nochebuena. Los contagios continúan al alza, y son el tema estrella de conversación. El cerco se estrecha para aquellos que todavía no hemos padecido la enfermedad. Hemos esquivado el virus durante meses, asustándonos ante cualquier síntoma, y ahora parece estar más cerca que nunca. En el fondo, supongo que hay una parte de todos nosotros a la que no le importaría contagiarse de una buena vez, para dejar atrás tanta incertidumbre, aunque, sabiendo cómo se las gasta este virus a veces, pronto desechamos ese pensamiento.


No sé si le pasará a todo el mundo, pero a veces me sorprendo pensando con incredulidad en todas las cosas que estoy viviendo o que he vivido. Me parece mentira que mi padre nos falte ya trece años, que muchos de mis tíos hayan fallecido, o las trágicas circunstancias que rodearon la muerte de algunos de ellos.  Y tampoco pensé jamás que viviría una pandemia de estas características. Pandemias como la peste, el cólera o la mal llamada gripe española, quedan ya demasiado alejadas en el tiempo para continuar presentes en el imaginario popular. Pero deberíamos haber aprendido ya que, tarde o temprano, la historia acaba repitiéndose. Supongo que, al igual que nos ocurre con la muerte, nunca estaremos preparados para aceptarla.

Por si no teníamos bastante con la pandemia, este año también nos ha sorprendido con un hecho tan insólito como la erupción de un volcán en La Palma. A pesar de estar casi anestesiados con todas las imágenes y la cobertura mediática que se le ha dado a este desastre natural, todavía me resulta increíble haber asistido en tiempo real al poder destructor de esta erupción. Increíble el contemplar cómo las enormes montañas de lava  avanzaban a paso lento devorando edificios, calles, carreteras, cementerios... Increíble pensar que pueblos enteros quedaron sepultados bajo la lava, y con ellos, las vidas y hogares de cientos de personas. El poder de la naturaleza es indómito, y poco o nada podemos hacer ante sus caprichos, ya se trate de volcanes, terremotos, huracanes,  o crecidas de ríos. Seguimos instalados en nuestra autocomplaciencia y  no alcanzamos a comprender el motivo por el que estos desastres vienen a perturbar nuestra plácida existencia. Nos olvidamos siempre de que la naturaleza sigue sus propias reglas y es siempre la que tiene la última palabra.

Con todo, nos preguntamos con desazón qué nos deparará el nuevo año. Por estas fechas se ponían en España las primeras vacunas, unas vacunas que han salvado millones de vidas, aunque algunos se empeñen todavía en negar la evidencia. Era el principio del fin, pero doce meses después, no hemos conseguido llegar a ese deseado final que se empeña en alejarse sin remedio una y otra vez. De seguir con los datos de estos días, no albergo dudas de que en enero nos espera un horizonte nada halagüeño: cientos de miles de contagios, la saturación de la sanidad (si es que no lo está ya, con unos profesionales agotados y literalmente desbordados), clases no presenciales,  teletrabajo... Es probable que todo esto ocurra, pero haciendo acopio de mi talante optimista, ¿llevarán razón aquellos virólogos que afirman que la pandemia está cada vez más cerca, una vez que esta cepa se extienda de manera generalizada? Con este deseo finalizo mi último Anaquel de 2021, albergando la esperanza de que el fin de la pandemia tenga los días contados.

Estamos agotando las últimas horas de este año tan complicado. En estos meses nos han dejado muchas personas a las que admiramos y otras cuya pérdida hemos lamentado profundamente por su desmesurada injusticia. Cuando las ausencias llegan demasiado pronto, son especialmente dolorosas y nos recuerdan lo que verdaderamente importa en la vida: nuestros seres queridos, nuestros amigos y todas las personas que hacen bonita nuestra existencia. Hace mucho que aprendí esta importante lección, y es por ello, que siempre pido salud, mucha salud para todos aquellos que me acompañan en este azaroso viaje que es la vida. Ojalá sigan caminando a mi lado muchos años más. ¿Qué mejor regalo se puede pedir?


Quizás esta Navidad esté siendo más negra que blanca. Quizás el año no comience tampoco demasiado bien. Pero este viernes, cuando el reloj marque las doce estrenaremos un nuevo calendario. Doce meses por delante, cuatro estaciones distintas, fechas y fiestas que se repetirán de nuevo en esta noria llamada vida que gira y gira sin parar. Seguiremos girando,  quién sabe hasta cuando, ni en qué circunstancias, pero continuaremos adelante, siempre adelante, despidiendo años y dando la bienvenida a los nuevos, en un continuo déjà vu. 

