viernes, 14 de agosto de 2020

Nueva Normalidad

Cuando crees que tienes todas las respuestas
llega el universo y te cambia todas las preguntas.
Albert Espinosa



Atrás quedan, como un mal sueño, los dos meses de confinamiento en los que fuimos testigos de situaciones que nunca imaginamos vivir, y son ya varias las semanas que llevamos instalados en esta nueva fase, que a alguien se le ocurrió llamar "nueva normalidad", y que viene a ser cualquier cosa, menos normal.

Acogimos esta nueva normalidad con entusiasmo, deseando retomar nuestras vidas donde las habíamos dejado, aunque también con cierta inquietud, incrédulos quizás al pensar que las aguas podían volver a su cauce sin más. Asistimos ilusionados a la reapertura de negocios, bares, playas, fronteras, y a un irrefrenable aumento de la movilidad, respaldado por numerosos estímulos al turismo, que no deja de ser -queramos o no- uno de los motores principales de nuestro país.

También algunos afortunados regresamos a nuestros trabajos. En mi caso, en cuanto se pudo, reabrimos la biblioteca cumpliendo rigurosamente con los protocolos y avanzando paulativamente hasta recuperar una cierta "normalidad".  El rostro medio oculto tras una mascarilla, parapetada tras una mampara, embadurnadas las manos de gel hidroalcohólico cada vez que toco un libro,  lavándolas una y mil veces, procurando no tocar nada. Nos hemos acostumbrado a desinfectar con lejía superficies y mobiliario,  a empaquetar los libros en cajas cerradas y selladas, evitando manipular ninguno, como si se tratase de paquetes bombas a punto de implosionar. Nuevas normas, prohibiciones y obligaciones, reducción de aforo, de puestos de lectura, de servicios... una serie de cambios duros y, desde luego necesarios, que han transformado mi lugar de trabajo y lo han convertido en un sitio casi desierto y silencioso. Es muy triste ver así la biblioteca, aunque también lo es salir a la calle dejando atrás este ambiente profiláctico, para encontrarte con las terrazas abarrotadas de gente sin mascarilla, deseosa de resarcirse de tantas semanas de privaciones. 

Y es que una vez instaurada esta nueva normalidad, aunque con el miedo todavía metido en el cuerpo, comenzamos a salir poco a poco, a reanudar nuestros viejos hábitos, y a volver a vivir este sucedáneo barato de nuestra anterior existencia. Nos dieron unas instrucciones a seguir bastante claras y sencillas: mascarilla, lavado de manos y distanciamiento social, y nos ofrecieron aquella ansiada libertad que muchos reclamaban... ¡Vamos, todos a la calle, muévanse! Son ustedes los dueños y señores de sus actos, y como ya son ustedes mayorcitos, demuestren ahora su nivel de sensatez, y actúen con responsabilidad. Y ahí... ahí me temo que la cosa comenzó a torcerse.

No nos engañemos, el virus nunca se fue del todo, ha seguido aquí, entre nosotros todo este tiempo, haciendo de las suyas, aunque claro, los mayores, más vulnerables al mismo, supieron protegerse y alejarse del peligro. Los más jóvenes en cambio, por esa osadía congénita tan propia de la juventud, pues digamos, que en lugar de alejarse,  lo buscaron, o al menos propiciaron el encuentro. Muchos, la mayoría, por suerte para ellos, no se dieron ni cuenta de que el bichito se volvía con ellos a casa, aunque alguno de sus familiares por desgracia sí lo hicieron. Si todos esos famosos asintomáticos que, haciendo caso omiso de las recomendaciones sanitarias, se han prodigado en fiestas, botellones, abrazos y exaltaciones de amistad, hubiesen pensado un poquito más en proteger a las personas vulnerables, y por ende, a todos nosotros como sociedad, seguramente hoy no estaríamos donde estamos, otra vez. 

La comunidad científica, e incluso los responsables políticos, piden a los jóvenes prudencia, solidaridad para con sus-nuestros mayores, ante el aumento de casos de manera descontrolada y el descenso, más que evidente, de la media de edad de los contagiados. Los datos confirman una realidad que es incuestionable, y aunque por supuesto, no todos los jóvenes son unos irresponsables, la conjugación de juventud, fiestas, botellones, o discotecas son el caldo de cultivo propicio para originar uno de esos temidos brotes.

Sin embargo, los empresarios del ocio nocturno se sienten criminalizados por unos comportamientos que creen aislados, y de los cuales no se consideran responsables, y reclaman ayudas ante las cuantiosas pérdidas que les ocasionan la reducción de horarios o de aforo. Lo mismo les ocurre a los hosteleros, que ven como los turistas extranjeros se han quedado este año en casa y los españoles no son suficientes para mantener sus negocios abiertos. En definitiva, un equilibrio inestable, casi imposible de conseguir cuando entran en juego dos variantes tan opuestas en una pandemia como son salud y economía.

Algunos también ponen en el punto de mira en los inmigrantes y temporeros ante la sucesión de casos positivos entre estos colectivos. ¿Acaso alguien dudaba de que los contagios se extenderían entre personas que se ven obligadas a vivir hacinadas, en condiciones donde la higiene y la distancia social son casi imposibles? Y es que, las pandemias es lo que tienen, sacan a la luz las miserias de la sociedad, todo aquello que parecía invisible a los ojos de los ciudadanos de bien, pero que siempre estuvo ahí.

Muchos llegamos a pensar que de esta situación saldríamos más fuertes, que esta pandemia nos cambiaría, removería conciencias dormidas y pondría de manifiesto que este mundo global que hemos construido, (o que nos han construido con nuestro beneplácito, qué más da), no puede sostenerse más. Pensamos que nos daríamos cuenta de que esta es una de las consecuencias directas (y por cierto ya años augurada por científicos, que no por profetas) de que el planeta se extingue bajo nuestras huellas, y con él todos nosotros, aunque sigamos aletargados pensando que el problema no va con nosotros.

Parecía que lo habíamos visto todo, pero no, en estos tiempos convulsos son muchas las imágenes y noticias que nos sorprenden y que nos siguen dejando boquiabiertos. Fallecidos enterrados en fosas comunes, cadáveres tirados por las calles o sin reclamar, crematorios portátiles, interminables colas del hambre, líderes mundiales haciendo comentarios sobre las cualidades de ingerir lejía, "casi" sin despeinarse, y centenares de acólitos seguidores que no sabría muy bien cómo calificar, probando en carne propia los beneficios de dicho desinfectante. Los que niegan la pandemia, los que dudan de la efectividad de las vacunas, e incluso afirman que nos inocularán con ellas un microchip, los que creen a pie juntillas las teorías conspiratorias. Los que mantienen que con una mascarilla nos quieren tapar la boca y el pensamiento, los que celebran fiestas para contagiarse, los que culpabilizan a Bill Gates... ¿Quién da más? No sé qué me produce más aversión, si estas descabelladas teorías en sí mismas, o la gran cantidad de personas que se las creen a pie juntillas, sin cuestionarlas siquiera. 

Y mientras todo esto ocurre en el mundo, intentamos seguir con nuestras vidas en nuestro pequeño pueblo, (del que por cierto, muchos se han acordado este verano para pasar sus vacaciones), alejados de virus, y de brotes, disfrutando de esta apacible tranquilidad, cruzando los dedos para que no surja ningún positivo que haga tambalearse nuestra plácida existencia.

Seguimos las recomendaciones sanitarias. La gran mayoría cumplimos escrupulosamente con el uso obligatorio de la mascarilla (aunque muchos de los que en su día criticaron la falta de las mismas renieguen hoy de su uso obligatorio), y ahora, solo ahora somos conscientes de lo molesto que es llevarlas con este calor apenas unos minutos, y de lo insufrible que debe ser soportar una o incluso dos mascarillas, una encima de la otra, durante doce horas seguidas, como viene haciendo el personal sanitario. Nos saludamos con el codo, nos hablamos sin acercarnos demasiado, a veces sin detenernos, manteniendo las distancias, nunca mejor dicho, algo muy difícil en una cultura como la nuestra en la que el contacto físico y las muestras de cariño forman parte de lo cotidiano. Cuántos besos y abrazos rotos, aplazados nos ha robado este virus... Cuántos miedos ha sacado a la luz, cuántos estigmas y cuántas injusticias.

También esta nueva normalidad nos ha robado las celebraciones, muchas, muchísimas bodas, comuniones y grandes eventos han sido suspendidos, y también se han cancelado  la gran mayoría de las fiestas y ferias,  tan queridas y esperadas por todos a lo largo del año. Hemos aceptado estas ausencias con pena, pero también con resignación, como un mal menor necesario y conveniente. Al fin y al cabo, estamos en verano, y en verano parece que todo se ve de otro color; el sol, la luz, el buen tiempo, nos invitan a salir de casa, a pasear, a viajar... Sin embargo, la estación pronto tocará a su fin y nos espera un largo invierno en el que tendremos que lidiar con múltiples circunstancias que harán, sin duda, muy difícil atisbar la luz al final del túnel. 

La vuelta al cole es inminente, y son muchos los miedos y recelos de padres y profesores hacia unas clases llenas de niños en las que será francamente difícil afrontar el curso escolar con una mínima normalidad. Hay quien piensa que ni siquiera deberían volver a las clases presenciales, y aunque yo también comparto esta preocupación, pienso que hay ser conscientes de que esta situación persistirá durante todo el curso, y no estoy segura de que aquellos reacios al regreso a las aulas estén de acuerdo con que se impartan clases online hasta junio, con todo lo que ello implica en lo relativo a conciliación, brecha digital y demás.  Así las cosas, es importante saber que nadie tiene todas las respuestas, y que en esta situación jamás vivida debemos estudiar con detenimiento todas las variables, teniendo en cuenta  las consecuencias que puede conllevar cada decisión.

Porque, en verdad, el mundo tardará mucho tiempo en  volver a ser el mismo, o quizás ni siquiera llegue a serlo, pero lo que está claro es que todo aquel que aún no lo haya hecho, debería ir  acostumbrándose a esta nueva vida, porque mucho me temo que amenaza con quedarse un largo espacio de tiempo. Lo verdaderamente importante es que cuando eso ocurra, todos nosotros estemos ahí para celebrarlo juntos y recuperar todas esas cosas que ahora tanto echamos de menos. 

Esperamos, como agua de mayo, la llegada de una vacuna milagrosa, mientras las farmacéuticas buscan a la carrera ser las primeras en encontrarla. Pero una vez hallada, no deja de causarme desazón la manera y el tiempo en que esa salvadora de vidas llegue a todos los rincones de la Tierra. Quisiera pensar que será universal, y que aquellas no buscarán enriquecerse, aunque en este punto, siento decir que no soy demasiado optimista. 

Son cada vez más negros los pensamientos que me abordan en este tiempo de calma que parece preceder a la tormenta. Día tras día siguen aumentando de manera imparable las cifras de contagiados, de fallecidos, de ingresos hospitalarios... Cifras preocupantes con las que regresan otra vez el miedo y la incertidumbre que vivimos en marzo, y que nos hacen plantearnos si seremos capaces de reconducir la situación, o si la trágica realidad nos engullirá de nuevo como un depredador implacable. Porque, aunque algunos aún no se hayan dado cuenta, si cada uno de nosotros no pone un poquito de su parte y procura no tomarse a la ligera las recomendaciones sanitarias, parece que estamos condenados a repetir los errores del pasado, avocados sin remedio a una segunda ola.

Y esta vez no podremos culpar del desastre a ninguna manifestación, mitin, ni partido de fútbol. Esta vez cada cual tendrá que asumir, en mayor o menor medida, su parte de responsabilidad. 

... 






domingo, 19 de julio de 2020

Aquellos veranos dorados



Han pasado más de cuarenta años desde la primera vez que fui, con apenas dos añitos, y más de treinta ya, desde que pisé por última vez aquella tierra. Varias décadas, toda una vida sin regresar, y parece mentira que en mi cabeza permanezcan aún intactos tantos recuerdos de aquellos calurosos veranos  de la infancia.

Un pueblecito leonés con apenas unas calles sin asfaltar que desembocaban en la iglesia. Un municipio dedicado a la agricultura y a la ganadería  donde casi todos eran familia entre sí, y donde nos acogieron también a nosotros como si formásemos parte de esa familia. 

Viajábamos hasta allí en el Renault 4 de mi padre, cargado halosta arriba de todos los enseres necesarios para pasar el verano. Mis hermanos y yo, (no todos, menos mal) juntos en el asiento de atrás, durmiendo en un colchón que mi madre extendía a modo de catre. Viajábamos de noche. Nos despertaban poco después de la media noche y dormíamos durante el viaje. Mi padre lo prefería porque a esas horas había menos tráfico, y así, con su prudencia a la hora de respetar los límites de velocidad, y aquella furgoneta abarrotada que ya no podía correr mucho más, llegábamos a nuestro destino después de quién sabe si siete, ocho o quizás más, horas de viaje (nadie ha sabido discernir cuántas horas tardábamos en realidad, aunque lo cierto es que la travesía se nos antojaba larguísima). 

Valdemorilla, ese era nuestro destino. Un recóndito lugar situado a más de 500 kilómetros de nuestro pueblo donde mi padre nos arrastraba cada verano mientras duraba la temporada de cosecha.  A él le esperaban jornadas interminables de trabajo cosechando aquellas inmensas siembras amarillas, y a nosotros, todo un verano de inagotables juegos y de multitud de vivencias para recordar. 

Se borraron muchos recuerdos de los primeros años, claro está, pero en mi memoria todavía anidan nítidas imágenes de todo lo vivido entonces, de la casa que habitamos los últimos veranos, de mucha gente que conocimos, de todos los lugares que recorrimos. Cierro los ojos y pasa ante mí, como una película en blanco y negro, aquel tiempo tan lejano que, aunque semienterrado por el tiempo y el olvido, también formó y forma parte de mi vida.

Imborrable es el recuerdo de aquella casa donde vivíamos, que como muchas de las casas de aquel pueblo, tenía las paredes de una especie de adobe marrón. Aquel enorme corral por el que sobrevolaban miles de abejas, en su continuo ir y venir a las colmenas que estaban apostadas a lo largo de una de las paredes. No puedo creer ahora cómo convivíamos entonces con pasmosa naturalidad al lado de semejante ejército de abejas, aunque supongo que  nos acostumbramos a él, y aquel inquietante zumbido, se convirtió con el tiempo en un murmullo. "Si no les hacéis nada, no os picarán" nos decía siempre la dueña de la casa, pero vaya si nos picaban... y hacíamos entonces una pasta con barro y agua y nos la aplicábamos en la picadura. No sé muy bien si aquello funcionaría, pero era, sin duda, el remedio más extendido entonces.

La dueña se llamaba Paz, y nosotros la llamábamos abuela Paz. Vestía siempre de negro riguroso, y tenía el pelo completamente blanco que se recogía siempre en un moño cuidadosamente peinado. Recuerdo perfectamente su cara, y también su voz. Aquella mujer viuda tenía varios hijos, creo que también había perdido a uno de ellos en un accidente, aunque vivía sola en aquella casa inmensa. Recuerdo que entrábamos en su casa temerosos, casi a hurtadillas, por el miedo que nos imponía aquella anciana. Y la recuerdo también lavando sus largos cabellos plateados vestida con un camisón blanco que le llegaba a los pies, y observarla fascinada por aquella imagen, que más que real se asemejaba a una aparición, acostumbrada como estaba a su vestimenta negra y a su pelo recogido en un rodete. A veces se ponía sus zuecos de madera para andar por el corral, que eran típicos allí, y a mí me parecía lo más verla caminar subida en aquellos zapatos de madera.

Aquella mujer menuda y de gesto severo nos acogió en su casa durante años, y aunque a veces nos renegaba, o nos mandaba callar para que no hiciéramos tanto alboroto, se portó bien con nosotros, por algo la llamábamos abuela Paz.

No disfrutábamos en aquella casa de muchas comodidades, aunque creo que lo soportábamos con resignación. No teníamos baño, ni tampoco agua corriente; nos bañábamos en un barreño al sol. Teníamos que ir a por agua a Roblica, una fuente por la que salía un incesante chorro de agua limpia y clara. Se hallaba a varios kilómetros del pueblo, siguiendo un camino que recuerdo largo y recto, rodeado de hermosas cosechas doradas, tumbadas por el peso de las espigas maduras.

La televisión brillaba también por su ausencia en aquella casa, y muchas veces nos íbamos a verla a las de los vecinos. Y lavadora... ni pensarlo. Iban las mujeres al lavadero cargadas de barreños a hacer la colada. A frotar y frotar en  tablas de madera de todos los tamaños en las que restregaban la ropa una y otra vez hasta dejarse los nudillos.

También recuerdo el calor sofocante de aquellos veranos. Entonces no había ventiladores, ni aire acondicionado... Evoco ahora la imagen de mi madre regando el porche donde pasábamos gran parte del día, sosteniendo el cubo lleno de agua con una mano mientras que con la otra salpicaba la tierra,  en una especie de manguera ecológica con la que conseguía refrescar aquella estancia. Como único mobiliario, una vieja y desvencijada tarima, unos cuantos juguetes que nos habíamos llevado con nosotros, y nuestra imaginación para inventar uno y mil juegos. 

Recuerdo la ausencia constante de mi padre, trabajador infatigable en aquellas dilatadas jornadas de siega, y cómo salíamos corriendo a asomarnos a la puerta en cuanto escuchábamos el sonido de las cosechadoras. Desde el quicio contemplábamos embelesados el desfile de máquinas que pasaban por la calle mientras se dirigían a otro campo, y a mi padre, con su porte elegante y sus gafas de sol, pilotando aquel mastodonte de hierro con milimétrica precisión, saludándonos con el brazo en alto cuando llegaba a nuestra altura, y nosotros, devolviéndole el saludo, admirados, orgullosos de que fuera él y no otro, el conductor.

Recuerdo...
Vacas, montones de vacas negras y blancas en muchas de las casas del pueblo. Hermosas y grandes vacas moteadas que me encantaba mirar (a pesar del pestilente olor) cuando íbamos a por leche. 
Los enormes juncos que crecían junto al río.
Las cigüeñas en lo alto del campanario de la iglesia.
Las casas de adobe, con pozos rectangulares en las aceras y que servían de bancos.
El único bar del pueblo, en el que estaba también el único teléfono.
El cementerio y la reja que lo flanqueaba.
El frontón de piedra junto a la carretera.
Una era inmensa, y una casa de ladrillos aislada alrededor de la cual nos perseguíamos dando vueltas y más vueltas.
Un corral junto a la carretera con cientos de gallinas y conejos a los que nos encantaba dar de comer.
Los reclinatorios de la iglesia (si no tenías el tuyo, te tocaba estar de pie toda la misa).
Una tienda de chucherías en la casa de al lado. Un pasillo estrecho y una ventanita en la pared por la que despachaban los dueños. Jugar con su hija Candy y ver la tele en su casa.
Comprar cebolletas o pepinillos en vinagre los domingos después de misa (por alguna extraña razón aquello era lo tradicional).
Un chico subido en un árbol que me da recuerdos para mi primo Rafa.
Un hula hoop enorme y azul, regalo de mi amiga llamada Mari Mar, cuyo rostro, por desgracia, he olvidado por completo.
Unos vecinos muy amables que venían de vacaciones y que vivían en frente de nuestra humilde morada. Y su piscina, a la que agradecíamos que nos invitaran. También olvidé sus caras, aunque no sus nombres, Rubén y David.
La sonrisa de la que hoy es una enfermera, y en cuyos rasgos reconozco perfectamente a Rocío, una niña de pelo corto y rubio con la que jugué hace más de treinta años. Maravillas de las redes sociales que hacen posibles estos pequeños milagros. 
Tardes de juegos interminables, en las que nos reuníamos todos los niños y niñas, sin excepción, y en las que correteábamos sin descanso por todas las calles del pueblo, haciendo miles de travesuras. 