Qué bien lo escribe Pessoa...

Tendremos a cada vuelta la certeza de estar siempre comenzando, la certeza de que hay que seguir, y la certeza de que seremos interrumpidos antes de terminar. 

Y con todas estas certezas:

Hagamos de la interrupción un camino nuevo,

hagamos de la caída un paso de danza

hagamos del miedo una escalera, del sueño un puente,

de la búsqueda... un encuentro. 



Doy gracias por habernos encontrado. 

Feliz vida a todos.






domingo, 28 de noviembre de 2021

Grande, Almudena



A menudo las malas noticias nos golpean sin avisar. ¡Zas! Cuando menos te lo esperas, cuando nada hace presagiar la catástrofe hasta que se materializa ante tí con toda su crudeza. 

Ha fallecido Almudena Grandes, leía ayer con incredulidad en la pantalla del móvil. No puede ser, escuché una vocecita dentro de mí, mientras percibía un leve temblor en todo mi cuerpo. Me recompuse como pude y al releer el titular, comprobé que lamentablemente la noticia no contemplaba interpretaciones. No se trataba de ninguna de esas "Fake news". Era real y desgarradora, Almudena Grandes, nuestra Almudena, la de tantos y tantos lectores que venimos leyendo sus libros desde hace muchos años, se fue para siempre. La historia se repitió una vez más, y el cáncer nos la arrebató demasiado pronto, demasiado.

Hacía poco que había leído que estaba enferma,  aunque nunca pasó por mi mente, y supongo que en la de nadie, este triste desenlace. Llegué a comentar su enfermedad con mi amiga Concha Vázquez, la última vez que hablé con ella, sin darle demasiada importancia. Supongo que esta horrible enfermedad está ya tan arraigada en nuestras vidas, que la hemos ninguneado a la categoría de cosa normal. Imagino a Concha triste, llorando la pérdida de una escritora a la que siguió y admiró durante toda su trayectoria, llegando incluso a fraguar amistad con ella. Esa amistad encaminó los pasos de Almudena Grandes a El Ballestero hace ya más de una década, y en ese pequeño pueblo reunió a un montón de lectores deseosos de escuchar y de ver a la autora. Fue un día inolvidable, para Concha, y para todos los que allí estuvimos, porque, en efecto, yo no falté a aquella cita tan especial. 

Aquella fue la primera vez que la ví en persona, y quedé prendada ya entonces de su cercanía y naturalidad, de su manera de hablar, de su claridad de ideas, de la gran persona que se escondía detrás de la escritora famosa. He de reconocer que, desde entonces, siempre albergué el deseo de que algún día visitara nuestra biblioteca. A punto estuvo de cumplirse ese sueño, ya que su nombre y apellido estaba impreso en el dosier con el que presentamos nuestra candidatura para el Encuentro Provincial de Clubes de Lectura de Albacete.  Finalmente,  por cuestiones de agenda, fue Julia Navarro y no Almudena Grandes, la que apadrinó el encuentro celebrado en Munera. Julia estuvo maravillosa y encantadora,  aunque siempre me quedará esa espinita y ese deseo incumplido. 

En 2018 Almudena fue la autora invitada del Encuentro Provincial celebrado en Lietor. Hasta allí nos desplazamos algunas de las integrantes del Club de Lectura Carpe Diem. Teníamos que estar, y vaya que estuvimos... En primera fila, a tan solo unos pocos metros de Almudena. Fue un lujo  escucharla hablar con su inconfundible voz, esa voz rota con la que sabía transmitir tan bien sus pensamientos e ideas. Cómo disfruté de aquella charla... la escuchaba con atención, casi sin pestañear, siguiendo el ritmo pausado de sus palabras y el movimiento hipnótico de sus manos con el que las acompañaba. Presentaba en aquella ocasión Los pacientes del doctor García, otro gran libro con el que disfruté enormemente.  

Comparto con mi querida Concha la admiración hacia la escritora y su obra. No me he leído todos sus libros, pero sí muchos de ellos; Los suficientes para declarar abiertamente mi fascinación hacia su forma de escribir, sus historias bien contadas, sus personajes inolvidables... Almudena Grandes tenía talento para escribir, para contar historias, para perfilar personajes,  pero ella no se contentaba con eso. Almudena estaba empeñada en indagar en el pasado, en descubrirnos episodios de nuestra historia que todos deberíamos conocer, en dar voz a la memoria. Nunca entendió como muchos se siguen empeñando en enterrar la memoria, cuando es tan necesaria para elaborar la identidad de cualquier pueblo, de cualquier nación. 