Tantos recuerdos, que solo hace falta tirar del hilo para traer a la memoria los días memorables que pasamos en aquel pueblecito leonés enclavado en una planicie infinita y dorada.

Hoy intento regresar de nuevo, buceando en internet en busca de la casa, las calles, la iglesia, el frontón... de todo aquello que conocí. Ya nada es igual, aquellos recuerdos solo viven en mi cabeza. Intuyo un cierto parecido en una calle, en una casa, sí aquella puede ser... sin embargo, todo está patas arriba en mi mente. Hace tiempo que me desorienté entre aquellas casas de barro que ahora son de cemento, o que simplemente han desaparecido. Busco el frontón en google maps y ya no está, juro que estaba ahí, en mis recuerdos está, enorme, piedra sobre piedra. Veo a los chicos jóvenes disparar contra él la pelota, mientras los mayores les observaban a la sombra.  Candy me confirma que estuvo ahí, pero lo derribaron hace años, una lástima. Menos mal, mi memoria todavía funciona, pensé incluso que lo había soñado...

El tiempo ha cambiado todos los lugares que recorrí entonces... Ya no son sino la sombra de lo que fueron. Aunque quizá todo fuera así en realidad, como lo veo ahora en la pantalla del ordenador y sea mi memoria la que me traiciona. Quién sabe... Y la gente que los habitó, esos rostros que aparecen borrosos en mi memoria,  muchos de ellos tampoco existen ya.

Ha pasado casi media vida, y ya nada es igual, pero como decía Machado en su poema:

Todo pasa, y todo queda
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.

Nosotros hicimos aquel camino durante años y pasamos en Valdemorilla veranos inolvidables. Y allí quedan todavía una fuente llamada Roblica, una iglesia en cuya torre todavía habitan dos preciosas cigüeñas, extensos campos de siembras amarillas... y quedan también personas con las que convivimos, y que todavía nos recuerdan. 

Siempre he querido volver a aquel lugar, no sé si más por nostalgia o por revivir mi infancia, ya tan lejana, y volver a sentirme niña otra vez. Aunque, ahora que lo pienso... quisiera regresar allí, a aquel tiempo y lugar, para poder asomarme a la puerta de nuevo, y contemplar orgullosa a mi padre, mientras él nos saluda desde su cosechadora...







** Gracias a Rocío Paniagua y a Candy Fernández, nacidas de Valdemorilla, y con las que compartí juegos y aventuras durante aquellos veranos, por hablarme sobre el pueblo y las personas que conocí y poner un poco de orden en este cajón desastre que son mis recuerdos.

jueves, 2 de julio de 2020

Cuéntame

                        
Hay almas que tienen
azules luceros, 
mañanas marchitas
entre hojas del tiempo,
y castos rincones
que guardan un viejo
rumor de nostalgias
y sueños. 

Federico García Lorca


            

- Cuéntamela otra vez, abuela. La historia de cuando tú eras como yo, y mientras, echamos una brisca...

La luz penetra a través de los visillos de la ventana imprimiendo en la estancia una halo mágico y cautivador. Observo la escena con embeleso, intentando retener en mi retina la imagen de esta estampa enternecedora: abuela y nieto acomodados en el sofá, arrebujados bajo una manta jugando a las cartas mientras viajan al pasado, más de sesenta años atrás. Dos generaciones tan distantes y diferentes confluyendo en tiempo y en lugar, en un momento tan sumamente mágico como irrepetible.

- Ay hijo mío, si ya te la he contado mil veces. -Le contesta su abuela-, haciéndose de rogar, aunque en el fondo, está deseando volver a contarle a su nieto su historia. Esa historia que le pertenece por derecho propio, que guarda para sí en lo más profundo de su ser. Esa historia que no es una sola, sino que está hecha de infinidad de retazos, de los cientos de historias que rondan su cabeza a diario, de los miles de recuerdos que anidan en su memoria voluble y caprichosa, de los muchos pensamientos que regresan a su antojo y que la abordan una y otra vez, tan vívidos como si hubieran acontecido ayer mismo, y que se empeñan en devolverla a su niñez a cada palabra.

- Cuando yo era pequeña... - comienza la abuela con voz melodiosa- no teníamos tantas cosas como ahora. Ni tantas comodidades, ni todo de lo que disfrutáis hoy los niños. Para empezar, no teníamos apenas ropa, ¡qué frío pasábamos en invierno!, y por aquellos tiempos sí que hacía frío, sí... Ay, si hubiéramos pillado entonces los armarios llenos de ropa que hay ahora en todas las casas...

- ¿No teníais ropa, abuela? ¿Ibais desnudos como en África?

- Pero qué cosas tienes hijo... No, en cueros no. Pero nos vestíamos con mengajos que apenas abrigaban y que íbamos pasando de uno a otro conforme se nos iban quedando pequeños (éramos nueve hermanos, no como ahora, que se tiene un hijo o dos como mucho...) Y si nos quedaban grandes los pantalones, nos atábamos un vencejo a la cintura y arreando. Casi toda la ropa estaba remendada por varios sitios, y en los pies, nos asomaban casi siempre los dedos por los bujeros. Por la noche nos apretábamos alrededor del sogato, y tanto nos pegábamos al fuego, que estábamos a pique de quemarnos muchas veces, y nos salían cabrillas en las piernas... pero no nos apartábamos... Una vez al año, para la feria, nos hacía la abuela un hato, y ese era el que nos poníamos para bajar al pueblo, a misa, o si nos poníamos malos...

- Creo abuela que estás exagerando un poquito...

- Ojalá hijo, ojalá. Recuerdo que del frío me salían unos sabañones en las manos y en los pies que daban miedo, y cómo me picaban y escocían... Los metía en agua caliente, me los frotaba con ajo, pero no había manera de calmar el dolor. Dormíamos tres o cuatro en cada cama, sobre colchones de lana de borra, en los que te ibas hundiendo, como si te engulleran hacía dentro. Nos echábamos un montón de mantas encima que nos sepultaban bajo su peso, y que apenas abrigaban. Y por la mañana costaba un montón de trabajo hacer las camas, y volver a darle forma a aquel colchón, que no se parecía en nada a los de ahora. Frío. Si tuviera que resumir con una palabra mi infancia, la primera sería esa. Ese frío que cortaba y que se te metía en los huesos. Me acuerdo que cuando salíamos con las cabras, la tía y yo corríamos todo lo que podíamos un buen rato para entrar en calor.

- ¿Con las cabras, abuela? ¿Igual que Heidi y Pedro?

- Pues más o menos... éramos muy pequeñas, desde luego, aunque aquí no había que subir montañas como en los Alpes para que pastasen. Las dejábamos en los piazos que habían alrededor de la "Casilla", que así se llamaba la casa donde vivíamos. Algunas veces, hacíamos malos aliños, como cuando veíamos un verdín hermoso y las soltábamos allí cuando nadie nos veía. La tía les decía, "hala, daros un festín", y allí las dejábamos un rato comiendo y nosotras mientras jugábamos, o a buscábamos setas, o collejas...

-Pero qué suerte, abuela. No tenías que ir a la escuela, podías estar todo el día jugando... -Le responde el pequeño muy serio.

- Ay hijo, ¿de verdad crees que aquello era una suerte? Si yo hubiese podido ir a la escuela... Sólo pude ir unos cuantos días; Aprendí a leer y a escribir ya de mayor. Haz caso a esta pobre vieja, y recuérdalo siempre: la suerte la tienes tú que puedes estudiar y aprender un montón de cosas. Eso es lo más hermoso, hijo mío, el saber. A mí, es lo que más envidia me da, una persona que sabe. Además, en cuanto crecimos un poco, el abuelo nos mandaba a trabajar ajeno, y no te creas que podíamos todavía, pero no había discusión: a quitar piedras, a labrar con con la mula, a segar ya un poco más mayorcetas... Aquello sí que era duro...

-¿Abuela, llevas muestra? Le dice el pequeño con ojos interrogantes, y quizás también para cambiar de tercio la conversación, que le ha dejado un tanto callado y pensativo...

- Eso no se dice, que entonces llevas ventaja. -Le contesta la abuela con una sonrisa en la boca, aunque, dejando disimuladamente las cartas a la vista de su nieto, por un segundo.

- Pero bueno, ¿también jugaríais algún rato? Porque los niños tienen que jugar sí o sí...- vuelve a arremeter el pequeño...

- Pues sí, nosotras jugábamos cuando podíamos, o cuando no nos veía mi padre. Pero eran bien distintos a los juegos de ahora. Nos divertíamos con bien poco, jugando al pillar, al escondite, a la piola, al apargatico viejo... Y también nos pasábamos las horas recitando romances y canciones, oraciones... Fíjate que no me acuerdo de lo que comí ayer, y me sé de memoria un montón. "Al pie del duro peñasco...

-Ay abuela, déjalo ya, que eso que estás recitando no tiene mucho sentido... Vamos roba, que me toca a mí tirar.

-Venga, ya puedes echar. Estoy viendo que esta partida me la ganas. Me parece a mí que lo que intentas es despistarme con todas esas preguntas- le responde y continúa con su perorata, a pesar de las quejas, porque eso sí, una vez que se ha abierto la caja de Pandora, es casi imposible hacer parar los recuerdos que brotan incontrolados de sus labios...

-Cuánta hambre pasaríamos también... Me acuerdo una vez que nos comíamos la hierba, cuánta gana no tendríamos. Las locuras que hacíamos entonces...

-Anda abuela, no me hagas reír, ¿cómo ibas a comerte la hierba? Ni que fueras una cabra... se sonríe socarrón el nieto. Algo comerías, porque si no, no estarías aquí…

-Pues aquella vez sí nos comimos la hierba, parece que lo estoy viendo ahora mismo, no te miento. Y teníamos para comer, sí, pero comíamos poco y mal. Casi todos los días gachas, o caldo de patatas, o patatas fritas con sebo, (porque entonces no teníamos aceite), o gachas migas… La fruta no la probábamos apenas, ni la leche, la poca que daban las cabrar era para mis abuelos. Y el pan, duro como un risco, porque mi madre bajaba al pueblo a cocer cada ocho días, y lo metía en la alacena de donde íbamos sacando y comiendo hasta que se acababa. Aquello sí era pan sentao... Acuérdate de esto que te cuento cuando hago una comida que no te gusta, antes no podíamos elegir menú…

…-Y tampoco teníamos agua corriente para lavarnos ni para lavar ni beber agua. Teníamos que sacar el agua del pozo, y bajábamos al río cargadas para lavar la ropa en las losas en las que restregábamos la ropa una y otra vez hasta deshacernos los nudillos. ¡Qué invento la lavadora!
-Que sí abuela, que sí, que llevas mucha razón. Sigamos -le contesta el nieto molesto con los derroteros que va tomando la conversación, aunque en el fondo es consciente de lo afortunado que es de haber nacido en esta época.

-Anda bonico, vamos a descansar un rato, y otro día te sigo contando más cosas. Voy a echar un pegaojos, que esta noche tampoco he dormío mucho.

-Vale abuela, yo voy a ponerme con los deberes y luego si quieres te ayudo con los tuyos...

Cuando parece que el silencio se ha hecho dueño de la estancia, el pequeño levanta la mirada de la tarea y afirma con tal convencimiento que pareciera que esté realizando una sentencia:

-Oye abuela, estoy pensando que te acuerdas perfectamente de muchas cosas de entonces, y eso significa que en realidad no era tan malo como lo cuentas. Creo que entonces eras feliz abuela.

En ese preciso instante, en el rostro de la abuela se vislumbra el cansancio, y quizás también la tristeza, un pellizco de tristeza procedente de la añoranza de aquellos tiempos que ya solo existen en su cabeza. Con la mirada perdida en los recuerdos, permanece ausente durante unos segundos hasta que, al fin, sale de su ensimismamiento para contestar a su nieto con un hilo de voz:

-Puede que tengas razón... Con todas las faltas que pasamos, todas las carencias que teníamos, todas las penurias que vivimos, entonces éramos felices, porque teníamos a toda la familia completa. No lo olvides nunca corazón mío, por muchas cosas que tengas, lo más importante, lo que te hará más feliz en la vida es tu familia, tus amigos, las personas que te quieren y a las que quieres, es eso todo lo que más vas a añorar cuando llegues a viejo.

Hazme caso y disfruta lo que puedas de estos años, de tu niñez, de tu juventud, de tu vida. Grábalo todo en tu memoria, para que, igual que estoy haciendo yo ahora contigo, dentro de muchos años puedas compartir tu historia con los tuyos; Para que puedas contarla, el día en que uno de tus nietos te diga: Abuelo, cuéntame cosas de cuando eras pequeño…

  



viernes, 19 de junio de 2020

Eso que tú me das





15 de junio de 1977. Mientras los españoles acuden a votar libremente por primera vez en 41 años, una madre primeriza pasa un largo día en el hospital para, a última hora de la noche, dar a luz al primero de sus hijos.

Fue una niña, y como es normal, colmó de felicidad a sus padres. Pero la primogénita disfrutó muy poco de los privilegios de ser hija única, porque a los dos años y 3 días exactamente vino al mundo su hermana, y siguiendo casi la misma secuencia ininterrumpida, le siguieron después tres hijos más, esta vez varones.

Probablemente el hecho de ser la mayor de cinco hermanos de edades tan similares, le hizo asumir el rol de hermana mayor, responsable y aplicada, un rol que quizás no le correspondía por edad, pero también es cierto, que aquellos eran otros tiempos, y  nada tenían que ver con los de ahora.

Y quizás también, el haber nacido, literalmente, al mismo tiempo que esta democracia de la que disfrutamos desde entonces, convirtiera a aquella niña en una persona de pensamiento libre y con firmes convicciones en cuanto a igualdad,  fraternidad y justicia, aunque también es muy probable, que  ese espíritu crítico y esas ideas que discrepan en muchas ocasiones de sus coetáneos, se hayan ido asentando con los años a base de leer cientos de libros, que son el acicate indiscutible para estos menesteres. 

En cualquier caso, las personas somos como somos por múltiples factores que confluyen a lo largo y ancho de nuestras vidas, de modo que los genes son determinantes, aunque desde luego, no son los únicos que marcarán nuestra personalidad adulta; ésta será fruto de muchas otras circunstancias como el ambiente, las experiencias vividas, el amor y las atenciones recibidas, la resiliencia de cada cual (sin duda, esta palabreja tan de moda es del todo imprescindible si no queremos desfallecer en el intento), y según los gustos y opiniones, podríamos añadir también en este punto la suerte o azar (que también a veces se empeña en torcer el más prometedor de los destinos, o de enderezarlo, claro está).

En mi caso, no sabría decir a qué debo exactamente el ser la persona en la que me he convertido hoy por hoy. A la genética...  seguro que mucho,  pues reconozco en mí muchas virtudes y defectos (de todo hay en la viña del señor) de mis progenitores (gracias mamá y papá). Al entorno familiar y social que me ha rodeado a lo largo de mi vida, qué duda cabe, y a todo lo vivido, tanto a lo bueno como a lo malo, pues por supuesto que también. 

Los años pasan y van moldeando nuestra forma de ser hasta convertirnos en lo que somos, y cómo pasan de rápido, por Dios... Cada vez más rápido.

"El día que naciste se votaba por primera vez, y yo no pude votar", repite cada 15 de junio mi madre, para quien quiera escucharla. Y es que cuando una cumple años un 15 de junio, no sabe exactamente el santo que se celebra (Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, me acabo de enterar), porque los telediarios se encargan de recordar, año tras año, la importancia de ese día de nuestra historia reciente: Las primeras elecciones democráticas después de décadas de dictadura, una fiesta que toda España celebró entonces, aunque alguno se quedara sin votar, como mi madre, pero creo que no le importó demasiado, porque tenía otras cosas más urgentes que atender en aquel preciso momento...

Dicen de nuestra democracia que sigue siendo joven, y ahí, no sé si compartiría exactamente la afirmación, porque 43 años... ya tienen enjundia, y aunque mantengo (y espero poder mantener siempre) que los años solo han de cumplirse por fuera, y conservar el espíritu y la mente tan jóvenes como sea posible, los años son los que son, ¿para qué quitárselos? Ahora, cuidadito con echarle a una demás, que ya os digo que no conozco a nadie que no le siente mal tal brete...

Pues sí, un año más... y un año menos me digo siempre, pero no con tristeza ni con rabia. Sí lo hago últimamente con pasmosa incredulidad al pronunciar mi edad, porque de veras que me parece mentira tener ya esta cantidad de años a mis espaldas. Pero es lo que hay, los años pasan para todos, no hay que renegar de ellos, sino acogerlos con todo lo hermoso, y lo infame, que nos traen.

Resulta inevitable, (y del todo necesario) cumplir años, seguir sumando años, y décadas, una tras otra, y que llegue el día en que la cifra resulte bochornosa, casi impronunciable... Puede hasta que nos aborden las dudas cuando alguien nos pregunte nuestra edad y respondamos en voz alta una cantidad de años que nos parece mentira que sean los que llevamos a cuestas, pero vaya si los llevamos, todos toditos nuestros, sin discusión...

Decía Isabel Allende: "Uno viene al mundo a perderlo todo. Mientras más uno vive, más pierde", y no puedo estar más de acuerdo. Nos pasamos la vida perdiendo, perdiendo amigos, seres queridos, perdemos a nuestros padres, a nuestras mascotas... Y vamos perdiendo además un montón de cosas más: la inocencia, la juventud, la memoria, la fuerza y la energía, el tiempo (quién pudiera comprar el tiempo: póngame cuarto y mitad de tiempo, por favor), hasta que finalmente perdemos nuestra propia vida.

Sin duda, el ir perdiendo todas esas cosas y personas es lo peor de cumplir años. Sin embargo, yo añadiría además que no solo perdemos, sino que también son muchas las cosas que ganamos a lo largo de nuestra vida,   y como siempre, no me refiero a cosas materiales, sino a todos los momentos, experiencias, emociones, y personas especiales con las que compartimos, antes o después, nuestros destinos. Y es en días como el de tu cumpleaños, cuando eres realmente consciente de lo afortunada que eres, de la riqueza inmensa que has atesorado a lo largo de todos estos años, de que sí, aunque no las veas a diario, existen muchas personas que te aprecian y que aprecias y a las que tienes un cariño especial y recíproco.

Son tantas las muestras de afecto que he recibido, que no tengo palabras para transmitir mi gratitud. Llamadas, mensajes, felicitaciones de todo tipo que no han hecho sino constatar una vez más mi infinita fortuna. Las he recibido con una sonrisa en la boca, y he contestado a todas y cada una de ellas (espero no haberme olvidado de nadie).