El corazón helado, uno de mis libros preferidos y que tengo firmado de su puño y letra, supuso para ella un antes y un después. Un nuevo camino por el que guiar sus pasos de escritora. Consiguió con este libro contar la historia de muchas familias españolas que vivieron el exilio, y lo hizo de manera magistral, construyendo una trama compleja, un relato ágil y fluido, extremadamente bien documentado, una historia envolvente y sin duda, conmovedora. 

A partir de ese libro, Almudena Grandes se propuso una empresa difícil y ambiciosa. Reivindicó la obra de Galdós y emprendió Los episodios de una guerra interminable, una serie de seis novelas con las que Almudena quiso relatarnos, y muchas veces descubrirnos, hechos recientes de nuestra historia que han quedado sepultados y olvidados por la historia. Inés y la alegría fue el primero de ellos, un libro en el que nos hablaba de la invasión del Valle de Arán en 1944 por un ejército de guerrilleros procedentes de Francia, un episodio casi desconocido para la mayoría de nosotros. En adelante, nos seguiría sorprendiendo la escritora con sus episodios, mezclando hechos y personajes ficticios, como solo ella sabía construirlos y dibujarlos, con otros reales e ignorados de nuestra historia reciente. Por desgracia la serie quedará incompleta. Cuántas historias por contar se ha llevado con ella...

Recuerdo que nos habló en el encuentro de que desde el primer momento sabía que iba a escribir seis libros, y que así se lo hizo saber a la editorial. Aquello no era lo usual y no lo veían demasiado claro, pero Almudena insistió, trabajó incansablemente para conseguir su propósito y el tiempo le dio la razón. "Mis lectores me hacen libre" decía la propia escritora, y así era. El ejército de lectores que devoraba todos sus libros la hacían libre para escribir lo que quisiera, sin atenerse a modas, a corrientes o mandatos. 

Almudena nos ha dejado huérfanos. Nadie podrá ocupar ese vacío que deja en las letras españolas. Esa forma tan personal e irrepetible de escribir que tenía, imposible de emular. Qué grande era escribiendo y qué fácil hacía lo difícil. Qué gran oradora era también, qué bien transmitía y qué memoria tan prodigiosa tenía. Pero además, en lo que todo el mundo coincide, es en lo gran persona que era. Luchadora, valiente, divertida, cercana, comprometida... Extraordinaria.

Desde ayer, siento un nudo en el pecho. Una tristeza honda que puede parecer inexplicable, al tratarse de alguien a quien apenas conozco. Cierto, tan solo he intercambiado unas palabras con ella, y sin embargo, siento como si Almudena formara parte de mi vida. He pasado tantas horas disfrutando de sus novelas, he vivido tantas vidas leyendo sus historias, he sentido tantas emociones a través de sus personajes... Me he llegado a imaginar a la propia Almudena escribiendo cada párrafo, pensando cada giro y cada desenlace, que tengo la impresión de que me ha acompañado a lo largo de todos estos años. No es una impresión, lo ha hecho, y por todos los buenos momentos que me ha brindado su escritura, le estaré eternamente agradecida.

La noticia de su muerte nos dejó el corazón helado, y un pedacito de todos los que la leímos y la admiramos, también se marchó con ella.  Eso solo pueden conseguirlo las GRANDES. 

Gracias, Almudena.






TIRAR UNA VALLA


He tenido que escribir algunos artículos muy complicados a lo largo de mi vida. Ninguno como este.

Todo empezó hace poco más de un año. Revisión rutinaria, tumor maligno, buen pronóstico y a pelear. En aquel momento no quise dar la noticia porque necesitaba estar tranquila, confabularme con mi cuerpo y conmigo misma, pero en un año pasan muchas cosas. Tendría que habérseme ocurrido, pero no reaccioné a tiempo.

El cáncer, que es una enfermedad como otra cualquiera, desde luego un aprendizaje, pero nunca una maldición, ni una vergüenza, ni un castigo, me ha acompañado desde entonces. Y me encuentro muy bien en general. Estoy en las mejores manos, segura, confiada, fuerte, y sin embargo, hace unas semanas tuve un tropiezo, tiré una valla, como les ocurre hasta a los atletas keniatas en las carreras de obstáculos de larga duración. Mientras los altavoces de la Feria del Libro de Madrid lanzaban a los cuatro vientos los nombres de los autores que estaban firmando en las casetas, entre ellos el mío, yo estaba en el hospital con una complicación intestinal, que no era grave pero sí pesada de resolver. Así comprendí que mi silencio había tenido un precio.