Este año no he soplado las velas de la tarta (prohibido), tampoco he recibido besos, ni me han tirado las orejas (tampoco se puede), no hemos hecho una gran fiesta (aforo reducido y distancia de seguridad). Ya sabemos que una pandemia lo cambia todo...

Pero no importa, este año también he sido feliz, y el día de mi cumpleaños me fui a la cama pensando: en esto consiste la felicidad.

Felicidad es... escuchar los mensajes de voz de mis queridas niñas y niños: "Me ha dicho un pajarito que hoy es tu cumpleaños"... Enamorada sigo.

Felicidad es... que te canten el cumpleaños feliz unas voces diminutas que consiguen emocionarte, como si se tratara del mismo Orfeón Donostiarra.

Felicidad es... recibir decenas y decenas de mensajes de felicitación de amigos y conocidos que se han tomado unos segundos de su tiempo para hacérmelas llegar.

Felicidad es... que alguien venga a la biblioteca a propósito: "Sólo hemos subido a felicitarte".

Felicidad es... poder compartir tu día con tu familia un año más, sin más pretensiones, solo disfrutando de su presencia. Qué suerte  tenerles.

Felicidad es... saber que tienes un montón de gente, que aunque no veas a diario, están ahí para ti.

Felicidad es... eso que tú me das.


Eso que tú me das... esa es la melodía que le he puesto a mi cumpleaños, por esa manía que tengo siempre (y que no puedo remediar), de escuchar en mi cabeza una música que me gusta especialmente y que relaciono con algún momento vivido, con un pensamiento, o con algo concreto.

Pues así las cosas, estos días ando tarareando esta última canción de Pau Donés, cuya muerte he lamentado profundamente. Con ella acabo estas líneas, porque describe perfectamente la enorme gratitud que le tengo a la vida, y a tantas personas maravillosas con las que he ido tropezando y tejiendo lazos de amistad a lo largo de todos estos años...

Sin duda, como reza la canción, todas ellas son, -sois-,  MI TESORO.

GRACIAS.





Eso que tú me das
Es mucho más de lo que pido
Todo lo que me das
Es lo que ahora necesito

Eso que tú me das
No creo lo tenga merecido
Todo lo que me das
Te estaré siempre agradecido

Así que gracias por estar
Por tu amistad y tu compañía
Eres lo, lo mejor que me ha dado la vida

Por todo lo que recibí
Estar aquí vale la pena
Gracias a ti seguí
Remando contra la marea

Con todo lo que recibí
Ahora sé que no estoy solo
Ahora te tengo a ti
Amigo mío, mi tesoro

Así que gracias por estar
Por tu amistad y tu compañía
Eres lo, lo mejor que me ha dado la vida

Todo te lo voy a dar
Tu calidad, por tu alegría
Me ayudaste a remontar
A superarme día a…



Epílogo:

Pau Donés murió el 9 de junio de 2020. 
Tenía 53 años, y llevaba 5 años luchando contra un cáncer.
 Su voz se apagó, y con ella, una gran persona
 que nunca quiso ser considerado un héroe,
 y que odiaba que lo llamasen valiente, pero lo fue. 
Luchó y dio ejemplo de cómo enfrentar una enfermedad,
y de cómo ser feliz con ella, aceptando sus últimas consecuencias.
Afortunadamente, nos ha dejado su legado en forma de música,
 de canciones que uno no se cansa de escuchar una y otra vez.
Gracias Pau por todo lo que nos diste.


miércoles, 15 de abril de 2020

Crónicas de un aislamiento






Un ser que se acostumbra a todo;
tal parece la mejor definición 
que puedo hacer del hombre.
                            Dostoyevski


Aceptación

Un mes ya desde que comenzó el aislamiento, y me sigo despertando con la misma sensación de estar viviendo una película con un final incierto. Abro los ojos a diario y mi cerebro sigue dedicando unos segundos para procesar una misma certeza: no, esto no ha sido un sueño. Es tan solo un instante, tan solo unos segundos de confusión, porque la realidad enseguida se vuelve a imponer una jornada más.

Y es que la incredulidad de los primeros días ha dejado paso a la realidad, y ésta a su vez, a la aceptación. El ser humano es capaz de adaptarse a las situaciones más complicadas con una relativa facilidad, y me doy cuenta, de que gozo sin problemas de ese singular poder de adaptación. Aunque si lo pienso, tampoco es que sea algo tan meritorio. Ya lo escribí hace poco, ¿tan difícil es quedarse en casa con comida, agua, calefacción y entretenimiento? Son tantos los libros que he leído ambientados en la guerra o en cualquiera de los conflictos que se han repetido a lo largo de los siglos, o que narran situaciones de pobreza extrema o de injusticia... En todos ellos se repite un elemento común: el sufrimiento de seres inocentes, escondidos,  asustados, hambrientos... confinados en condiciones inhumanas. Alguien podría caer en la tentación de decirme: es solo literatura. Pues sí, es "solo literatura", pero la literatura tiene el pequeño defecto de ser un reflejo de la vida; un espejo en el que poder leer nuestras virtudes, pero sobre todo nuestras vergüenzas  como seres humanos. Y la literatura, se queda corta muchas veces, y otras por desgracia, es superada con creces por la realidad. A lo largo de la historia, se han vivido multitud de circunstancias terribles en las que el verbo "resistir" ha cobrado su sentido más amplio; tantas, y tan atroces, que me sonrojo al oír las quejas de la gente por tener que vivir este grácil encierro que no atiende a otro propósito que el de salvar vidas. Tanto es así, que no me permito una sola protesta al respecto, no aquí y ahora, no en este momento.


Esperanza y Paciencia

Un día más, un día menos, me repito una y otra vez. Cumplido ya, con suerte, la mitad de este confinamiento, procuro mantener el ánimo de espíritu, y a pesar de la prolongación de las ausencias que tanto duelen, de los temores que amenazan con cerner sobre mí toda clase de malos augurios, sigo diciéndome: pasará, esto pasará, y dentro de unos meses todo quedará reducido a un mal recuerdo.  A veces me vengo arriba, y me imagino dentro de treinta años, contándole a mis nietos: "2020, aquel sí que fue un mal año, no os hacéis una idea de lo que fue aquella pandemia mundial, pero la superamos..."

Pero mientras duermo... ese, es otro cantar... Porque por las noches, esa firme resignación y ese aparente dominio mental, escapa definitivamente a mi control. Lo sé, porque cada mañana despierto con la sensación de haber estado corriendo una maratón. Me levanto cansada, dolorida, aturdida por infinidad de imágenes difusas e incongruentes; Apenas logro recordar nada de esa maraña de pensamientos que enturbian mis noches. Sin embargo, estoy convencida, de que los miedos aprovechan esas horas en que bajo la guardia y no soy dueña de mi mente para apoderarse de mis sueños, dejándome al amanecer, ese regusto amargo del que ha sucumbido a sus efectos.

Ya pasará, me digo, mientras escucho a la gente protestar por la situación que estamos viviendo, por no poder salir, aprovechando cualquier excusa para marcharse de casa... Quejas que no logro entender, porque en verdad, me siento una privilegiada. Privilegiada por poder seguir trabajando desde casa, por no tener que salir cada día a exponerme a un posible contagio. Afortunada por tener a mi familia sana y salva, aunque sea separada. Feliz, por poder quedarme en casa, sin más.

Es complicado trabajar y concentrarse en estas circunstancias, claro que sí. Sobre todo si tienes un pequeño revoloteando a tu alrededor durante todo el día...
-"No entiendo este ejercicio"
- "Ahora te lo explico, espera que acabe este párrafo..."
- "Lo de natu lo dejo para esta tarde, que estoy cansado"
- "Hazlo ahora que esta tarde tampoco tendrás ganas..."
- "Vamos a jugar al baloncesto"
- "Ahora después, antes tengo que terminar esto..."

Ay los niños... esos niños que algún día recordarán esta primavera tan extraña como una anécdota más en sus vidas (ojalá y así sea). Auténticos campeones que (al menos en mi caso) no he oído quejarse ni una sola vez.

Envidio a toda esa gente que puede aprovechar estos días para hacer aquello para lo que nunca encuentra tiempo: leer, ver películas, series, hacer la limpieza general, ordenar armarios... A mí no me dan los días para mucho más de lo que ya hacía antes del confinamiento, pero no importa, sigo siendo una afortunada, tan afortunada que no cambiaría esta ausencia de tranquilidad por nada del mundo.


Gratitud

Miro la vida pasar detrás de esta ventana, intento leer y escribir en los ratos libres, trabajar... aunque está resultando ardua tarea. Difícil concentrarse y evadirse de esta realidad que nos ha tocado vivir. Vemos pasar los días desde nuestros hogares sin otro proyecto que vivir el presente. Días casi idénticos que se suceden sin sobresaltos, sin novedades, sumidos en la monotonía... Aquí dentro intentamos protegernos y proteger a los que más queremos, y mientras tanto, ahí fuera, un ejército de hombres y mujeres tienen que salir de casa sin remedio, sin armas, con el miedo metido en el cuerpo por ellos, y por sus familias. Son tantos los que no tienen otra opción que la de salir de casa a diario, que no podría enumerarlos a todos, tan solo agradecerles su trabajo.