Yo ya sabía que soy una mujer afortunada porque hay mucha gente que me quiere. Ahora lamento que algunas de esas personas hayan estado tan preocupadas por mí, por una ausencia que debería haber explicado antes para ahorrarles el mal rato. He llegado a percibir su inquietud desde mi cama del hospital, y quiero pedirles perdón, contarles cómo me siento. Y disculparme de paso, de antemano, por mi silencio y mis ausencias futuras. Porque no me gustaría que alguien pudiera volver a preocuparse por no encontrarme en un lugar donde hayamos coincidido otras veces.

Mis lectores y lectoras, que me conocen bien, saben que son muy importantes para mí. Siempre que me preguntan por ellos respondo lo mismo, que son mi libertad, porque gracias a su apoyo puedo escribir los libros que quiero escribir yo, y no los que los demás esperan que escriba. También saben que la escritura es mi vida, y nunca lo ha sido tanto, ni tan intensamente como ahora. Durante todo este proceso he estado escribiendo una novela que me ha mantenido entera, y ha trazado un propósito para el futuro que me ha ayudado tanto como mi tratamiento. Ahora necesito devolverle todo lo que me ha dado, encerrarme con ella, mimarla, terminarla, corregirla. Por eso voy a seguir desaparecida una buena temporada, y no devolveré mensajes, no contestaré llamadas, no daré noticias. Imagino que muchas personas lo comprenderán. Supongo que otras quizás no lo hagan, pero confío en que respeten mi decisión. Hasta que vuelva, aunque sólo sea para mirar frente a frente el cielo de Madrid una vez más, antes de volver a esconderme.

No sé cuándo será. Tal vez reaparezca con pelo, quizás sin pelo, con una melena rizada o con el peinado de mi querida Josefina Báquer, como la llamaba mi abuela, aquella que la vio bailar con una falda de plátanos cuando las dos eran jóvenes. Pero prometo solemnemente que volveré a sentarme en una caseta para firmar ejemplares y mirar a los ojos de mis lectores, de mis lectoras. Entre todos los personajes que existen, mis favoritos son los supervivientes, y no voy a defraudarme a mí misma, mucho menos a mis propios protagonistas.

Y seguiré estando aquí, escribiendo un artículo en esta misma página cada dos semanas, y en la contraportada del diario todos los lunes. Ese espacio, sagrado para mí, porque me permite mantener el contacto con mis lectores en cualquier circunstancia, nos permitirá encontrarnos, saber de nosotros, permanecer juntos.

En este artículo tan raro, tan difícil de escribir, tal vez no haya cabido todo lo que me hubiera gustado decir, pero al menos me ha permitido contar algunas cosas que necesitaba explicar.

A partir de ahora, seguiré escribiendo sobre los pájaros de Finlandia y otros libros memorables, sobre lo que pasa en el mundo, sobre la ficción y la realidad,  lo justo, lo injusto, la vida de tantas personas, que tienen mucha menos suerte que nosotros, o más, vete a saber. Pero no quiero despedirme sin agradecerles que hayan leído este artículo que es tan importante para mí.

Dentro de dos semanas, nos vemos por aquí.

lunes, 16 de agosto de 2021

El rincón de Nieves





“En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos
para darle un sentido a la existencia”.

 Miguel de Cervantes


“Recordar es fácil para el que tiene memoria.
Olvidar es difícil para el que tiene corazón”

Gabriel García Márquez







Una amiga de la facultad, Rocío Abiau, me pidió hace unos meses que colaborara en la nueva publicación digital de AFA Albacete, una asociación de familiares de enfermos de alzheimer y otras demencias seniles.

Me pidió que escribiera en cada boletín una sección en la que recomendara libros de todo tipo, infantiles y de adultos, y también que algunos trataran  la temática del alzheimer y las enfermedades neurodegenerativas.

En un primer momento temí no estar a la altura de lo que me pedía, pero después de pensarlo accedí a su propuesta. El resultado, aquí está, lo iré recopilando en esta entrada a la que he puesto el mismo nombre con el que ella bautizó a mi sección: El rincón de Nieves.

No me arrepiento de mi decisión, al contrario, me alegro de poder colaborar y poner mi granito de arena en este bonito proyecto. 

Gracias Rocío por confiar en mí y hacerme partícipe del mismo.