Eso sí, no faltamos nunca la cita de las 8. Repetimos a diario esta bonita costumbre. Minutos antes van saliendo de sus casas los vecinos, como conejos de sus madrigueras, y a las ocho en punto comienzan las palmas. No sé a quien le aplauden ellos, pero yo dedico mis aplausos a mis hermanos. En esos rostros tan conocidos y parecidos al mío deposito mi ovación. Pienso en ellos, y al hacerlo, pongo rostro a los miles de sanitarios que trabajan para intentar paliar los efectos de esta pandemia, para intentar salvar el mayor número de vidas posible. Aplaudo, aplaudo sonoramente con todo lo fuerte que puedo, como si hubiese sido testigo de una maravillosa obra de teatro. Aplaudo a esos grandes actores, desde esta cómoda butaca que es mi casa. Pienso en ellos, y no puedo evitar emocionarme cada tarde;  en ellos, enfundados en capas y más capas, que ojalá sirvan para protegerles. En ellos, solos desde hace semanas, lejos  de su familia, sin salir de casa salvo para ir a trabajar, rodeados de enfermedad y angustia. Los imagino, como soldados en la primera línea de batalla, intentando ocultar sus miedos entre todas esas capas de plástico y tela, intentando esconder sus temores tras una sonrisa. Aplaudo, y me recreo en ese momento tan especial de cada día, en ese minuto en el que todos nos unimos en un mismo acto, en un mismo sentimiento, como si con ese gesto remáramos todos a una, unidos para intentar parar esta pesadilla.

Se me partía el alma cuando los primeros días de caos e improvisación, veía a mi hermana llorando, destrozada, superada por el agotamiento físico y emocional después de un larga noche, o de un interminable día de trabajo. Horas que se les deben de hacer eternas, a ella, y a todos los sanitarios que se enfrentan a esta otra realidad que nosotros solo vemos por televisión, aunque ya muchos ni eso, porque es demasiado doloroso. Pero esa es, lamentablemente, la verdadera, la desoladora tragedia de esta pandemia.

Nada que ver con la otra cara de esta crisis: gente cantando en los balcones, o poniendo música a todo trapo, inventando toda clase de distracciones para no sucumbir al aburrimiento... Personas ajenas a la catástrofe, que  simplemente tratan de buscar la cara más amable a estos interminables días de encierro.

Por desgracia, la terrible imagen de  cientos de enfermos luchando por sobrevivir, tirados en un pasillo esperando una cama, o peor aún, de un hueco en la UCI, acompañará a muchos sanitarios el resto de sus vidas. Con razón nos dicen ellos que nos quedemos en casa... porque seguramente, si viéramos todo lo que ellos ven cada día en los hospitales, no saldríamos ni a la puerta de la calle.

"Ya sé quienes son mis héroes, mamá. Los tíos", me dijo hace unos días mi hijo. Pues sí, aunque ellos no quieren serlo, estamos muy orgullosos de nuestros héroes...


Tristeza y Emoción

Van pasando las semanas y parece que la cifra de fallecidos desciende, pero sigue siendo terrible. Cientos de familias destrozadas, que no han podido enterrar a sus seres queridos, ni siquiera despedirse. Cientos de historias diferentes que tienen en común la soledad, el dolor inenarrable, completo, todo para sí, sin posibilidad de compartirlo, sin abrazos en esos durísimos momentos. Qué terrible, y qué miedo pensar que nos puede ocurrir a cualquiera. Es lo que tiene este virus, que no atiende al estatus social, ni al nivel económico, ni a la belleza exterior, ni interior... es igual para todos.

A medida que pasa el tiempo vamos poniendo nombre y apellidos a esos fallecidos de los que se habla en los telediarios. El hermano de, el tío de, el poeta que tan bien escribía, la madre de, la abuela de... Qué tristeza tan honda y qué impotencia tantas pérdidas humanas. Y qué pavor pensar en lo que puede suceder en esos otros países olvidados que no gozan de nuestra sanidad, cuando la pandemia comience a causar estragos.

Los primeros días de confinamiento mi hijo me gritaba ¡mamáaa!, y yo acudía corriendo asustada ante su alarma. Han muerto más de 600 personas me decía. Así cada día, esperando haber pasado ya el famoso pico de contagios. Aún continúa pasándonos el parte diario, intentando, ahora sí, alojar un poco de optimismo en el universo más bien pesimista en que estamos instalados últimamente. -"Han bajado 100 muertos mamá, eso es bueno, ¿verdad mamá?" -Verdad hijo -le contesto, sin mucho convencimiento, porque son aún muchísimos, demasiados los fallecidos y ante eso, no hay consuelo posible.

Me emociono con las imágenes de televisión de enfermos saliendo de las UCIs o de los hospitales. Sonríen bañados en lágrimas, llenos de gratitud por haber vuelta a la vida, por haber ganado una batalla que creían perdida, rodeados por sus salvadores que les despiden con aplausos, y con una felicidad desbordada, celebrando cada enfermo recuperado como una auténtica victoria. Veo a esos pacientes ya curados, y me veo a mí misma, hace 16 años abandonando el hospital tras un  mes ingresada. Recuerdo aquel día inolvidable que puso fin a mi cautiverio, como uno de los más dichosos. Salí de allí con la sensación de haber recuperado mis alas, con una auténtica sensación de ingravidez, de libertad, de alegría renovada, de gratitud al universo, de inmensa felicidad... Así me sentí yo entonces, y aunque lo pasé mal, y supuso para mí un antes y un después, no creo que se parezca ni remotamente a todo lo que han vivido esas personas. Yo no estuve sola en todo ese tiempo, ni tampoco temí por mi vida, y no pasé desde luego por ese calvario que han pasado ellos. Me emociono al ver esas escenas de alegría infinita porque sé, que esos enfermos que abandonan el hospital después de semanas de lucha, deben de sentir algo parecido a lo que yo experimenté, aunque multiplicado por mil.



Incertidumbre

No sabe nadie qué ocurrirá cuando acabe todo esto. Es evidente que no podremos esquivar la crisis económica sin precedentes que vendrá después, pero ¿no valen más las vidas que el dinero? Para algún líder político sin escrúpulos, que como las meigas, haberlos haylos, no, "es necesario asumir las víctimas humanas y apostar por primar la economía"... Sin comentarios.

Pero esto debería enseñarnos que el mundo globalizado de hoy en día no nos sirve. Es evidente que será necesario cerrar fronteras por un tiempo, dejar de viajar a otros países, y hacerlo en el nuestro, donde hay mucho que ver y bonito además. Cambiar los sistemas de producción y apostar por nuestros productos, nuestra mano de obra. Invertir en investigación, en sanidad, y en educación. Cambiar prioridades, estilos de vida, modas superfluas. Está situación nos está demostrando que podemos sobrevivir sin un montón de cosas. 

Oímos hablar ya de la vuelta a la normalidad, de desescalada, y no sé si a todo el mundo le pasará igual, pero yo, a pesar de las muchas ganas que tengo de volver a la normalidad, no logro imaginar en un futuro inmediato una vida ni siquiera parecida a la que conocíamos hasta ahora. El después, da tanto miedo como el ahora, y eso no es demasiado alentador, la verdad. Miramos con esperanza a la comunidad científica, esperando un milagro en forma de vacuna, o acaso de medicamento que atenúe, si quiera un poco, la letalidad del maldito virus.

Vivimos una incertidumbre continua. Cuánto durará esta situación, qué pasará cuando acabe, qué cambiará... Todo está en el aire. No sabemos nada, nadie sabe qué pasará exactamente.

Hace una semana me saltó una alarma en el móvil: Coger cita peluquería. Perpleja al leer este aviso insólito, sonreí ante un recordatorio que programé en una vida anterior, incluso podría decir que lo escribió otra persona distinta  a esta que teclea hoy estas letras delante de una pantalla de ordenador. Aquella persona a la que renuncié hace ya un mes tenía otra preocupaciones bien distintas de las que hoy tengo. No recuerdo el día que puse esa alarma en el teléfono, aunque sí el motivo. Tenía algo importante que planificar: una comunión. Me temo que cuando todo esto acabe, nos veremos obligados a aplazar muchas cosas: léase comuniones, bodas, reuniones y todo tipo de celebraciones. Quién sabe si incluso vacaciones, y por supuesto viajes. Pero no importa, ya habrá tiempo de hacer todas esas cosas que ahora hemos de postergar, lo realmente importante es que sigamos aquí cuando todo haya acabado.

Pero qué ganas de volver a salir a tomar algo con los amigos, qué ganas de reunirme de nuevo con mis queridas mujeres del club de lectura a comentar libros,  a compartir lecturas y experiencias. Qué ganas de volver a la rutina, y sobre todo, qué ganas de abrazar a todo el mundo, ahora que no se puede... ¿Podré contener las ganas irrefrenables de abrazar a los míos cuando todo esto termine? No estoy segura de poder hacerlo.

Pero no, mejor no pensar todavía en el futuro. Vivamos el presente, y ya habrá tiempo para enfrentarnos a todas esas incógnitas cuando llegue el momento. "No querer pensar también cuenta como felicidad"


Anhelo

Cuánto estoy echando de menos también la que es mi segunda casa, mi querida biblioteca. Cuánto me acuerdo de mis pequeños y qué no daría por volver a aquellos lunes agotadores en que no había momento para el descanso, por volver a contar cuentos rodeada de niños, por mandarles callar, por repetirles veinte veces que no se grita ni se corre en la biblioteca, por comenzar una sesión de cuentos con la canción del silencio.

Les sigo contando, pero no es lo mismo, imagino sus caras mientras escuchan mi voz, pero no los veo, no sé ni siquiera si llegarán a escucharlos. Algunos sé que sí, porque me llegan mensajes entrañables dándome las gracias, deseándome salud, diciéndome que me echan de menos... Los escucho una y otra vez, y me hacen muy feliz. Cuánto los extraño.


Silencio

Hoy el mundo es silencio. La imagen de célebres calles y avenidas desiertas se repite a lo largo de todo el planeta. Me imagino a los animales, a los pájaros, preguntándose perplejos dónde diablos se han metido esos intrusos que ya no les molestan.