BOLETÍN VERANO 2021:







BOLETÍN OTOÑO 2021:














Boletín 2022/2023











jueves, 12 de agosto de 2021

A lomos de Lucero

 

Mi padre y mi tío Antonio. Años 40





Quince días, con sus noches, alejado de los suyos y por fin se acerca el ansiado momento que ha esperado con impaciencia. Es demasiado joven para percibir que el tiempo transcurre a veces muy despacio, tan despacio como si se detuviera. Sin embargo, con apenas doce años hace mucho que aprendió sobradamente esta lección.

Avanza por el pedregoso sendero a un ritmo lento, demasiado. Avanza sin prisa, pero sin pausa, mecido por la suave cadencia del paso cansado del viejo asno sobre el que reposa su enjuto cuerpo. Exhausto, regresa a casa, bajo el sol abrasador de agosto que últimamente no da tregua, soñando con los ojos abiertos con el feliz reencuentro que ha aguardado durante los últimos días. Desearía encontrarse con su hogar tras la pequeña loma que se atisba en el horizonte, pero sabe que todavía le queda un buen trecho por recorrer hasta llegar a ese anhelado lugar.

Cuando inició su camino, hace ya un par de horas no reparó en él, pero ahora, el cansancio va haciendo mella en su voluntad, y lo aplasta como una inmensa y pesada losa. Sediento y con el estómago rugiéndole sin parar, nota como sus fuerzas le abandonan por unos instantes, y está a punto de sucumbir al llanto. Aun así, consigue reprimirlo, y ahoga una punzada de dolor que le escuece en los ojos y en la garganta. Quisiera gritar, ahora que nadie le escucha, gritar hasta desgarrarse la voz, y derramar esas lágrimas que pugnan por salir. Quisiera que manaran sin freno y dejarlas resbalar por su rostro como un reguero infinito de sal. 

Quizá solo sea su destino, su sino, como dice su madre. Aunque, en realidad, no tiene claro el hecho de que tantas penurias le estén predestinadas a él, un niño todavía, que debería estar jugando con sus hermanos rodeado de su familia, y sencillamente disfrutando de la niñez.

Todavía recuerda, como una pesadilla que ya nunca podrá borrar de su memoria, los aciagos días que pasó ayudando a arrear las ovejas. Sus padres lo dejaron con aquellos pastores huraños y desabridos cuando apenas era un mocoso de rubios cabellos y ojos claros como el cielo.  Su naturaleza obediente y dócil le llevó aceptar la decisión de sus progenitores sin rechistar, pero no tardó en darse cuenta de lo cruel de la misma.  Dormían en un chozo ruinoso por el que la inclemente lluvia penetraba en su interior. El agua brotaba por entre las piedras formando auténticas cascadas, y convirtiendo aquel mísero refugio en una balsa de barro, frío y humedad. No tendría más de nueve años y ya entonces, aquellas largas e interminables noches en vela le parecían la mayor de las injusticias.

Recuerda con horror aquellos duros días de invierno, en los que el frío le atería los huesos, a pesar de llevar sobre los hombros, a modo de capote, el viejo y gastado abrigo de su padre que le llegaba hasta las corvas. También el hambre lo asediaba a todas horas, como un compañero de viaje inseparable. Y para colmo de males, el tercero en discordia, era ese sentimiento que lamentablemente tan bien conocía: la soledad. Una soledad y una tristeza inconmensurables que se adueñaron de su ser desde la primera vez que se separó de los suyos, y que quizás, fueran los causantes de ese carácter introvertido y taciturno que ya nunca le abandonó durante toda su vida.

¿Por qué tuve que ser pobre? ¿Por qué tuve que ser el mayor?, se pregunta en un lacerante diálogo interno. ¿Por qué he de trabajar y alejarme de mi familia? El ruido de esos pensamientos enturbia, una vez más, su larga travesía. Cómo entender que un niño inocente tenga que sufrir tantas miserias desde tan corta edad.

El afable animal de espeso pelo castaño y hocico blanquecino, ajeno a las reflexiones del muchacho, continua su avance por el tortuoso camino con paso firme. Conoce a la perfección la ruta y no se sale ni un ápice de la misma. La primera vez que la pareja hizo el trayecto en dirección contraria le advirtieron: “Tú no le digas ni le hagas nada, que el burro sabe llegar al cuarto”. Y vaya si supo llegar. Aunque despacio, el animal recorrió sin titubeos las tres horas de caminata que les separaban de la aldea donde ambos pasarían la quincena.

Aquel burro no era tan hermoso como el que describía Juan Ramón Jiménez en el libro que les leía su padre por las noches, pero sí que era muy cariñoso, y asombrosamente listo, ¿cómo si no hubiese sido capaz de llevarle a su destino? El muchacho confía ciegamente en su guía de cuatro patas y se aferra a su crin susurrándole palabras cariñosas. -Vamos, Lucero, que ya falta poco. Aprieta el paso, no te detengas. – Le apremia de vez en cuando. Sobre su lomo polvoriento, se siente a salvo, y al hablarle con esa cercana camaradería, recobra la entereza que le había abandonado en los últimos metros.

No puede negar que siente un profundo temor cada vez que se enfrenta al viaje de ida o de vuelta. El miedo se adhiere a su cuerpo y no le deja respirar hasta que avista a lo lejos el final de su travesía.  A medida que el sol se va ocultando, la congoja le asedia con mayor intensidad. Le asustan los múltiples sonidos de toda suerte de animales que se escuchan sin cesar al caer la tarde, las sombras que se dibujan a cada paso, las nubes negras que amenazan tormenta. Teme que Lucero se espante por algún animal, y caer de su grupa. Si eso ocurriera, sería incapaz de volver a subir a la montura. El borrico es demasiado grande, o puede que simplemente sea él, el que es demasiado pequeño todavía. Recuerda con tristeza la fotografía en la que posa junto a su hermano a lomos de un caballito de feria. Las piernas también le colgaban entonces suspendidas en el aire. Pero aquel era un caballo de mentira, un bonito corcel de cartón piedra, en un escenario ficticio que sirvió para inmortalizarlo con apenas cuatro o cinco años. Ahora todo es real, demasiado real.

Le asusta estar solo en esa llanura infinita en la que se siente inmensamente pequeño. Cuánto le gustaría poder compartir viaje con un Don Quijote que lo protegiera, aunque estuviera loco e hiciera y deshiciera entuertos como en esa novela de aventuras que tanto le gusta escuchar de labios de su padre.

Pero no, aquí está, solo una vez más, con la única compañía de un viejo asno, recorriendo el largo trayecto de vuelta a casa. Atrás quedan las largas jornadas pastoreando un numeroso rebaño de ovejas, las interminables horas de sofocante calor, las tortuosas noches en el duro jergón de lana en el que no podría pegar ojo si no fuera por el enorme cansancio que le hace caer rendido.  Atrás quedan el hambre que le persigue a todas horas, los pedazos de pan duros como riscos, las lágrimas furtivas que se le escapan cuando nadie lo ve. Atrás queda la añoranza de una vida distinta, de otra vida soñada. A medida que se aproxima a su casa su mente comienza a olvidar todo aquello, a disfrutar del paseo y a dejarse llevar por el agradable paisaje. Concentra ahora sus pensamientos en los olores que le llegan de ese mar de romeros, tomillos y espliegos que tapizan la espesura. Observa a su paso los cientos de encinas de caprichosas formas que jalonan el paisaje hasta donde se le pierde la vista.

-Ya casi estoy en casa. - Se repite recompuesto. Y sí, ya casi ha llegado. Alcanza la última revuelta del serpenteante camino y por fin logra divisar a lo lejos la modesta construcción de piedra enclavada en el valle.

Su madre lo está esperando sentada bajo el zaguán. Lleva más de una hora con la vista perdida en el camino mientras espera ver aparecer la silueta de su hijo sobre el borrico.

¡Ya llega!  Grita al resto de sus hijos, que retozan entre los ejidos mientras aguardan a su hermano. ¡Ya llega! Y corre también ella a su encuentro, a abrazar a su pequeño gran hombre.

Tras una breve revista, se echa las manos al rostro. -Hijo mío, ¿y esa sangre de la camisa? -  Le pregunta preocupada.

- Nada madre, la nariz, que se me ha vuelto a reventar y no había manera de parar la hemorragia.

-Anda, pasa que te preparo agua para que te laves y te cambies esa ropa. Santo Dios, pobre hijo mío… - Se lamenta su madre.

- Es solo sangre, madre. Es solo sangre. – Le contesta sin darle mayor importancia.

Porque ahora, ya nada importa. Ha regresado. Ha vuelto en busca de una muda, del pan de su madre, de sus guisos, de sus besos, de las historias de su padre, de sus sabios consejos, de los juegos con sus hermanos... del cariño y el amor que tanto ha echado de menos a diario. Ha vuelto en busca de esa vida añorada, que dentro de unas cuantas horas le será hurtada de nuevo, de esa vida que pronto será sustituida por otra muy distinta, por una dura e inmerecida existencia.

Pero eso ahora no importa. Ha vuelto. Está de nuevo en casa.