Ocultos, encerrados en cárceles imaginarias, de las que somos nosotros mismos los carceleros, vemos la vida pasar mientras animales salvajes pasean a sus anchas por las calles de pueblos y ciudades, disfrutando de una naturaleza que nunca ha dejado de pertenecerles.

Hoy el mundo es silencio. Quizás aquí, en nuestros pueblos no lo notemos tanto, pero en las grandes urbes ese silencio debe ser inquietante. Seguramente muchos  llegarán a echar en falta el ruido,  alguno incluso hasta los desesperantes atascos. 


Unión

Estos días nos están enseñando a apreciar lo realmente importante. A apreciar la libertad de poder salir cuando y donde te apetezca, de viajar, de vivir sin miedo, pero también nos está mostrando lo verdaderamente importante, aquello que más echamos de menos ahora mismo sobre todas las cosas: nuestros familiares, nuestros padres, hermanos, primos, amigos, esos a los que ahora tenemos que conformarnos con ver a través de una pantalla (bendita tecnología, desde luego) y a los que llamamos una y otra vez, para ver cómo están, qué han comido, que están haciendo... aunque el diálogo se repite día tras día ahogado por la misma monotonía de los días y las noches. Y es que de lo inédito del confinamiento, de una situación jamás vivida, de las noticias y novedades de los primeros días, hemos pasado ya a la pesadez de la rutina, al transcurso lento de las jornadas. Y cuesta, cada vez cuesta un poquito más.

Cada noche la tecnología nos acerca a nuestros seres queridos. Las videollamadas en familia se han convertido en un ritual que nos une en la distancia. Hablamos más que antes, aunque las palabras se atraviesan muchas veces en la garganta. Es duro no poder vernos. Es duro saber que mis hermanos se enfrentan cada día a la impotencia de luchar contra un enemigo invisible y muy peligroso. Y es curioso que aunque separados, este virus esté haciendo que estemos más unidos que nunca.


Solidaridad

También nos están enseñando estos días que el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos. La solidaridad de la gente sigue fluyendo como pequeños oasis en medio del desierto. Cientos de personas cosiendo mascarillas, batas, haciendo pantallas, donando alimentos, camas, respiradores...

La solidaridad de Munera también está llegando lejos, muy lejos. Amas de casa, voluntarios y Ayuntamiento se afanan en hacer posible que cientos de equipos de protección lleguen a hospitales, residencias y trabajadores de todo tipo. Gracias a todos, y a todas por vuestra labor. Qué orgullo de pueblo y de gente.


Amor 

Cuánto me acuerdo de mi madre estos días, y cuánto la echo de menos. Miedo, es una buena palabra para definir el sentimiento que nos acecha  a todos, aunque sobre todo a ellos, a nuestros mayores. Aunque hay otra palabra tan brutal como esa, y es soledad. El aislamiento conlleva soledad, distancia, falta de contactos, de besos, de abrazos, algo tan peligroso ahora, pero tan necesario siempre.

"Abuela, no te preocupes, sólo es grave para las personas con patologías previas". Con esa afirmación intentaba mi hijo tranquilizar a su abuela, mientras veíamos alarmados por televisión los primeros efectos de la pandemia, para a continuación dirigirse a mí y preguntarme: "Mamá, ¿qué son patologías?".  En aquel momento su inocente comentario me hizo sonreír, y me produjo también un profundo sentimiento de ternura al ver ese lazo tan especial que se ha creado entre abuela y nieto.

"Te echo muchísimo de menos", le dice mi pequeño a través de la pantalla a su abuela, mientras ella lo mira casi al punto del llanto. Es ahí, justo en ese instante irrepetible cuando me digo: Sí, definitivamente, esto nos servirá para apreciar lo verdaderamente importante...









Epílogo

Cuando empecé a escribir este texto en mi cabeza, todo era una amalgama  de ideas desordenadas que me venían a la mente, y que tenía la necesidad de escribir. De repente un día, me di cuenta de que todas esas palabras escritas sin orden ni concierto se unían bajo el paraguas de conceptos abstractos que quizás no se puedan ver con los ojos, pero que desde luego, podemos apreciar y sentir todos en menor o mayor medida. Aceptación, esperanza, paciencia, gratitud, tristeza, emoción, incertidumbre, anhelo, silencio, unión, solidaridad y amor. Todas estas grandilocuentes palabras forman parte de nuestro presente, y por eso, me ha parecido importante dejar constancia por escrito de todas ellas, porque en verdad, cada una de esas palabras abstractas cobran todo el sentido, y se hacen visibles, ahora más que nunca.






lunes, 16 de marzo de 2020

Como una película





Esto no puede estar pasando... Eso me digo últimamente, perpleja e incrédula ante los acontecimientos que nos sobrevienen día tras día. Pero sí, está pasando, y aunque todo esto que estamos viviendo pareciera sacado de cualquier película apocalíptica, o de alguna mente fantasiosa, es tan real como sobrecogedor.

Desde hace semanas, estamos asistiendo en vivo y en directo a la propagación de un virus, que apareció por primera vez en una remota región de China de la que muchos no habíamos oído hablar, y que en tiempo, record ha conseguido atravesar numerosas fronteras y propagarse por más de 120 países de todo el mundo. Durante todo este tiempo, hemos observado atónitos como el dichoso bichito hacía de las suyas en diferentes países, acercándose cada vez más al nuestro; recibimos incrédulos las noticias que llegaban desde Italia, y vimos como la cosa se desmadraba, pero aún así, supongo que no fuimos realmente conscientes de las dimensiones del abismo al que nos precipitábamos sin remedio. Los medios de comunicación, nos han despertado a diario con sombríos titulares, que no han hecho sino aumentar una imparable y creciente alarma social, aunque al mismo tiempo, las autoridades nos pedían calma, por encontrarnos -nos decían-, en la fase de contención de la epidemia.

A día de hoy, admito que no sabría decir en qué punto del camino nos perdimos, pues hemos pasado de relativizar y quitar hierro a esta enfermedad, "semejante a una gripe sin importancia", a la declaración oficial del estado de alarma en todo el país, para atajar lo que califican de pandemia y grave crisis sanitaria,  algo desde luego insólito y preocupante que a muchos (que no a todos, según parece) nos ha abierto los ojos sobre la verdadera magnitud de esta emergencia de salud, que quizás nos debimos tomar más en serio desde el principio. Palabras como pandemia, colapso del sistema o muertos, (cifras de fallecidos que tristemente siguen creciendo) nos han hecho ver que esto no es ninguna broma y que las dimensiones del desastre pueden ser desmesuradas si no hacemos, cada uno de de nosotros, un ejercicio de responsabilidad.

Como tantas otras veces, han surgido las teorías conspiratorias: se habla de un virus  mortal creado en un laboratorio expresamente con ese fin. Las descarto por ridículas y paranoicas, ¿o quizás no lo sean tanto? Hace unos años leí Inferno, de Dan Brown. En esta novela el autor pone el foco de atención en la superpoblación mundial, que alcanza ya los 7.500 millones de personas, unas cifras que siguen aumentando año tras año, y diezmando en la misma medida los recursos con los que cuenta nuestro planeta. Plantea Brown un escenario, en verdad apocalíptico, en el que un científico loco pretender acabar con esta superpoblación liberando un virus capaz de originar una pandemia mundial. Cuando leí el libro, reconozco que me creó cierto desasosiego, sin más,  pero al escuchar y leer las teorías que recorren internet estos días, la sombra de la duda parece estar justificada.

Y es que da la impresión de que el mundo que conocemos se ha vuelto patas arribas de repente, de que estuviésemos viviendo una pesadilla, de que fuésemos testigos de una película en la que nos hemos convertido, sin quererlo, en los actores principales. No, en esta ocasión nosotros no formamos parte del reparto. Esta vez no vemos el toro desde la barrera, ya no nos resulta lejano el peligro, ni tampoco ajeno como nos ha ocurrido hasta ahora con cualquier catástrofe, crisis humanitaria o conflicto armado que vemos por televisión, ya casi sin inmutarnos. Esta vez, las bajas pueden ser de los nuestros, de nuestra familia, de nuestro círculo de amistades, de nuestro pueblo... y eso, eso ya es harina de otro costal.

Esta vez la amenaza se cierne sobre nosotros, aunque para ser justos, hemos de reconocer que las circunstancias tampoco son las mismas... Nosotros sí tenemos comida de sobra que llevarnos a la boca (y a juzgar por los carritos con los que asaltan los supermercados, algunos tienen el alimento garantizado durante meses), tenemos armarios llenos de ropa, un techo bajo el que cobijarnos, agua potable, papel higiénico (este fenómeno merece capítulo a parte, sin duda, y posiblemente se estudie en el futuro en las facultades de psicología)... Tenemos medicinas, hospitales y personal sanitario dispuesto a jugarse la vida por nosotros, y tenemos también múltiples formas de ocio para pasar el tedio y el aburrimiento (internet, series y películas ininterrumpidas, redes sociales, libros...).

Muchos patriotas que han repetido hasta la saciedad que nuestro país no puede acoger a tantos inmigrantes o refugiados que huyen de la guerra o del hambre, han corrido en desbandada de los focos infectados al grito de "sálvese quien pueda", (para proteger a sus familias, mira tú por donde), y se han marchado a las costas españolas,  al chalecito de la playa, y tan agustito, y a diseminar virus por toda la geografía,  ¡qué inconsciencia!

La España vaciada y olvidada también parece haber resurgido en la memoria de algunos irresponsables, que no se han parado a pensar en la numerosa población envejecida que habita nuestras zonas rurales. Y qué gran paradoja que Marruecos cierre ahora sus fronteras a España, que los españoles no sean bien recibidos en no pocos países ya. Resuenan en mi mente las palabras del periodista, escritor y cineasta David Trueba: "Imaginen que el contagio del coronavirus se extiende por Europa de manera incontrolada mientras que en el continente africano, por las condiciones climáticas, no tiene incidencia. Aterradas, las familias europeas escaparían de la enfermedad de manera histérica, camino de la frontera africana. Tratarían de cruzar el mar por el Estrecho, se lanzarían en embarcaciones precarias desde las islas griegas y la costa turca. Perseguidos por la sombra de una nueva peste mortal tratarían de ponerse a salvo, urgidos por la necesidad. Pero al llegar a la costa africana, las mismas vallas que ellos levantaron, los mismos controles violentos y las fronteras más inexpugnables invertirían el poder de freno." Se trata de una distopía, pero no me negarán que es bueno...

Por primera vez en la historia toda España se encuentra en cuarentena, confinada en casa, sin poder salir nada más que para comprar, trabajar o cuidar a nuestros mayores. Con sorpresa e incredulidad hemos visto calles, avenidas, plazas desiertas, hemos sido testigos de cómo se han ido cerrando colegios, institutos, universidades, parques, teatros, bibliotecas, museos, bares, ¡bares! algo casi impensable en nuestro país. Una medida excepcional que no se toma a la ligera, y que no sabemos si conseguirá frenar la cadena de contagio, pero que desde luego, no podrá frenar el contagio de otro virus peor: el miedo que avanza imparable entre la población, y sobre todo entre los mayores.

Yo misma, hasta hace pocos días he mantenido mis temores a raya, he intentado alejar los pensamientos negativos, y relativizar los efectos que esta enfermedad podría tener sobre mí, teniendo en cuenta que como enferma crónica, y paciente inmunodeprimida que soy, formo parte de esa población de riesgo a la que aluden las autoridades sanitarias.  A pesar de ello, salí a hacer la compra semanal, la mía y la de mi madre, -quien bastante angustiada, sigue las recomendaciones al pie de la letra y no quiere salir ni a la puerta de la calle-. Rostros serios, de preocupación, de desconcierto, saludos rápidos, miradas esquivas, colas y algún que otro estante vacío, ese es el panorama con el que me encontré. Intenté hacerla rápido, sin detenerme demasiado, procurando no coincidir  a pocos metros de distancia con otras personas, con mucha precaución, y para qué negarlo, con un pellizco en el estómago que no era otra cosa, que miedo.

El miedo es como un pequeño roedor que nos va devorando poco a poco. Es natural tener miedo, ya que es un mecanismo de defensa necesario que nos mantiene en alerta ante cualquier señal de peligro. Pero no podemos dejar que esta emoción se apodere de nosotros, porque entonces, entonces sí que estaremos perdidos.

Ahora bien, según avanza esta pandemia, no sé qué es lo que más me asusta, si este maldito virus o esta sociedad perversa de la que formamos parte; el despropósito sin límites de muchas personas que no toman las debidas precauciones o ignoran las advertencias de las autoridades. Creo que la gente sana, sin patologías, que casi con toda probabilidad pasará la enfermedad sin ningún contratiempo, no es consciente de lo que supone el hecho de haber estado en zonas de riesgo, o en contacto con personas infectadas, o incluso tener síntomas, y no tomar las medidas preventivas necesarias para no provocar contagios. No nos han pedido nada descabellado, ni difícil de llevar a cabo, tan solo quedarse en casa y evitar el contacto con la gente, por solidaridad, por responsabilidad, por sentido común...

Un bichito diminuto -aunque de la realeza, eso sí, por aquello de la corona- es el malo de esta película, en la que parece que la realidad podría acabar superando una vez más a la ficción. Un virus microscópico nos está demostrando que, aunque nos creamos el ombligo del mundo, seres superiores, nada más lejos de la realidad. Este virus nos está dando una lección de humildad, recordándonos nuestra condición de simples mortales, de seres vulnerables a los que algo tan insignificante puede exterminar en cadena. Y lo más grave, ha sacado a relucir a nuestras peores taras y debilidades como sociedad. 

Ya nos lo hizo ver Albert Camus en La peste, su obra maestra. La peste, o cualquier otra epidemia contagiosa de este tipo, puede llegar a sacar lo peor y lo mejor del ser humano, desde el más puro egoísmo, la insolidaridad, o la irracionalidad hasta la generosidad sin límites. Y es que, en verdad, los humanos somos seres egoístas, e iría un paso más allá, faltos de todo sentido común en muchas ocasiones. Y sí, tenía razón Camus,  en las situaciones críticas o de peligro es cuando se demuestra la verdadera naturaleza de las personas.

Puede que sea el miedo irracional el que lleve a la gente a aprovisionarse de papel higiénico para los próximos meses. El que les lleve a hacer acopio de alimentos como si no hubiera un mañana, sin pensar en que los demás también necesitan alimentarse. Tal vez haya sido ese miedo, el que ha instado a millares de madrileños a marcharse a los pueblos, o la playa a pasar la cuarentena, "como si estuvieran de vacaciones" cuando se les ha dicho, por activa y por pasiva, que debían de quedarse en casa para evitar extender la enfermedad si la tuvieran. Puede que sea ese miedo irracional, el que ha llevado a multitud de personas a abastecerse de mascarillas, unas mascarillas que seguramente no tendrán que usar, pero cuya escasez está provocando su encarecimiento desmedido, y lo que es más grave, el desabastecimiento para las personas que realmente las necesitan, como enfermos de cáncer o el propio personal sanitario. Sí, el miedo es mucho más contagioso que cualquier virus. Pero la estupidez humana, esa también es contagiosa, y desde luego puede llegar a alcanzar cotas insuperables.

Es triste que una crisis de estas características tenga que enseñarnos las grandezas de nuestro sistema sanitario, de la SANIDAD PÚBLICA, con mayúsculas, la única que debería existir, aunque se empeñen en privatizarla. Es triste que sea ahora, y no antes, cuando reconozcamos el valor del extraordinario y sacrificado trabajo de todo el personal sanitario, que siguen ahí, al pie del cañón, exponiéndose al contagio y dando lo mejor de sí mismos, ahora y siempre. Que sea ahora cuando nos demos cuenta de  la trascendencia del trabajo de científicos e investigadores, que buscan una vacuna y un tratamiento contrarreloj. Que no hayamos cuestionado antes la incongruencia de que en este país, futbolistas, famosos o influencers puedan llegar a cobrar auténticas barbaridades, en comparación con estos otros profesionales cuyo trabajo es tan crucial y necesario.  Qué triste, que estos días de arresto domiciliario sirvan para que apreciemos como se merece, la labor diaria de los maestros con nuestros hijos, ahora que tenemos que acometer la difícil tarea de tenerlos en casa las veinticuatro horas, además de enseñarles y ayudarles con las tareas... 

Es triste, pero si después de todo, por fin cambia nuestra manera de ver las cosas, nuestra manera de vivir, algo habríamos sacado bueno de esta experiencia.

De momento, la consecuencia directa de toda esta crisis la ha sufrido, o mejor dicho, la ha agradecido nuestro planeta. China, el motor del mundo se ha parado, y con él los niveles de contaminación han experimentado un considerable descenso. Tantas y tantas cumbres estériles en las que el gigante asiático se había negado a reducir sus emisiones, y ha tenido que ser un virus el que lo ha conseguido.  China para, y el resto del planeta lo nota, porque por supuesto, el resto de países  sufren las consecuencias de este cese, con multitud de fábricas y empresas desabastecidas en todo el globo terráqueo. Y yo me pregunto, ¿esto no debería llevar a plantearse a las grandes multinacionales el retornar su producción a los países de origen?

Como decía, esta crisis no sólo tiene cosas malas, y está sacando también lo mejor de las personas. Un atisbo de esperanza y de solidaridad aflora del mismo modo estos días. Muchos se han ofrecido a cuidar a los niños y niñas mientras sus padres tienen que irse a trabajar. Otros a ayudar a personas mayores solas y aisladas en sus casas con la compra y los recados. Qué admirable y qué suerte que exista gente así...

Del mismo modo, empleados de comercios de alimentación, farmacias, camioneros, policía y guardia civil, servicios públicos en general, todos ellos están demostrando su profesionalidad y generosidad en esta crisis, manteniéndose en sus puestos de trabajo y garantizando que todos podamos acceder a los servicios mínimos. Tenemos mucho que agradecerles.

Quizá sea esta la cara amable de esta emergencia sanitaria: todavía no está todo perdido, todavía hay mucha gente buena en este mundo. ¿Nos servirá de enseñanza todo esto, o por el contrario  cuando todo pase seguiremos viviendo en nuestra inconsciencia? ¿Aprenderemos de los errores o los volveremos a repetir? Quiero pensar que sí, que cuando esta película sea tan solo un mal recuerdo, hayamos aprendido la lección, que no volvamos a distraernos con estupideces y seamos todos conscientes de lo que verdaderamente importa. Que ese día, que ahora nos parece tan lejano, nos besemos y nos toquemos, que abracemos con todo el cariño y sin ningún miedo a nuestros padres, a nuestros abuelos, que nos susurramos palabras bonitas al oído, que nos cojamos de la mano y salgamos todos a pasear bajo el sol, que disfrutemos de la buena compañía de los amigos, de las terrazas, de la vida, de tantas cosas que, como siempre ocurre, echamos de menos cuando no las tenemos a nuestro alcance y que son las que realmente merecen la pena.

Ojalá, que el tiempo pase deprisa, que este mal sueño acabe pronto, y como una película, los protagonistas aparezcan al final fundidos en un gran abrazo, para a continuación leer en letras bien grandes:

To be continued...
Continuará... 




Hablando en plata II

  Los que me conocen saben de mi interés por las raíces, por las tradiciones y las costumbres de nuestro pueblo. Y me siento atraída especia...