 

***



Epílogo:  No es la primera vez que le dedico un relato a mi padre, pero este es especialmente emotivo porque habla de su infancia, una infancia dura e injusta como las que vivieron muchos de nuestros ancestros. Lo escribí uniendo pedacitos de recuerdos de las historias que él contaba, y también con la ayuda de mi madre y de mi tía Matilde. Posiblemente la realidad que vivió de pequeño no fuese exactamente cómo la describo, y quizás cada partida fuese mucho más terrible y menos literaria de lo que aquí cuento, pero él ya no está para preguntarle, solo me queda imaginar...




martes, 10 de agosto de 2021

Viaje a través del tiempo




Valderrobles (Teruel)



Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino
se hace camino al andar.
...

Antonio Machado





Viajar por placer, por gusto, por disfrutar del camino, por el mero hecho de alejarse de tu casa y visitar nuevos lugares por conocer. Alejarse unos días de la comodidad del hogar, de la rutina, de los días iguales y repetitivos, de los sitios y la gente de siempre. Viajar lejos, o quizás no tanto, qué más da, a lugares ajenos, desconocidos, recónditos o inesperados. 

Cuando uno viaja todo está por conocer, todo por descubrir. Da igual que te hayas visto varios documentales o leído guías de viaje, que hayas atendido a las recomendaciones de viajeros, que hayas trazado una concienzuda ruta a seguir. Una vez en el destino, nada será igual a lo que habías planeado, el trayecto no se cumplirá al pie de la letra,  nada será exactamente como lo habías imaginado, y una nueva percepción, nítida y consciente, se revelará delante tuyo como una suerte de encantamiento. Eso es lo bonito de viajar por primera vez a cualquier sitio. Todo es nuevo, y la realidad se nos muestra en todo su esplendor, nos envuelve y atrapa irremediablemente, haciéndonos partícipes y protagonistas de ese escenario, dando vida en nuestra retina a esa imagen icónica que hemos visto por internet de ese mismo lugar. Tras unos minutos de observación,  solemos también captar las sombras, esos aspectos menos bonitos que no aparecen en las postales, pero que forman asimismo parte del paisaje de cualquier pueblo, aunque este sea considerado uno de los más bonitos de España.

Hay muchas formas de viajar. Hay quien viaja para descansar, para relajarse. Gente que busca un buen lugar donde alejarse de la rutina, donde comer y beber bien, a ser posible con una buena piscina o una playita cerca donde refrescarse de vez en cuando. Viajeros que buscan lugares idílicos, o no tanto, donde desconectar y no hacer nada, absolutamente nada. 

Hay otras personas cuyas vacaciones son todo lo contrario, y las conciben como una especie de tour en el que no queda tiempo prácticamente para el descanso, ya que la máxima es aprovechar hasta el último minuto de cada día. Me incluyo, me temo, en este último grupo. Y es que, cuando uno viaja con ese espíritu curioso del viajero, del que no puede desperdiciar una tarde descansando, sino que ha de cumplir un itinerario bien trazado y aderezado  con rutas, visitas guiadas o libres. Cuando uno no gasta pereza en caminar callejeando miles de pasos, o en recorrer los kilómetros que hagan falta (16 Km para ser exactos) a través de montes y naturaleza, cuando uno busca y encuentra todos los monumentos, miradores, o lugares de interés, uno tras otro sin vacilar, las vacaciones se disfrutan, por supuesto que sí, pero también pueden llegar a resultar agotadoras. También ayuda, por supuesto, llevar de pasajero a un incansable trotamundos de 11 años al que no asustan las cuestas, ni las escaleras, ni las montañas. Al contrario, es ver un lugar donde se pueda subir o acceder, y allá que se dirige, por muy alejado o elevado que se encuentre el objetivo. Ahí va él, encaminando la expedición, azuzándonos a todos para que no bajemos el ritmo, para que nadie se quede atrás, conminándonos a subir a aquella torre, o a penetrar en ese otro pasadizo. Ironizo diciendo que tengo en casa un "Personal Trainer", pero fuera bromas, no me cuesta imaginarlo dentro de veinte años en la cima del mundo detrás (o delante) de un sherpa...


Tantas cosas haces en un sólo día, tantos lugares visitas, que llegas a perder la noción del tiempo. Han pasado cinco días desde que marchaste y parece que hubieran transcurrido el doble. Las calles, las iglesias, los castillos, los pueblos se mezclan en tu cabeza en un batiburrillo, y llega un momento en que necesitas poner orden a tanta información, a tantas experiencias nuevas, a tantos lugares, porque has de hacer un verdadero esfuerzo para recordar si esa iglesia tan bonita con un pasadizo al castillo estaba en tal pueblo que visitaste ayer o en el que te encuentras ahora.

Salir de viaje para nosotros es estar dispuesto a caminar y caminar sin rumbo fijo, a perderse por las callejuelas y pasajes deleitándose en cada rincón, en cada fachada, en cada cornisa, con cada estampa que nos ofrece la villa; Es recorrer las calles en busca de los números marcados en el mapa; Buscar un lugar donde comer o tomar algo para reponer fuerzas con la incertidumbre del que no sabe si la elección será satisfactoria, o por el contrario, te habrás equivocado por completo. Para ese territorio que no conoces, eres un novato al que gastar bromas pesadas, como quedar atrapado en una calle sin salida siguiendo las instrucciones del navegador,  o dar varias vueltas para encontrar tu destino. Te has convertido en un aventurero dispuesto a no dejarse amedrentar por los contratiempos, en un explorador capaz de sorprenderse y disfrutar con cada nuevo descubrimiento.

Viajar es introducirse en lugares desconocidos, y descubrir en ellos nuevas costumbres, comidas, paisajes, acentos, formas de hablar... y sobre todo personas. Cuando uno procede de un pueblo en el que todos nos conocemos, siente un agradable placer al visitar poblaciones donde nadie te conoce, esa placentera libertad que confiere el hecho de ser una persona anónima más, entre tantas otras con las que te cruzas. Personas de todos los credos, de distintas nacionalidades, con atuendos de todo tipo, con diversas inquietudes e ideas, venidos de lugares lejanos, o lugareños que se resisten a abandonar sus raíces. Todos caminando los mismos sitios, siguiendo los pasos del resto, haciendo centenares de fotografías en los mismos puntos, con el mismo encuadre... A veces, la casualidad propicia momentos tan increíbles como que alguien grite ¡munereños! desde un coche, mientras paseas por una playa situada a 700 km. de casa. O encontrar a un primo al que llevas años sin ver en un pueblecito recóndito de montaña. Este vez el destino no nos deparó ninguna sorpresa de este tipo, aunque también es verdad que las mascarillas no nos lo ponen demasiado fácil a la hora de reconocer a alguien últimamente.

Lo que si nos encontramos en este reciente viaje fue con una maravillosa comarca, la del Matarraña, llamada así por el río que discurre por los municipios que la forman, y cuyas aguas están heladas (aunque los lugareños te digan que fresquitas); Nos encontramos con plazas varadas en el tiempo, con calles, puentes y edificios empedrados y muy cuidados que nos transportaron a la Edad Media; Nos tropezamos con paisajes apabullantes, con majestuosos buitres, y con una extraordinaria naturaleza en estado puro; nos fascinaron sus iglesias, sus murallas, sus castillos, sus "neveras" subterráneas (llamadas bóvedas del frío); Y nos atraparon, por supuesto, su vasta historia y su rico patrimonio.

Durante unos pocos días nos hemos dedicado a recorrer pueblos y lugares que se quedarán ya para siempre en nuestra memoria. A caminar y caminar, colmados convenientemente el hambre y la sed, a visitar todo tipo de monumentos... No hemos parado, como quien dice, así que, nadie se extrañará si digo que el último día de nuestras vacaciones fue una mezcla de tristeza porque se acababan, pero también de cansancio real y absoluto, (no miento), y ganas de regresar otra vez a casa, a la tranquilidad y quietud de la vida hogareña.

De este viaje nos quedarán un montón de recuerdos. Divertidas anécdotas protagonizadas por unos y otros (aunque las haya que no tengan nada de gracioso). Cientos de fotografías por clasificar, esperando a que algún día tengas ganas de organizarlas. Un montón de callejeros y folletos informativos que no sabes si conservar, o reciclar directamente. Ah, y dos maletas de ropa que lavar y planchar, que todo hay que decirlo... Nos queda todo lo dicho, y mucho más porque cada viaje deja una huella imborrable en nuestro ser.

El año que viene, quién sabe a qué lugar nos llevarán nuestros pasos. Ya se verá, porque como siempre digo, lo importante no es el dónde, ni el cómo, lo realmente importante es quién  acompaña tu camino.


...









Ruta del Parrizal. Río Matarraña. (Teruel)
















   



Hablando en plata II

  Los que me conocen saben de mi interés por las raíces, por las tradiciones y las costumbres de nuestro pueblo. Y me siento atraída especia...